Memorias del futuro

El primer ministro francés, Nicolas Sarkozy, anda metido en presentar un nuevo libro. Su título es “Testimonio” y de él se han tirado ya 130.000 ejemplares aunque, según FNAC y Amazon, que son los que saben, se estarían tirando bajo cuerda, por si acaso, otros 100.000 más. Ya es estimulante que un cuarto de millón de ciudadanos se gaste 16 euros en el libro de un político en activo y, en muchos casos, incluso haciendo cola para conseguir el ejemplar, aunque sea preciso recordar que en Francia esto no constituye propiamente una novedad, pues ya Mitterand, Chirac, o Giscard d’Esteing vendieron más que decorosamente sus tochos de memorias. Incluso se habla de que “Temoignage” será el libro del verano tal como apostaba el autor con el argumento de que el momento para proponer lecturas al personal es precisamente el de las vacaciones. Qué envidia, para qué negarlo. Aquí unas excelentes memorias como las de Calvo Sotelo o unas bien publicitadas autoapologías como las de Guerra apenas han sacado la cabeza a fuerza de propaganda beata en nuestras serviles televisiones, mientras podemos comprobar que, al otro lado de la muga, aún hay interés masivo por lo que pueda decir un político. Hay pocos libros en los mostradores franceses que hayan aguantado tantos años de venta como las memorias (apócrifas, para más inri) de Fouché o las no menos sospechosas de Talleyrand, permanentes en las listas de libros intemporales mientras se eclipsan uno tras otros los grandes mitos de época. El de Sarkozy parece que va a descrestar sobre todos ellos, encima, a pesar del escaso atractivo que ofrecen, al menos en primera instancia, sus confidencias sabidas y sus secretos a voces. Y en una democracia en la que estas cosas ocurran como cosa normal –¡y en pleno ferragosto!— esa es una buena noticia. No me imagino yo en este país de tiradas lugareñas un exitazo semejante en un libro político. Nos queda mucho trayecto para alcanzar esa otra “convergencia” que es la que fundamente realmente un régimen de opinión pública.

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No hay grandes novedades, no obstante, en estas revelaciones. Desde la crisis de la “banlieu” y la insurgencia inmigrante hasta el “affaire Clearstream” pasando por el folletín de las relaciones internas de los conservatas, no veo en los adelantos nada que nos saque de dudas o pille por sorpresa. Ni siquiera el rollo de su divorcio y reconciliación posterior consigue en esas “confesiones” fingidas más que un cierto aire de calculada componenda, lo que ha permitido escuchar a la izquierda la ironía de que, en realidad, ‘Sarko’ nos cuenta una epopeya incluso antes de vivirla. Vale, lo que quieran sus críticos, pero díganme si se les ponen o no los dientes largos con sólo imaginar que entre nosotros hubiera un hombre público capaz de sacar a la calle de un empellón casi un cuarto de millón de ejemplares. Las “Cartas a los franceses” de Mitterand, la “Francia para todos” de Chirac, “El Poder y la Vida” en que Giscar nos contó los secretos de septenato excluida, naturalmente, la anécdota de los diamantes que le regaló Bokassa a su señora. Un amigo librero de Paris, de los de los viejos tiempos, me decía hace poco que nunca había vendido ningún libro mejor ni durante más tiempo que las memorias de De Gaulle, y yo ando preguntándome, a la vista de este éxito de ese “premier” que alguien ha definido con las del beri como “ brillante y gris”, qué habría ocurrido si el general levantara la cabeza y se dejara caer con una nueva entrega de su (también muy calculada, todo hay que decirlo) histórica memoria. Siempre me ha intrigado más lo que los políticos callan que lo que acaban diciendo, razón por las que jamás les compré un libro después de tragarme el clásico de Churchill. ¡Pero doscientos treinta mil ejemplares para empezar a hablar, Dios mío de mi alma! Uno debería poder elegir nacionalidad en plan “prêt-à-porter”. Yo, por ejemplo, en ese caso, me haría francés hasta mañana o pasado.

