Extraños centinelas

Hubiera ido, de haberme enterado a tiempo, a la presentación del libro que con ese título ha escrito Alcaraz. La presentación tuvo lugar en una sede sindical que fue antiguo teatro, no sé si cogen la ironía. Y aunque desconozco le contenido, el título mismo se me viene a las manos al leer en la crónica parlamentaria la soflama de la portavoz de IU sobre la corrupción urbanística y su afirmación de que “hay cientos de ‘marbellas’ y ‘marbellitas’ en ciernes en toda Andalucía”, y su acertada apreciación de que en esa ciudad de los milagros “se ha tardado quince años en intervenir y sólo lo ha hecho la lentísima Justicia, no la Junta”. En boca quienes han impedido decenas de comisiones de investigación en el Parlamento, la verdad es que semejantes palabras resultan cínicas además de oportunistas. ¡Y tan ‘extraños centinelas’! Tal vez ‘compañeros de viaje’ hubiera sido un título mucho más ajustado a la realidad.

Manuela nos veta

Nos ha vetado, uaaah, doña Manuela, no quiere hablarnos la ‘supergirl’, nos niega el pan y la sal la pija forastera que no tiene inconveniente en reconocer que para ella Huelva es –“Yo trabajo aquí y me voy a dormir a ocho kilómetros”— mero lugar de trabajo, el sitio donde tiene uno/a el curro o el pesebre. Y eso está muy feo, porque cuando se está en la vida pública hay que meterse los cabreos donde le quepan a uno/a, sin que al cargo público le asista el derecho a vetar a los medios críticos, de la misma manera que ningún medio tendría derecho a ningunear a un/a cargo público o aspirante a él simplemente por no estar de acuerdo con sus planteamientos. Parralo discrimina así a miles de onubenses que, en uso de su libertad, leen El Mundo y a eso no tiene derecho ni como edil elegida ni como candidata. Allá ella, pero puede estar segura de que desde aquí no habrá represalias ni malevolencias. Las críticas, sin embargo, no van a parar ni por esa coacción ni por ninguna otra que pueda ocurrírsele a esta aficionada con tan poca experiencia.

El guante blanco

 

No cesan los “casos” esta temporada. Antier mismo nos enteramos del desenlace de uno que resulta desconcertante: el que pone fin a la interminable saga del mangazo de KIO con la muy aceptable condena de cinco años de prisión a Javier de la Rosa y de uno a Manuel Prados Colón de Carvajal, por haberse apropiado, según los jueces, de 50.000 millones de las olvidadas pesetas. No está mal: 10.000 millones por año, o sea, casi 27 y medio por día para uno, y ni merece la pena hacer la cuenta para el otro. Un proceso incómodo, qué duda cabe, por la íntima relación entre el segundo de los condenados con el Jefe del Estado –que, en su día, también convidó a comer en Palacio al otro—lo que ha dado pábulo a innumerables conjeturas nada edificantes, incluyendo la de quienes han apuntado (y disparado) contra el Rey sin mayores miramientos y las que, sin duda posible, habrán de dispararse ahora desde las trincheras en las que se sostiene, ignoro con qué fundamento, que el segundo condenado podría haber mantenido con el monarca relaciones peligrosas. Mal asunto, sin duda resuelto con habilidad. El de Marbella, en cambio, va de mal en peor, en especial tras el segundo ‘round’ de la “Operación Malaya” que ha mandado al calabozo directamente a otro pelotón de implicados, algunos de especial significación social y económica, aunque crezca la sensación de que precisamente estas durezas demuestran que hay mucha más basura debajo de la alfombra. Démosle tiempo al juez y ya veremos qué ocurre. Pero de momento, resulta evidente que la estrategia del Gobierno de presentar como excepcional y extravagante un caso en el que, en su día, apareció implicado en delito de cohecho el propio PSOE de Andalucía, y que compromete a algunos de los empresarios mayúsculos de la región –de uno de los cuales ha llegado a decirse que era, de hecho, el “auténtico alcalde de Córdoba”–, cae estrepitosamente por su base. Esos que se rasgan las vestiduras cuando oyen decir que la corrupción está “generalizada” van a ir enmudeciendo poco a poco o, quien sabe, acaso más de prisa de lo previsto. Gil no era el único elefante en esa cacharrería.

