Mangas verdes

Eso es lo que subleva y suliveya al gentío: que haga falta que ocurra una desgracia, que se produzca una tragedia –un moribundo abandonado sin asistencia en un consultorio del SAS–, para que la Junta ceda y abra la posibilidad a de aumentar los efectivos del sistema sanitario. En el mismo lugar donde ese desdichado falleció hubo no hace tanto tiempo un conflicto tal que el único médico presente, asistido de una médica recién licenciada que pasaba por allí, debió atender a cientos de personas hasta que él mismo hubo de ser trasladado al Hospital por sufrir un accidente vascular. Claro que bien está lo que bien acaba, si es que acaba, es decir, si los buenos propósitos no se agotan en dos o tres parches insalvables, sino que se traducen en una nueva filosofía que pueda entender hasta el obtuso delegata que manda/obedece en Huelva. Los familiares del difunto dirán que a buenas horas, mangas verdes. Los miles de ciudadanos que se arremolinan en las consultas de verano podrían, sin embargo, agradecer aunque fuera un intento.

Ropa vieja

 

A pesar de que un nutrido grupo de celebridades ha reclamado en un manifiesto la tutela estatal del patrimonio cultural, el ministro francés de la cosa, Donnedieu de Vabres, no acaba de decidirse a pujar por ese manuscrito en que el autor, aconsejado por Balzac, se propuso, al parecer, reformar “La Cartuja de Parma”. Lo saca a subasta un bibliófilo parisino que posee, junto a esa rara joya y entre otras tantas, cartas escabrosas intercambiadas entre Rimbaud y Verlaine, fábulas originales de La Fontaine y algún cuadro de Matisse desconocido hasta ahora, y lo que plantean los notables al manifestarse es que el patrimonio cultural, incluyendo el papelorio que los escritores dejaron olvidados en sus gavetas, no debe ponerse en almoneda para que acabe en la caja fuerte de algún millonario yanqui o saudí o quién sabe si en el cuarto de baño de algún mandante de Marbella. Está muy bien esa resistencia activa –en España el patrimonio, el material y el inmaterial, los dos, se está escapando a chorros ante la pasividad del Estado—como lo está la discretísima oposición manifestada recientemente a propósito de la publicación familiar de papeles que Camus dejó sin publicar, sólo él sabría por qué y seguramente porque le dio la gana. Una cosa es el desdén por los residuos biográficos de los grandes hombres –tantas veces iluminadores—y otra bien distinta la violación palmaria de un secreto decidido soberanamente por el autor en uso de su incuestionable libertad. ¿Quién es una hija o un yerno, quién un sobrino o incluso un ropavejero oportunista, para dar a la luz lo que el autor prefirió dejar en penumbra o incluso en la oscuridad más rigurosa? Pues nadie, a ver, aunque otra cosa diga la práctica en todas las épocas, unas veces guiada por la beatería filológica, otras por la rapiña familiar y siempre por el fetichismo que trasmuta el desperdicio literario en dudosa reliquia. El negocio de los ropavejeros atrae tanto a las editoriales como suele desazonar a los compradores, pero también suele ser redondo.

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Nosotros tenemos, en los últimos tiempos, no pocos casos por el estilo. Una costosa edición de Machado ha dado a la luz poemas que está claro por qué no publicó el poeta pero, no conforme con esa licencia, hasta ha incluido en el lote hasta ¡un cuadernillo de aritmética! que el maestro habría utilizado en su época de opositor. Tres cuartos de lo mismo me temo que acabe ocurriendo con los papeles del muy celoso Juan Ramón Jiménez –de quien Ricardo Gullón solía decirnos que era “un corrector de sí mismo”, perfeccionista hasta la neurosis—con motivo del insólito “trienio” conmemorativo que le ha consagrado la política onubense, acaso para desagraviarlo de la quema pública de sus libros que hubo de sufrir en los malos tiempos. Como no hace tanto tiempo ocurrió con las decepcionantes memorias de guerra garrapateadas por don Pío Baroja y que cuerdamente el autor dejó enterradas en vida. Supone un grave daño para la cultura la inhibición del Estado en la protección del patrimonio pero, en no pocas ocasiones, el riesgo mayor es que se hagan cargo de él las Diputaciones y las cajas de ahorro seducidas por los ropavejeros y tentadas por los causahabientes. Y hombre, un respeto para lo que Balzac tuviera a bien opinar sobre “La Cartuja” con su superior criterio, pero supongo que una legión de lectores de todos los tiempos firmaría conmigo otro manifiesto reclamando que no nos anden jodiendo entre unos y otros y dejen la colosal novela tal como Stendhal, es decir, Henri Beyle, la envió a la editora tras corregir sus pruebas. Alguna vez saldrá adelante la tesis de que la obra literaria, muerto su autor, es por naturaleza un bien demanial del que nadie debe disponer como no dispuso él mismo. Entonces nos evitaremos ridículos como los que hoy se perpetran. Entonces podrá morirse el escritor en paz aunque no haya tenido tiempo de quemar sus papeles.

