Votos y pactos

Vamos a asistir a la mayor demostración de pactismo registrada en la crónica autonómica. Legítima pero dudosamente, multitud de ganadores de los comicios –o sea, de listas más votadas—no gobernarán sino que tendrán que conformarse con la oposición, algo que no entiende bien una importante mayoría. La candidata Díaz anuncia que hará lo que sea con tal de descabalgar al PP, Podemos le dice a ella –de momento—que de cambio de cromos, nada, Ciudadanos le sacará las castañas del fuego probablemente y en Málaga –hay que suponer que sin el visto bueno de Rivera— un concejal impaciente pretende la alcaldía a pesar de no contar más que con 3 ediles de 31, a cambio de la Dipu y otras plazas. Esta democracia precisa un reajuste y más con tanto novato ambicioso.

Crepusculario

Mis encuentros con Miguel Veyrat –medio siglo de afecto y comprensión— son la ocasión, supongo que mutua, de ajustar nuestras cuentas generacionales. Sobre el velador, nuestras cuitas, la incomodidad depresiva, los recuerdos y añoranzas, también nuestros fracasos. En la generación –en la nuestra—hay muchas vidas paralelas, parece que hemos recorrido en formación los periodos en que Gunther S.Stent dividía la genética y también la Cultura –el clásico, el romántico, el dogmático y el académico—antes de arribar al “fin del progreso” (sic). Miguel es torrencial y choca con mi propia vehemencia, pero coincidimos y discrepamos en paz, recordando viejos tiempos, nuestras servidumbres ideológicas, ¡tantos errores!, y ahora este crepusculario más bien apacible aunque nunca libre del tormento de la duda. Salen a relucir Paul Ricoeur, nos agarramos a Iung como a un salvavidas, Miguel condena a Lacan, el que “inventó con sabiduría aquello mismo/ que trinaba el mirlo/ en su jardín,/ que no existe muerte personal que/ valga –que siempre se muere/ en otro al que la culpa del fracaso se transfiere…”, ay, “sólo se tiene a sí mismo como sujeto en goce fratricida…”, pues ¿y Filón, el pobre, y sus gnósticos puenteados por Pablo de Tarso, inventor del alma?, ah, no, ahí discrepamos, pase lo de Platón, el designio de Miguel de aniquilarlo, y su teoría de los nuevos bárbaros, los del Sur, que nos invaden como es ley de vida, pero no lo del Evangelio de encargo, eso no.

Ahora iremos a votar, a ver qué nos queda, lejos ya de las imaginarias disciplinas, a elegir para alcalde al que limpió el barrio, qué coños, pero antes leemos los poemas de “El mirlo en el diván”, el amor “¿…sería acaso aquella pregunta/ que intentó alcanzar el Ser de Otro…?”, es curioso esto de las vidas paralelas, del paradigma generacional, nosotros, los caídos de otros tantos guindos, los que quisimos cambiar el mundo de raíz y nos dejamos en ello la piel de las manos. Miguel no pierde el humor, es casi un cínico terciado de epicúreo, un “ex” de tantas cosas e ilusiones, ¡qué estafa!, y tomamos en paz de nuestro café, nuestras huellas se juntan y confunden en la arena de los años ingenuos hasta llegar a este crepusculario, el mármol del velador, el mirlo, ¿qué fue de Althusser tras arrojar a su mujer por la ventana? Nos vamos, un día más. Coincidir es un privilegio aunque sea con reparos. ¡Los viejos amigos! ¡Cómo nos engañaron, camarada!

El cambio y el freno

La crisis trajo a los conservadores y la crisis –su difícil gestión—los ha echado. Vamos a vivir, en efecto, un cambio de envergadura histórica, de momento propicio para la Izquierda, pero con una grave hipoteca cuyo recibo no tardará en llegar. El bipartidismo sale lesionado pero ha resistido, y ahora se trata de ver hasta qué punto es compatible la utopía con la realidad, aparte de que tanto el PP como el PSOE van a tener que airear la sentina o se la van a abrir. Es por completo lógico lo que ha ocurrido a un sistema corrompido de arriba abajo. Ahora sólo queda comprobar si la “nueva casta” resiste inmunizada o –y ya hay algunos indicios– se corrompe también. ¿Andalucía? Yo creo que a Andalucía la va a desbloquear Ciudadanos y si no, al tiempo.

