El precio justo

Hace Cinco años cinco, el Ayuntamiento regido por el PSOE en Punta Umbría, siempre bajo la larga mano de Barrero, concedió generosamente a una empresa de Alfredo González –un evidente “amigo político”—una disputada parcela en el paraíso perdido de Los Enebrales, fijando el precio de 2’8 millones de euros. Un regalo, pues tras la reacción del Ayuntamiento del PP y sentencias favorables por medio, el nuevo concurso se ha encontrado, al abrir las plicas, con la sorpresa de que el mismo comprador ofrece más casi tres millones de euros más de lo que le cobró el PSOE. Y un dato curioso: la elocuente oferta figura a nombre de una empresa de González que lleva el bonito título de ‘Lyncis’, es decir, el mismo nombre de otra que es propiedad del actual candidato del PSOE  a la alcaldía, Gonzalo Rodríguez Nevado. “Si non è vero è ben trovato”, diría un suspicaz. Uno no dice nada porque los hechos hablan por sí solos.

El aprendiz de brujo

 

Con tanto hablar del sesenta aniversario del bikini han pasado más bien desapercibido los aniversarios, ciertamente deplorables, de algunas de las grandes catástrofes que ha padecido esta forma de organización productiva que conocemos como sociedad industrial. Hace ahora, en efecto, treinta años que se produjo en la ciudad italiana de Seveso, uno de los mayores siniestros conocidos en la historia de la industria, un temible accidente que asoló varias poblaciones bajo la célebre nube tóxica que, desplazándose a 18 kilómetros por hora, acabó asolando un área que incluía, además del propio Seveso, las poblaciones de Meda, Cesano Maderno y Desio. También se cumplen ahora veinte años de la catástrofe de Chernóbil, la centra nuclear ucraniana, cuyas víctimas de segunda generación se debaten aún en condiciones extremas, y otros veinte de la menos publicitada ruina que supuso el incendio de la fábrica de Sandoz en la ciudad suiza de Bâle, un accidente que causó la más grave polución registrada jamás en el cauce del Rhin y que dio lugar a una dura “directiva” sobre identificación de riesgos industriales más o menos similar a la que en el año 82 respondió, preventiva aunque tardíamente, a lo ocurrido en Seveso. Mucho menos ha trascendido al gran público la tragedia rumana de Baia Mare que en el año 2000 contaminó el Danubio en términos que, al menos entonces, se estimaron irreversibles aunque, por fortuna, tan sombrío anuncio no se llegara a cumplirse. Ha habido otros muchos accidentes, en especial químicos, en el ámbito de la Unión Europea, a consecuencia de los cuales viene desarrollándose un enconado pulso entre la autoridad comunitaria y la gran industria que ve en las imprescindibles limitaciones y controles una intervención costosa y un gasto inasumible, en especial después de entrar en vigor la reglamentación que trata de controlar las sustancias químicas empleadas en los procesos industriales, una directiva conocida como “Reach” que ha aportado nuevas esperanzas a una sociedad que se siente más amenazada a medida que conoce mejor su situación real. Ni una palabra se ha dicho sobre aquel aniversario apocalíptico, insisto, a pesar de lo mucho que se viene escribiendo sobre el ingeniero Réard, el atolón de Bikini y la cruzada mágica que, iniciada por la Bardot a mediados de los 50, culminaron con éxito en la década siguiente cuerpos como Bo Derek o Rachel Welch.

