El modelo italiano

Si con la idea del millonario que compró un país Papini inventó, de hecho, un género de ficción literaria, José María García alumbró en su púlpito nocturno la idea, hasta entonces desconocida, de que la apropiación del fútbol por los particulares acabaría produciéndose por la vía de la conchaba entre un puñado de millonarios, una punta hambreada de árbitros sin mejor oficio ni beneficio y la recua federativa. Hoy sabemos que aquellas homilías eran proféticas y que lo que creíamos que no era más que un recurso algo demagógico para rellenar el programa de la duermevela ha resultados ser la pura y simple verdad de lo que ocurre en la vida deportiva. La decisión de la Justicia italiana de enviar al lazareto de la “segunda serie” a todo un clásico como la ‘Juventus’ acompañado de dos mascarones tan señeros como el ‘Lazio’ y la ‘Fiorentina’, así como la de excluir al otrora mítico Milán de la ansiada “Champions”, constituye un gesto que trasciende con mucho las porfías entre aficionados porque ni más ni menos que revela la profundidad de las corrupciones en un país en el que el agio, desde hace muchos años, forma parte del paisaje ciudadano. No ha prosperado la sugerencia de la amnistía lanzada, con motivo del triunfo en el Mundial, por algunos irresponsables sectores de aquella castigada vida pública, y esta imprescindible decisión, aunque a algunos pueda parecerle simple noticia de la sección deportiva, viene a ser todo un hito que ha de marcar un antes y un después en una mentalidad sometida a la idea de la inevitabilidad de la corrupción. Privatizar un país, después de todo, ha llegado a ser algo no poco habitual en la galaxia neoliberal. Hacerse con una Liga de fútbol parecía hasta hace bien poco que resultaba poco menos que imposible.

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Se han hecho toda clase de consideraciones sobre la pertinencia o impertinencia de ese golpe de efecto que trae revolucionada al planeta deportivo. A uno le parece, sin embargo, que quizá no se ha puesto suficiente énfasis en la causa última del disparate, que no es otra que el ingreso en la vida empresarial de un deporte que, a la chita callando, se ha convertido ante todo en un negocio. Se ha hablado no poco de que el fútbol funcionaba en este mundo dislocado como un sustitutivo de la guerra, un poco como el “potlach” esquimal o el olimpismo homérico, pero cuando hemos querido darnos cuenta nos hemos encontrado con que esa “pasión de multitudes” no era ya eso ni quien tal lo pensó, sino un laberíntico montaje en el que sólo unos pocos tenían acceso al hilo de Ariadna. La ‘Juve’ mismamente es, o mejor, “pertenece” a un milloneti desaprensivo llamado Luciano Moggi, como la ‘Fioren’ es de los hermanos Della Valle, el ‘Lazio’ de un tal Claudio Lotito o el Inter de Berlusconi, lo que quiere decir que la competición ha pasado a ser un pulso entre magnates empeñados en demostrar que nada en la vida escapa al poder del dinero, incluido el éxito. Como en España, en fin de cuentas, al menos desde que la mercantilización de los clubs hizo de la Liga un pugilato entre millonarios dentro del que, en no pocas ocasiones (y no hay por qué pensar sólo en Jesús Gil), cuesta trazar la divisoria entre el ámbito empresarial propiamente dicho y el negocio deportivo. Los magnates compran hoy equipos porque ello constituye un insuperable indicador de prestigio y, lógicamente, de ahí al contrabando y de éste al estraperlo apenas media un paso que es cuestión de tiempo acabar dando. Es verdad que un fútbol galáctico requiere finanzas astrales, pero siempre puede uno preguntarse qué ha conseguido con tal sistema el Real Madrid, pongo por caso, que no lograra ya cuando el club era aún una “afición” y Bernabeu un baranda obligado por la discreción a mantenerse en un segundo plano. Yo diría que las sociedades tienen el fútbol que se merecen. La italiana, por ejemplo, o la nuestra, sin ir más lejos. A mí, cuando oigo decir que el Alavés “es” de un ucraniano, se me caen los palos del sombrajo.

