Cuento fantástico

¡Conque no acabaría en pelotazo y negocio del ladrillo el lío de Riotinto! Pues ahí tienen la fábula que propone convertir la Mina en un emporio turístico, esperando que “el gran potencial histórico” del pueblo y el interés del “turismo británico” hagan el milagro de crear otra Marbella entre Bellavista y el Zumajo. ¿Qué ha pasado con las 1.200 hectáreas conseguidas a precio de saldo por un grupo sin rostro, por qué la Junta pagó mucho más que éste por los mismos terrenos, será que alguna institución financiera condiciona algún ‘pelotazo’ en la Costa al ‘sacrificio’ riotinteño, qué papel juegan en este enredo los primeras espadas del PSOE que asesoran y acompañan a estos privilegiados? En Riotinto no sólo se ha venido posponiendo una verdadera solución a base de paños calientes sino que se está fraguando hace tiempo un colosal negocio del que sólo el PSOE lo sabe todo. Este último proyecto no deja de ser el cuento del alfajor que dejaría al pueblo como está pero podría proporcionarle a los embozados una fortuna.

La patria prohibida

Un lector irritado me ha puesto en un correo como chupa de dómine. Por lo visto lo ha sacado de quicio algo que debo de haber dicho en la radio a propósito de la garzonada, pero no tengo mayores dudas, a la vista de sus tremendos cargos e feroces mandobles, de que su inquina es anterior y más profunda. ¡Cómo me pone, Dios mío de mi alma! Pero me ha llamado la atención que, como reproche supremo, como invectiva final y acaso como marca de Caín, el buen hombre de me dedique despectivo, enfatizado por múltiples comillas y en formato cursivo, el dictado de “patriota”. ¡Soy un patriota, qué se le va a hacer, un réprobo, tal vez un descerebrado por la pulsión primaria, una piltrafa enredada en la trama joseantoniana de la gaita y la lira! Toma ya. ¿Se acuerdan de cuando González se dejó retratar en la portada de una conocida revista llenándose la boca con el famoso “Para patriota, yo”?  Pues nada, lo que es bueno para González no lo es para la “gentecilla del común”, en la que gustosamente me incluyo, en cuyas bocas la defensa de la identidad o del proyecto común suena a arenga cuartelera o incluso a sablazo limpio. Hasta me recuerda eso de que “el patriotismo es el último refugio de los canallas”, que el pobre cree original del coronel Dax de “Senderos de gloria” ignorando que es una vieja ocurrencia de Samuel Jonhson. ¡Hay que joderse! Yo no me imagino a un francés, la verdad, usando como arma arrojadiza el sentimiento patriótico en cuyo nombre, como en el de casi todo sentimiento o virtud, tantos crímenes se han perpetrado. Ni a un americano. Una crónica de Pablo Pardo nos contaba antier mismo que seis de cada diez americanos consideran su cultura superior a la ajena y que la mayoría de ese gran pueblo-niño, como dijera Ronald Barthelmy, vida convencida de que el resto del mundo mira embobado hacia sus altas montañas y sus verdes praderas como quien contempla deslumbrado el faro de la libertad. También uno de cada seis hogares yanquis posee, junto a la Biblia y el revólver, una bandera cuidadosamente guardada para las ocasiones. ¡Imagínense, una bandera! Todo Cristo debe de ser fascista en esa Babilonia que, todo hay que decirlo, nos ha librado ya dos veces del fascismo.
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Es una cosa rara, me parece a mí, que en un país, en una nación (aunque sea en una “nación de naciones”) mostrarse amante de la patria pueda resultar oprobioso. Aunque tampoco es raro que las cosas hayan acabado así, teniendo en cuenta el entusiasmo con que la izquierda ha descubierto recientemente la vieja pólvora mojada del “patriotismo constitucional” con que Jürgen Habermas, sobre las huellas de Dolf Sternberger, procuró desactivar los demonios simbólicos cuando, allá a finales de los 80, se reunieron al fin las dos Alemanias. Conviene no olvidar que la apropiación simbólica de la patria por la derecha dura en tiempos pasados ha logrado confundir a mucho tonto, pero hay que decir que lo que aquí está ocurriendo a esta triste respecto poco tiene que ver con los tontos y mucho con los listos que tratan de capitalizar por el revés un sentimiento tan genuino reduciéndolo a mero signo reaccionario. Si el Mundial ha servido para algo ha sido para probar con sus banderas que la fascinación por la patria no es mata que se arranque con facilidad, pero debe quedar claro que el patriotismo puede ser mucho más complejo que el que practica Manolo el del Bombo. Ese sucedáneo que pretende reducir del sentimiento patrio a simple “lealtad constitucional” no tiene por qué ser incompatible con el sentimiento original. Como no lo es lo contrario. A nadie habría que explicarle semejante cosa en Gran Bretaña o en Corea. Pero aquí estamos llegando a un punto idiota en que ya nos escamamos incluso oyendo decir al poeta lo de que la verdadera patria es la infancia. ¡No pueden hacerse idea de cómo me ha puesto ese tío! Yo no se lo he tenido en cuenta, convencido de que lo suyo, después de todo, es muy español.

