El ritmo migratorio

 

Los teóricos de la Andalucía “cruce de culturas”, “crisol de razas” y demás pueden estar contentos con el respaldo que les concede la realidad. Fíjense en estos datos, al margen de cualquier valoración ideológica al uso: en Andalucía se hayan instalados ya, por primera vez en la Historia, más de 200.000 inmigrantes ilegales, concretamente (contabilizados los de origen europeo), el primero de marzo pasado había en nuestra comunidad 208.250 de ellos. Un ejército, qué duda cabe. Sólo en enero aumentó nuestra estadística en 27.272 nuevos inmigrados y eso que el gran tráfico, como todo el mundo sabe, se ha desviado esta temporada a Canarias. Habrá que repensar ese problema sin prejuicios (sin xenofobia pero también sin papanatismo, quiero decir), será preciso calcular cual es la capacidad real de resistencia de nuestra sociedad y de nuestro mercado laboral. Y nada de ello se ha hecho hasta ahora, convertida la inmigración –como todo—en arma arrojadiza entre los dos grandes partidos. Hemos cruzado la raya de los 200.000, sin embargo. Andalucía tiene hoy pocos problemas como ése.

Huelva no es Sevilla

 

Las mujeres del PSOE sevillano han promovido, desde su estructura federal desde la regional y desde la provincial, un manifiesto en el que se pide, con toda la razón del mundo, la dimisión del concejal botarate de Aznalcóllar que agredió a una mujer del consistorio. Noten qué diferencia con lo ocurrido en Huelva cuando un concejal de Aracena hubo de ser condenado por la Justicia por tocarle el trasero a una mujer y le pegarle a otra, pues lo que aquí ocurrió –con la honrosa excepción de la consejera Micaela Navarro y los pujos reprimidos de algunas compañeras—fue que hasta se defendió al agresor buscándosele un empleo “de alta dirección” y exigiendo que se diera por liquidada su culpa con la sentencia misma. Huelva no es Sevilla, está visto, ni siquiera a la hora de defenderse a sí mismas las propias mujeres. Aquí ha llegado a salir a defender al agresor hasta una diputada. En Sevilla parece que la cosa va por otro camino.

Guerras de tribus

No hace falta mantener intacta nuestras devociones juveniles por don Miguel de Unamuno para reconocerle una prodigiosa capacidad para clavar con breves sentencias los más complejos problemas. Uno de esos aciertos suyos que no se deberían caer de la memoria es su dictamen de que lo que mueve la Historia de España no es la ‘lucha de clases’ sino la ‘guerra de tribus’. Don Miguel comprendía el potencial histórico de la dialéctica estructural –bien conocemos su juventud socialista– pero estaba lo bastante familiarizado con el pasado español como para ver que lo que en él pesaba más, a fin de cuentas, no era siquiera la losa de las desigualdades sino la obsesión lugareña por la diferencia, el prurito aldeano de la singularidad (es decir, de la superioridad) de lo pueblerino sobre lo nacional o, lo que viene a ser lo mismo, la confusión fatal entre el sentimiento comunitario básico y el proyecto romántico de ‘nación’, ese “plebiscito de todos los días” de que hablaba Renán. Es cierto que a don Miguel le tocó vivir una coyuntura lamentable –que como vasco logró implicarle en la medida que hoy conocemos bien—pero sin duda posible la que estamos viviendo hoy en España no queda a la zaga de aquella ni por sus perspectivas ni por la posible irreversibilidad de algunas de sus consecuencias. Hace poco decía un ministro del Gobierno que le parecía muy precipitada la propuesta de un “charnego” para presidir la Generalitat y hace un par de días ha sido el propio President quien ha mantenido en público –evidentemente en alusión a la candidatura del andaluz Montilla—que tienen escasa credibilidad las posibles candidaturas a presidir el gobierno regional de españoles nacidos fuera de Cataluña, pongamos por caso alguien, como ese ministro, nacido en un pueblo andaluz. La “naturaleza”, el origen de la persona, marcan, pues, su destino político incluso en el caso de esos reconvertidos, no pocas veces renegados, que aceptan gustosos el dictado de “charnegos” con que se les insulta desde la xenofobia excluyente. Unamuno llamaba “política de campanario” a las que se centran onfálicamente en su identidad entendida como valor. Hoy debería bastar con responderle a los xenófobos del PSC y a la compañía secesionista con el reproche constitucional.

