Estómagos agradecidos

 

Perplejo se queda uno escuchando a ese presidente vecinal proclamar su orgullo por haber sido el único en participar –“con mayúscula” dice el caballero—en el proceso de reforma estatutaria que han muñido a ojos vista el PSOE e IU con las prisas propias de quien se proponía ante todo “cubrir” el proceso catalán que hoy mismo se somete a referéndum. También la consejera de Gobernación sacó a pasear las “mayúsculas” participativas que suponen para ella el mejor “distintivo de la Segunda Modernización”. De verdad, para comer cerillas, para darse contra el muro. Entre el optimismo oficial y los acólitos con aguinaldo, entre ‘medios públicos’ y ‘amigos privados’, va siendo cada día más difícil mantener el criterio independiente a cubierto bajo el fuego cruzado de las propagandas. Claro que no merece la pena preguntar siquiera a ese vocero y a la consejera cuáles han sido esas “mayúsculas” que han aportado los “vecinos” al bodrio calcado del catalán. Más valdría preguntar qué ha sido de un movimiento vecinal que en tiempos fue la vanguardia de muchas causas justas.

Miserias del comisariado

 

Otra vez por medio el marido de la tránsfuga de Gibraleón, doña Esperanza Ruiz, un personaje que no podrá decir que no fue siempre bien tratado en esta casa y por este minimalista, don Norberto Javier, mejor poeta que político, qué duda cabe, mejor plumífero que comisario. En esta ocasión, sorprendido aprovechando alevosamente la ausencia de la responsable de Canal Sur en Huelva para “dirigir” desde su despacho en la empresa pública –a golpe de correo electrónico con remite de la casa—la estrategia ‘antipepera’ de la nueva tele de Gibraleón. Qué vergüenza, colegui, que tragaderas y qué papelón el que te ha endilgado la “mesa camilla”, qué descarada deslealtad (en segunda instancia, encima) a una responsable que, mejor o peor, parece que trata de mantener como puede la tal vez imposible neutralidad del ‘medio público’. En cualquier país democrático echarían de su empleo sin contemplaciones a quien haciera una cosa semejante. En Huelva lo más probable es que, para premiarlo, repesquen como concejal a la tránsfuga de su mujer.

El país plural

 

El éxito de Ecuador en el Mundial de Fútbol nos ha dado ocasión de conocer un dato notable: que en España viven ya 800.000 ecuatorianos. No hay datos fidedignos sobre la población inmigrante ilegal que vive en nuestro país procedente del Este europeo, una buena parte de la cual quedará automáticamente legalizada cuando enseguida algunos de esos países se integren en la Unión Europea. Hace ya bastante tiempo que las cifras de la inmigración asiática superaron las cien mil personas (eso ocurrió en el 2003), contándose entre ellas comunidades que crecen a ojos vista (menos de la autoridad competente) en nuestras ciudades y hasta en nuestros campos. Los chinos se acercan también a los cien mil –se ha dicho que algunos barrios madrileños son dueños ya de ocho de cada diez locales– aunque sólo menos de la mitad figure en la Seguridad Social, pero mucho más espectacular todavía ha sido la evolución de la estadística de la galopante inmigración pakistaní. No hay quien sepa con certeza el montante real de la inmigración pero existen sobradas razones para creer que no se para ya en los dos millones, y existe además una previsión inquietante: que su incremento ronda el 25 por ciento anual, lo que quiere decir que, de seguir este ritmo, mucho antes de que el siglo doble su primera mitad los residentes en España nacidos fuera del país serán algo así como un cuarto de nuestra población. Tampoco hay posibilidad de establecer con certeza la cifra de marroquíes legales e ilegales que conviven con nosotros, pero sin duda debe de ser la más numerosa, un verdadero ejército durmiente con más efectivos que nuestra seguridad nacional. Ya me dirán qué es lo que reclaman los mujaidines del país plural en este país-puzzle que ni siquiera es capaz ya, tras le paripé de varias “regularizaciones” (1985, 1991, 1996, 2000…) de contar con cierta precisión los huéspedes que alberga.

