Pamplinario onubense

 

Para llorar (patético, diría un moderno) el embrollo dialécticpo con que el pobre de Pepe Juan trata de adecentar su defenestración fulminante (y razonable, dadas las circunstancias) a favor de la Parralo. Graciosísima la ocurrencia de ésta de afirmar como si fuera algo notable –¡una candidata a la alcaldía!—que vive en Huelva, que le gusta la ciudad y que es un orgullo que a uno/a lo nominen para aspirar a la vara. Trillo dice, la criatura, que “políticos tan notables como Gallardón, Aznar o González ganaron a la tercera”, sin darse cuenta de que esa opción es precisamente la que la “mesa camilla” no está dispuesta a darle a él. Y por si algo faltaba, el autodidacta Mario Jiménez descubre tautológicamente (aunque como el personaje moleriano él no sepa que está hablando en prosa) que los dirigentes del partido “harán las listas que tengan que hacer”. ¡Qué rara campaña vamos a tener entre unos y otros! Empezando por una aspirante a alcaldesa que debe aclarar que vive en la ciudad (cosa nada evidente) y que le gusta su ambiente. Lo que sea, sonará. Pero mientras vamos a escuchar mil y una pamplinas.

El ocaso ortográfico

 

La ortografía ha gozado de un antiguo respeto y de una animadversión implacable. Sabemos que hubo grandes escritores que fracasaron antes las haches mudas, que vacilaron indecisos entre las uves y la bes cuando no se echaron al monte, como nuestro Juan Ramón, e hicieron de la jota su daga particular. Se dice que Pessoa resbalaba mucho sobre la cuartilla, que se enredaba con los acentos y signos de puntuación, y no recuerdo ahora con exactitud pero sin con certeza que Baudelaire hizo suya la vieja broma de Gautier que hablaba de entregar el ortógrafo al verdugo. Nada menos. En casa de Félix Grande nos contó una vez Julio Cortázar que su (nuestro) admirado Raymond Quéneau –el padre prodigioso de “Zazie”—estimaba la ortografía como una simple vanidad, es decir, como todo lo contrario a ese inmisericorde corsé escolar que a todos pretendieron apretarnos, con mayor o menor éxito, aquellos maestros de escuela hambrientos y respetados por esta sociedad de cabreros que siempre fue la nuestra. ¿Para qué sirve la ortografía?, se preguntan hoy los escolares, los blogueros y los propios maestros que ven impotentes como tal vez ellos mismos pierden ya el norte en la tundra perdediza del rigor escrito. Y da igual lo que le contestemos, en vista de cómo está el patio de la escuela. Si en Sevilla Educación acaba de archivar el caso de los dos apuñalamientos de alumnos ocurridos en un centro, ya me dirán qué puede importarle al ‘delegata’ o a la docta consejera un acento de menos o una tilde diacrítica de más. “Escribo como hablo”, es fama que decía la doctora Teresa con muy otro sentido estilístico al que hoy se le atribuiría a la expresión. Bien, pues tal como hoy día. Una vez le leí al misterioso Ambrose Bierce que la ortografía es una ciencia que nos enseña a escribir las palabras basándonos en los ojos y no en los oídos. Batalla perdida. En la actualidad no escriben con los ojos abiertos ni los académicos (a la vista está) pero la ‘basca’ lo hace enteramente de oído.