xxxxx

Los políticos pueden desdramatizar cuanto quieran pero no tendrán modo de esconder el efecto rompedor que sobre nuestra realidad histórica tienen estas veleidades pardales que han conseguido ya lo que tal vez no logró ni el seísmo separatista durante la última República. Y si alguien lo duda, ahí tiene a todo un ministro o a todo un ‘president’, no ya boicoteando el uso inmemorial de la lengua, sino haciendo del nacimiento local, en un alarde de ultrarromanticismo de lo más añejo, una condición inexcusable para la idoneidad presidencial. El nacionalismo es ante todo una xenofobia, la creencia, verdaderamente idiota, de que hay razas, como la propia, superiores a otras y que, en consecuencia, no es posible la igualdad entre los ciudadanos de un territorio sin menoscabo del imaginario derecho autóctono. Malraux estaba convencido, en cambio, de que, tanto para lo bueno como para lo malo, estamos ligados a la patria común en términos tales que no encontraríamos manera de ser europeos sino asumiéndola en su compleja y plena realidad, y partiendo luego de ella. Claro que Maragall no es Malraux ni nosotros somos ya uno de esos pueblos europeos a los que la conciencia clara de lo que costó la ‘nación’ ha hecho enterizos hasta el chauvinismo. Puede que antes de lo que piensan algunos andemos aquí también dándole del revés, como le dan ahora en Alemania, al manubrio de la desnacionalización, pero para entonces puede también que de esta catedral soberbia que un catalán eximio como Pí y Margall veía en la antigua España histórica no quede ya más que un solar.

La guardia andaluza

 

Dicen que para ser una ‘nación’ en condiciones lo que necesita un grupo humano es un ejército y una moneda. Vascos y catalanes, las comuneros “primera” en este Estado cada día más desigual, han descubierto una variante: lo imprescindible es disponer de una policía mandada y, a ser posible, también de una Justicia local. Andalucía va a tener de todo en la letra de su nuevo Estatuto, pero en la realidad seguirá, al parecer, manteniendo pacientemente sus carencias hasta que Madrid lo disponga y al partido le convenga, como acaba de demostrar Chaves una vez más al renunciar por tercera vez (2001, 2004, 2006) a su compromiso de conseguir para la comunidad una policía autónoma durante la legislatura. Eso sí, sobre el papel, que todo lo soporta, tenemos ya exclusivas tan improbables como la que nos atribuimos sobre la gestión del Guadalquivir o el cuidado del flamenco y hay consejera que no se ha cortado al pedir un TSJA con “sensibilidad andaluza”. Lo que habrá de esperar será la guardia andaluza. Chaves no podrá pasar revista a sus tropitas como Maragall ni falta que hace.

La alarma social

No le ha gustado a la Junta el estudio sobre mortalidad del profesor Benach (Universidad Pompeu Fabra) más que el que en su día hizo público (hay que decir que con excelente acogida científica internacional) un acreditado endocrino local, el doctor Rueda, sobre lo que él denominó “el síndrome de Huelva”. Lo ha manifestado la consejera con la negada por respuesta y sin mayores argumentos, aparte de decir lo de siempre: que para estudios, los muchos que continuamente hace la Junta, aunque nadie los conozca. Pero Benach ha demostrado que en el triángulo suroccidental (Cádiz, Sevilla, Huelva) los índices de mortalidad son excepcionales y eso no se echa por tierra con la declaración de una responsable sin mayor bagaje científico. ¿Dónde están esos estudios contradictorios que ella dice poseer, por qué no los publica? No genera alarma social quien avisa de riesgos sino quien se niega a conjurarlos. Que aquí ha ocurrido o está ocurriendo algo queda fuera de dudas. Que la Junta no quiera enterarse resulta sencillamente irresponsable.

