Duros pero flexibles

 

Pocas propuestas políticas tan indecentes he visto en los últimos tiempos como la formulada por el coordinador de IU, Diego Valderas, sobre la posibilidad de hacer la vista gorda o pasar por alto lo establecido en la norma de incompatibilidades con los vocales de la comisión gestora que Chaves ha enviado a Marbella. Tremenda estrategia, profundamente inmoral: se monta el número de hacer leyes de lo más exigentes para, a continuación o cuando el caso llegue, no aplicarlas y a otra cosa. Al truco “contra legem” Valderas le llama “revisión positiva” y se muestra favorable, contra el dictamen de los técnicos, a que los vocales abogados puedan asesorar y dirigir procedimientos judiciales si les viene en gana. Lo dicho, muchos rigores, rentoy y farol máximos a la hora de hacer la norma, pero mano izquierda (es un decir) en su aplicación y por aquí te quiero ver. En esto y en todo. Aunque una cosa es que lo haga quien gobierna y otra, distinta y lamentable, que se lo proponga solícita la misma oposición .

Morir en el SAS

 

Dé las explicaciones que quiera, la Junta, el Servicio Andaluz de Salud, no tiene excusa posible en la desgraciada historia del paciente muerto sin asistencia en el consultorio de Matalascañas. Es más, lo que habrían que plantearse es qué responsabilidad incumbe en casos como éste a los responsables del servicio que, conociendo sobradamente la situación, mantienen a rajatabla ese estúpido e inhumano criterio economicista según el cual lo importante para el SAS es gastar menos, aunque sea a costa de provocar desgracias como la referida. El delegado provincial y la consejera conocen perfectamente la insuficiencia que, desde hace años, arrastra la costa y, a pesar de todo, se niegan en redondo a ceder ante las reclamaciones de los sanitarios que vienen denunciando sin reservas el peligro. ¿Cómo se puede dejar con un solo médico una concentración humana como la de Matalascañas? Desde luego no son el riesgo evidente de que ocurran tragedias como esa de morir en el consultorio de la Junta como si un ciudadano fuera un perro.

El arte local

 

La Dama de Elche ha sido trasladada hace poco a su ciudad de origen, en medio de medidas espectaculares de seguridad y acompañada por la ministra del ramo en carne mortal. Las autoridades catalanas, por el contrario, han hecho oídos sordos a la reclamación del gobierno aragonés para que les sean restituidas las obras de arte sacro rapiñadas en circunstancias que mejor olvidar y desde entonces expuestas en el museo diocesano de Lérida, sin que las exhortaciones vaticanas hayan podido convencer al ordinario de este lugar frente a los pujos del titular de la diócesis de Barbastro. Tampoco le han hecho mucho caso a un párroco cordobés que tengo entendido que ha reclamado a no sé dónde una pila bautismal arrebatada en tiempos a su iglesia sin otro título que la fuerza. Está de moda la reclamación artística, no sólo en este país que va tan poco a los museos, sino un poco por todas partes, porque a la reivindicación tradicional y olvidada de los mármoles de Elgin –medio Partenón– reiterada tantas veces por Grecia al British Museum, se une ahora la petición de Egipto a Alemania de que le ceda, siquiera temporalmente, el inefable busto de Nefertiti que se exhibe en el Museo de Egipto berlinés como pieza maestra, protegida bajo cristales blindados y con celosos guardias de vista. Ha resultado enteramente al revés la predicción de Malraux sobre “El Museo imaginario”, es decir, aquella idea de que, en un futuro próximo, las técnicas de reproducción y demás permitirían disolver la idea monumental del museo ante la posibilidad de que cada devoto del arte poseyera en casa el suyo reproducido con fidelidad, y en su lugar parece que se afirma la secuela localista que reclama que la obra de arte reciba culto allí donde se fue hallada y no reunida en el santuario colectivo que es el museo tradicional. En el museo de El Cairo poseen su Nefertiti, es cierto, pero en un busto de cuarcita rosada incomparable al polícromo que fue capaz de enamorar en secreto a generaciones de europeos, incluyendo a Hitler y al padre Javierre quien, finalmente, acabaría traicionándola con Giulietta Masina. Pero no es lo mismo, entre otras cosas porque el aliciente esencial de todo museo es la atracción fetichista sin la cual la mitificación del arte sufriría un golpe fatal. Nunca se ha resuelto la cuestión del disfrute del arte que el museo reserva sin remedio a unos pocos mientras lo sustrae a otros, con independencia de que, sin museo, probablemente el arte habría desaparecido sin remedio. El ‘Guernica’ en Gernika sería un símbolo político. En Madrid es un “bien cultural”.