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Unos esforzados editores (Grupo Unison) que vienen aportando reflexiones cruciales sobre el deplorable estado de nuestra docencia., han tenido la humorada de sacar a la luz una “Ortografía práctica de la lengua española”, fíjense qué antigüedad, dirigida ingenuamente tanto a la “primaria” como a la “secundaria” e incluso a las temibles “oposiciones”. Ana Rodríguez Tapia nos proporciona una guía brevísima y útil a más no poder que incluye desde el uso correcto de las letras o la acentuación hasta ese muestrario olvidado de signos –puntos y comas, comillas y paréntesis, interrogantes o guiones– que hacen del texto algo inteligible para evitar que nos suceda como al que recibió el famoso telegrama (‘cable’ diría él) que rezaba “Señor muerto está tarde hemos llegado”, de sentido tan diferente según se distribuyeran en él los acentos y comas. Yo no sé qué habrá sido de los “Miranda Podadera”, aquel método tozudo pero indeleble con que nuestros padres aprendieron la penúltima escritura correcta del español cervantino, pero la verdad es que tampoco tiene tanta importancia teniendo en cuenta que hoy día constituye una suerte de acontecimiento cultural que un membrillo traduzca el Quijote al “spanglish” y hasta haya académico que le ría la gracia. He leído con atención el opúsculo impecable de Ana y he recordado inconsolable a mi padre recitando sus reglas sobre el diptongo tratando de imaginar por dónde irá ya la vera cuando mi nieto alcance a deletrear sobre una plana, por su cuenta y riesgo, la incómoda orografía del lenguaje. Dice la autora que, consciente de la revolución comunicadora que nos abruma, sigue considerando imprescindible saber leer y escribir con corrección para poder comunicarnos. Es como si sobre la pobre no hubiera pasado arrasando la LOGSE y su hijuela. No he podido menos que desearle que Dios le conserve la ingenuidad.

El precio del honor

Es difícil cuantificar el precio del honor, por supuesto, pero imponer a este periódico, como ha hecho una jueza sevillana, una fianza enormemente mayor que la exigida a los terroristas o a la indemnización exigida a Otegui por afirmar que “el Rey es el jefe de los torturadores”, no tiene el menor sentido. ¿Cómo es posible tratar con dureza infinitamente mayor a un medio por informar de un hecho debidamente investigado que afectaba a Chaves, que a un bailarín que atropella a un ciudadano, causa su muerte, lo abandona y se hace suplantar luego como responsable? ¿Por qué el honor de Chaves, en el caso inverosímil de verse afectado por aquellos hechos, ha de valer tantísimo comparado con lo que se concedió a la viuda o al hijo de ese atropellado, a pesar de que la Justicia ya dejó claro que su presencia en esa pleito concernía a su persona y no al Presidente? Si una campaña continuada de calumnias contra un magistrado vale aquí 6.000 euros, ¿cómo pueden pedirse 700.000 para garantizar una eventual reparación a Chaves? Casos como éste ratifican la tesis de que Andalucía vive bajo un “régimen” al que ni la Justicia escapa. Lo que está por los suelos es el honor de la autonomía.

Decíamos ayer

 

El mes pasado, no recuerdo el día, la Comisión de Seguimiento del Pacto Antitransfuguismo, bajo la presidencia del ministro de Administraciones Públicas, Jordi Sevilla, acordó en el Congreso que, en lo sucesivo, los tránsfugas “no podrán ser incluidos en listas electorales, ni tampoco constituir, mantener o cambiar mayorías de gobierno de las instituciones públicas”. Se trataba de “eliminar comportamientos que violan de forma flagrante la voluntad de los electores”, y se constituía una “comisión de expertos independientes” para decidir quién es tránsfuga o no en caso de discrepancia entre partidos rivales, o sea, siempre. Bien, pues ahí tienen al PSOE con el cuento del envergue de que las ejecutivas federal y regional estudiarán la “propuesta” de un grupo de militantes de Gibraleón para que el partido “readmita” a los actuales tránsfugas del PSOE que, apoyados por una tránsfuga del PP, arrebataron la alcaldía a éste. ¿Para qué sirven los pactos y compromisos cuando media el interés? Pues en el caso de Gibraleón para descubrir una comedia cuyos protagonistas estaban en Huelva. Los electores decidirán ahora lo que crean oportuno, pero sabiendo ya quién es quién entre estos títeres de la cachiporra.

La aldea parlante

 

