Vaya sorpresa

Se acabó el misterio: Manuela Parralo cogerá el testigo de Pepe Juan en la oposición al Superalcalde. La decisión supone un reconocimiento explícito del fracaso de la anterior estrategia y, en cierta medida, también una huida hacia delante. La resistencia del consejero Saldaña a esa candidatura da una idea clara de lo oscuras que se ven las cosas desde un partido que, ciertamente, tampoco es que ande sobrado de relevos posibles, por lo que Parralo tendrá que luchar a cara de perra con la experiencia y el efecto de la actual “rodrimanía”, animada por el engañoso –absolutamente engañoso—pronóstico desfavorable al veterano alcalde y tal vez también por una hipervaloración del “efecto mujer” en la decisión electoral. Esa candidata es no poco forastera en Huelva, tiene vinculaciones familiares fuertes con la construcción (¿no le decían eso, en su día, a Rodríguez?) y ya fracasó como “segunda” en la anterior candidatura. No cabe duda, en consecuencia, de que no es que el PSOE haya estado dudando, sino que no tenía claro ni fácil a quien poner en ese arriesgado cartel.

El hombre comestible

 

Una noticia atroz, pronto desmentida por nuestra pulcra policía de costumbres, ensombreció estos días atrás la crónica de la tragedia acaecida en la isla indonesia de Java: un hombre muerto habría sido devorado por la turba en un ominoso festín provocado por el hambre extrema a que ha dado lugar la desolación posterior al tremendo terremoto. Leyendo la noticia he recordado que ya Juvenal contaba en una de sus ‘Sátiras” historias de pueblos necrófagos entre los que, dichos sea de paso, incluía a los vascones, por aquel entonces acosados por las implacables legiones romanas. Y como otros tantos comentaristas del canibalismo, Juvenal distinguía con claridad entre ese crimen nefando practicado por pueblos sin entrañas, y la antropofagia obligada por las circunstancias excepcionales a la que creía justo aplicarle la eximente que nosotros conocemos como “estado de necesidad”. Pero la realidad, como demuestra este último incidente, es que el canibalismo ha estado siempre ahí, instalado con comodidad en el subconsciente colectivo, y se resiste a ser borrado de la memoria de la especie, como una marca antigua impresa en las anfractuosidades del cerebro reptiliano que llevamos oculto. En las recientes guerras africanas parece que también hubo mucho antropófago, como los hubo, allá por los 60, en los calveros de la selva vietnamita o camboyana donde los fotógrafos de guerra retrataban soldados exhibiendo cabezas cercenadas o festivos banquetes en que la tropa daba cuenta de algún hígado arrancado al enemigo que la prensa occidental reproducía para enfatizar los horrores de la guerra. Los cercados de Leningrado o esos célebres supervientes del avión de los Andes que andan paseando su circo macabro de televisión en televisión, se zamparon a sus semejantes para sobrevivir ni más ni menos que como se comieron a los suyos las víctimas sertorianas de Pompeyo durante el asedio de la Calahorra hispánica que es, sin duda, el episodio al que se refiere nuestro satírico, aunque Voltaire se equivoque, a mi entender, con el sitio de Sagunto. Perro no come carne de perro: es una injusticia sugerir, incluso como broma, que ‘caníbal’ derive etimológicamente de ‘can’.