El cadáver exquisito

Va perdiendo terreno a ojos vista el ancestral “terror al cadáver” que algunos etólogos creían comprobar, más allá del horizonte humano, incluso en el de ciertas especies sensibles. En estos momentos hay tres países engarzados a mandoble diplomático limpio reclamando el cuerpo del terrorista Zarqaui, al fin liquidado por las legiones imperiales orientadas por un oportuno chivatazo. Quieren darle tierra en la suya natal o en otras que se disputan el dudoso honor de albergar para la eternidad a ese fanático, capaz de degollar lentamente con su daga a un rehén inocente delante de las cámaras para escarmiento del mundo entero, al que la barbarie ideológica ha convertido en héroe o más propiamente en mártir. Por otra parte, un viejo profesor de Chicago, Gary Becker, ha expuesto en una entrevista aquí publicada su propuesta de crear un mercado de órganos –no he logrado enterarme si de cuerpos vivos o ya difuntos—para abastecer una creciente demanda que, ciertamente, se legitima con el argumento de que el entierro sistemático del cuerpo constituye un despilfarro. Becker no se arredra siquiera cuando se le objeta que eso sería como ofrecer a los ricos comprar a los pobres porque dice que, en definitiva, también en el ejército o en cualquier otra actividad peligrosa quienes acaban alistándose son los que tienen menos recursos sin que por ello se rechace le sistema de recluta. No sé, pero tengo la sensación de que el Mercado no está dispuesto a dejar fuera de su alcance ni los despojos de la vida, ese poso sacralizado que la Humanidad viene venerando mejor o peor desde siempre, sino que tiende a ampliar su lonja con un baratillo adjunto en el que los órganos vacantes sean reciclados en beneficio de la vida. Alguien dijo por ahí que la muerte, en fin de cuentas, no es el fin de todo porque al fallecido le queda siempre morir de nuevo “chez les autres”. No sabía ése hasta qué extremo llevaba razón.
                                                                xxxxx
Muchas discusiones tertulianas –como siempre ocurre en estos casos—en torno a la reacción de cada cual frente al acontecimiento. ¿Es lítico, moral, éticamente, celebrar la muerte de alguien, en especial, la muerte violenta, por peligroso o despreciable que nos resulte el fallecido? Pues yo creo, sinceramente, que, sin perjuicio de mantener sin desmayo el partido de la vida, hay sujetos cuya existencia no es posible desear por más que mimemos con cuidado el jardín de nuestro narcisismo moral. Un personaje como Bin Laden, por ejemplo, como arquetipo de la profesión del Mal, no es que pueda, es que tiene que ser un objetivo de la Justicia, incluyendo la probabilidad de que su final sea la muerte violenta, más allá de cualquier consideración de principio. Algo que debería entenderse también desde el lado de los fanáticos, a los que lo menos que cabe exigir desde la razón común es que admitan el derecho de las víctimas a defenderse, y a los que habría que recordarles la razonable conclusión de Apollinaire de que nadie puede danzar toda la vida con el cadáver del padre a cuesta. No sé dónde acabarán enterrando a ese frío asesino como no sería posible saber dónde están enterradas sus cientos de víctimas inocentes. Lo preocupante es la reclamación misma, el rito nefando del entierro del mártir-asesino, el éxito del mito del héroe brutal y su legendario prestigio que parece inspirado en la vieja idea de Horacio de que uno nunca muere del todo sino que perdura en los elogios de la posteridad. La Historia es un museo de esta mala memoria en el que, junto a lo eximio, se expone con indecencia lo más abyecto de cuanto fue. Y por lo que se refiere al mercado de órganos, me imagino que las mafias se estarán subiendo por las paredes viendo en el aire un negocio que funciona a las mil maravillas y a ojos vista un poco por todas partes. “El cadáver beberá el vino nuevo” escribieron los surrealistas de Breton con los ojos tapados. Tampoco ellos sospechaban lo real que puede resultar la ilusión.