Genio agradecido

Nadie puede dudar de que el maestro Barenboim sea un genio, ni cuestionar, en consecuencia, que la Junta de Andalucía pague su alta factura para acercarlo a nuestra comunidad y que, en justa correspondencia, él se muestre agradecido a Chaves por su munificencia y mecenazgo. Ahora bien, escucharle decir que no cree que “haya otro gobierno en el mundo con más visión y preocupación por los temas culturales que el de Andalucía”, lo deja a uno patidifuso. Poderoso caballero es don Dinero, ser agradecido es ser bien nacido, de acuerdo, pero Barenboim –que recibe de la Junta seis millones de euros más otros generosos pelotazos (conciertos en Granada y Sevilla, por ejemplo) haría bien en moderar un optimismo que lo lleva derecho al ridículo del adulador. La política cultural andaluza está mucho más cerca del desastre que del éxito, y la operación Barenboim tiene más de propaganda y amiguismo que otra cosa. No se olvide el nivel de nuestra cultura, por dónde andan los indicadores, cuáles son nuestros clamorosos fracasos. Beronboim, en este caso, ha hablado como un ventrílocuo: desde el estómago más que desde la cabeza.

Un mal momento

Mal momento (reconocido) el que hizo que la ‘delegata’ de Turismo, Rosario Ballester, tirara de móvil oficial para insultar por derecho a un medio de comunicación hostil, seguramente cabreada por el éxito profesional de ese medio. Menos malo aquel en que decidió enviar un segundo mensaje pidiendo perdón por el patinazo. Quienes se dedican a la vida pública deben encajar con deportividad las mismas críticas que ellos y sus medios adictos dedican a los adversarios, y desde luego no pueden de ninguna manera lanzarse como un obús sobre estos desde el propio cargo. Ballester debe aceptar –como lo demás, ni más  ni menos—que la crítica contraria se salga de las encuestas, y pensar que por algo será, aparte de que ya ven qué vamos a contarle a ella, con la experiencia que tiene encima esa mujer, de amigos y enemigos mediáticos. Entre otras cosas porque puestos a avergonzarse, como hacía ella en su mensaje, seguro que no le faltaban motivos para el propio sonrojo. Están empeñados en demediar España a rajatabla. Y la verdad es que hasta ahora les va dando buen resultado.

Viejos fantasmas

 

