Cara, la que haga falta

Poco puede aportar a la política el ‘delegata’ de Salud, ese doctor Pozuelo que se trajo la “mesa camilla” de la Sierra para que, a cambio de sueldazo, piso y coche gratis, corriera con el gasto de la impopularidad. El PSOE sabe que mientras mantenga a ese encajador para recibir los golpes, eso que se quita de encima el partido, y a la Junta, por lo que se ve, le da lo mismo si en Matalascañas le da un infarto al propio médico que si se muere un paciente. Pozuelo está para hacer de escudo de los otros –de los de Sevilla y de los de Huelva–, de ‘sparring’ capaz de salir al ring con pamplinas como ésa de que denunciar el desastre sanitario del verano es atentar contra el turismo. Claro que la criatura hace lo que le mandan, porque parece improbable que semejante globo se le haya ocurrido a él solo. Pero da igual. El viernes a mediodía él cogerá los bártulos y se irá con los suyos, en su coche oficial, desde su céntrica residencia pagada a la casa serrana. Admitan, con la mano en el pecho, que habría una legión dispuesta a hacer por ese precio el papelón de Pozuelo.

La ‘Generación Y’

 

Un periódico belga, ‘Le Soir’, lleva un tiempo manteniendo abierto un espacio de reflexión en el que se pregunta y permite contestar sobre el que tal vez constituya el problema mayúsculo de la convivencia actual: la quiebra de la autoridad. En la familia, en la escuela, en la calle. Es un error enfrentarse a esos tres ámbitos como si fueran apenas tangentes cuando son de sobra secantes y yo diría que, en muchos casos, puros círculos concéntricos cada uno de los cuales se funda y desarrolla en el interior del otro. Una de las cabezas más claras de las últimas décadas, Vicente Verdú –a quien, por cierto, tendremos en breve en las “Charlas” onubenses–, ya retrató hace con brillante precisión hace unos años la escena americana que es, según él y según cualquier persona orientada, la matriz donde se concibe y nutre un estilo de vida que ya no se puede decir buenamente que sea el suyo porque, sencillamente, tiende a ser el de todo el planeta. ¡Qué panorama! Seguro que la mayoría no recuerda ya que en el verano del 95 unas cien ciudades yanquis hubieron de decretar el toque de queda prohibiendo a los menores de 16 años salir de casa después de las once. O que no saben (estas cosas se tapan porque en las alturas existe la percepción errónea de que es mejor que se ignoren) que hace diez años ya uno de cada diez chavales llevaba un arma a la escuela. Es la “Generación Y”, sucesora de la engendrada en los felices 60 como ésta lo fue de los concebidos de postguerra. Una generación atrapada en la tremenda crisis de una sociedad en mutación permanente, víctima del imprevisto fracaso de la familia tradicional, rebelde hasta la incorrección, descreída pero dogmática de su propio mitologema. No iba a ser gratis el paso de la comunidad neolítica a la nueva sociedad. Y no lo ha sido. Lean “El planeta americano” de Verdú, una joya, y tendrán más detalles de la que tenemos encima y de la que nos espera.

