Palabras mayores

 

Si se trata o no de ligerezas por parte del denunciante –el vicesecretario del PA almonteño cuya casa ardió en circunstancias no aclaradas—es cosa que la Justicia por su parte, y la autoridad gubernativa por la suya, deberían averiguar sin demora por la cuenta que a todos nos trae. Porque pase que el partidismo cerril discrimine a estos “quemados” adversarios frente a otros amigos, pero lo que faltaba para el marbelleo completo era que aquí también se acabaran perdiendo los expedientes en los Juzgados. Si no es cierta la denuncia, por razones obvias, ya digo, y si lo es, por razón de más. La táctica almonteña de dejar pudrirse los problemas puede haber dado hasta ahora resultados relativamente aceptables para los señalados, pero esto ya es harina de otro costal y sombrea en el ambiente una palurda silueta mafiosilla. Hay que aclarar si es cierto o no que ese expediente se ha “perdido”. Y si lo es, tirar de la manta con todas las de la ley.

La santa corrupción

 

Hace ya una pila de años –el tiempo vuela, más que corre–, siendo ministro de la cosa el polivalente Josep Borrell, reunió en el ministerio a un grupo de importantes hombres de empresa para decirles que no pagaran comisiones a la Administración. No cabía mayor demostración de que la Administración cobrara comisiones a los hombres de empresa a cambio de adjudicarles contratos cuyo coste final, presumiblemente, se vería incrementado y acabaría derivando el incremento hacia el pagano. Era aquel un tiempo en el que circulaba sin embozo la tesis de que pagar comisiones al extorsionador del despacho oficial no era malo sino todo lo contrario, en la medida en que tan sencillo sistema –por la cuenta que a todos le traía— aceleraba los trámites y jibarizaba las garantías. En la construcción del Ave, por ejemplo, siempre según la flamante sentencia de la Audiencia madrileña, se pagaron comisiones a la plana mayor de las finanzas del PSOE e incluso a alguno de los hombres más inmediatos del Presidente, y ha escrito el ponente de ese fallo, sin temblarle la mano, que “los concursantes habían asumido que fuere la empresa adjudicataria, también si su oferta era la mejor, tendría que satisfacer una comisión”, bizarra exigencia a la que “los concursantes se resignaban” (no se pierdan el verbo), ya que “el pago de la comisión formaba parte indisoluble del paquete junto con la realización de las obras o compras adjudicadas”. ¿Y por qué?, se preguntará el estupefacto peatón. Pues porque “las empresas aceptaban esta forma de financiación de los partidos políticos, que pudiera parecer reprochable desde el punto de vista ético social pero que, cuando ocurrieron los hechos enjuiciados era penalmente atípica”. Aquellos son los polvos que han traído estos lodos, contra los cuales han levantado su doliente voz los hombres de negocio relacionados con Marbella en protesta porque, aunque ahora sí constituya una conducta penal típica, esa práctica continúe en vigor. Cuesta imaginar una audacia mayor, pero no se apuren porque, al paso que llevamos, todo se andará.

xxxxx

Tal vez lo más gracioso de todo este cuento sea el puntillo de honor que invocan los políticos y sus defensores cuando llega el caso, como en esta misma sentencia que entrevé en la desconfianza pública hacia los políticos “un pesimismo antropológico del más puro corte hobbesiano”. He ahí una vieja historia: los mismos que practican el desmán, lo justifican o cierran los ojos ante él, agudizan luego el treno para protestar por el perjuicio que la difusión de las tropelíasen la opinión pública acarrea a la imagen de la “clase”. Un escritor francés decía irónicamente que las sociedades suelen tener, tocante al punto de honor, la misma sensibilidad que los cornudos, y Diderot sostuvo que hay gentes y pueblos (creo recordar que él se refería a los rusos) que se pudren incluso antes de madurar. Pues puede, no diría yo que no, pero en vista de lo visto tengo para mí que el proceso de corrupción de un pueblo tiene menos que ver con sus inclinaciones esencialistas que con el tratamiento que la ciega Justicia se decida a aplicarle a los afectados. Desde luego, hay que ignorar la Historia a fondo para creer que el agio es un invento moderno, pero igualmente obvio resulta que la despreciable tolerancia triunfante en nuestra vertiginosa democracia han condicionado, no sólo el volumen y ritmo de la gangrena, sino toda una ideología de la que esta sentencia, picada de hilarante optimismo rousseauniano, constituye un admirable resumen. “Hay que presuponer –dice, por ejemplo— que quienes desempeñan cargos políticos importantes persiguen ante todo, descontadas las inevitables excepciones, la consecución del bien común”. Mirando hacia atrás sin ira y alrededor con desolación, esa profesión de fe resultaría grotesca si no fuera ridícula. Los ladrones somos gente honrada. Jardiel colgaría hoy el cartel de no hay billete. Incluso en el AVE.