La visita papal está dando lugar en Valencia y fuera de Valencia a episodios claramente inscribibles en la crecida anticlerical y anterreligiosa que está siendo estimulada desde sectores más bien anacrónicos de la izquierda española. Carteles descorteses expresándole al pontífice el desacuerdo particular de quienes, contra la lógica propaganda de los organizadores, dicen no esperarlo ni desear su visita, por ejemplo. O ausencia del presidente del Gobierno del acto central de la efemérides, es decir, de la misa pontifical, lo que constituye incalificable descortesía con quien, entre otras cosas, es un jefe de Estado. Las dos Españas, otra vez, en suma, el truco del maniqueo, la tradición del Judas de la mañana de Pascuas. Recuerdo haberle oído a Muñón de Lara, en su casa de Pau, que el anticatolicismo –una vieja herencia romántica– había tenido tanto apoyo político en el periodo republicano porque constituía una estrategia mucho más fácil que la reforma agraria y porque para el “agitador burgués”, como decía Jover, resultaba infinitamente más practicable explotar el agravio de las clases ignorantes que construir una utopía medianamente sólida. Me gusta repetir que el anticlericalismo clásico –el que va desde el liberalismo radical a Pérez de Ayala pasando por don Juan Varela, Galdós y ‘Clarín’—era ya una antigualla no poco contradictoria en su momento, como lo demuestra la discreción con que aquellos tragacuras procuraron distanciarse de los aspectos más brutales de la actitud. La enemiga a los frailes sirve durante el Barroco y hasta mucho después para enmascarar los grandes problemas nacionales, como la leyenda antijesuítica sirve de tapadera, además de a graves ambiciones, a grandes males de la patria. El conde de Aranda sabía que era más fácil –y popular—perseguir curas y frailes que enfrentarse con el abuso nobiliario o con la arbitrariedad de la monarquía señorial-feudal; Azaña era consciente de la que se avecinaba pero también de que el señuelo anticlerical ayudaba a tapar mucho agujero negro. Teniendo en cuenta que la historia viene coleando desde el cuento madrileño de los caramelos envenenados, la verdad es que la tragedia que se produjo podría haber sido peor.

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No se niega que la Iglesia pusiera y siga poniendo de su parte lamentables motivos, ni que la raíz de la desconfianza popular, aparte de los efectos de su rígido inmovilismo, haya que buscarla en su alianza histórica con el Poder y en la ferocidad del régimen consiguiente. Pero eso poco que ver ya en una sociedad moderna y altamente secularizada en la que la persecución religiosa tiene tan poco sentido como tendría hoy en la Francia siempre jacobina un ‘pogromo’ antinobiliario. Y la clave está, a mi entender, en esa razón que nos proponía Tuñón –que no puede ser menos sospechoso—cuando éramos jóvenes, a saber, que liquidar a un rebaño indefenso de beatos es siempre más fácil que desamortizar la tierra y echar a andar una cooperativa. Es raro el especialista al que se le haya escapado el alto coste moral y político de aquella represión antirreligiosa que desde cierta izquierda esclerótica se pretende ahora reactivar. Tan raro como el espíritu libre al que se le oculte la torpeza aparentemente irremediable de la Iglesia oficial al mantener en pleno siglo XXI posiciones que rechinaban ya en la vieja conciencia ilustrada. Pero ni con aquellos ni con ésta tienen que ver los agitadores actuales que han visto en la resurrección del fantasma una simple coartada para ocultar fracasos más profundos. El “diabólico Valera”, como dijo irónicamente alguna vez su amigo Menéndez Pelayo, pedía nada menos que en el Congreso “no solamente la libertad, sino sobre ella, el privilegio, la protección y ayuda” para la “religión oficial”. Háganse cargo. Los carteles de Valencia, en cambio, nos reenvían más allá de los enredos de “Pepita Jiménez” y recuerdan demasiado a la triste soflama de “El Motín”.

Impunidad democrática

 

La negativa del grupo del PSOE a investigar en el Parlamento el escándalo destapado por la Cámara de Cuentas en la consejería de Cultura, de la que depende esa empresa pública que pagaba sin factura lo mismo una que seis veces al mismo acreedor, y que llevaba sus cuentas sin más normas contables que el capricho, se explica porque la responsable es hoy nada menos que ministra del “Gobierno amigo”, pero no puede ser admitida por la conciencia democrática para la que esconder lo que pudieran ser presuntos delitos resulta imposible. Nadie esperaba que se diera luz verde a esa investigación, pero –igual que cuando se descubrieron las facturas falsas del Ayuntamiento de Sevilla— es preciso protestar por esta connivencia parlamentaria que sencillamente produce la impunidad de los responsables. La ironía de la consejera Rosario Torres está de más aunque la verdad es que no le queda otra salida. Todo vale en las cuentas de la Junta o de los Ayuntamientos, siempre que sean “amigos”. La impunidad es un triste privilegio de la mayoría absoluta.