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De seguir esto como va, hemos de ver a Turquía o a Creta reclamar las joyas halladas por Schliemann, al alcalde de Huelva pedir al Arqueológico Nacional que le devuelva los tesoros procedentes del pecio saqueado en su ría, a algún pueblo del Aljarafe sevillano reclamar a la capital los aderezos tartésicos de El Carambolo que encontrara don Juan de Mata Carriazo, a Sevilla reclamarle a El Prado Murillos y Zurbaranes o a Flandes, que hace siglos que no existe como tal, plantearle a España la devolución de sus tesoros flamencos. O bien pasará este sarampión lugareño y volveremos a la idea clásica del museo como la tierra de todos y de nadie en la que descabezan su sueño eterno, aguardando la visita de todos y de ninguno, los prodigios y maravillas salidos de la mano del genio. Ni siquiera se han percatado esos catetos de que Nefertiti es un invento europeo, un eslabón del imaginario occidental, infinitamente más que una reliquia faraónica, porque la obra de arte trasciende su origen agrandada en las ondas concéntricas que sólo el espacio abierto permite expandir. Mal destino, por lo general, el que aguarda al arte en su tierra, error mayúsculo el de ignorar su destino universal. El arte no tiene fronteras y menos aún aduanas. Nefertiti hace tiempo que sabe, ensimismada bajo el oro y el lapislázuli, que ella misma, esencia de Egipto, es, sin embargo, cultura occidental.

Estómagos agradecidos

 

Perplejo se queda uno escuchando a ese presidente vecinal proclamar su orgullo por haber sido el único en participar –“con mayúscula” dice el caballero—en el proceso de reforma estatutaria que han muñido a ojos vista el PSOE e IU con las prisas propias de quien se proponía ante todo “cubrir” el proceso catalán que hoy mismo se somete a referéndum. También la consejera de Gobernación sacó a pasear las “mayúsculas” participativas que suponen para ella el mejor “distintivo de la Segunda Modernización”. De verdad, para comer cerillas, para darse contra el muro. Entre el optimismo oficial y los acólitos con aguinaldo, entre ‘medios públicos’ y ‘amigos privados’, va siendo cada día más difícil mantener el criterio independiente a cubierto bajo el fuego cruzado de las propagandas. Claro que no merece la pena preguntar siquiera a ese vocero y a la consejera cuáles han sido esas “mayúsculas” que han aportado los “vecinos” al bodrio calcado del catalán. Más valdría preguntar qué ha sido de un movimiento vecinal que en tiempos fue la vanguardia de muchas causas justas.

Miserias del comisariado

 

Otra vez por medio el marido de la tránsfuga de Gibraleón, doña Esperanza Ruiz, un personaje que no podrá decir que no fue siempre bien tratado en esta casa y por este minimalista, don Norberto Javier, mejor poeta que político, qué duda cabe, mejor plumífero que comisario. En esta ocasión, sorprendido aprovechando alevosamente la ausencia de la responsable de Canal Sur en Huelva para “dirigir” desde su despacho en la empresa pública –a golpe de correo electrónico con remite de la casa—la estrategia ‘antipepera’ de la nueva tele de Gibraleón. Qué vergüenza, colegui, que tragaderas y qué papelón el que te ha endilgado la “mesa camilla”, qué descarada deslealtad (en segunda instancia, encima) a una responsable que, mejor o peor, parece que trata de mantener como puede la tal vez imposible neutralidad del ‘medio público’. En cualquier país democrático echarían de su empleo sin contemplaciones a quien haciera una cosa semejante. En Huelva lo más probable es que, para premiarlo, repesquen como concejal a la tránsfuga de su mujer.