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La pugna en torno a “Reach” alcanzó su cota máxima cuando se supo que no tenemos ni idea de los efectos que pueden estar produciendo sobre la salud y el medio ambiente la práctica totalidad de las 100.000 sustancias químicas que se mueven legalmente en el mercado, pero a las que no pocos investigadores endosan la responsabilidad en el aumento disparado de la estadística médica sobre el cáncer y la leucemia. Un elemental realismo ha hecho que esa autoridad limite su proyecto de control de manera que “Reach” habrá de limitarse –y sólo a partir del 2007—a registrar los datos referidos a unas 30.000 de esas sustancias sospechosas, siempre que sus niveles de producción o importación superen la tonelada anual. A cambio parece que se decide, al fin, dejar en manos de las empresas la carga de la prueba de la seguridad de sus productos en lugar de atribuir a la Administración la obligación de demostrar su nocividad. Hemos construido entre todos un paraíso, inimaginable hace sólo unos decenios, pero en el que bajo cada árbol del bien y del mal, en cada piedra preciosa, junto a cada idílico regajo, acecha dormida la sierpe de la amenaza. Es natural que nadie quiera recordar en él lo que ocurrió en Seveso hace treinta años o en Chernóbil hace veinte, cuando aún no sabíamos que una fábrica de perfumes podía ser un polvorín o que el bollicao del niño era un veneno lento. Dentro de otros veinte años, si nos afligen nuevas cuitas, siempre nos quedará refugiarnos en el aniversario del ‘top less’.

Imágenes y culpas

 

Reclama le presidente Chaves un respeto para Andalucía que habría de materializarse en la discreción (no sé si lo que se pretende es el silencio, pero recelo que sí) sobre los escándalos que vienen afligiéndonos desde hace varios decenios y en los que el protagonismo lo desempeñan políticos de los primeros niveles. Bien, pero ¿quién escandaliza, el que la hace o el que la critica? La estrategia de ocultamiento en que Chaves y sus ‘medios’ –noten que poco hablan del “caso Chaves” los andaluces más o menos alineados con el Poder—basan ese ideal de integración tiene un límite, y ese límite lo determina la evidencia de los hechos. Si Chaves no afronta el disparate de sus hermanos estará comprometiendo su propio perfil político aunque, ciertamente, si lo hace a estas alturas, lo tendría por lo menos difícil. Por más que calle la ‘teleJunta’, por más que miren para otro lado los “amigos políticos”, por más que la mayoría absoluta impida por adelantado cualquier debate parlamentario. Se hablará de este enredo de las adjudicaciones fraternas como se habla del crédito condonado del propio Presidente. No deberían echar la culpa a nadie sino comprender que la tienen ellos mismos.

Calendario trásfuga

 

La salida del secretario de Política Municipal del PSOE, Álvaro Cuesta, a propósito del caso de transfuguismo de Gibraleón supera toda previsión razonable: lo ocurrido en el Ayuntamiento de ese pueblo con el transfugazo masivo de todo el grupo municipal del PSOE, “es anterior al Pacto Antitransfugismo” cerrado en el Congreso, bajo la presidencia del ministro de Administraciones Públicas, hace poco. Cuesta debe de tomar por tonto al personal y suponer que va a colar esa bola de que el enésimo pacto antitránsfugas del otro día es el único vigente, como si no supiéramos que hay varias docenas vigentes por ahí, pactos que casi nadie ha cumplido nunca y que todos han vulnerado, es cierto, pero que está ahí desde le principio de los tiempos. El PSOE puede “arrecoger” a esos tránsfugas si lo cree conveniente pero está claro que no sabe no por dónde empezar para vender la burra.

Fábrica de millones

 