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La casa, la escuela, la calle. Los jóvenes crean su propio universo, su orden exclusivo, su cultura genuina, y lo hacen desde la intuición –que no tiene por qué ser errónea—de que el modelo paterno les cae como un corsé estrecho. Eso es lo que no entiende la sociedad madura (de la senil, mejor no hablar), lo que olvidan sus desconcertados responsables: que el problema de la desadaptación concierne a los tres ámbitos aunque a una misma causa: la insuficiencia del antiguo modelo para encajar el cambio social. Veamos el ridículo informe del Consejo Escolar de Andalucía minimizando una situación extrema –26.000 casos graves en un año, alto fracaso escolar, entreguismo de los docentes, impotencia familiar—como si ocultando el mal fueran a conjurarlo. Escuchen a los clérigos quejarse de las nuevas ideas y creencias –o mejor, de la inopia y la descreencia—sin percatarse de la parte que les toca. La “Generación Y” domina desorientada mientras los adultos gimen o disimulan, según los casos, autónoma, ensimismada, autosuficiente pero instalada en el confort que proporciona aún la familia nutricia, olvidada del padre, suspensa en clase, sobresaliente en las vertiginosas autopistas informáticas, abismada, desdeñosa, agresiva, gozadora , escéptica y ritualizada . Mucha gente se pregunta qué hacer, pero antes debe cuestionarse quién manda aquí y ahora, y que ha ocurrido para que la jerarquía haya quebrado tan estrepitosamente. Aparte de que no todo es vino y rosas en la nueva vida. ¿Sabían que en USA uno de cada siete adolescentes ha intentado suicidarse alguna vez y que el suicidio concertado –en Japón, pero también en España– avanza imparable vía Internet o en el boca a boca? Leo a un sociólogo escéptico que viene a decir que con su pan se lo coman. Es el sarcasmo de la impotencia, pero este soberbio problema no se combate con sarcasmos. Ni con paños calientes. La “Generación Y” incluye en sus genes una postguerra y una revolución imaginaria. Lo raro es que sobreviva.

Desafío a Chaves

 

Quizá lo más desmoralizador de la tragicomedia partidista no es la sumisión perruna mientras dura la bonanza, sino el indecente rebote –indecente por su silencio anterior—de los caídos en desgracia y su estrategia de llevarse por delante a los de arriba. Un secretario regional habría proporcionado a la oposición, según Guerra, la documentación del “caso Guerra”; uno de finanzas salió revelando que a Chaves la habían condonado por la cara un préstamo en Caja Jerez; y ahora sale otro provincial empeñado en arrastrar en su bastizano a la hija del bipresidente Chaves, apoderada de una empresa que, según insiste el vengativo, es “la madre de todas las corrupciones”. Antes de la caída, ni palabra, boca cerrada a cal y canto, disciplina y sahumerio; tras la desgracia política, el rencor vengativo, caiga quien caiga. Los partidos ha generado esta dinámica miserable que, llegado el caso, deben tragarse sin lamentaciones. Se recoge lo que se siembra. Chaves no tiene motivos para extrañarse de la impresentable actitud de Martín Soler.

Los enlaces con la costa

 

Diez añitos llevan esperando los enlaces de la Autopista con Portugal con la Costa, dos decenios de trabas y zancadillas con tal de no beneficiar a los municipios gobernados por el competidor político, incluso a costa de perjudicar a alguno propio. Y ahora que se acercan las municipales, promesas que te crió. Ya se verá en cuántas de esas obras se acaba cortando la cinta, en la seguridad de que las que se corten coincidirá con el calendario propagandístico. ¿El interés de los ciudadanos? Bueno, el interés de los ciudadanos –no me sean ingenuos—le importa a la Junta y quien mueve sus hilos lo justo que exijan las encuestas y ni un gramo más. Durante años hemos visto cada verano las aglomeraciones en los accesos a La Antilla que ahora se van a mejorar. Con Lepe en manos del PP ha esperado hasta el último momento para apiadarse de los atrapados en las colas. Otra cosa hubiera podido beneficiar al rival y eso no lo hace esta tropa ni a cañonazos.

Teoría de ‘El Otro’

 

