La ‘onubense’, tiesa

 

Otro año de descuelgue para la ‘Onubense’, nuestra universidad adolescente, otro regateo de la Junta que sólo le concede para su plan de inversiones una cantidad que la sitúa penúltima entre todas las universidades andaluzas. La financiación es el problema crónico de nuestra “alma mater” y el escollo que la Junta no parece dispuesta a remover sino todo lo contrario. Y eso es grave error porque nuestra universidad no está consolidada y fuera de riesgos, sino que tiene aún encima los problemas propios de una institución reciente a la que, además, se le ha venido regateando año tras año lo que es suyo. Se comprende que quienes la gobiernan templen gaitas con los mandamases de Sevilla, pero está claro que, manteniendo el actual sistema, malamente podremos mejorar nuestra posición en el ránking universitario andaluz, que ya de por sí no anda demasiado boyante. La ‘Onubense’ necesita un apoyo más decidido y más ambición de la que hoy muestra si no quiere quedarse la última de la fila.

Los nuevos mecenas

El segundo millonario del planeta, Warren Buffet, ha decidido donar el grueso de su fortuna a la conspicua fundación de Bill Gates y su señora. Casi cuarenta mil millones de dólares que van a unirse con el tesoro ya depositado por los Gates en la fundación más ambiciosa de la historia de la Humanidad, con la pretensión de mejorar sustancialmente las condiciones de vida del personal, y desde el convencimiento de que la filantropía es una solución mal explotada hasta ahora por las sociedades, aunque también desde la sugestión calvinista de que ese tipo de generosidad “es una forma de ganarse el cielo”. Pero Buffet descresta con mucho la herencia de Calvino porque cree que el destino ideal del hombre consiste en acumular riqueza durante toda una vida para devolverla luego a la sociedad, y esto, desde luego, no es lo que vio Max Weber en la moral del capitalismo protestante, sino algo muy distinto. El alcance y sentido del nuevo mecenazgo, en todo caso, suponen todo un reto a la imaginación sociológica que, probablemente, acabe viendo en él una artimaña integradora del Sistema del que los magnates vendrían a ser generosos pero inconscientes servidores, como lo fueron siempre y en todo lugar los protagonistas de eso que los griegos clásicos llamaban “filarquía”. Aristóteles cuenta la historia del oligarca Cimón a cuya puerta acudía diariamente el “demos” en busca de sustento y se cuentan por decenas los estudiosos que han visto en la “hestiasis” o banquete ritual que los ricos ofrecían a los pobres un eficaz instrumento de la paz social dado que, como dijo alguno de aquellos, el impuesto suele ser una cosa mucho más complicada que la liturgia. La idea sombartiana de que el capitalismo es connatural a la especie y que su mecanismo no es otro que al afán de lucro (la ‘libido posseiendi’) no luce ya como en su momento, como no rulan ya tampoco las teorías que Keynes montó para explicar el milagro económico de las pirámides faraónicas. Algo así como una mutación de época ha debido de ocurrir en el individuo (o en el Sistema, cualquiera sabe) para que a los “big men” de que hablaba Adam Smith les haya dado el punto francisco de desnudarse en público y coronarse con la ceniza de la seráfica indigencia.

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Resulta también bastante claro que este tipo de decisiones no responden tanto a la psicología tradicional de la propiedad como a un modelo nuevo que sólo sería concebible en determinadas circunstancias económicas. Nadie ha cuestionado el principio de que la crecida del mecenazgo o del evergetismo –desde las viejas sociedades agrarias hasta nuestros emporios posindustriales– tiene como requisito la expansión económica. No se conciben los Gates ni los Buffet sin un entorno económico prodigiosamente favorable como el que han dado de sí las nuevas tecnologías, paraísos a los que el elogio del gasto que hacía lord Keynes se les queda chico desbordado por el ritmo enloquecido de la novísima productividad. Las tres razones que el XVIII daba en abono del lujo (mejora de los artesanos, miseria de la tesaurización y control del precio de la tierra) quedan poco menos que obsoletas a la vista de estos sartenazos de rico que, quién lo duda, bien podría ocurrir que acaben modificando el raro devenir de la locura humana. Gates opina, por ejemplo, que no hay razón de peso que, a estas alturas, nos impida dominar las veinte mayores enfermedades que afligen al hombre, y no hay que ser un avezado arúspice para entrever el revolcón que fondos de inversión de semejante potencia podrían propinarle, de la noche a la mañana, a la desigualdad reinante. Marx se habría tomado su tiempo, sin duda, para reconsiderar el efecto de esta inesperada revolución en la que la vanguardia serían precisamente los afortunados. La Historia dispara muchas veces por la culata. No es imposible que ésta sea una de ellas.