El país plural

 

El éxito de Ecuador en el Mundial de Fútbol nos ha dado ocasión de conocer un dato notable: que en España viven ya 800.000 ecuatorianos. No hay datos fidedignos sobre la población inmigrante ilegal que vive en nuestro país procedente del Este europeo, una buena parte de la cual quedará automáticamente legalizada cuando enseguida algunos de esos países se integren en la Unión Europea. Hace ya bastante tiempo que las cifras de la inmigración asiática superaron las cien mil personas (eso ocurrió en el 2003), contándose entre ellas comunidades que crecen a ojos vista (menos de la autoridad competente) en nuestras ciudades y hasta en nuestros campos. Los chinos se acercan también a los cien mil –se ha dicho que algunos barrios madrileños son dueños ya de ocho de cada diez locales– aunque sólo menos de la mitad figure en la Seguridad Social, pero mucho más espectacular todavía ha sido la evolución de la estadística de la galopante inmigración pakistaní. No hay quien sepa con certeza el montante real de la inmigración pero existen sobradas razones para creer que no se para ya en los dos millones, y existe además una previsión inquietante: que su incremento ronda el 25 por ciento anual, lo que quiere decir que, de seguir este ritmo, mucho antes de que el siglo doble su primera mitad los residentes en España nacidos fuera del país serán algo así como un cuarto de nuestra población. Tampoco hay posibilidad de establecer con certeza la cifra de marroquíes legales e ilegales que conviven con nosotros, pero sin duda debe de ser la más numerosa, un verdadero ejército durmiente con más efectivos que nuestra seguridad nacional. Ya me dirán qué es lo que reclaman los mujaidines del país plural en este país-puzzle que ni siquiera es capaz ya, tras le paripé de varias “regularizaciones” (1985, 1991, 1996, 2000…) de contar con cierta precisión los huéspedes que alberga.

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Sólo algunos espíritus cerriles permanecen militantes contra este hecho que lleva todas las trazas de convertirse en el rasgo predominante del nuevo milenio. Los inmigrantes cuentan lo suyo como factor reproductivo (el 90 por ciento del incremento poblacional español a ellos se debe), como elemento dinamizador de la economía (sobre todo de la sumergida) y también como cotizantes de la Seguridad Social, por más que no sean despreciables ni el coste económico de su obligada atención social ni desdeñables ciertos riesgos, algunos tristemente memorable, que, se quiera aceptar o no, están a la vista de todos. En esta nueva invasión histórica de la Europa Occidental, España se ha convertido en el ‘limes’ lejano donde los pacíficos invasores han levantado sus cuarteles de invierno aguardando la posible primavera que les permita levantarlos y dar el soñado salto hacia el paraíso del Norte. Y ese hecho ha de resultar determinante en una historia como la nuestra que ha pasado por repetidas experiencias de integración racial y cultural pero nunca se había encontrado frente a una experiencia, como la de hoy, en la que lo que se juega frente a una pluralidad tan compleja es la propia identidad. No tiene sentido el miedo xenófobo, en todo caso, porque fenómenos similares dieron lugar a naciones (y no digo países, digo naciones) como Argentina o Estados Unidos, con la única pero interesante diferencia de que en ellos el fenómeno se produjo en el propio momento fundante, lo que poco tiene que ver con lo está ocurriendo aquí y ahora. Pero tampoco tiene sentido, por tanto, la demanda de lo que ya es una realidad en marcha –la de un país plural o la de una sociedad multicultural—pues en España ambos objetivos van siendo ya una realidad por encima y por debajo de entusiasmos y de mezquindades. Yo al menos me he quedado de piedra al saber que en España hay ahora mismo más ecuatorianos de pura cepa que coruñeses o sevillanos y más magrebíes que manchegos. El Mundial, aparte de catalizador del patriotismo oportunista, nos ha traído esta descomunal evidencia.