¡Vuelve Barranca!

Uno sabe que hablar de mosquitos en Huelva –sobre todo en verano y en nuestras playas– es “política y cívicamente incorrecto”, casi terrorista en la medida en que nuestra economía reposa en el turismo y éste no tiene mayor enemigo que esos dípteros hematófagos. Pero ¿y achantarse ante la realidad, y callarse ante la evidencia de que en nuestras playas vuelve a haber mosquitos, que de nuevo empieza a ser habitual el espectáculo del disgusto generalizado y la desesperación ante su artero ataque, qué viene a ser eso, a ver? ¡Tiempos aquellos en que Juan Barranca –todavía no defenestrado por la ‘mesa camilla’ en el partido y en la Dipu—logró erradicarlos con su empeño y competencia! Hoy en la Dipu no hay quien los mantenga a raya, como en tiempos de Barranca, a pesar de que la contribución de los Ayuntamientos ha crecido, y muchos ciudadanos echan de menos a aquel exterminador que nos salvó de la pesadilla antes de ser fulminado por el injusto rayo del partidismo y la arbitrariedad.

Hacer puñetas

La sensibilidad democrática –más bien una hipersensibilidad lamentablemente selectiva, diría yo—ha dado en la singular locura de tratar con guante de seda a quienes menos puedan merecerlo. El alcalde de Barcelona, Joan Clos, por ejemplo, ha preferido estos días rogar a los ‘okupas’ que se porten bien y no provoquen alteraciones y disturbios en las próximas fiestas de Gràcia antes que adoptar medidas que eviten lo que la experiencia demuestra que puede producirse una vez más. La democracia se esfuerza en ser exquisita pero la verdad es que no siempre es correspondida por los beneficiados, muy en especial desde que el sesentayochismo inspirador de nuestro sistema de libertades decidió eliminar del Código Penal la clásica figura del desacato como reacción, ciertamente no poco explicable, de una generación que había debido soportar el abuso que de ella había hecho la autoridad de la dictadura. En un coloquio celebrado en Sevilla –y Vaz de Soto puede avalar lo que cuento—me pareció entrever cierta condescendiente incredulidad de el rostro del maestro Adrados cuando conté a la asamblea que, en un juzgado sevillano y respondiendo a la correcta invitación del magistrado a mantener la compostura, un justiciable propuso a su Señoría la alternativa de practicarle un a’felatio’. No ignoro las razones que se dieron y siguen dando para arrebatar a los jueces su elemental derecho al respeto, ni tampoco el extenso movimiento que se registra en muchos países, sobre todo en la región hispanoamericana, para conseguir tal objetivo. Ahora bien, el espectáculo protagonizado por ese despreciable asesino etarra y sus imitadores, al que, un día sí y el siguiente también, estamos asistiendo en la Audiencia Nacional, no permite seguir invocando las finezas democráticas sino que aconsejan a adoptar sin demora medidas que protejan el imprescindible respeto al magistrado sin el que la Justicia resulta inviable. Será todo lo inconveniente que quieran los libertarios, pero que una basura humana como ese Txapote se permita presumir de su desobediencia y acabe calificando al presidente del tribunal de “mono de circo” pone en evidencia que nos precipitamos en su día al despenalizar el desacato, esa figura vieja que los juristas romanos idearon para proteger el honor imperial pero que luego ha sido norma permanente en todas las culturas jurídicas y en todas las épocas. Menos en ésta.
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Que los etarras han desafiado a los tribunales desde hace mucho es tan cierto como que esta crecida de la provocación responde a una estrategia deslegitimadora respaldada por la lenidad del Gobierno y en relación con el proyecto de la futura liberación de la delincuencia terrorista. Y hay que admitir que no le falta alguna razón a quien califica de circo a una Justicia que condena a un criminal a penas que superan el milenio a sabiendas de que entre la limitación del cumplimiento efectivo de las penas y los escandalosos beneficios penitenciarios, el criminal más abyecto y contumaz no ha de permanecer en la cárcel más que una temporada. En nuestra buena fe –eso no lo pongo en duda—nos hemos creído capaces de superar Justicias tan acreditadas como la británica, la italiana, la francesa o la norteamericana,  en las que, para determinados supuestos clamorosamente irreparables, se mantiene el cumplimiento íntegro de las penas sin límite alguno: mil años son mil años y no siete ni quince. La lenidad extrema de nuestro garantismo ha hecho de esos pringaos y chulos de barra unos héroes imaginarios a los que, si Dios no lo remedia, hemos de ver, más pronto que tarde, plantados bajo el roble sagrado recibiendo el homenaje el tío de txistu y los espatadanzaris. ¡Si es que es verdad que hemos hecho un circo de la Justicia! Seguro que Txapote intuye oscuramente que su chuleo se corta en algún punto con el buenísimo del propio Gobierno. Si supiera que tiene por delante lo se me merece y no un paripé, otro gallo le cantaba a él en la gallera de ese circo.