Un lío de estado

El “caso Chaves” se está convirtiendo, acaso potenciado por la mordaza que se ha autoimpuesto la Junta y su partido, en un verdadero lío de Estado. Un lío al que, a la vista está, que sus protagonistas no saben cómo meterle mano, un enredo probablemente sin salida digna que irá probablemente a peor si Chaves se empeña en hacer como que con su augusta persona no van los tiros y que a ella no alcanzan las graves salpicaduras de este barro fatal. Son demasiados hermanos, demasiadas evidencias, demasiados Ayuntamientos y Diputaciones propios, pero sobre todo, demasiado desahogo por parte de una consejería de Turismo que si no explica en el Parlamento (y parece improbable que pudiera lograrlo) por qué los hermanos Chaves se reparten (legalmente, eso no se cuestiona ni importa políticamente) con semejante prodigalidad el presupuesto autonómico, no hará sino dejar sentado lo que ya es un convencimiento público. Chaves va a salir tocado en su bien cuidada imagen de este escándalo que no se explica cómo no previeron con tiempos sus pretorianos y asesores.

Segundas partes

El martes habrá reunión de la Mesa de la Ría –la mitad parece que opone de antemano al propio debate—para decidir si se apoya o se deja de apoyar la presunta candidatura del arquitecto Vázquez Hierro a la alcaldía. Vale, pero ¿no había decidido ya la asamblea de la cosa que de política, nada, y que lo suyo era el combate cívico y todo lo más? Parece, además, que Vázquez estaría dispuesto seguir adelante con los faroles le plazca o no al pleno de la Mesa, lo que da una idea de la envergadura real de su ambición y sugiere, de paso, lo provisional, impostada o ambas cosas que era la actitud ecologista y tal mantenida por él hasta ahora. Ya veremos, ya veremos. Entre otras cosas y sobre todo quién paga las facturas cuando comiencen a llegar, clave suprema para desvelar quién está realmente detrás de ese personaje que quiere cambiar el morrión de la protesta por la vara de mando. ¿Qué tendrá el Ayuntamiento de Huelva que trae de cabeza a tanto aspirante, incluso a estos camicaces?

