La oposición gramática

Soplan aires de fronda en la opinión andaluza, vientos racheados que reclaman respeto al administrado por parte del Poder, empezando por el lenguaje. Nunca se ha hablado más de la sintaxis en el ámbito crítico, jamás se había reparado de este modo en el estilo y sus consecuencias. El preámbulo del nuevo Estatuto, aparte de la ocurrencia beocia de la “realidad nacional”, circula en fotocopias con divertidos subrayados y comentarios, como si fueran chistes del difunto Gandía, y hasta hay profesor que lo comenta en clase para ilustrar a la ‘basca’ sobre cómo no se debe escribir en castellano o español. Pero uno cree que esa ganga sinctáctica y esa basura léxica suponen ni más ni menos que la suficiencia del “régimen”, el desparpajo de una situación política que no tiene ya necesidad de respetar a los súbditos. Cuando un escriba dice en el BOJA que una subvención es una “experience museum”, sencillamente nos está tomando el pelo. Pero si añade que se trata de crear “un espacio que será capaz de trasmitir y envolver los contenidos de conocimientos y museísticos (sic) en una manta sensorial y emocional” pueden apostar a que se está cachondeando del contribuyente. Chaves no tiene quien le escriba. Él dirá que con que le voten tiene de sobra.

El Rocío politizado

Ningún Rocío más politizado que el des este año de gracia de 2006. El Superalcalde declina el comentario político y liquida el brete con una breve descalificación a los politizadores. El presi de la Dipu se queda solo en su casoplón tras el plante de más de la mitad de las hermandades invitadas, de sus propios “socios”, y hasta Manuela Parralo, la cada vez más improbable candidata, se quita de en medio con muy buen criterio y se va con la pandereta a otra parte. La autopostulada izquierda onubense es clamorosamente confesional en Pentecostés y comecuras el resto del año, no va a misa ni a tiros como no sea siguiendo la raya (real), pero se niega a cederle a la derecha una efemérides que reúne a un millón de personas. Y este año hasta los curas se dividen en dos, los que hacen estación en “Villa Cejudo” y los que pasan de largo ante su puerta. El Rocío se ha convertido en el estudio de un fotógrafo imparcial que, en su momento, podría colgar su muestra en las vallas electorales. Eso sí, ellos dirán que cuando eso ocurra, que les quiten lo bailao.

El modelo holandés

No es ningún secreto sociológico que la democracia atraviesa una crisis de difícil reajuste. Ha cambiado el mundo, han variado las circunstancias de manera decisiva, apenas tiene que ver la clásica idea de sociedad que contemplaban el proyecto ilustrado y la teoría romántica con la que hoy va imponiendo con prisas un cambio social vertiginoso. Por otro lado, parece claro que la globalización, ése hecho incuestionable ya y enteramente irreversible, plantea al ideal democrático el problema insuperable de la diferencia y deja en evidencia la sospecha antigua de que la democracia no es un sistema de validez universal sino exclusivo de cierta cultura histórica. Es probable, en todo caso, que la crisis democrática no se ciña sólo al desafío imposible de la diversidad axiológica, sino que actúe desde la misma entraña del sistema de libertades, en cuyo tronco crecen hoy excrecencias no sólo difíciles de asumir sino que apuntan con sus excesos a la deslegitimación del montaje en su conjunto. El caso holandés viene preocupando hace tiempo a los observadores por cuanto resulta lógicamente inviable un régimen público sometido al tirón continuo de una vanguardia sin freno, obcecada en una huida hacia delante que, a la vista de algunos proyectos, no parece tener término razonable sino más bien configurarse como una especie de imaginario movimiento sin fin en el que cualquier ocurrencia, por bizarra que resulte a la estimativa común, tiene su sitio seguro. Es arriesgado convertir una democracia nacional en un escaparate del cambio y lo es más todavía hacer de ella un referente de la innovación del que hubieran desaparecido todos los límites racionales porque, en su interior, el cauce legal, liberado de cualquier condicionante moral o ético, trabaja de manera que llega a convertirse en la más seria amenaza del propio sistema de libertades. El liberalismo tradicional holandés, de raíces tan marcadamente burguesas e inspiración tan weberiana, corre serio peligro por la acción corrosiva de su propia desmesura, ese sprint alocado hacia ninguna parte que se funda en el trágico equívoco de que todo es legislable y todo lo legislado benéfico y progresivo. La carrera desbocada de tolerancia que ha dado lugar a las llamadas “leyes laxas”, está llevando la democracia holandesa hacia un peligroso desgalgadero oculto por la ilusión de una libertad ilimitada en la que no es difícil reconocer el perfil de otros espejismos históricos que acabaron como el rosario de la aurora.