Inmenso y diminuto

Mi amigo y casi paisano Juan Pérez Mercader, el astrofísico que, con retranca onubense, busca para la NASA en el torturado río Tinto la réplica biológica del planeta Marte, me abruma cada vez que nos vemos con su pasión por lo infinitamente grande. Lo hace, el tío malvado, porque conoce mi lega afición a lo infinitamente pequeño, esto es, al mundo, no sólo invisible sino casi improbable, de la realidad subatómica, que a mí –lego, repito—me admira y suspende tanto como la vastedad sin fin que nos permiten imaginar esos miles de millones de galaxias. Lo peor para mí es que, mientras más me aplico a mi perspectiva, más se me complica un panorama en el que si ya era maravilla hablar de partículas carentes de carga y de masa, ahora nos vienen con la fabulosa “teoría de cuerdas”, esa hipótesis admirable que logra conciliar la teoría general de la relatividad einsteniana con los postulados de la mecánica cuántica. Conste que me rindo ante el misterio, pero también que me crezco poéticamente ante la explicación de que todo lo existente, desde esa partícula poco menos que conjetural hasta el astro más alejado, está constituido, en última instancia, por ciertas hebras de energía de cuyas distintas vibraciones surgen las partículas subatómicas. Me subyuga esa imagen de lo real desplegado en diez dimensiones –nueve espaciales y una temporal–, esa suerte de concierto vibratorio en el que estamos y que nos constituye.

Es penoso tener que quedarse en el umbral del enigma, atisbando miope el paisaje del milagro –¡cuerdas que vibrando producen partículas, partículas que, unas con otras, generan átomos!–, espiar inútilmente la clave divina, con la sospecha añadida de que, siguiendo este modelo, podríamos habérnoslas con el escándalo lógico que supone una superabundancia de universos compatibles con el nuestro, y no uno ni dos, sino diez elevado a quinientos. Miro a mi nieto con la esperanza de que, algún día, él pueda penetrar estos arcanos que, hoy por hoy, se nos muestran esquivos dejándonos apenas entrever esa inquieta energía cuya danza origina las cosas. El materialismo acabará revelándose como una poética a la que un dios oculto impone su preceptiva, hebras de energía que vibran, minúsculas partículas que surgen, estrellas que brillan después de muertas, mundos paralelos que no podríamos ni contar. Somos un enigma encastrado en un misterio, casi un poema tangible pero abisal frente al que no nos queda más que someternos.

Divinas palabras

Me ha sorprendido no poco la escasa resonancia que ha tenido le terminante aunque ambigüa autodefinición del líder de Podemos quien dice tenerse a sí mismo por “un socialdemócrata como Lenin”. Yo creo que el fondo de indeterminación que caracteriza a este raro momento político se debe, precisamente, al vaciamiento deliberado de los conceptos, a la enérgica colada a que han sido sometidas las palabras políticas heredadas del pasado. Por ejemplo, eso de “socialdemócrata como Lenin” es algo que en su facultad –que es la mía—hubiera resonado de modo explosivo en aquellos tiempos en que aún, siquiera algunos, nos dejábamos las pestañas y la buena fe sobre las ediciones que nos enviaban desde el mismo Moscú, haciendo nuestra aquella “weltanschauung” desde la cual la socialdemocracia era motejada como “socialtraición”. En Berlín he visto el lugar exacto en que los propios socialdemócratas ejecutaron a Rosa Luxenburgo y a Karl Liebknecht y luego aquí he ido viendo como los improvisados “socialistas” de los 70 iban mudando esa piel de serpiente para abrazar la causa “socialdemócrata”, algo tan difícil de concretar pero tan útil para dar el pego de ser rojos sin serlo. Ya ven, Pablo Iglesias, que defiende y comercia con la última hijuela soviética bolivariana, dice ser a un tiempo socialdemócrata y leninista –como si esa conjunción fuera posible en lugar de antagónica– por la razón elemental de que tiene que contentar a un tiempo a los desesperados y a los simplemente rebeldes con o sin causa.

Los conceptos, y menos las etiquetas, son en política por completo circunstanciales y pueden significar hoy lo contrario que mañana, vaciados de sentido o, cuando menos, descafeinados por el uso. Don Juan Valera o el abuelo de Borbolla pertenecieron uno tras otros a montón de partidos en los que lo único que cambiaba era el título, lo que para nada pretende equiparar a aquellos dinosuarios con un espontáneo como Iglesias. ¿Qué quiere decir “socialdemócrata como Lenin”? Pues nada, a ver que va a querer decir. Las palabras siguen teniendo, en todo caso, su papel, a veces decisivo, en una competición política cada día más fingida y desprovista de significado ideológico. Casi nada quiere decir nada ya. Y es en ese sentido en el único que puede ampararse el podemismo para elegir ese uniforme bicolor que no pega ni con cola. Lenin era todo menos un socialdemócrata. Compruebo que mi Facultad no se ha librado de la ruina histórica que padecemos.

Ni contigo ni sin tí

El señor Sánchez ha decretado incontinente el aislamiento del Partido Popular enviándolo al lazareto del que sólo se escapa por la mayoría absoluta. Por su parte, la señora Díaz recrimina a Rajoy que el PP andaluz no la suba en peso a su presidencia absteniéndose en su investidura. Consideren el doble dislate y vean hasta qué extremado punto los políticos rebajan la Política a ras de un suelo que impide necesariamente toda altura de miras. Y de paso, cómo camelan a los electores, como si éstos fueran bobos y carecieran de criterio propio, vendiéndoles cuatro tópicos de repertorio. Al bipartidismo, de momento, no lo erosionan tanto los “emergentes”, antisistemas o no, como ellos mismos, los dos partidos amenazados.