Extraños centinelas

 

Hubiera ido, de haberme enterado a tiempo, a la presentación del libro que con ese título ha escrito Alcaraz. La presentación tuvo lugar en una sede sindical que fue antiguo teatro, no sé si cogen la ironía. Y aunque desconozco le contenido, el título mismo se me viene a las manos al leer en la crónica parlamentaria la soflama de la portavoz de IU sobre la corrupción urbanística y su afirmación de que “hay cientos de ‘marbellas’ y ‘marbellitas’ en ciernes en toda Andalucía”, y su acertada apreciación de que en esa ciudad de los milagros “se ha tardado quince años en intervenir y sólo lo ha hecho la lentísima Justicia, no la Junta”. En boca quienes han impedido decenas de comisiones de investigación en el Parlamento, la verdad es que semejantes palabras resultan cínicas además de oportunistas. ¡Y tan ‘extraños centinelas’! Tal vez ‘compañeros de viaje’ hubiera sido un título mucho más ajustado a la realidad.

Manuela nos veta

 

Nos ha vetado, uaaah, doña Manuela, no quiere hablarnos la ‘supergirl’, nos niega el pan y la sal la pija forastera que no tiene inconveniente en reconocer que para ella Huelva es –“Yo trabajo aquí y me voy a dormir a ocho kilómetros”— mero lugar de trabajo, el sitio donde tiene uno/a el curro o el pesebre. Y eso está muy feo, porque cuando se está en la vida pública hay que meterse los cabreos donde le quepan a uno/a, sin que al cargo público le asista el derecho a vetar a los medios críticos, de la misma manera que ningún medio tendría derecho a ningunear a un/a cargo público o aspirante a él simplemente por no estar de acuerdo con sus planteamientos. Parralo discrimina así a miles de onubenses que, en uso de su libertad, leen El Mundo y a eso no tiene derecho ni como edil elegida ni como candidata. Allá ella, pero puede estar segura de que desde aquí no habrá represalias ni malevolencias. Las críticas, sin embargo, no van a parar ni por esa coacción ni por ninguna otra que pueda ocurrírsele a esta aficionada con tan poca experiencia.