                                                               xxxxx

La apertura legal a proyectos cuestionables ha tenido durante años un indiscutible valor. La legalización inteligente de las drogas llamadas ‘blandas’ y su comercio, la aceptación del derecho a la eutanasia, el trato discreto y pragmático dado a la prostitución, son entre esas leyes pioneras ejemplos plenamente elogiables. Otra cosa es, sin embargo, el proyecto de legalizar la pedofilia para cuya consecución se intenta ahora constituir un partido con representación parlamentaria cuyo objetivo inicial es rebajar la edad mínima de doce años al llamado “sexo consentido”, pero cuyo ulterior designio es la definitiva y completa supresión de ese imprescindible límite a la barbarie. Holanda no es la vieja Grecia, evidentemente, y el intento de volver a situaciones felizmente superadas por la civilización y el progreso no puede ser otra cosa que una marcha atrás del humanismo tan trabajosamente conquistado durante siglos. El ejemplo holandés nos está descubriendo otra crisis interna de una razón democrática que, despojada de todo imperativo moral, no sería raro que acabe siendo la causa de su propia ruina. Nada más arriesgado que estas confusiones intestinas que canceran hoy el cuerpo social, ni menos libertario, en el fondo, que esa “libertad para el Mal” que aterrorizaba a Pascal pero también a Paul Celan. El viejo anarquismo era ante todo una moral. Esta acracia depravada es apenas una basura.

La toma de Marbella

El meditado asalto al gilismo por parte de un Poder que coqueteó con él durante tantos años está descubriendo sin ayuda de nadie su índole truquista. No se trata sólo de la imagen un poco cómica de ese pseudoalcalde abrazador designado por Chaves directamente, sino de hechos tan difíciles de entender como la negativa de la Junta a cederle las competencias de urbanismo incluso a “su” propia Gestora y una vez restablecida, según aquella, “la normalidad democrática”. Marbella se ha convertido en un rehén del PSOE andaluz y Chaves no va a ceder ni tanto así contra sus evidentes planes de reconquistar la plaza aunque sea por la puerta falsa. Su parusía en la tele local en sustitución de Gil, la exaltada amistad del “Gestor” supremo, la decisión de no soltar el decisivo machito del mafioso urbanismo, coinciden en apuntar a ese futuro cartel electoral que intentará de nuevo la toma de esa fortaleza del dinero que se ha convertido en auténtico antimodelo de lo que debe ser una ciudad democrática.

El sabotaje

Imaginen a alguien, imagines a usted mismo, lector/a amigos, interfiriendo voluntariamente la emisión de una tele, provocando sin miramientos el “apagón” de un ‘medio’ municipal, para superponerle uno propio. ¿Están viendo ya a la Guardia Civil en la puerta, se sienten ya en comisaría, tal vez esposados, notan acaso como si estuvieran en los calabozos del Juzgado aguardando a que un juez severo les lea la cartilla antes de enviarlo a la trena? Pues descansen el ánimo y no teman, porque antier hemos visto que no pasa nada, al menos de momento, por reconocerle al juez que fue uno mismo quien adquirió el material necesario y quien lo instaló motivado por el sentimiento de que la tele del Ayuntamiento legítimo era partidaria. Eso se llama sabotaje aquí y en cualquier parte, y como sabotaje debería ser tratado por la Justicia. Otra cosa sería dejar en manos de cualquiera la posibilidad de apagar de un botonazo la tele –cualquier tele—cada vez que alguna emisión le incomode o disguste.