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En uno de los artículos de su delicioso “Diccionario Filosófico”, escribió el propio Voltaire con ironía sobre el canibalismo — “Nos hemos ocupado ya del amor; y ahora, con una dura transición, pasaremos de los seres que se besan a los seres que se comen unos a otros”—antes de pasar a contarnos cómo, en una ocasión, una salvaje capturada en Mississippi le explicó en Fontainebleau, con la mayor naturalidad del mundo, las razones con que justificaba su experiencia de antropófaga. Nuestra información sobre la antropofagia ha variado mucho con el tiempo y hoy sabemos por los antropólogos que ese hábito congénito de la Humanidad no necesariamente pivota sobre razones rituales sino que responde en múltiples ocasiones a la simple presión ambiental. Si nos horroriza hoy la idea de que en Java –un infierno al que, por cierto, aún no ha llegado la ayuda indispensable para sobrevivir—una horda famélica haya devorado el cadáver de un semejante no es más que a causa del filisteísmo con que administramos nuestras reservas de moral estética. Los arqueólogos han probado que no hay solución de continuidad entre el canibalismo de un ‘Aníbal Lester’ y el de los homínidos que en Chu Ku Tien horadaban el cráneo de sus víctimas para obtener su cerebro, o los belicosos aztecas que, como otros pueblos de su región y tantos otros en la Antigüedad, tal vez hicieron de la guerra un instrumento imprescindible de la industria alimentaria. Sin salir de Java, el hecho de comerse al prójimo no debería constituir novedad alguna puesto que, según el testimonio de Texeira que Voltaire recoge, caníbales eran sus habitantes hasta un par de siglos antes de ser descubiertos. Eso de que el hombre es un lobo para el hombre se demuestra simplemente poniéndolo a dieta.

Tomar nota

 

En Andalucía, en Astilleros mayormente, por si acaso, deberíamos tomar nota con tinta indeleble del acuerdo alcanzado por los trabajadores de TVE con la implacable SEPI: cobrar el 87 por ciento del sueldo sin trabajar hasta durante trece años sin perjuicio del derecho a buscar otro empleo. Pero tomemos nota no en la agenda de los síndicos, que es borradiza según los climas que reinan, sino en la memoria propia de los ciudadanos. Porque no se entiende tanta dureza cuando se han tratado de resolver algunas crisis y tanta flexibilidad y benevolencia a la hora de tratar otras, no se ve por qué si una empresa cruje en Riotinto o en Cádiz quedan poco menos que abandonada a su suerte mientras a otras privilegiadas se brindan soluciones de oro. Ojalá no haga falta recodarlo nunca, pero, por si acaso, insisto, tomemos nota exacta de este pacto insólito y generoso que, por lo visto, no resulta imposible conseguir cuando así interesa al Gobierno.

El rizo rizado

 

De “primarias”, nada: el candidato de la capital será impuesto por la mesa-camilla y a otra cosa, es decir, que los militantes habrán de limitarse a refrendar la candidatura decidida por el partido sin participación alguna de las bases. Las promesas de Chaves y de ZP, el compromiso de democracia interna que viene prodigándose desde el 97 por lo menos, se queda en agua de borrajas. Eso sí, en Huelva, al menos en la imaginación autodidacta del colosal polítólogo Mario Jiménez, el bucle imaginario se cerrará en una dialéctica para tontos de baba: la elección del candidato será democrática pero el nombre lo decidirá la jefatura. ¡Tomen del frasco! De democracia interna, nada, de “primarias”, menos, que aún resuena el borboteo de los “pucheros” de Jaén y Sevilla que apearon en su día a Borrell y a Borbolla. Todos los partidos son leninistas mientras no se demuestre lo contrario. Y algunos, probablemente, aunque se demuestre.

Pedagogía del odio

 

