Mi propiedad privada

Razón la que llevaba Rousseau cuando dijo que el primer hombre que cercó su parcela y dijo eso tan cinematográfico de “esta tierra es mía” (o de mi señora) fue el culpable de la que se nos vino luego en lo alto. El concejal valverdeño y paje de Cejudo, Rodríguez Donaire, se pasó por el arco al maestro cuando alambró su pegujal beasino en la Fuente de la Corcha obligando a la tradicional romería a cambiar de itinerario y, en definitiva, a optar por construirse una nueva ermita. Donaire, eso sí, está en plena sintonía con el ultralaicismo guerracivilista que nos invade y debe de sentirse, con razón, respaldado en su arrogancia por los poderes superiores, pero hay gestos que retratan y ése de obligar caprichosamente a un pueblo a dar un rodeo, es uno de ellos. Hay personajillos de tres al cuarto que da miedo pensar qué serían de alcanzar mayor altura. Donaire –lacayo político, nepotista probado, prepotente en la aldea y sumiso en la ciudad—es un ejemplo perfecto de ello.

El pastor y el lobo

La Comisión Episcopal Española se ha rajado de parte a parte ante la presión política (porque social no ha sido, desde luego) y ha pospuesto hasta el otoño su declaración política, esto es, el criterio oficial de la Iglesia sobre un asunto tan crucial como es el momento crucial que atraviesa la vida pública. En Andalucía mismo, la crítica vertida por los purpurados sobre el bodrio estatutario que han muñido entre PSOE e IU, está dando lugar a una sibilina estrategia de acoso, claramente respaldada por el poder, contra la externalidad de la relación religiosa, es decir, contra sus símbolo tradicionales, y singularmente contra los crucifijos de las escuelas que exigen que se retiren algunos padres claramente politizados y hasta ciertos círculos islamistas, que era lo que faltaba ya para el cuadro. Un cuartel andaluz está viviendo de paso la petición de unos guardias sindicados, incómodos con la inmemorial presencia de la Virgen del Pilar en los acuartelamientos como patrona que es del Cuerpo, de manera que entre la elevación de globos escolares y el lanzamiento de fantoches sindicaleros parece que estamos asistiendo al más anacrónico “revival” del anticlericalismo que –como yo mismo estudié hace años—ya resultaba dudoso en manos de representantes tan clásicos como Clarín, Valera,  Galdós o el mismo Azaña. Nadie que conozca la Historia española puede extrañarse ante la inquina sentida en tiempos por parte de amplios sectores sociales contra la inquisición eclesiástica. Pero tampoco de la barbarie que supuso una réplica anticlerical que alcanzó cotas tan extravagantes y despreciables como los asesinatos de creyentes, la quema de templos e imágenes y hasta la incalificable exhibición de momias de religiosas exhumadas impíamente. Pero, ¿en qué quedamos, han cambiado los tiempos o  no han cambiado, carecen hoy de sentido esos fervores vindicativos o resultan manifiestamente provocadores en su mezquino intento de “secularizar” una escuela, por ejemplo, en la que al tiempo andan perdiendo el culo por instaurar la enseñanza coránica y hasta la lengua y tradición del chino mandarín? ¿De verdad el problema vital que tienen los sindicatos de un cuerpo militar y maltratado como la Guardia Civil es retirar de su altarcillo la imagen de la patrona? Los obispos tal vez no han debido, por una vez, agachar la cabeza como mansos corderos y, sin embargo, lo han hecho, quizá porque más sabe el diablo por viejo que por diablo. Yo he visto y escuchado hacer ‘outing” masivo y acusar de homosexuales a esos prelados en una tele pública andaluza en la que el ordinario de Sevilla, a la semana siguiente, legitimaba con su presencia semejante barbaridad. No es fácil seguir a la zorra. Todo lo que cabe hacer es vigilar el gallinero.
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A muchos nos parece que es importante que la defensa de las libertades (incluyendo la  de expresión y la religiosa, faltaría más) es tarea de todos los demócratas y, si me apuran, especialísimo deber de las conciencias que se consideren de izquierdas. Porque, vamos a ver, ¿por qué no va a poder opinar sobre la situación política una institución del peso tradicional de la Iglesia cuando todos los días debemos de escuchar los criterios y reivindicaciones de grupos de toda laya, desde los pacifistas a los “ecos” pasando por los antitaurinos o los gays? La Iglesia no puede intervenir en política pero tiene pleno derecho a actuar en el terreno de la moral, un código autónomo y libre que nadie impone a nadie, o en cualquier caso, no en mayor medida que el ejército a sus militares o los partidos a sus militantes, sobre todo a los “empleados”. Se ha equivocado el pastor esta vez y tal vez por eso se ha crecido el lobo que hoy reclama la retirada de símbolos como mañana podría reclamar otros injustos rigores. ¿La Constitución, dicen? ¡Pues anda que si tuviéramos que aplicar la Constitución y a lo largo y a lo ancho, aviados íbamos! Lo que parece mentira es que la izquierda, que tanto sabe de catacumbas, se preste a este paripé grotesco y anacrónico. Y por supuesto, que los obispos traguen.