La justicia ciega

 

Dos noticias muy distintas aparecen simultáneamente en la prensa como reclamando discretamente que alguien las relaciones. Una de ellas nos informa de que la cúpula mandamás de la Bolsa de París está siendo investigada ante la posibilidad de que la venta masiva de acciones registrada antes de producirse la reciente caída fuera el producto de una información privilegiada puesta en manos de unos desaprensivos por los mismos que tienen la obligación de velar por la limpieza de ese peligroso juego. La otra es mucho más modesta, incluso diminuta si se comparan los hechos, y se refiere a la detención en Cádiz de una mujer en paro que se dedicaba a vender boletos de una lotería ilegal aprovechando el gentío que, en horas punta, se concentra en la plaza de abastos. Como la primera tenemos aquí un puñado, situaciones en las que un “soplo” oportuno ha permitido enriquecerse a los conocedores del secreto financiero, normalmente por sobrino, cuñada y hasta suegro interpuestos. Como la segunda también, en especial si incluimos en el lote, siquiera sea por analogía, las muchas y desdichadas ocurrencias en que hemos visto ir a la trena a un pelao, como dicen en México, lo mismo por arrancar una mata de poleo que por vender naranjas mangadas al borde de la autopista. En Andalucía, menos mal, somos más sensibles que en otras taifas a este tipo de percances biográficos, y hasta disponemos de un invento insólito de ultimísima instancia como es el de los Cristos o Vírgenes que sacan reclusos de las cárceles para que, encapuchados o a cara descubierta y con un cirio en la mano, hagan luego su estación de penitencia. Pero este expediente limitado no basta para equilibrar las profundas desigualdades de trato que la Ley dispensa a unos u otros en no pocas ocasiones teniendo muy en cuenta su condición y estatus. Que el Derecho expresa el sistema de intereses de un orden dado no parece dudoso ni evitable, pero ello no justifica ni de lejos la doble vara de medir con que aquí igual se corta un traje a la medida que se le tunden a uno las costillas.

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Contra lo que suele decirse, a mi me parece que la gente es muy contentadiza y disciplinada a la hora de acatar la Justicia y asumir sus extravagancias. Cierto que, por ejemplo, ésta no lo tendrá fácil para convencer al respetable indignado por el numerito de la puesta en libertad de los ladrones trincados ‘in fraganti’ el otro día cuando asaltaban un banco y luego reclamados ante al clamor popular. Pero ya ven con qué mansueta actitud se digiere que grandes criminales sean puestos en libertad con cargos mientras se exigen fianzas descomunales a unos periodistas simplemente por informar a la opinión pública de que un alto cargo designado a dedo por el propio Chaves estaba siendo espiado, según declaró el propio espía, por encargo del propio entorno del Presidente. No sé qué será de la vendedora de ilusión detenida en el mercado, desde luego, pero me temo lo peor porque bien recuerdo los castigos ejemplares que se llevaron por la cara algún campurriano sorprendido tras dar caza a dos jilgueros y otros piernas como él, mientras a un ministro o a un secretario de Estado secuestradores se les pasó en un soplo su condena por tan inconcebible delito. Hace bien poco hemos asistido perplejos a la puesta en libertad, con cargos por supuesto, de un presunto estafador masivo que habría dejado en la ruina a cientos de miles de ciudadanos. Si lo llegan a coger dándole el tocomocho a un paleto despistado en Atocha seguro que lo arrastran al calabozo sin mayores miramientos. Verán como lo de la Bolsa de París se queda en agua de borrajas más o menos como aquí se quedó el caso del sobrino que, avisado a tiempo, se forró con las “matildes”. No soy tan optimista con la cuponera de Cádiz, sin embargo. Los letrista del Carnaval tienen en ella un buen motivo para una demoledora chirigota.

Duros pero flexibles

 

Pocas propuestas políticas tan indecentes he visto en los últimos tiempos como la formulada por el coordinador de IU, Diego Valderas, sobre la posibilidad de hacer la vista gorda o pasar por alto lo establecido en la norma de incompatibilidades con los vocales de la comisión gestora que Chaves ha enviado a Marbella. Tremenda estrategia, profundamente inmoral: se monta el número de hacer leyes de lo más exigentes para, a continuación o cuando el caso llegue, no aplicarlas y a otra cosa. Al truco “contra legem” Valderas le llama “revisión positiva” y se muestra favorable, contra el dictamen de los técnicos, a que los vocales abogados puedan asesorar y dirigir procedimientos judiciales si les viene en gana. Lo dicho, muchos rigores, rentoy y farol máximos a la hora de hacer la norma, pero mano izquierda (es un decir) en su aplicación y por aquí te quiero ver. En esto y en todo. Aunque una cosa es que lo haga quien gobierna y otra, distinta y lamentable, que se lo proponga solícita la misma oposición .

