Contra Alaya

El espectáculo que está dando la Justicia en torno a la sucesión de Alaya y su discutida continuidad hasta acabar de instruir las macrocausas resulta de lo más lamentable. Nadie la quiere ahí, sobre todo con los ERE. Ni la Junta, por supuesto, ni la nueva titular del Juzgado, ni el fiscal-consejero Llera, ni la Fiscalía, ni siquiera el TSJA con sus cataplasmas. Parece que hubiera llegado la hora de frenar el escándalo global del PSOE de Andalucía y que para ello resultara determinante alejar a la juez Alaya de unos casos que nadie conoce como ella. Si prospera esta hipotética operación, los andaluces –y España entera, que es aún peor—van a creer menos en esa Justicia que en los polvos de la madre Celestina.

Ritos literarios

Aquel fino observador que fue François Jacob, el benjamín edípico del grupo de Sartre que, allá por los últimos cincuenta, coqueteaba con la Juliette Greco, un pie en el Café de Flore y el otro en “Les Temps Modernes”, explicaba con gracia el rito proustiano de peregrinar en la fecha indicada a los sagrados lugares de la “Recherche du temps perdu”, no como una encomiable virtud cultural, sino como un gesto propio y, según él, frecuente, en los países que no leen pero que siguen usando la Cultura como un “indicador de prestigio”. Los ritos literarios emergen la mayoría de las veces, es cierto, de la mala –o de la “fausse”—conciencia como bien sabemos en la España que tanto presume del Quijote habiéndolo leído tan poco. Aún recuerdo el día en que un alumna de la Complutense me regaló “L’ Herbe rouge” de Boris Vian como reprochándome mi anacronismo, y la cara de estupor que mostró en la siguiente clase cuando correspondí a su amabilidad con la historia del hidalgo manchego. ¡El Quijote en lugar de zamparse a pecho “Escupiré sobre tu tumba”! Años después, a su vuelta de Londres donde trabajaba, me confesó contrita cuánto se había reído con las agudezas de Cervantes y no les miento si les digo que me sentí más justificado que nunca como “prof” por esa confidencia. Tocante a Cultura, solemos exhibir aquello de lo que carecemos. Por esa sencilla razón decía François Jacob que peregrinaban los franceses a Illiers-Combray –donde la famosa magdalena de la tía—como los británicos a Stratford-upon-Avon, tras las borrosas huellas de Shakespeare.

¿Qué se está haciendo en España para conmemorar no sólo el cuarto centenario de la Segunda Parte del Quijote sino también el del teatro cervantino, que coincide? Pues poca cosa o, más bien, muchas cositas, un Quijote para cadetes patrocinada por la RAE y una edición revisada de la magnífica que Francisco Rico hizo en Crítica. No mucho, en una palabra. El joven maestro Luis Gómez Canseco –flor de la novísima filología– coincide conmigo desde la cabecera en la que vela a su anciano padre: “Cositas”, me dice. Y le respondo que menos aún se conmemora a la doctora Teresa, que también cumple siglo, a pesar de la imponencia de su escritura, fuera de tres sermones y cuatro citas escolares. Ni el cristianismo puede imponerse a cristazos, como decía Unamuno, ni la Cultura a librazo limpio, desde luego, aunque no estaría de más imponerle alguno que otro a más de un exhibicionista.

Luz y taquígrafos

¿Fallará Ciudadanos al Partido Popular a la hora de constituir una comisión investigadora del saqueo de los fondos destinados Formación que apoyaría incluso IU? Está por ver, aunque mantengo la confianza en los emergentes, cuya negativa en este caso sería simple complicidad con los corruptos. Uno preferiría una investigación parlamentaria conjunta para averiguar qué ocurre con las explotaciones mineras andaluzas, que andan como andan, pero que, encima, cada vez que echan a andar salta el conejo de las mangancias: recuerden Aguas Teñidas, Aznalcóllar o las Cruces, todas bajo sospecha y hasta en pleitos con la Justicia. De Ciudadanos se ha fiado tanta gente que echarse atrás constituiría una estafa. El problema, como demuestra la servicial gestión de Juan Marín, es que no es lo mismo prometer que cumplir.

Bajo el volcán

“Queremos mejorar y rediseñar el proyecto con el que los españoles y los andaluces hemos llegado hasta aquí”, Susana Díaz, presidenta de la Junta de Andalucía”. “Reafirmamos nuestro sentimiento de orgullo de ser andaluces, por encima de siglas, partidos e ideologías”, Juan Manuel Moreno Bonilla, presidente del PP andaluz. “A mí, la inmensa mayoría de la gente me llama “Chiqui”, y me encanta. Somos gente corriente”, Manuel Jiménez Barrios, consejero y vicepresidente de la Junta. “Declarar ilegítima y no pagar parte de nuestra deuda es una opción”, José María González “Quichi, alcalde de Cádiz. “La corrupción no se tapa por mucho que se domine el BOJA”, Juan Manuel Moreno Bonilla, ya citado.