Negocio y política

Ciertos o conjeturales, confirmados o pendientes de prueba, los escándalos atribuidos a dirigentes políticos en el ámbito del urbanismo y/o la especulación no cesan ni a la de tres. ¿Qué significa que el delegado de la Junta en Almería –la primera autoridad autonómica de la provincia—se vea envuelto sin salida en la acusación de participar una empresita que facturaba a la Diputación por un tubo? ¿Y qué quiere decir que la Diputación gaditana venda a una empresa (que a su vez ya ha traspasado la patata caliente a otras manos) un pinar en un precio ocho veces inferior al de mercado? ¿Qué fue del delegado de Medio Ambiente decapitado en Huelva por negarse a refrendar el megaproyecto auspiciado por el secretario provincial y que el propio Chaves hubo de parar en seco ante la bronca provocada? No sólo en Marbella cuecen habas y no sólo allí borbotea e hiede el puchero político. El Parlamento, por pura dignidad, debería elaborar una relación de casos sospechosos o demostrados y proceder en consecuencia, si quiere que la democracia conserve su cada vez más cuestionada legitimidad.

¡Ay, Manuela!

Movida y gorda la provocada por la información, absolutamente verificable, de que la candidata a la alcaldía de la capital, Manuela Parralo, no ha iniciado siquiera los trámites para empadronarse en Huelva hasta que no ha tenido en la mano la designación de candidatura. Pero no va ser ésa la única cuita que abrume a la Parralo, ese icono inconfundiblemente pijo con tan innegables proximidades con el negocio urbanístico, que ni se plantea llevar a sus hijos a la escuela pública y de la que cuentan que perdió en algún barrio proleta un abrigo de visón. No hay que cabrearse, en todo caso, sino asumir el rol de cada cual y sus implicaciones simbólicas, dejando luego que sea el electorado el que libremente decida si las prefiere rubias y pijas o se decanta por otros modelos. Pero me da el pálpito de que los ‘exploradores’ de la “mesa camilla” han seguido, una vez más, el rastro equivocado. Forastera, ‘uper class’ y dieciocho hoyos de golf sería demasiado hasta para Rosa Luxemburgo. Para Manuela Parralo puede ser un hándicap insalvable. 

Cabezas de ratón

 