Morir en el SAS

 

Dé las explicaciones que quiera, la Junta, el Servicio Andaluz de Salud, no tiene excusa posible en la desgraciada historia del paciente muerto sin asistencia en el consultorio de Matalascañas. Es más, lo que habrían que plantearse es qué responsabilidad incumbe en casos como éste a los responsables del servicio que, conociendo sobradamente la situación, mantienen a rajatabla ese estúpido e inhumano criterio economicista según el cual lo importante para el SAS es gastar menos, aunque sea a costa de provocar desgracias como la referida. El delegado provincial y la consejera conocen perfectamente la insuficiencia que, desde hace años, arrastra la costa y, a pesar de todo, se niegan en redondo a ceder ante las reclamaciones de los sanitarios que vienen denunciando sin reservas el peligro. ¿Cómo se puede dejar con un solo médico una concentración humana como la de Matalascañas? Desde luego no son el riesgo evidente de que ocurran tragedias como esa de morir en el consultorio de la Junta como si un ciudadano fuera un perro.

El arte local

 

La Dama de Elche ha sido trasladada hace poco a su ciudad de origen, en medio de medidas espectaculares de seguridad y acompañada por la ministra del ramo en carne mortal. Las autoridades catalanas, por el contrario, han hecho oídos sordos a la reclamación del gobierno aragonés para que les sean restituidas las obras de arte sacro rapiñadas en circunstancias que mejor olvidar y desde entonces expuestas en el museo diocesano de Lérida, sin que las exhortaciones vaticanas hayan podido convencer al ordinario de este lugar frente a los pujos del titular de la diócesis de Barbastro. Tampoco le han hecho mucho caso a un párroco cordobés que tengo entendido que ha reclamado a no sé dónde una pila bautismal arrebatada en tiempos a su iglesia sin otro título que la fuerza. Está de moda la reclamación artística, no sólo en este país que va tan poco a los museos, sino un poco por todas partes, porque a la reivindicación tradicional y olvidada de los mármoles de Elgin –medio Partenón– reiterada tantas veces por Grecia al British Museum, se une ahora la petición de Egipto a Alemania de que le ceda, siquiera temporalmente, el inefable busto de Nefertiti que se exhibe en el Museo de Egipto berlinés como pieza maestra, protegida bajo cristales blindados y con celosos guardias de vista. Ha resultado enteramente al revés la predicción de Malraux sobre “El Museo imaginario”, es decir, aquella idea de que, en un futuro próximo, las técnicas de reproducción y demás permitirían disolver la idea monumental del museo ante la posibilidad de que cada devoto del arte poseyera en casa el suyo reproducido con fidelidad, y en su lugar parece que se afirma la secuela localista que reclama que la obra de arte reciba culto allí donde se fue hallada y no reunida en el santuario colectivo que es el museo tradicional. En el museo de El Cairo poseen su Nefertiti, es cierto, pero en un busto de cuarcita rosada incomparable al polícromo que fue capaz de enamorar en secreto a generaciones de europeos, incluyendo a Hitler y al padre Javierre quien, finalmente, acabaría traicionándola con Giulietta Masina. Pero no es lo mismo, entre otras cosas porque el aliciente esencial de todo museo es la atracción fetichista sin la cual la mitificación del arte sufriría un golpe fatal. Nunca se ha resuelto la cuestión del disfrute del arte que el museo reserva sin remedio a unos pocos mientras lo sustrae a otros, con independencia de que, sin museo, probablemente el arte habría desaparecido sin remedio. El ‘Guernica’ en Gernika sería un símbolo político. En Madrid es un “bien cultural”.

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De seguir esto como va, hemos de ver a Turquía o a Creta reclamar las joyas halladas por Schliemann, al alcalde de Huelva pedir al Arqueológico Nacional que le devuelva los tesoros procedentes del pecio saqueado en su ría, a algún pueblo del Aljarafe sevillano reclamar a la capital los aderezos tartésicos de El Carambolo que encontrara don Juan de Mata Carriazo, a Sevilla reclamarle a El Prado Murillos y Zurbaranes o a Flandes, que hace siglos que no existe como tal, plantearle a España la devolución de sus tesoros flamencos. O bien pasará este sarampión lugareño y volveremos a la idea clásica del museo como la tierra de todos y de nadie en la que descabezan su sueño eterno, aguardando la visita de todos y de ninguno, los prodigios y maravillas salidos de la mano del genio. Ni siquiera se han percatado esos catetos de que Nefertiti es un invento europeo, un eslabón del imaginario occidental, infinitamente más que una reliquia faraónica, porque la obra de arte trasciende su origen agrandada en las ondas concéntricas que sólo el espacio abierto permite expandir. Mal destino, por lo general, el que aguarda al arte en su tierra, error mayúsculo el de ignorar su destino universal. El arte no tiene fronteras y menos aún aduanas. Nefertiti hace tiempo que sabe, ensimismada bajo el oro y el lapislázuli, que ella misma, esencia de Egipto, es, sin embargo, cultura occidental.