Guerra de símbolos

Plaza Mayor de Brunete. Va a celebrarse el acto de toma de posesión del nuevo alcalde, el “pepero” Borja Brunete. El acto comienza y el alcalde dice las primeras palabras del juramento y se para en seco. “¿Dónde está el crucifijo?”, pregunta y espera a que, tras el consiguiente revuelo, un servicial le acerque uno hasta el estrado, tras lo que don Borja jura, al fin, con la fórmula completa. La gente aplaude –no sólo las “personas mayores”, como ha dicho alguna información: vean el video de Youtube—y uno se acuerda del día ya lejano en que don Enrique Tierno, el mismo que en tiempos decía ser “prudentemente agnóstico”, reclamó el suyo sobre la mesa del concejo madrileño para jurar ante él. Pocas reyertas tan movidas en la Universitaria madrileña de los años felices como la provocada por el gesto de un conocido agitador estudiantil que lanzó por la ventana el crucifijo del aula ante el desconcierto de propios y extraños, ni más ni menos que por el hecho de que los símbolos, los que sean, interpelan con fuerza al gentío que ve en ellos, incluso si descree, algo reverencial o, como diría Eliade, “tabú”. Ahí tienen el caso de las banderas, ese símbolo al que sus oponentes suelen aludir como el “trapo”, pero que es sagrado para sus partidarios: comparen al ZP sentado al paso de la enseña americana con el Sánchez que se envuelve ahora en la rojigualda no menos que los mangantes del catalanismo pujolista.

¿Cuántas criaturas murieron en el País Vasco en la llamada “guerra de las banderas”, a pesar de que la ikurriña la inventaron en términos no poco cómicos (lean “El bucle melancólico” de Jon Juaristi y verán qué escena) los hermanos Arana? Pues bien, ahora ha colocado en su palacio de Cibeles el arcoíris gigantesco de los gays y lesbianas al tiempo que la UEFA sanciona al Barça por las “esteladas” que sus “nois” hicieron ondear en la final de copa de Berlín, lo que prueba la vigencia de los símbolos y su importancia práctica a pesar de lo que dijera Saussure y de que el maestro Lévy-Strauss los remitiera al inconsciente. No se equivocaba Cassirer cuando definía al hombre como un “animal simbólico”, pero si les queda alguna duda echen un vistazo a la actualidad para convencerse de su implacable vigencia en una sociedad de la que, por secularizada y escéptica, no parece lógico esperar estas adhesiones emocionales. El mono loco se pirra por el símbolo a pesar de que “Lucy” no cumple ya ni los dos millones y medio de años.

Vivir de oxímoron

Hablo con Elorza, viejo amigo, el mejor conocedor y debelador del camelismo utópico de los de Podemos. Está preocupado por la condescendencia de amplios sectores de la izquierda en el tratamiento dado a esos radicales del neocomunismo bolivariano. ¿Lo último? Lo último es una fórmula fraguada por Monedero –el de la pasta venezolana y el fraude a Hacienda—en la que bautiza al “régimen” al que aspira como un “leninismo amable”, es decir, como una dictadura sonriente, aquel grave oxímoron que ya ensayaron los teóricos del “socialismo con rostro humano”, una fórmula fallida por que implicaba el tácito reconocimiento de que el socialismo genuino debía de tener un rostro feroz. Nadie supo en su día qué significaba el concepto de “eurocomunismo” lanzado por Berlinger y secundado por Carrillo, como puso de relieve el debate mensual que abrimos en “Argumentos” con los talentos más prestigiosos de entonces, y del que resultó un prodigioso galimatías pero poco más, como nadie sabrá hoy en qué consiste el ideario de Podemos más allá de cuatro gastados tópicos y alguna ocurrencia como la referida, que más parece una burla que otra cosa. Entiendo la relativa perplejidad de Elorza, por supuesto, autor de la más buida interpretación de ese movimiento al que él conoce desde que sus mandarines eran alumnos suyos, y comparto la impresión de que esa no beligerancia con que nuestra “inteligentsia” agasaja a los extremistas es miedo, sí, pero también ignorancia: en este punto muerto de la ideología, un oxímoron vale más que mil razones.

Ni siquiera la pavorosa imagen de lo que está ocurriendo en Grecia parece capaz de hacer reaccionar a esa crítica tibia que permite a un partido de Gobierno como el PSOE asociarse a estos oportunistas que admiran a Maduro y no parecen entender lo que significa, a estas alturas, un concepto tan espeluznante como ese del “leninismo amable”. Porque el comunismo será muchas cosas pero nunca amable. Lenin lo definía como el poder de los soviets más la electrificación y Louis Aragon exigía a los biólogos que sometieran sus teorías hasta encajarlas en el materialismo histórico. ¿Un leninismo amable? Más tarde que pronto se caerá en la cuenta de que este regreso ideológico no es más que un “déjà vu” incomprensiblemente olvidado, un “asalto a la Razón” como el que nos explicó hace años Georg Lukàcs. Comparto con Elorza la desazón ante el espectáculo que ofrece este fumadero de opio frente al que nos prevenía Aron a mediados de los 50.