El armario político

De nuevo, como hace unos tres años, al cumplirse el decenio de la muerte/suicidio del primer ministro francés Pierre Bérégovoy, el debate sobre la extraña suerte de ese insólito espécimen de político honrado vuelve a abrirse en ciertos círculos franceses y no precisamente vinculados a la derecha, ni a la mediática ni a la otra. Destaca sobre ese fondo oscuro la vaga sombra añadida que se sitúa sobre la figura de Mitterrand varios de cuyos hombres de confianza habrían desaparecido en circunstancias ciertamente extrañas. Una exhaustiva y apasionada encuesta confeccionada por Dominique Labarrière bajo el concluyente título de “Cet homme a été assassiné”, se lleva la parte del león de esta “revival” probablemente inútil pero que, qué duda cabe, repone sobre la mesa unas sospechas que han podido conocer lo mismo los sesudos lectores de ‘L’Express’ que la indomable basca de “Le Canard enchaîné”, concordes todos en que resulta difícil de tragar que un señor tan cuerdo se suicide por un quítame allá esas pajas y en las propias barbas de su guardaespaldas, y no sólo de un tiro en la cabeza ¡sino de dos! No es nuevo que entonces se habló de la depresión del “premier” a causa de su derrota electoral y, sobre todo –admírese la ubérrima raza española–, por el “escándalo” que habría supuesto el descubrimiento de un crédito blando que le habrían concedido para comprar un apartamento en el distrito XVI, pero ni siquiera haría falta empaparse de la pesquisa de Labarrière para abrirse a la duda más mortificante. Ahora, además, en lo que se pone el acento es en la coincidencia de que esos “hombres del Presidente” acabaran más o menos de la misma sospechosa manera, a saber, el director de Seguridad, René Lucet, en 1982, también de otros dos tiros en la cabeza (“mortales ambos y sucesivos”, según el forense), Françoisde Grosseouvre, un espía cualificado, en 1999 y también del consabido disparo en la cabeza, y en fin, en 1994 –es decir, un año después del ‘suicidio’ de Bérégovoy–, Pierre-Yves Guézou, funcionario encargado de escuchas antiterroristas que, para variar, apareció ahorcado. Demasiadas casualidades, demasiados coincidencias, tal vez evidencia sobrada. El tiempo parece empeñado en ensombrecer la imagen del hombre que quiso parecerse a De Gaulle como éste se había empeñado en imitar a Napoleón.

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Habrá que esperar un tiempo para ver en que quedan las nuevas conjeturas, que seguramente será en bien poco, pero tampoco es menester apoyo científico para admitir que en la política común –y me refiero a la que funciona en democracia, porque de la otra no es preciso hablar—hay demasiados armarios abarrotados de cadáveres. La Thatcher llegó al pragmático cinismo de mostrarlo abierto de par en par e los mismísimos Comunes y González a salir en defensa de Amedo –“como cabeza de los funcionarios españoles”, dijo entonces—asegurando que no existían de sus crímenes ni existirían en el futuro. ¿Qué se equivocó, y qué? A usted o a un servidor nos entrilla la Justicia ciega con un armario semejante al de Mitterand y no cabe la menor duda de que nos duele la cabeza durante una temporada. A Mitterand, ni reñirle. Alguna vez lo vi llegar con su bufanda a ‘Lip’, en Saint-Germain, y zamparse un codillo con chucrut, aunque entonces no sabía uno que, justamente por aquellas fechas, acababa de condecorar en su biblioteca privada al terrorista que hizo volar a los ecologistas del “Rainbow Warrior” tras calificar al atentado como lo que era, como “un ataque criminal”. No debe de ser fácil dormir junto a un armario-ataúd, o tal vez sí, quién sabe. Si se molestan en seguir esta polémica o en leer el libro de Labarrière, puede que salgan de la experiencia con más dudas que entraron. Un niño mimado de Hitler (y de los demócratas) como Ernst Jünger, sostuvo que cuando el crimen se convierte en enfermedad, la ejecución es pura cirugía. Pues ni una palabra más.