Hay algo que no se discute hace ya tiempo en ciencia política: el nacionalismo no tiene sustancia. ¿Cómo convencer a alguien de que nacer en Cornellá o Lequeitio es más importante o siquiera distinto de nacer en Aracena o en Móstoles? Eso es un absurdo, puro romanticismo negro, herderismo podrido: el sentimiento contra la Razón propuesto por un Rousseau aldeano. Cuando a Arcadi Espada le pegan en Gerona el nacionalismo no hace más que descubrir su íntima debilidad, su miseria ideológica. Lo mismo que cuando sus cachorros –¡otra ves las “camadas negras”, Dios mío!—impiden hablar a Savater sobre Galileo Galilei o cuando lanzan huevos pútridos contra Vidal-Quadras. A Gozone Mora, a Francesc de Carreras, a Boadella no los dejan hablar siquiera no porque se sientan asistidos de alguna razón de peso sino, sencillamente, porque les temen. En territorio de la horda no cabe discrepar sin llevarse un cantazo. Y eso, que en democracia siempre estuvo proscrito, en teoría al menos, es hoy práctica protegida en Cataluña como lo es desde hace mucho en el País Vasco. El propio Arcadi clavó a esa mariposa negra con el alfiler de su ingenio de entomólogo minucioso cuando acuñó la expresión “pedagogía del odio”, ese recurso de los bárbaros lugareños en el que “lo simbólico desplaza a lo necesario”. Félix de Azúa acabó finamente con el cuadro cuando, mirando al ‘Tripartito’, recordó como quien no quiere la cosa, que “nunca se ha visto un socialismo nacionalista salvo en la Alemania de los años 30”. Eso sí que es un palo y no los que propinan los “maulets” de mierda, los retoños de esa Terra Lliure renovada que, de momento, no coloca a sus víctimas, como entonces, cinturones explosivos –todo se andará, tal vez– sino que se limita al insulto y la patada. Ante la pulcra inhibición de los Moços, por supuesto. En los malos tiempos, cuando llamábamos a comisaría en plenos disturbios para denunciar algún desmán de la ultraderecha, una voz impersonal y cómplice te requería al otro lado del hilo: “Diga su nombre, deletree sus dos apellidos, consigne su domicilio y número del DNI”. Entonces los mandábamos al carajo y colgábamos. Hoy parece que volvemos a estar en las mismas.

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La gran complicidad de esta hora española estriba en negar o en hacer como que se nos escapa el hecho básico de que ni en Cataluña ni en el País Vasco está garantizada la libertad. Frente a este golpe de muerte al régimen de libertades, asociarse con los mismos a los que se acusó hace poco de llevarse el manso del “3 pur cent” resulta pura bagatela. Es infinitamente peor explotar el arsenal simbólico y proteger a los sicarios como se hace habitualmente en esos enclaves, ejercer por sistema y como método único la pedagogía del odio, rellenar con basura lugareña el hueco mental que horada la idiocia aldeana. Y definitivo proteger a los vándalos, primar la violencia sobre la razón, permitir (como mínimo) que aquellos le hagan el trabajo sucio a las instituciones. Es curioso: los mismos que claman porque se le niegue el diálogo a los lobos terroristas exigen el silencio de los corderos en quienes sólo piden ejercer su derecho a hablar. Para que “lo necesario” no acabe desplazando a lo simbólico está hoy la policía autonómica, zorra en el gallinero, como estuvo la nacional en los 60 y 70, como la que len los 30 llegaba tarde a cada “noche de los cristales rotos”. Arcadi insultado, agredido o saliendo por la puerta trasera “protegido” por la policía de Maragall es la viva imagen del fracaso de la libertad, la triste demostración de que vivimos en plena ficción democrática. Ayer un denso y significativo silencio, roto sólo por excepciones raras, envolvía la noticia: vean como no hay violación de la libertad posible sin una eficaz complicidad mediática. En Cataluña lo mismo que en resto de España. “Ubú” hace tiempo que cruzó el Ebro. Que se lo pregunten a los que antier tenían que salir, como en los viejos tiempos, por la puerta de atrás.

El dedo protector

 

No le ha resultado fácil a ZP –como le preconizara en su primer mitin andaluz quien bien conocía el partido y entramado—aplicar las curas regeneradoras que prometió al llegar. No habrá limitación de mandatos en el emirato de Chaves, se mantiene la vista gorda ante la corrupción que ya no distingue una factura buena de una falsa, se protege y aplaude a los tránsfugas siempre que jodan el rival en beneficio del partido. Y no habrá más democracia interna que la imprescindible y formal que imponen los retorcidos renglones reglamentarios que lo mismo valen para un roto que para un descosido. Nada de “primarias”, que ya se sabe lo que traen esos juegos, y están frescos en la memoria el “pucherazo” que hubo que dar en Jaén para cerrar el paso a Borrell o en Sevilla para apear a Borbolla. El Gran Índice, el dedo protector, la voluntad del que manda. Los fascistas, cuya memoria andan rescatando algunos insensatos, pintaban por la paredes una frase definitiva: “El Jefe siempre lleva razón”. Sin ánimo de comparar, a ver si alguien ve diferencia significativa entre aquellas pintadas y las consignas actuales.