El número 3

Bien que conozco la simbología del número 3, tan presente en nuestra cultura mediterránea y, en especial, en la cultura neotestamentaria. Lo que no sabía es que existe una jerarquía mundial de personajes en el que tal número, el 3, corresponde por derecho propio, al presidente o presidenta del Fondo Monetario Internacional, ese mascarón de proa del sistema esencialmente desigual que conocemos como economía libre de mercado. Los presidentes del FMI tienen categoría de jefe de Estado, ahí es nada, pero ha querido el destino, que trenza las vidas a su gusto y capricho, que de los tres últimos que han ostentado el cargo –Rodrigo Rato, Strauss-Kahn y Christine Lagarde—los dos primeros hayan acabado entre rejas y la tercera ande gravemente imputada en su país por un caso notorio de corrupción. No me vayan a preguntar, por favor, aquello de “¿En manos de quién estamos?”, pues yo mismo no alcanzo a comprender cómo se puede depositar el control planetario de la economía en sujetos tan poco probos o en un maleante capaz de forzar sexualmente a una mucama de hotel. ¿Es que no hay en todo el mundo una sola persona de fiar, alguien que no sea un mangante o un salido? Tampoco lo sé, pero me entero de que Lagarde, por ejemplo, cobra en este momento de austeridades la bonita suma de 352.859 euros más 65.000 asignados para gastos personales, con la ventaja de que, al ser extranjera en USA y no cobrar en Francia, queda exenta de cualquier obligación fiscal.
Estamos en manos de una oligarquía transnacional que coopta a sus barandas sin otra regla conocida que su real gana, un estamento sobrevenido en el contexto globalizado en el que –a la vista está—abundan los delincuentes reales o presuntos, y que funciona en régimen de plena autonomía, atento a los objetivos del Primer Mundo y por completo indiferente a los problemas y duquitas negras de los países pobres. ¡Tres Presidentes de tres miccionando fuera de tiesto! No hay que ser Mandel, ni siquiera Keynes (o al revés), para ver en este hecho clamoroso la demostración palmaria del fracaso moral colectivo y encubierto de ese capitalismo que, como el ave Fénix, renace de sus cenizas cuando lo incineran sus propios excesos. ¡Tres de tres y llevándose el manso un mes sí y otro también! Los lamentos de los países abrumados por sus deudas no dejan de llevar razón cuando señalan al FMI como el injusto gendarme de un sistema por completo desmoralizado.

El Do de pecho

Griñán se va de la política. O lo echan sin manos, que todo puede ser, “pase lo que pase” con los ERE en el Supremo. Quienes como el abajo firmante tanto lo estimamos en tiempos, acaso nos sintamos un poco descargados del peso muerto de su desbordada autoestima y de una trayectoria sólo explicable por la ambición. Griñán ha pasado por todo: ha sido un tenor con voz de barítono y, cuando ha hecho falta, incluso de bajo, y esos transformismos en la ópera suelen acabar mal. Sostuve que era lo menos malo disponible entonces pero ahora, visto lo visto, no podría mantenerlo. En cuanto a los demás –a los muchos de griñanitas de estos años pasados–, mucho me temo que acaben en plena deserción. Un mal final de quien pudo esperarse que diera el do de pecho.

Mare nostrum

Italia está escapando al fin de la idea imperial, renovada por el nacionalismo expansionista desde D’Annunzio a Mussolini, de que el Mediterráneo, como se llegó a decir en pleno apogeo de la ilusión fascista, era un “lago italiano”. Como todos los mares, ése tiene también dos orillas y en estos años se anda descubriendo que entre ellas hay un abismo insondable que separa la civilización de un tercermundismo en ebullición que parece decidido a reclamar en el mundo afortunado su hueco salvador. En lo que va de año, la migración masiva –sobre todo la procedente de Libia– se ha triplicado hasta saturar los servicios de acogida, pero en alta mar han dejado sus vidas un millar y medio de personas, víctimas de las mafias que operan en la otra orilla con manifiesta impunidad. Italia exige a la UE una acción conjunta y decidida, toda vez que el flujo migratorio, además de afectar a los países más próximos, se dirige, en realidad, al territorio comunitario, una acción que no debería limitarse a controlar los miles de inmigrantes que lograron alcanzar el paraíso soñado, sino que no tiene otro remedio que intervenir con severidad actuando sobra las mafias en ese territorio sin ley que es África y, muy en especial, la Libia desbaratada posterior a Gadafi. El sueño de la “primavera árabe” tiene ya, sin duda sus propios monstruos para escarmiento de ingenuos y desdicha de sus poblaciones.
Yo me pregunto cómo hubiera reaccionado este viejo mundo si los miles de ahogados entre Gibraltar y Lampedusa no fueran africanos que huyen de la violencia y del hambre, sino ciudadanos europeos –¡o americanos!–, convencido de que hace tiempo que se habrían tomado medidas drásticas por muy laberínticas que puedan ser las estructuras mafiosas. ¿Qué habrían hecho Inglaterra o Alemania, Francia o la propia España, si el reciente millar largo de víctimas hubieran sido naturales suyos, cómo explicar que los mismos que lograron echar abajo el baluarte de Gadafi anden con paños calientes frente a esas miserables pandillas que están constituyendo la nueva esclavitud? No cabe duda, desde luego, de que este pavoroso panorama no ha de desaparecer en tanto no se creen en África las condiciones objetivas que permitan a esos pueblos permanecer en sus patrias, pero tampoco es posible ignorar las complejas circunstancias que resistirán frente al cambio. El cementerio marino seguirá ahí indiferente a galernas y bonanzas como muestra suprema de nuestro fracaso colectivo.