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Sólo algunos espíritus cerriles permanecen militantes contra este hecho que lleva todas las trazas de convertirse en el rasgo predominante del nuevo milenio. Los inmigrantes cuentan lo suyo como factor reproductivo (el 90 por ciento del incremento poblacional español a ellos se debe), como elemento dinamizador de la economía (sobre todo de la sumergida) y también como cotizantes de la Seguridad Social, por más que no sean despreciables ni el coste económico de su obligada atención social ni desdeñables ciertos riesgos, algunos tristemente memorable, que, se quiera aceptar o no, están a la vista de todos. En esta nueva invasión histórica de la Europa Occidental, España se ha convertido en el ‘limes’ lejano donde los pacíficos invasores han levantado sus cuarteles de invierno aguardando la posible primavera que les permita levantarlos y dar el soñado salto hacia el paraíso del Norte. Y ese hecho ha de resultar determinante en una historia como la nuestra que ha pasado por repetidas experiencias de integración racial y cultural pero nunca se había encontrado frente a una experiencia, como la de hoy, en la que lo que se juega frente a una pluralidad tan compleja es la propia identidad. No tiene sentido el miedo xenófobo, en todo caso, porque fenómenos similares dieron lugar a naciones (y no digo países, digo naciones) como Argentina o Estados Unidos, con la única pero interesante diferencia de que en ellos el fenómeno se produjo en el propio momento fundante, lo que poco tiene que ver con lo está ocurriendo aquí y ahora. Pero tampoco tiene sentido, por tanto, la demanda de lo que ya es una realidad en marcha –la de un país plural o la de una sociedad multicultural—pues en España ambos objetivos van siendo ya una realidad por encima y por debajo de entusiasmos y de mezquindades. Yo al menos me he quedado de piedra al saber que en España hay ahora mismo más ecuatorianos de pura cepa que coruñeses o sevillanos y más magrebíes que manchegos. El Mundial, aparte de catalizador del patriotismo oportunista, nos ha traído esta descomunal evidencia.

Arena tras la cal

 

Como se acercan las elecciones y hay indicios sobrados de que el servilismo de IU respecto del PSOE pudiera costarle una caída irreparable, la coalición ha soltado el incensario para coger el látigo electoralista y denunciar los incumplimientos de Chaves, sus proyectos de leyes hibernados, sus promesas en el aire y sus camelos flagrantes. A los ciudadanos observadores quizá no escape, sin embargo, que esta tardía e inofensiva oposición poco o nada supone tras otra legislatura sumisa en la que IU ha apoyado con firmeza los grandes objetivos de Chaves al tiempo que le ha servido de legitimador a la hora de impedir que el Parlamento jugara un papel medianamente creíble. A ver quién va a tragarse la proclama de Concha Caballero, mismamente, tras haberla visto y oído defender el bodrio estatutario a cambio de las lentejas viudas que caben en un plato pequeño. ¡Pues vaya novedad que Chaves tiene la tira de promesas incumplidas! La pregunta es por qué IU no se ha dado cuenta de ese retraso hasta que la legislatura apunta ya a la recta final.

Antología del desengaño

 

“La candidatura de Manuela Parralo a la alcaldía da ejemplo de la vocación de cambio del PSOE de Huelva”. “No me siento fracasado por haber perdido en dos ocasiones en las urnas frente al alcalde de Huelva, Pedro Rodríguez”. “He pasado los mejores años de mi vida al servicio de la ciudad, sin estar arrepentido”. “El PSOE ha perdido dos elecciones (municipales) pero ha ganado en la ciudad gracias al trabajo bien hecho”. “Grandes políticos como Aznar, Gallardón o González sólo ganaron a la tercera, mientras que yo sólo he perdido dos elecciones y no voy a presentarme a la tercera”. “La candidata Manuela Parralo es mucho mejor que yo”. “La candidatura de Parralo es ilusionante porque interpreta en clave de futuro los buenos tiempos que están por llegar a la ciudad de Huelva” (Pepe Juan Díaz Trillo, excandidato a la alcaldía). Alguien debería tener la piedad política y el sentido común de ahorrarle al perdedor estas exhibiciones ridículas que, desde luego, no se merece tanto como otros. Lo de Díaz Trillo es triste desde hace mucho, pero puede llegar a ser lamentable si alguien no lo remedia a tiempo.