Izquierdas antiguas

Lleva razón el arzobispo de Sevilla, Cardenal Amigo, cuando pregunta por qué ese empeño en desterrar los crucifijos de los edificios públicos no se extiende a los demás símbolos religiosos que en ellos se exhiben, al menos desde el XIX. Aquí se han cuestionado con éxito representaciones tradicionales de Santiago Matamoros, pero no se ha dicho ni pío sobre la diversísima galería de cuadros religiosos que decoran las sedes oficiales. No la lleva, en cambio, IU que parece haber encontrado en el toletole guerracivilista un mato inacabable de motivos y entretenimientos, con ese proyecto de exigir en los Ayuntamientos un declaración concreta sobre algo que la inmensa mayoría tiene asumido hace decenios: la ilegitimidad del 18 de Julio. IU no se arredra ante la posibilidad de que alguien demande pronunciamientos similares por los acontecimientos de Asturias o la barbarie antirreligiosa, porque juega con la ventaja de que poca gente tendrá la entereza de correr el riesgo de hacerlo. Ni unos ni otros lograrán gran cosa, pero en la medida en que lo consigan estarán devolviéndonos a aquella era de horrores. La verdad es cuesta trabajo ver en estas izquierdas a las sufridas fuerzas de la Transición.

Cada uno en su sitio

Canal Sur ha funcionado cuerdamente por una vez retirando de pantalla (no creo que daba hablarse de cese, porque esos puestos son graciables de la dirección) al amigo Norberto Javier. No era de recibo mantenerlo de cara a la gente sabiendo esa gente la que el apartado trae entre manos en el ayuntamiento de Gibraleón y la que trajo durante la crisis que le abrió paso, y por eso hay que elogiar la decisión adoptada. Otra cosa hubiera sido repetir el clamoroso error de la otra vez, cuando la dirección territorial fue desautorizada desde Sevilla a petición, qué duda cabe, formulada desde Huelva. Y más cuando la actual delegada es persona que, dentro de lo que cabe, que es lo que es, viene tratando tantálicamente de mantenerse, contra carros y carretas, todo lo independiente posible del poder político. En cuanto al cesado o lo que sea, no sería lógico que se cabreara, considerando lo dicho y lo que no se dice. Uno es muy libre en periodismo de sentir simpatías y hasta de tomar partido, pero no lo es en un ‘medio’ público y menos a espalda de quien lo dirige.