Ida y vuelta

 

Hay políticos que parecen empeñados en hacer de esa presunta actividad nobilísima un mero juego oportunista sin más regla que el interés. Ellos se quejan, claro está, del descrédito que sufren e incluso apuntan con el dedo quevedesco a esos que González, en sus mejores tiempos de oro y plomo, llamó en una ocasión “plumíferos” con un deje despectivo que declaraba a la legua su ignorancia del étimo. Pero la culpa de que le gente desprecie la dedicación pública es exclusiva de la propia “clase” y, muy especialmente, de su capacidad para el disimulo, para el engaño y para la tergiversación, artes antiguas que la práctica política ha elevado a un cenit difícil de superar a base de anfibologías y desmentidos. Estos mismos días, ese mismo personaje se ha lucido en una entrevista declarando paladinamente que no entendía lo que la práctica totalidad de los españoles no entiende, a saber, el extravagante concepto de “realidad histórica” aplicado a Andalucía con el único propósito de cubrir cálidamente la desnudez constitucional provocada por el atropello del Estatut, pero a renglón seguido ha salido a los medios para recoger velas, desmentirse a sí mismo y, por descontado, cargar a los “plumíferos” la tergiversación adornándose con el afarolado de que lo raro hubiera sido que semejante chusma hubiera interpretado correctamente tan profunda reflexión. Pues nada vale, digan y desdigan cuanto quieran que, al fin y al cabo, como dijo Brake, la verdad existe, no se inventa más que la mentira.

xxxxx

No vale el truco, sin embargo, porque a fuerza de repetirlo ellos mismos se han cargado su efecto sorpresa. El mago de esa ‘yenka’ es, por supuesto, el presidente Ibarra, el prestidigitador capaz de decir en cada momento grave lo que la razón común reclama, y de desdecirse al día siguiente, tras pedir permiso al usía, sin cortarse un pelo. Pero no es justo endosar a Ibarra en solitario un invento que todos practican con descaro desde que el propio González dio aquella lección de duplicidad y pragmatismo volviendo del revés su compromiso de sacar a España de la OTAN. El proceso de ruptura territorial al que estamos asistiendo ha visto ya avanzar y volver sobre sus pasos a un Guerra que dice haber votado a favor del Estatut “con la nariz tapada”, a Chaves ir y venir sobre sus pasos defendiendo de modo sucesivo las posturas más opuestas respecto a las pretensiones nacionalistas, a Ibarra amenazar con el recurso ante el TC y ahora al mismo González amagar y no dar en el meollo del disparate andaluz. No tiene ya el menor sentido esperar coherencia y dignidad de una vida pública que no tiene otra norma que salir del paso, y que ha terminado por hacer de la mentira un recurso imprescindible y, en consecuencia, una simple pieza de repertorio. No es verdad, claro es, que por ahí aten los perros con longaniza o echen incontinentes a los políticos mendaces, pero sí lo es que en España estamos asistiendo a una escalada supina de la infidencia política que ha logrado hacer de la mentira un instrumento normal en la práctica de la vida pública. ¡Lo raro hubiera sido –habría que contestarle al personaje amortizado—que un responsable proclamara una obviedad contraria a las tesis de su partido y mantuviera luego el tipo, que un político fuera capaz de sobreponer el fuero de su conciencia a la despótica disciplina de su partido, que por una vez siquiera la democracia lograra situar la libertad moral por encima de la conveniencia de grupo. La reducción de la utopía al pragmatismo ha hecho de la política un mísero posibilismo y de la dignidad un lujo prohibitivo. La mentira, incluida la de ida y vuelta, se ha ‘normalizado’ maquiavélicamente relegando la verdad a la panoplia de las ideas puras y reduciendo la razón democrática a mera ceremonia. El que dijo que las democracias no pueden prescindir de la hipocresía más que las dictaduras del cinismo llevaba, por lo que se ve, más razón que un santo.