El desnudo integral

 

El desnudo integral es una metáfora. Ya sé que también es una estrategia provocadora y hasta un arma estruendosa en la guerra de las convenciones, pero sobre todo, me parece a mí, suele ser un tropo que no pone tanto el acento en las propias carnes expuestas como en las ocultas de los mirones. Tras el 68 vivimos una epidemia banalizada de lo que se llamó “striking”, calcada de las broncas marcusianas que montaban los porretas de California y que se extendió a duras penas por las universidades españolas. En una ocasión nos sorprendió en un campus de la Complutense una de esas visiones vertiginosas y aún recuerdo el corte que don Luis García de Valdeavellano, el ilustre institucionista, le dio a un colega que mostraba pudoroso su indignación porque el hecho se produjera en sede universitaria: “Pero, hombre, Fulano, no te quejes. ¡Ya era hora de en esta Universidad de mierda se enseñara algo que mereciera la pena!”. Así iban las cosas mientras la Utopía resistió el cerco de la Realidad, y así nos iba a nosotros, criaturitas, mientras seguíamos creyendo que alguna vez oiríamos sonar la trompeta apocalíptica o veríamos aparecer en el horizonte del milenio –mirando desde la playa atestada de indígenas desnudas retozando a la sombra del árbol del pan– el barco milenario cargado hasta las trancas de los bienes soñados. Luego, naturalmente, desaparecieron las ninfas inesperadas y los efébicos adanes, y el nudismo se refugió en sus playas “toleradas” seguramente por ignorancia de que, de acuerdo con la vigente legislación, nada impide hoy a un ciudadano español que se oree en bolas por los espacios públicos. Hoy la solución no está ya en desnudarse por las bravas sino más bien en elegir juiciosamente la camisa –roja, azul o parda, eso ya depende—que uniformiza el éxito político y profesional. Hace poco uno le dijo algo sobre el canalillo a una diputada del Congreso y allí fue Troya con las amazonas en nómina. Que eran las mismas, o las hermanas pequeñas, que por los felices 70 cifraban el sueño revolucionario en dar por el paraninfo una carrera en pelo.

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En un pleno del Ayuntamiento de Sevilla una joven luchadora se ha exhibido desnuda al consistorio en la creencia de que sus gracias podrían con la inercia municipal por aquello de que “más pueden dos tetas que dos carretas”, pero lo único que ha conseguido es salir en los periódicos luciendo un icono apenas visible bajo la media luz proyectada por su gesto dramático. ¡A esta tropa le va a venir una rolliza con un par de tetas! Ha hecho falta el notariado mediático para que el mundo se enterara del mensaje de esa amazona que nadie desde los escaños atendió, como era natural, distraídos como andaban todos con la singularidad de una protesta verdaderamente imposible a estas alturas del despelote. Aunque lo cierto es que hace falta ser ingenua para creer que un “deshabillé” podría inquietar siquiera a un Ayuntamiento en el que se habla de facturas falsas como si tal cosa o en el que el propio alcalde no se recata a la hora de desalojar chabolistas a base de entregarles en mano, en plan marbellí, bolsas repletas de billetes de curso legal. La oscura tentación de la carne, el misterio del cuerpo, no turba ya ni a los adolescentes en esta sociedad desacralizada que hace política en ‘top less’ cuando no programa simple pornografía en sesión continua. Ese desnudo entre lo bello y lo obsceno, como diría Valéry, no alcanza ya ni para metáfora en medio del lío en que estamos metidos en esta lujuriosa selva por cuyas pasarelas caminan, desnudas bajo los focos, las ninfas anoréxicas devoradas por su propia alegoría. He contemplado con tristeza esa muchacha desnuda intentando en vano hacer de ménade furiosa ante unos munícipes resabiados que seguro que la tomaron, todo lo más, por una amable nereida. Seguro que nadie había informado a esa criatura de que corren malos tiempos para la lírica.