Uno no recuerda mejor caso demostrativo de que las necesidades se crean que la difusión fulmínea de la telefonía móvil. En los días anublados del desarrollismo franquista el número de teléfonos por habitantes (eso de ‘ratio’ no se estilaba todavía, al menos en el uso común) constituía el mejor indicador de progreso y prosperidad que podía caer en manos de un ministro de la dictadura a la hora de enfatizar nuestro desarrollo. Costaba Dios y ayuda que el monopolio telefónico concediera un número con su terminal de bakelita y, de hecho, el teléfono disponible llegó a funcionar como un factor de integración interfamiliar –al menos en la escalera y, especialmente, en el descansillo– convertido en el “don” maussiano que probaba la buena vecindad como entre los esquimales la hospitalidad se prueba tradicionalmente mediante el préstamo de la esposa al huésped. Hoy todo ha cambiado. Una de las noticias de la semana anterior ha sido el dato de que en España hay actualmente más teléfonos móviles que habitantes, un dato que, desde luego, nadie va a poner en duda con sólo observar por la calle el ubicuo diálogo de los viandantes o reparar en la propia dependencia de ése que ha dado en considerarse el electrodoméstico de mayor peso en nuestra vidas. En muy poco tiempo hemos alcanzado un nivel de intercomunicación antes impensable, con independencia de que cada día abunden más las críticas al abuso de una conversa universal que, no sin razón, los expertos consideran artificiosa e innecesaria. Por supuesto que la distribución de ese avance entre la población no deja de ser irregular y, en el fondo, clasista, como casi todo en la vida, pero de lo que no cabe duda es de que el hallazgo de la comunicación generalizada e instantánea no tendría ya vuelta atrás. Costó casi un siglo meter el teléfono fijo en nuestras vidas; para universalizar el móvil han bastado unos pocos años.

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Esa nueva realidad cuenta ya incluso con sus inquietantes leyendas propias lo que, sin duda, acredita su arraigo cultural. Parece que ha habido países africanos en que la difusión de mensajes maliciosos provocaron el pánico de los usuarios con amenazas de misteriosas muertes hasta el punto de obligar a las operadoras a salir al paso del infundio con enérgicas campañas de publicidad contra la superstición potenciada por el medio. O que en países más avanzados funcionan sofisticados sistemas sacaperras que acechan al usuario tras cebos irresistibles y hasta en un coloquio reciente, en el que intervenía Sartori, alguien llegó a postular que el contacto fácil y continuo que permite este artilugio universal ha afectado muy probablemente a los usos amorosos, facilitando el contacto y ritualizando el cortejo. Sin olvidar el uso eventual del celular como bomba accionable a distancia, que ya costó la vida a un conspicuo terrorista islámico, o como activador de explosivos a distancia, de lo que en España tenemos triste experiencia no exenta de enigmáticas sombras, una función que ha logrado despojar al telefonillo de su inicial apariencia inofensiva. Dicen incluso que es probable duplicar la cifra de aparatos en un futuro próximo, lo que tal vez indicaría que el ingenio ha alcanzado ese confortable estatuto industrial reservado hasta ahora en la historia humana a muy pocos bienes. Lo que está claro es que su contribución a la banalidad es inmensa y que su ortografía propia está pulverizando lo que quedaba de esa disciplina tras la implacable erosión de nuestra legislación educativa. Kas por cus, equis por chés, fulminantes abreviaturas de vocales huidas en las que el breve acrónimo ‘tq’ incluye toda una declaración amorosa y ‘abe’ transforma en quimera ortográfica la expresión ‘a ver’. Cuesta imaginar a dónde va una civilización que impone disponer de varias teles, varios ordenatas y varios telefonillos por término medio mientras una legión de individuos se debate, con pocas o ninguna esperanza, en la pobreza cuando no en la miseria.

El ritmo migratorio

 

Los teóricos de la Andalucía “cruce de culturas”, “crisol de razas” y demás pueden estar contentos con el respaldo que les concede la realidad. Fíjense en estos datos, al margen de cualquier valoración ideológica al uso: en Andalucía se hayan instalados ya, por primera vez en la Historia, más de 200.000 inmigrantes ilegales, concretamente (contabilizados los de origen europeo), el primero de marzo pasado había en nuestra comunidad 208.250 de ellos. Un ejército, qué duda cabe. Sólo en enero aumentó nuestra estadística en 27.272 nuevos inmigrados y eso que el gran tráfico, como todo el mundo sabe, se ha desviado esta temporada a Canarias. Habrá que repensar ese problema sin prejuicios (sin xenofobia pero también sin papanatismo, quiero decir), será preciso calcular cual es la capacidad real de resistencia de nuestra sociedad y de nuestro mercado laboral. Y nada de ello se ha hecho hasta ahora, convertida la inmigración –como todo—en arma arrojadiza entre los dos grandes partidos. Hemos cruzado la raya de los 200.000, sin embargo. Andalucía tiene hoy pocos problemas como ése.