Lo sagrado y lo profano

Los balleneros japoneses disponen de pequeños templos portuarios en los que rendir culto y homenajear ritualmente a las almas de las ballenas (y no se me rebrinque nadie porque Wojtila ya reconoció, en su momento, la existencia de las almas caninas) una vez fileteadas y dispuesta como es debido su grasa en los barriles. Los japos son en esto como todos los mortales, gentes que primero avasallan y luego piden disculpas, pero como son tan raros, al menos para nosotros, incluyen en sus actitudes algunas que, vistas desde nuestra perspectiva, resultan especialmente llamativas. Estos días, precisamente, ha conseguido el lobby ballenero que los organismos internacionales que custodian a esa especie sagrada, levanten el pie del acelerador y dejen caer, como quien no quiere la cosa, que estarían dispuestos por fin a autorizar de nuevo la pesca de los amenazados cetáceos una vez superadas, a su juicio, las razones que han venido justificando la moratoria internacional vigente desde 1986. Pero en Japón mismo, fíjense en lo que son las cosas, aunque el consumo de carne de ballena se haya disparado –es ya un aperitivo habitual en muchos bares, hay infinidad de restaurantes especializados en ella y hasta se ha incluido en los menús de la “fast food”–, resulta que todas las propagandas imaginables no han sido capaces de reducir por debajo del sesenta por ciento la oposición ciudadana a las prácticas depredatorias que amenazan a esa especie. Y resulta también que la mayoría de la población nativa no siente especial atractivo por esa carne roja con saber a mar que, hasta bien avanzada la década de los felices 60, sirvió en aquel devastado país como sustitutivo de la entonces inencontrable carne de vaca. Yo conozco a uno que ganó una pasta hace años dando ballena por ternera en el restaurante de cierto aeropuerto andaluz sin que nadie se percatase del tocomocho, pero en Japón, por lo visto, sí que distinguen, entre sake y sake, el grano de la paja.

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Dicen los enemigos de la ballena que a su voracidad inconmensurable habría que atribuir el agotamiento de los recursos pesqueros de los que tanto se queja la ciencia verde, a lo que sus partidarios responden que lo que no tiene perdón es que en esa industria esquilmatoria esté fabricando con carne de ballena, no sólo prohibitivos menús turísticos sino hasta comida para perros. Al margen de unos y otros, sorda por completo a las voces y a los ecos conservacionistas, la industria sigue su curso, no obstante, de manera que cada año, solamente entra Japón Noruega e Islandia, se cepillan dos mil ejemplares, y a otra cosa. Es cierto que hay por allá arriba alguna tribu esquimal que celebra también anualmente su comunión con la especie protegida, cazando con autorización una ballena para ser consumida sacramentalmente en una festiva misa negra concelebrada con leche de reno y cerveza fermentada, pero no sé por qué me da el pálpito de que toda esa romería no es más que un montaje justificatorio de la inmemorial escabechina que los humanos vienen perpetrando toda la vida contra la sufrida especie. Una odisea memorable como “Moby Dick” no se explicaría a no ser por el hecho de que los hombres barruntaron siempre en la gran mimada del ecologismo el eco del enigma, el trasunto inquietante de lo sagrado, la oscura fuerza que se remonta a las visiones apocalípticas del gran Leviatán, acaso aún presentes en la retina de unos pescadores que en mar abierto arponean con saña a los mismos monstruos que homenajean en los santuarios del puerto después de la faena y antes de irse al cafetín en busca de su bienganada recompensa. Lo sagrado y lo profano, ‘mana’ y ‘tabú’, como diría Eliade, colindan siempre y, a veces, de modo inescrutable, en el palenque sin fin donde se dirime inevitablemente la penúltima batalla de la lucha por la vida.

El viaje interminable

La imagen de esos inmigrantes traídos y llevados como pandero de bruja, de Canarias a Barcelona y de Barcelona a Almería, embarcados en un vagón con unos cuantos euros por todo viático, degrada hasta un punto lastimero esta democracia tambaleante. ¿Quién decide el destino de esos desgraciados y con qué atribuciones los remite a Almería como quien manda desechos a una planta de reciclaje? No sé qué será peor, si la incompetencia de la autoridad para zanjar o, cuando menos, limitar razonablemente esa invasión, o el desprecio con que, una vez rodadas las benévolas imágenes para el telediario, se le aplica a tantos miles de ciudadanos sin patria ni derecho. El Gobierno y, sobre todo, la Junta han de aclarar por qué desde Cataluña se nos envían sin permiso remesas de inmigrantes, mientras nosotros podíamos entretenernos en imaginar qué podría suceder si desde aquí se enviaran a Barcelona vagones y autobuses de personas no deseadas. Demasiadas palabras pero hechos que hablan por sí solos. Esa imagen refleja no sólo un grave problema de nuestras sociedades sino el gran fracaso de nuestro Gobierno.