Pan y cebolla

Un verano más tropiezo en la prensa italiana –bien similar en esto a cualquier otra—con la vehemente preocupación por la crisis matrimonial. Mal le sienta el verano a la coyunda, no cabe duda, como puedo comprobar viendo la coincidencia entre los cálculos locales y los que encuentro en España, donde nada menos que el Instituto de Política Familiar lanza una constatación que me separa la camisa del cuerpo: la de que una de cada tres parejas rompe relación al acabar la época estival, es decir, al concluir las vacaciones y volver el “couple” a la rutina de la vida. Tremendo. Aquí en Italia las cifras son algo más discretas, por lo que puedo ver, pero en España se consolida la hipótesis estadística de que el 25 por ciento de los nuevos matrimonios se separan en el plazo aproximado de un año y, con preferencia después de las calorinas del estiaje, lo que quiere decir que un de cada cuatro parejas se separan por las bravas a las primeras de cambio estando visto y comprobado –otra coincidencia que compruebo entre Italia y España—que es la real hembra la que suele tomar la iniciativa en estos lamentables fracasos. Si miro a mi alrededor y veo a esta turba turística deambular por el paisaje del ferragosto, con sus bermudas de uniforme, sus gorros de fantasía y sus botellones de agua mineral, la verdad es que me cuesta asumir tan negras previsiones, pero todo indica que deben de estar en lo cierto porque incluso en la prensa vaticana observo que se tercia en el tema con denuedo y hasta se improvisan “sitios” en le Red para “asistir” a las ovejas descarriadas (que ahora sabemos, por lo visto, que son más que los carneros). Puro cuento, eso de “contigo pan y cebolla”. Si algo significa la Postmodernidad es el fracaso irremediable del romanticismo y sus ilusorios modelos de comportamiento. Dafnis y Cloe, Abelardo y Eloísa, Pablo y Virginia, si me apuran ‘Bonny and Clyde’, son ya pura memoria perdida. En septiembre, si Dios no lo remedia (vean cómo me pesa la lectura de ‘L’Osservatore’) ese ejército de parejas cansinas que veo deambular por la Piazeta, soportándose todavía mal que bien, se arrastrará diezmado de casa a la oficina y viceversa.

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Lo que más de desconsuela de esta epidemia masiva es la banalización de sus causas que perpetran psicólogos y juristas del ramo: la gente se divorcia –dicen unos y otros– porque la convivencia en arma de dos filos, trilita sentimental que sufre mal la manipulación continua y exige para mantenerse estable el alejamiento y las bajas temperaturas. Lo cual, de ser cierto, supondría el fracaso radical del modelo de convivencia que ha venido funcionando, que sepamos, también mejor o peor, durante toda la historia humana, pero sobre todo, supondría un grado de banalidad tan superlativo que escapa al sentido común. Claro que, bien pensado, algo hemos debido de salir ganando, respecto de las generaciones anteriores, en el sentido de la libertad conquistada y el benéfico progreso del individualismo, con estas licencias ampliadas al alcance de cualquiera. Pero si de cada 200.000 parejas se separan 50.000, como parece comprobado, es puro voluntarismo tratar de mantener enhiesto el prestigio histórico de la pareja. Cloe, Eloísa o Virginia (ni que decir tiene que también Clyde) cuentan hoy con un paisaje económico que facilita la perspectiva moral, eso es todo o casi todo. Y un ferragosto, incluso con bermudas y gorrilla turista, constituye una prueba demasiado exigente para las estimativas al uso. Me cuesta, sin embargo, ya digo, imaginar que esta turbamulta que veo arracimarse en el ‘vaporetto’ o hacer cola ante los mosaicos de San Marcos se va a disgregar sin remedio estimulada por la bonanza de otoño y la fragancia del primer jersey. Cuesta entender por qué, dadas las circunstancias, se casa tanto la gente y tienta la respuesta de que precisamente por ellas. Veo a dos rezagados que se morrean bajo el Campanile. Quién sabe si, a pesar de los pesares, no estará todo perdido.

El pobre Platón

Aquello de que el joven Aristóteles, como los mulillos rebeldes, lanzaba coces contra su maestro Platón, no fue, en realidad, como es de sobra sabido, más que una simpática metáfora que aludía a sus discrepancias ideológicas. La agresión al maestro es desconocida en la historia de la pedagogía, donde esa figura, incluso en régimen de hambre, ha sido considerada en todas las épocas como una pieza básica de la convivencia, al menos hasta la irrupción de esta “nueva Edad Media” que llamamos “Postmodernidad”, pero la verdad es que cuando ha roto, ha roto con ganas en medio de un clima de violencia general a toda la sociedad y proverbial en los centros de enseñanza. En USA hace años que los guardianes se sientan en los claustros con voz aunque sin voto, y resulta frecuentísimo que, sabedores de que mucho ‘cani’ lleva la ‘pipa’ encima, lleven ellos también la pistola en la sobaquera. En España ese proceso presenta perfiles mucho más inquietantes que en las grandes naciones europeas, a pesar de la indefensión casi absoluta en que la aberrante normativa legal que regula la enseñanza –56 derechos del alumno frente a sólo ocho deberes—mantiene a los docentes. En este momento un niño se debate entre la vida y la muerte en Tarragona tras haber recibido de un coleguita una patada en la cabeza y un profesor de griego, tras ser encontrado agonizante en una calle céntrica, permanece ingresado en coma en un hospital valenciano como consecuencia, al parecer, de una soberana paliza que le ha propinado un alumno rebelde. El pobre Platón corre peligro, pues, pero también la propia ‘basca’ cada día más configurada como una masa piramidal calcada de la banda urbana, ante la inhibición estúpida y culpable de una autoridad obsesionada por sus aprensiones electoralistas. Ya saben: hoy no se puede expulsar de clase a un alumno cimarrón, resulta excepcional que las “delegas” respalden las quejas de los profesores y no es raro que, no ya los alumnos o sus compinches callejeros, sino los propios familiares apliquen su ‘justicia’ particular al enseñante que reprende o califica mal a un nene. Mal va el pobre Platón, ya digo, con este nuevo humanismo que debe más a Ivan Illich que a Pestalozzi y mucho más a la razón política que al sentido común.