Si hace unas fechas un jugador catalán de no sé qué deporte de minorías se negaba a jugar en la selección española con el argumento de que prefería jugar en la de su tierra chica o en ninguna, el mismo día del abandono a los puntos (o quien sabe si por K.O.) de Maragall, la diputación de Gerona ha propuesto una moción a favor de que se elimine de la Ley del Deporte la obligación que incumbe a todos los deportistas españoles de incorporarse a la selección común en caso de ser requeridos. Hay que admitir que unos tíos que reclaman tener selección propia no tenían más remedio que acabar por solicitar la exención para sus jugadores de la obligación de jugar con el combinado nacional, entre otras cosas porque para ellos hasta eso de “nacional” resulta inapropiado, ya que ‘nación’, lo diga el preámbulo o lo especifique su porquero, sería también su taifa y, por consiguiente, carecería de sentido mantener esa suerte de doble militancia deportiva. Adiós a la leyenda de Ramallets, adiós al recuerdo de los Biosca, de los Gonzalvos, del gran Basora, de tantos ases del Barça como destacaron en la Selección a la que prestaron tan señalados servicios. El menbrillaje ultranacionalista ha hecho bandera lugareña de la bufanda deportiva hasta convertir en un objetivo político preferente este plante deportivo que rezuma por los cuatro costados el humor viscoso del rencor o tal vez de la envidia, pero que ha sido asumido, para estupor de ajenos pero también de muchos propios, por los mismos políticos catalanes del primer nivel. No jugar con España es un gesto separatista que, en el nivel simbólico popular, resulta más inequívoco desde luego que el batiburrillo estatutario y toda esa disentería semántica que ha crecido como un alevoso tumor en el tradicional sentimiento de unidad. Lo que no sé es cómo le caerá la ocurrencia a los propios ases cuya aportación al equipo nacional es tan valiosa como la renta profesional que pare ellos supone participar en sus filas. Lo cierto es que la balkanización palabrera ha llegado al fútbol y habrá que ir haciéndose a la idea de ver el Gobierno de la nación en manos de un presidente que no tiene otra remedio que alentar a la Selección pero que es hincha de un equipo “extranjero”, que es mi más ni menos lo que, a la sombra del nuevo Estatut, será el Barça de aquí en adelante.

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Lo que no se puede saber ni bien ni mal es qué será del fútbol catalán una vez que las fronteras se cierren y se vea recluido y forzado a competir dentro de un territorio que, evidentemente, se le queda chico de todas, todas. Ahí tienen el ejemplo de las selecciones balcánicas, incluida la de ese Montenegro que viaja sin demasiado éxito, todo hay que decirlo, como joroba de Serbia, a pesar de haber obtenido mejores resultados en su reciente referéndum que el registrado luego en Cataluña. Pero tal vez nadie aprende en cabeza ajena, y de lo que se trata por el momento en la hoja de ruta secesionista es de obstruir cualquier traza de racionalidad que pudiera insinuarse en el grave y tal vez irreversible proceso abierto por la imprudente promesa de ZP y consumado hace bien poco en las urnas aunque por parte de una exigua minoría. La gran parroquia barcelonista dispersa por toda España, esas peñas y aficionados motivados más que nada por la leyenda antimadridista, lo van a tener crudo en adelante para mantenerse como “torcida” de equipos autoexcluidos de nuestro deporte nacional, y sin duda el abandono de la Selección, caso de consumarse, habrá de dañar de modo lamentable el afecto que tantos españoles profesan desde siempre a los clubs catalanes. Pocos casos habrá habido en el Historia en que se haya traslucido con tanta diafanidad el peso decisivo de los políticos en decisiones que la gente no sólo no comparte sino que ni siquiera entiende. Me gustaría saber qué piensan Pujol o Xavi de la petición nacionalista, porque a ellos es, por supuesto, a quienes les va a tocar pagar el facturón causado por el capricho político.

Más trampas para Marbella

 

A la desvergonzada propuesta de IU de “flexibilizar” la aplicación de la normativa sobre incompatibilidades a los miembros de la Gestora que Chaves impuso a toda prisa en Marbella para evitar unas elecciones adelantadas que no le favorecían nada, se ha unido el refuerzo del PA y, finalmente, la aún más descarada petición del PSOE de que, en vista de las circunstancias, se hagan “excepciones” en la aplicación de esa normativa. Es decir, que los mismos que deberían tentarse la ropa en el mayor laberinto municipal conocida hasta ahora, supeditan, a su vez, los intereses generales y la necesidad imperiosa de normalizar la administración con garantías de honradez, a sus particulares conveniencias. No hay mayor fracaso de la ley que el desistimiento voluntario de aplicarla por parte del Poder ni mayor escándalo posible que ver a los “moralizadores” llegar al lío proponiendo trampas legales. Los ciudadanos de Marbella serán responsables de lo que se quiera mirando hacia atrás. Pero mirando lo que hoy ocurre son, en realidad, las víctimas de estos nuevos caciques que han llegado reclamando sin disimulo las llaves del cortijo.