Un juez de Aracena acaba de rematar con un auto expeditivo la larga instrucción seguida tras los graves sucesos ocurridos hace año y medio en Cortegana, cuando una masiva manifestación acosó a los vecinos de raza gitana con motivo de algún oscuro incidente. Hasta al alcalde ha imputado ese juez un delito contra los derechos fundamentales y las libertades públicas, acusando a otros quince vecinos de uno de provocación a la discriminación, al odio o a la violencia por motivos racistas. Ya veremos que sale del asunto, que no es sino uno más entre los mil que se producen por todas partes y cada vez más, porque es enteramente falsa la idea de que cierto progreso moral va desligando de la conciencia humana el odio hacia ‘el Otro’. Hemos visto demasiados casos en los últimos tiempos, incluso sin salir del mundillo del fútbol en el que se ha registrado desde la protesta del gobierno de Su Graciosa Majestad británica por la bronca racista ocurrida en el Bernabeu en el curso de un partido amistoso España-Inglaterra hasta la movilización diplomática ordenada en Argentina por el presidente Kirchner –el que se acaba de triplicar el sueldo— con motivo de la detención de un jugador patrio que insultó a un rival negro en Río, pasando por la incesante protesta de la Comisión Europea contra el Racismo. El Defensor del Pueblo, Enrique Múgica, denunciaba hace bien poco el racismo en los estadios para los que solicitaba “tolerancia cero” y penas más graves, en vista de ocurrencias como las protagonizadas por Luis o Clemente, o los acosos masivos a jugadores como Eto’o o Roberto Carlos en Getafe, Zaragoza o Madrid. El racismo es una realidad innegable y probablemente universal. En España suele ilustrarse ese axioma antropológico preguntando aquello de a quién le gustaría que su hija se casara con un negro o que en el piso de al lado se instalara una familia gitana. Dos preguntas, seamos sinceros, que digan lo que digan las optimistas encuestas oficiales, siguen siendo entre nosotros de muy difícil respuesta para la inmensa mayoría.

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No llegará la sangre al río en Cortegana, ya lo verán, como no llegó en El Egido cuando el ‘pogrom’ famoso. A Luis le puso una multa ridícula la autoridad deportiva por insultar a un “negro de mierda” y a Clemente ni le riñeron siquiera cuando hizo algo por el estilo. Pero no nos engañemos: la lenidad de las autoridades ante el atentado racista se basa en el cimiento tan difuso como firme del racismo popular, en el hecho de que aquella inmensa mayoría es racista por más que, obligada por la etiqueta social, proteste lo contrario. ¿Se imaginan la reacción paya si en Cortegana los acosados hubieran sido ellos y los acosadores los gitanitos? Yo me la imagino divinamente, y no tengo la menor sombra de duda de que todo el peso de la ley hubiera caído sobre la minoría rebelde. Lo que deja en la más absoluta evidencia las ingenuas pretensiones del multiculturalismo imposible que predican los misioneros de la nueva era encaramados en el guindo de las correcciones políticas. Poca gente en España suscribiría el credo de esa iglesia americana que reprocha al Evangelio no haber incluido la discriminación racial, pero lo cierto y verdad es que el gentío circula por la vida con el capirote del ‘Ku-Kux-Klan’ encasquetado en el cerebro reptiliano. Nadie es racista entre nosotros, qué va, pero esperen a que llegue la ocasión del conflicto y luego hablamos. Nada diferente a lo que ocurre –esta misma semana—en Francia, a lo que viene ocurriendo en Alemania desde hace años. Acaso nada lo demuestre mejor –fuera de la experiencia cotidiana– que la prolijidad de nuestras bibliografías sobre el tema. D. Prache tituló su trabajo “Todos nacemos racistas” y puede que diera en el clavo. En Cortegana, al menos, un juez trata de aplicar la ley que todos proclaman pero que muy pocos acatan sinceramente en el santuario de su intimidad.

La ley es para todos

 

Se comprende la asfixia de ese presidente patronal, Ricardo Arranz, ante la que está cayendo sobre el sector. No pueden admitirse, en cambio, de ninguna manera, sus argumentos exculpatorios y, menos aún, su justificación de las corrupciones. El tema es viejo; somos corruptos porque nos obligan, tragamos porque carecemos de pruebas. Pero hay algo que falla en la base de esas razones y es que esos empresarios –cuya promoción estelar queda a la vista—no abren la boca hasta que en la cacharrería no irrumpe el elefante. ¿Por qué no ha dicho nada la patronal, por qué ni uno sólo de esos perjudicados se ha ido a un juez, a Anticorrupción, a la autoridad que fuera (no sería la primera denuncia secreta que aquí se produce, desde luego) y le ha contado que “las instituciones”, así, en bloque, los expolian y tratan de forzarlos al cohecho? La ley es para todos, incluso para ese gremio privilegiado que lleva años enriqueciéndose exponencialmente a base –según su dirigente—de delinquir bajo presión. Resulta demasiado fácil, aunque no deje de resultar elocuente, echarle toda la culpa a la Administraciones.