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Por supuesto que la corrupción no es privativa de España. Se ha postulado incluso que, en realidad, su difusión demuestra que es un mal congénito del sistema capitalista (la que se daba en el ámbito soviético, aunque igualmente despreciable, era bien distinta) y hasta se ha sugerido (algún premio Nobel, no se lo pierdan) que tal vez funcione como una suerte de lubricante en el engranaje del mercado libre. Ahora bien, casos como los mencionados sugieren que esta democracia tiene en su entraña una grave falla que no excluye ningún nivel sino que a todos los implica de manera que una cierta ‘omertá’ acabe gobernando internamente el tinglado. ¿Puede sobrevivir una monarquía parlamentaria bajo sospechas tan incómodas como las que proyecta el caso Prado? ¿Con qué autoridad se presenta como saneadora en Marbella una Junta cuyo partido tuvo con Gil los tratos de cohecho que quedaron probados ante el juez? ¿Y un partido a cuyo Gobierno debemos que Gil escapara a la cárcel (indulto González/Belloch) y continuara en la vida política, sin duda con la misión de competir en su comarca con el PP? ¿Cómo superará el empresariado un escándalo que implica a varios de sus más fulgurantes mascarones de proa? Pocas veces ha estado tan baja la moral pública, en raras ocasiones habrá murmurado con tanta razón este castigado pueblo como en esta coyuntura que cuenta los días por “casos” y los “casos” por escándalos. No hay, probablemente, situaciones tan espectaculares como la descubierta en Marbella, vale, pero muchos otros casos se han encargado de probar que la connivencia entre el Poder político y el financiero es un hecho consumado. Chaves tendría que empezar explicando el “caso Montaner” antes de aparecerse en Marbella tardíamente como el ángel exterminador.

La merecida siesta

 

Va lo que quieran a que el llamado ‘debate de la Comunidad’ junta este año la menor parroquia que se recuerda. ¡Bueno anda el personal tras la decepción futbolera o la gusanera marbellí para sentarse ante un televisor a soportar diálogos de sordos! Hoy, convenzámonos, la política de la autonomía funciona por inercia y absolutamente de espaldas a una vida política en la que la inmensa mayoría no cree porque ella misma se ha encargado de desactivar cuanto interés ha podido haber en la ciudadanía. Por lo demás, ¿quién perdería el tiempo viendo a Chaves medirse con Teófila en lugar de abismarse en el documental de turno o entregarse a la siesta reparadora? Esta política mediocre y subalterna ha alejado al pueblo de la vida pública para convertirse en un oficio y en un juego de un aburridísimos puñado de profesionales, incapaces de sugerir la participación. Nada que ver con lo que, para bien y para mal, ocurre en otras autonomías. Aquí, de momento, lo que nos queda es el bostezo.

La ‘onubense’, tiesa

 

Otro año de descuelgue para la ‘Onubense’, nuestra universidad adolescente, otro regateo de la Junta que sólo le concede para su plan de inversiones una cantidad que la sitúa penúltima entre todas las universidades andaluzas. La financiación es el problema crónico de nuestra “alma mater” y el escollo que la Junta no parece dispuesta a remover sino todo lo contrario. Y eso es grave error porque nuestra universidad no está consolidada y fuera de riesgos, sino que tiene aún encima los problemas propios de una institución reciente a la que, además, se le ha venido regateando año tras año lo que es suyo. Se comprende que quienes la gobiernan templen gaitas con los mandamases de Sevilla, pero está claro que, manteniendo el actual sistema, malamente podremos mejorar nuestra posición en el ránking universitario andaluz, que ya de por sí no anda demasiado boyante. La ‘Onubense’ necesita un apoyo más decidido y más ambición de la que hoy muestra si no quiere quedarse la última de la fila.