Con los años y la experiencia he acabado descubriendo una ley que se le escapó a los clásicos: que una sociedad abierta con un gobierno socialdemócrata parece ser el ámbito ideal para que hacer realidad el sueño de la opulencia. No soy lector asiduo de la revista ‘Forbes’ y, por tanto, tampoco es que esté muy al día de cómo evoluciona por esos mundos de Dios y del diablo la industria milloneti, pero unos datos avalados por el Banco de Santader me ponen por delante una estadística difícilmente imaginable, según la cual solamente el “negocio del ladrillo”, como se ha dado en decir, crea anualmente de la nada una cifra redonda de magnates: 44.000 millonarios. Hablamos de millonarios millonarios, esto es, de afortunados que poseen millones contantes y sonantes el banco una vez descontado de su patrimonio total la vivienda habitual, los bienes consumibles o suntuarios (incluyendo el coche fantástico, yate y el avión) e incluso esos que de manera tan cursi se denominan bienes ‘intangibles’, pues qué se yo, el Miró que el señor Roca tenía en su cuarto de baño marbellí, pongo por caso. La verdad, no sé ni bien ni mla cómo se las averiguará un responsable sociata para explicar este milagro de los panes y los peces financieros, pues si echan mano de la calculadora verán que 40.000 millonarios al año suponen algo así como 916 mensuales y nada menos que 30 diarios. Y volvemos a lo de siempre: si es verdad –y no es posible seguir manteniendo al ambigüedad en torno a ese hallazgo—que en España la pobreza convencional o severa es la que es (en Andalucía, un ciudadano de cada cinco es pobre, aunque la Junta no admite más que 70.000…, ‘severos’, eso sí), si lo es que una mayoría proverbial, de familias llegan a duras penas a fin de mes y que las hipotecas resultan cada día más cuesta arriba, mientras ese ejército de potentados surge entre nosotros, es que una contradicción colosal rige el mecanismo de nuestros modelos políticos. ¡Treinta millonarios al día como quien no quiere la cosa, sólo en la ladrillería rampante! Quién sabe si este éxito fulmíneo del capitalismo especulativo acabará socavando la ilusión neoliberal como jamás pudieron hacerlo las utopías y revoluciones más agresivas.

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Hay más datos llamativos en ese fotomatón de las fortunas hispanas, entre ellos uno que, a mi modesto entender, resulta espectacular: que la mitad de todos los ricos de esta “nación de naciones” la constituye un club de 2.750 afortunados, la mitad más o menos de los cuales poseen fortunas que permiten calificarlos de ‘ultramillonarios’ según el criterio que marca esa raya roja en los veinticuatro millones de euros. Los estudiosos que han llevado a cabo la investigación de marras no se han parado en barras para calificar a este sector emergente como “la nueva clase”, es decir con el viejo concepto de Milovan Djilas que tanto dio que hablar por referencia a la ‘nomenklatura’ soviética. La avalancha costera, el cenit de la especulación, los mismos escándalos urbanísticos que traen de cabeza (pero menos) a los graves partidos políticos que padecemos, la proliferación de embarcaciones de recreo que abarrota nuestros pantalanes, los cada día más frecuentes aviones privados y, por qué no, hasta el ‘boom’ comercial del coleccionismo artístico, dan testimonio de esta realidad con la que evidentemente no puede la ética democrática no todos los buenos propósitos del mundo. Por lo demás, se pregunta uno que ocurriría si a esos ricos del ladrillo le añadiéramos los que surgen de continuo de otras tantas actividades en alza, incluso renunciando a contabilizar las rentas declaradamente mafiosas y los negocios delictivos que, como todo el mundo sabe, han llegado a ser el pan nuestro de cada día. Igual llegamos al “reino feliz de los tiempos finales” no marcando el paso tras una encendida marsellesa sino largando mordidas y reventando pagarés. Va a resultar que Marx un pringao, aunque le haya acabado dándole de comer a tanta gente.

Algo más que palabras

 

El presidente Chaves, tan celoso, como es su derecho y su deber, de su buen nombre y fama política, no puede salir dl actual embrollo de las adjudicaciones de obras públicas entre sus hermanos con un simple topiquillo sobre la honestidad de los suyos y esa pamplina de que caer cerca del Poder perjudica en la vida a los ciudadanos. Al contrario, le venga bien o mal, no tiene más remedio que pechar con los hechos, reconocer que carece de sentido el montaje (todo lo legal que él quiera, pero impresentable) de sus hermanos y adoptar alguna decisión que, sin duda no le saldría políticamente gratis, pero que resulta imprescindible. El cese de ese hermano munífico, para empezar, la luz sobre los negocios del hermano industrial y sus socios, incluso la garantía de que el Presidente no conocía semejante negocio y, desde luego, el reconocimiento de que no es normal. Por supuesto que no hará nada de todo eso, allá él, pero esta vez no se trata de insinuaciones y sugerencias de vidrio sino de hechos como planetas. Si el Parlamento no le pide esas necesarias palabras, es que está definitivamente muerto.