Los hay con suerte

Hay que ver hasta qué punto le ha venido de perlas al PSOE el escandalazo de Rato para tapar el torbellino de los ERE. Nadie ha hablado durante una semana de los imputados ante el Tribunal Supremo, de las absurdas estrategias escapistas de Chaves y Griñán, atentos todos a la tragicomedia pícara de todo un “jefe de Estado”, como Rato, llevándose cautelosamente al manso y al mayoral. Pero por eso mismo resulta insoportable el cinismo que supone agitar el fantasma de la corrupción ajena desde una almena podrida. Otro vendrá que cubra a Rato y así sucesivamente. La corrupción es el sistema y no un accidente de él, pero verán como unos y otros continúan apedreando el tejado ajeno.

La encina de Goethe

Se cumple estos días el setenta aniversario de la liberación de Buchenwald, el campo de concentración que los nazis instalaron a una legua de Weimar, junto la dehesa que prolonga el bosque dominado por el castillo de Ettersberg, el campo ameno que presenció los arrullos dedicados a Carlota por Goethe. Cuando Patton llegó a aquel pudridero logró que Eisenhower obligara a los ciudadanos de Weimar a visitar aquel infierno que unánimemente decían ignorar a pesar de los pesares. Más de cincuenta y cinco mil personas perdieron allí la vida y fueron incineradas en los hornos que aún se conservan a disposición del turista, pero el campo llegó a constituir un horrendo hormiguero de un cuarto de millón de víctimas, entre las que figuraron desde Leon Blum a Bettelheim pasando por Carlos Semprún, Elie Weisel o ese profeta de la actualidad neorrebelde que fue Stéphane Hessel. Cuando yo lo visité, como motivo del 250 aniversario del nacimiento de Goethe, quedaba más bien poco de las perversas instalaciones, justo lo que resultaba preciso para incluir el lugar en el parque temático de la zona, algún barracón inmundo y la alta torre por la que, según el dicho sarcástico, se salía de la ergástula convertido en humo, junto con los piadosos montones de piedras que invitaban a depositar una más como homenaje a los torturados. Un guía solícito llegó a señalarme la encina de la leyenda pero la verdad es no resultaba fácil imaginar las escenas románticas ni los paseos que, en compañía de Schiller, diera el maestro por aquellos pagos que también frecuentaron, en sus días, Niestzsche o Herder.
La biblia no poco narcisista de Semprún –“El largo viaje”—mantiene abierta la llaga de aquel mal sueño, de aquellos “inmóviles cadáveres futuros” cuyo fantasma visitan hoy, sobrecogidos o indiferentes, los grupos guiados de turistas. Ochenta supervivientes han guardado este año un minuto de silencio, algunos ataviados con el uniforme a rayas, todos trillados por el tiempo y el peso de la antigua memoria, el letrero ominoso –“Arbeit macht frei”, el trabajo os hará libres–, un baile de ectoplasmas imposibles, víctimas y verdugos, los cómplices ausentes, y allá abajo, lejos de estos terrores, la encima que cuentan que cobijaba los deliquios de Goethe y Carlota, sobre la que hubo de caer a plomo la sombra de los humos genocidas hasta arrasar todo rastro de romanticismo. Deposito mi piedra sobre el montón votivo como quien practica un sacramento laico ungido por el dolor.

Masas y política

Al filo de los años 30 Ortega andaba obsesionado con el fenómeno “ moderno” de la masificación. Sostenía, con razón, que el nivel de vida, comparado con el siglo XIX, había subido como la espuma, que los individuos que forman la “masa” tenían a su alcance bienes y servicios jamás soñados y percibía con claridad una primera “globalización” en cuyo seno, aquellas, las masas, ejercían su “imperio brutal”, con una potencia que habían obtenido conjuntamente de la democracia liberal y de la técnica. Sobre las huellas de Sombart, Ortega alertaba sobre el hecho de que esa humanidad aglomerada –a la que Rathenau calificó de “invasión vertical de los bárbaros”—se había triplicado en Europa en un siglo por efecto de esos dos motores que provocaban la tentación de convertir al “hombre medio en señor”, pero advertía con severidad que una cosa era decidir políticamente a través del sufragio universal y otra muy diferente imponer por las bravas la voluntad de las masas. Quizá por eso “La rebelión de las masas” está siendo traída y llevada y muchos son los lectores que buscan en ella signos con que orientarse en la actual deriva “asamblearia” de la opinión pública y consiguiente crisis del bipartidismo consagrado en la Constitución, a lo que debe de haber contribuido no poco la excelente edición de José Lasaga prologada elegantemente por Javier Gomá y que, curiosamente, anda vendiéndose, como quien no quiere la cosa, en los kioskos de prensa.
Ortega temía al que él llamaba el “hombre-masa” y gime aprensivo ante la evidencia de que “vivimos un tiempo que se siente fabulosamente capaz para realizar pero no sabe qué realizar”, un tiempo en el que sus protagonistas han de “inventar su propio destino” y en el que el “europeo que empieza a predominar sería, relativamente a la compleja civilización en que ha nacido, un hombre primitivo, un bárbaro emergiendo por el escotillón, un invasor vertical”. Y por eso hablaba de “hiperdemocracia”: porque nunca en la historia del hombre, la muchedumbre había logrado gobernar tan directamente. ¿Habrán descubierto Podemos y sus franquicias un antídoto para conjurar el riesgo de “regreso”, de retroceso, que Ortega previó como efecto de ese dominio “directo” de las “masas”? Más seguro estoy de que serán los propios revolucionarios –ay, “el pobre Marat”, como dice Iglesias—los que disuelvan la masa una vez alcanzado el poder. No hay político que no sea jacobino. Quizá ortega no contaba con eso.