Los nuevos mecenas

El segundo millonario del planeta, Warren Buffet, ha decidido donar el grueso de su fortuna a la conspicua fundación de Bill Gates y su señora. Casi cuarenta mil millones de dólares que van a unirse con el tesoro ya depositado por los Gates en la fundación más ambiciosa de la historia de la Humanidad, con la pretensión de mejorar sustancialmente las condiciones de vida del personal, y desde el convencimiento de que la filantropía es una solución mal explotada hasta ahora por las sociedades, aunque también desde la sugestión calvinista de que ese tipo de generosidad “es una forma de ganarse el cielo”. Pero Buffet descresta con mucho la herencia de Calvino porque cree que el destino ideal del hombre consiste en acumular riqueza durante toda una vida para devolverla luego a la sociedad, y esto, desde luego, no es lo que vio Max Weber en la moral del capitalismo protestante, sino algo muy distinto. El alcance y sentido del nuevo mecenazgo, en todo caso, suponen todo un reto a la imaginación sociológica que, probablemente, acabe viendo en él una artimaña integradora del Sistema del que los magnates vendrían a ser generosos pero inconscientes servidores, como lo fueron siempre y en todo lugar los protagonistas de eso que los griegos clásicos llamaban “filarquía”. Aristóteles cuenta la historia del oligarca Cimón a cuya puerta acudía diariamente el “demos” en busca de sustento y se cuentan por decenas los estudiosos que han visto en la “hestiasis” o banquete ritual que los ricos ofrecían a los pobres un eficaz instrumento de la paz social dado que, como dijo alguno de aquellos, el impuesto suele ser una cosa mucho más complicada que la liturgia. La idea sombartiana de que el capitalismo es connatural a la especie y que su mecanismo no es otro que al afán de lucro (la ‘libido posseiendi’) no luce ya como en su momento, como no rulan ya tampoco las teorías que Keynes montó para explicar el milagro económico de las pirámides faraónicas. Algo así como una mutación de época ha debido de ocurrir en el individuo (o en el Sistema, cualquiera sabe) para que a los “big men” de que hablaba Adam Smith les haya dado el punto francisco de desnudarse en público y coronarse con la ceniza de la seráfica indigencia.

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Resulta también bastante claro que este tipo de decisiones no responden tanto a la psicología tradicional de la propiedad como a un modelo nuevo que sólo sería concebible en determinadas circunstancias económicas. Nadie ha cuestionado el principio de que la crecida del mecenazgo o del evergetismo –desde las viejas sociedades agrarias hasta nuestros emporios posindustriales– tiene como requisito la expansión económica. No se conciben los Gates ni los Buffet sin un entorno económico prodigiosamente favorable como el que han dado de sí las nuevas tecnologías, paraísos a los que el elogio del gasto que hacía lord Keynes se les queda chico desbordado por el ritmo enloquecido de la novísima productividad. Las tres razones que el XVIII daba en abono del lujo (mejora de los artesanos, miseria de la tesaurización y control del precio de la tierra) quedan poco menos que obsoletas a la vista de estos sartenazos de rico que, quién lo duda, bien podría ocurrir que acaben modificando el raro devenir de la locura humana. Gates opina, por ejemplo, que no hay razón de peso que, a estas alturas, nos impida dominar las veinte mayores enfermedades que afligen al hombre, y no hay que ser un avezado arúspice para entrever el revolcón que fondos de inversión de semejante potencia podrían propinarle, de la noche a la mañana, a la desigualdad reinante. Marx se habría tomado su tiempo, sin duda, para reconsiderar el efecto de esta inesperada revolución en la que la vanguardia serían precisamente los afortunados. La Historia dispara muchas veces por la culata. No es imposible que ésta sea una de ellas.