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El profesor que permanece en coma había recibido ya otras agresiones, entre ellas una que le costó la fractura de varias costillas. Pero creo que debemos evitar que este árbol negro nos oculte el bosque de una enseñanza que anda manga por hombro por numerosas razones pero, especialmente, por una muy singular: por la quiebra absoluta de la autoridad en que se basa, queramos o no, el actual sistema de aprendizaje. Un sindicato profesional y varias asociaciones andan reclamando al Estado que invista al profesor de la condición de “autoridad pública” para, al menos, evitar su perfecta indefensión y la impunidad absoluta de los agresores. Pero no se la darán, ya lo veremos, porque el desarme moral del profesor no ha sido casual sino deliberado, no se ha producido a rastras de ningún cambio espontáneo de la relación docente sino como consecuencia de una suicida estrategia libertaria (en el peor de los sentidos) que tal vez se explique como reacción a la pasada dictadura, pero que ha demostrado sobradamente su inviabilidad. Los enseñantes no forman parte de ningún servicio doméstico, como parecen exigir al alimón la ley y ciertos padres, sino que constituyen una pieza clave sin la que el imprescindible proceso de socialización se vendría abajo como, en efecto, se está viniendo. Hoy las coces del discípulo al maestro han dejado de ser una metáfora y el abuso del escolar díscolo sobre sus compañeros tampoco es ya el motivo de la antigua fábula moralizante. Lo que no estaba previsto es que la tallina alcanzara también a los propios padres y ya está ahí también esa calamidad. Platón cerraría hoy la ‘Academia’. Muchos de sus modestos sucesores lo están haciendo ya.

A toro pasado

Nuestros políticos tienen por norma actuar a toro pasado. Hay un accidente o se descubre un escándalo a la competencia, pues allá que acuden como moscas al panal alzando el treno como para justificar su silencio habitual. En Málaga, por ejemplo, Antonio Romero, en nombre de IU, se encarniza tobillero con el tema del centro de inmigrantes ése que por lo visto era un desastre conocido por lo menos desde el mes de marzo pasado y en el que se han producido los nauseabundos abusos sexuales de internas por parte de policías sin escrúpulos. La pregunta es: ¿es necesario que el escándalo estalle para que los políticos se enteren, que hace habitualmente un diputado sin horario que le impida enterarse de situaciones tan graves en un territorio tan reducido? Aquí, cuando no van a rastras de los ‘medios’ marchan siguiendo el ritmo de la bullanga provocada por el lío público. Mientras tanto, bla, bla, bla, pildorazas al de enfrente, tironeos internos y poco más. Dinero fácil el que se lleva la vida pública, trabajo mínimo el que justifica.

El Polo y el Papa

Ha declarado el presidente de AIQB, o sea del Polo Químico, entre muchas cosas interesantes, algunas algo pasadas de maraca. Siempre queda bien, se esté pensando en lo que fuere, por ejemplo, decir que no hay que ser más papista que el papa y no suele quedar mal la defensa del desarrollo sostenible en paridad con la presión sostenible, y en todos esos bretes se defiende sin problemas Gerardo Rojas. Pero cuando le tocan el tema del Ensanche se le disparan los sensores y eso no suele ser bueno. Comparar una hipotética instalación industrial en la Plaza de las Monjas con el plan urbano que trata (desde hace un cuarto de siglo, como idea de la izquierda, no se olvide) de acercar la Ciudad a la Ría, pertenece ya más bien al género “boutade”. El buen sentido está muy bien pero si se utiliza siempre y en todas las direcciones, y no sólo “pro domo sua”. Porque en caso contrario, en efecto, se muestra uno más papista que el papa y eso, como dice Rojas, no es bueno ni aconsejable para nadie, pero tampoco para él.