La santa corrupción

Hace ya una pila de años –el tiempo vuela, más que corre–, siendo ministro de la cosa el polivalente Josep Borrell, reunió en el ministerio a un grupo de importantes hombres de empresa para decirles que no pagaran comisiones a la Administración. No cabía mayor demostración de que la Administración cobrara comisiones a los hombres de empresa a cambio de adjudicarles contratos cuyo coste final, presumiblemente, se vería incrementado y acabaría derivando el incremento hacia el pagano. Era aquel un tiempo en el que circulaba sin embozo la tesis de que pagar comisiones al extorsionador del despacho oficial no era malo sino todo lo contrario, en la medida en que tan sencillo sistema –por la cuenta que a todos le traía— aceleraba los trámites y jibarizaba las garantías. En la construcción del Ave, por ejemplo, siempre según la flamante sentencia de la Audiencia madrileña, se pagaron comisiones a la plana mayor de las finanzas del PSOE e incluso a alguno de los hombres más inmediatos del Presidente, y ha escrito el ponente de ese fallo, sin temblarle la mano, que “los concursantes habían asumido que fuere la empresa adjudicataria, también si su oferta era la mejor, tendría que satisfacer una comisión”, bizarra exigencia a la que “los concursantes se resignaban” (no se pierdan el verbo), ya que “el pago de la comisión formaba parte indisoluble del paquete junto con la realización de las obras o compras adjudicadas”. ¿Y por qué?, se preguntará el estupefacto peatón. Pues porque “las empresas aceptaban esta forma de financiación de los partidos políticos, que pudiera parecer reprochable desde el punto de vista ético social pero que, cuando ocurrieron los hechos enjuiciados era penalmente atípica”. Aquellos son los polvos que han traído estos lodos, contra los cuales han levantado su doliente voz los hombres de negocio relacionados con Marbella en protesta porque, aunque ahora sí constituya una conducta penal típica, esa práctica continúe en vigor. Cuesta imaginar una audacia mayor, pero no se apuren porque, al paso que llevamos, todo se andará.

xxxxx

Tal vez lo más gracioso de todo este cuento sea el puntillo de honor que invocan los políticos y sus defensores cuando llega el caso, como en esta misma sentencia que entrevé en la desconfianza pública hacia los políticos “un pesimismo antropológico del más puro corte hobbesiano”. He ahí una vieja historia: los mismos que practican el desmán, lo justifican o cierran los ojos ante él, agudizan luego el treno para protestar por el perjuicio que la difusión de las tropelíasen la opinión pública acarrea a la imagen de la “clase”. Un escritor francés decía irónicamente que las sociedades suelen tener, tocante al punto de honor, la misma sensibilidad que los cornudos, y Diderot sostuvo que hay gentes y pueblos (creo recordar que él se refería a los rusos) que se pudren incluso antes de madurar. Pues puede, no diría yo que no, pero en vista de lo visto tengo para mí que el proceso de corrupción de un pueblo tiene menos que ver con sus inclinaciones esencialistas que con el tratamiento que la ciega Justicia se decida a aplicarle a los afectados. Desde luego, hay que ignorar la Historia a fondo para creer que el agio es un invento moderno, pero igualmente obvio resulta que la despreciable tolerancia triunfante en nuestra vertiginosa democracia han condicionado, no sólo el volumen y ritmo de la gangrena, sino toda una ideología de la que esta sentencia, picada de hilarante optimismo rousseauniano, constituye un admirable resumen. “Hay que presuponer –dice, por ejemplo— que quienes desempeñan cargos políticos importantes persiguen ante todo, descontadas las inevitables excepciones, la consecución del bien común”. Mirando hacia atrás sin ira y alrededor con desolación, esa profesión de fe resultaría grotesca si no fuera ridícula. Los ladrones somos gente honrada. Jardiel colgaría hoy el cartel de no hay billete. Incluso en el AVE.

Extraños centinelas

Hubiera ido, de haberme enterado a tiempo, a la presentación del libro que con ese título ha escrito Alcaraz. La presentación tuvo lugar en una sede sindical que fue antiguo teatro, no sé si cogen la ironía. Y aunque desconozco le contenido, el título mismo se me viene a las manos al leer en la crónica parlamentaria la soflama de la portavoz de IU sobre la corrupción urbanística y su afirmación de que “hay cientos de ‘marbellas’ y ‘marbellitas’ en ciernes en toda Andalucía”, y su acertada apreciación de que en esa ciudad de los milagros “se ha tardado quince años en intervenir y sólo lo ha hecho la lentísima Justicia, no la Junta”. En boca quienes han impedido decenas de comisiones de investigación en el Parlamento, la verdad es que semejantes palabras resultan cínicas además de oportunistas. ¡Y tan ‘extraños centinelas’! Tal vez ‘compañeros de viaje’ hubiera sido un título mucho más ajustado a la realidad.