Cambiar el mundo

Quizá el fracaso de la utopía se debe, en muy buena medida, a la índole individualista de los modelos y soluciones propuestos, a que la idea de que el mundo necesitaba un cambio urgente ha solido venir acompañada de una receta personal. Mi generación ha despilfarrado enormes cantidades de energía tratando de reproducir “realmente” la ideología entrevista por un  genio como Marx, preocupada por restaurar sus nervios se acuerdo con el catecismo freudiano o, ya mucho más tarde, fumándose divertida la pipa de kif que le ofrecía Marcase o tratado de digerir a duras penas el suculento codillo frankfurtiano. La experiencia ha demostrado de manera contundente, sin embargo, que –a salvo quizá el mítico supuesto del cristianismo histórico– no hay cambio social de cierto calado originado en la ocurrencia de un solo sujeto sino mutaciones impuestas por las tendencias masivas de la población. Existieron los “humanistas”, quién lo duda, pero ya desde un par de siglos antes de apuntar el Renacimiento, un inquieto espíritu nuevo sacudía las entrañas del mundo medieval reclamando cambios no sólo en la “superestructura”, como hubiéramos dicho allá por los 60, sino en la misma “base” socioeconómica que condicionaba si es que no determinaba la realidad que se pretendía modificar. El viernes nos explicó en nuestras “Charlas” de Punta Umbría Vicente Verdú, con su fenomenal capacidad de persuasión, que estamos inmersos en un oscuro cambio de sistema del que la vida sobre el planeta no tiene por qué salir perjudicada sin o todo lo contrario, pues él entrevé en la interacción galopante que permiten las nuevas tecnologías un cambio de sujeto histórico al que torpemente nos estamos resistiendo desde la inercia de la razón. Habremos de entender la potencialidad didáctica de la tele o el videojuego o hemos de aceptar la monarquía incontestada del consumidor aunque aún nos cueste mudar de postura. No cambia la vida porque lo dictamine la minerva que la prestigia sino porque lo imponga en la práctica la masa que la constituye. Vicente hace de liebre en esta carrera por la supervivencia y la verdad es que no es fácil contemplar en esta cancha escapadas como la suya.
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En USA parece que van por el mismo camino, a juzgar por el llamamiento,  no poco dramático, lanzado por Stephen Hawking y Al Gore, y al que han respondido sin pensárselo, enviando sus propuestas reformistas, miles de ciudadanos anónimos, que tal vez pudieran estar iniciando un nuevo camino histórico sin percatarse siquiera. Claro que esa iniciativa lo que demuestra, en primer término, es el fracaso del sistema de gestión política, o si se prefiere, la falla de una ilusión democrática que parece empeñada en demostrar día tras día su incapacidad para satisfacer las aspiraciones profundas de los ciudadanos. Porque no sé si esos próceres se habrán dado cuenta, pero de prosperar su ensayo de democracia virtual, y emplazarse convenientemente el nuevo sujeto histórico, hasta hora no poco abanto, tanto al actual proceso de formación de la voluntad colectiva como al hecho práctico del poder tal como lo padecemos, no los iba a reconocer ni la madre que los parió. Verdú habla hace tiempo del “personismo” como “primera revolución cultural” del siglo XXI. Ver abatirse súbitamente sobre la realidad social y política ese meteoro de imprevisibles consecuencias, cero yo que confirma, en buena medida, esa teoría que, en el fondo, es ni más ni menos que la propuesta frontal de un nuevo y revolucionario humanismo, ni clásico ni romántico, sino actual, pragmático, hijo, en definitiva, de la propia evolución. Nos ha contado este observador de excepción que en USA ya se ha probado alguna experiencia de “democracia continua”, es decir, de sistema electivo abierto y permanente en el que los ciudadanos con voto se transforman en personas con poder. No hay que hacerse ilusiones prematuras, desde luego, pero sería insensato dudar de que vivimos apenas en equilibrio entre dos eras.

Antología Chavesiana

“El único problema de mis familiares es serlo del Presidente de la Junta”, Manuel Chaves, presidente de la Junta. “Todo se ha hecho perfectamente jurídica, administrativa y políticamente”, Leonardo Chaves González, director general de Infraestructuras Deportivas. “El presidente debe cuidar que sus familiares se puedan ver beneficiados de algún modo por la Administración”, Javier Arenas, presidente del PP. “El ‘caso Chaves’ podría acabar repitiendo la historia del ‘caso Juan Guerra’”,  Pedro Jiménez, coordinador provincial de IU en Huelva. “En el ‘caso Chaves’ hay una ‘cadena de favores’”, Ernesto Abel Herrera, secretario general del PA en Huelva. “El ‘caso Chaves’ utiliza a la familia del Presidente para confundir”, Francisco Garrido, diputado “verde” en la lista del PSOE. “Una cosa es que Chaves nombre director general a uno de sus hermano y otra que otro de ellos reciba las subvenciones de esa dirección”, Alexis Vidal-Quadras, eurodiputado.

El precio justo

Hace Cinco años cinco, el Ayuntamiento regido por el PSOE en Punta Umbría, siempre bajo la larga mano de Barrero, concedió generosamente a una empresa de Alfredo González –un evidente “amigo político”—una disputada parcela en el paraíso perdido de Los Enebrales, fijando el precio de 2’8 millones de euros. Un regalo, pues tras la reacción del Ayuntamiento del PP y sentencias favorables por medio, el nuevo concurso se ha encontrado, al abrir las plicas, con la sorpresa de que el mismo comprador ofrece más casi tres millones de euros más de lo que le cobró el PSOE. Y un dato curioso: la elocuente oferta figura a nombre de una empresa de González que lleva el bonito título de ‘Lyncis’, es decir, el mismo nombre de otra que es propiedad del actual candidato del PSOE  a la alcaldía, Gonzalo Rodríguez Nevado. “Si non è vero è ben trovato”, diría un suspicaz. Uno no dice nada porque los hechos hablan por sí solos.