IU y el fiel de la balanza

Al incombustible e imaginativo provocador de IU, Antonio Romero, se le han ocurrido muchos trucos y retrucos en su dilatada vida profesional como político, pero tal vez ninguno tan rebuscado y equilibrista como el que está interpretando ente el “caso Chaves”, un caso que a él le parece, eso sí, que “tiene mala pinta”, pero ante el que su formación se la coge con papel de fumar por la que pudiera venírsele encima. Es curioso, desde luego, tanto tacto y tanta mandanga mientras el PSOE acusa sin ambages a su coalición en Córdoba de compadreo con la “Operación Malaya” y no se recata en señalar con el dedo a la propia alcaldesa incluso deslizando, como quien no quiere la cosa, que ‘Sandokán’ le prestaría su avión privado para sus periplos. Y extraordinario ver a este pirotécnico experimentado desactivar la urgencia del “caso” con el socorrido expediente de unos informes jurídicos que son imprescindibles pero que en el “caso Chaves” los podría hacer un aprendiz con la ley de Incompatibilidades en la mano. IU pretende soplar y sober, el caldo y las tajadas. No sería raro que los hechos la dejen a la intemperie de la más dudosa evidencia. 

Extraño silencio

No es un secreto que el PP explica mal los fallos rivales y vende peor los méritos propios, pero el silencio que está guardando en torno al disparatado escándalo que ha supuesto la nueva subasta el terreno vendido por el Ayuntamiento al mismo comprador beneficiado por el anterior Ayuntamiento del PSOE –un proverbial “amigo político”—por un importe varias veces inferior al inicial, no sólo es raro sino que, al menos a mí, me resulta sospechoso. ¿Por qué el PP no quieres saber nada de una operación verdaderamente espectacular y tan importante en términos económicos que el “perjudicado” por la Justicia no ha tenido inconveniente en pujar multiplicado en su oferta el precio al que sus amigos le vendieron la famosa parcela? Eso de que la “Operación Malaya” significa “desde Marbella a Ayamonte”, ‘si non è vero è ben trovato’. Pero, insisto, ¿por qué se achanta el PP teniendo al rival cogido por mala parte, por qué enmudece ante el clamor, es que acaso teme algo? Como no aclare el mal rollo de esa segunda adjudicación, va a quedar como un cochero ante esta cada día más estupefacta opinión pública. 

El camino de vuelta

Puede que a ustedes les cueste creerlo pero en Holanda acaba de legalizarse el Partido del Amor del Prójimo, Libertad y Diversidad (PNVD) defensor al ultranza de la pornografía infantil y de las relaciones pedofílicas. Así como suena. Han dicho los jueces de La Haya que esa formación tiene derecho a existir como partido político reconociendo el derecho reclamado por su fundador, un tal Ad van den Berg, a rehabilitar –“redorer”, literalmente dorar de nuevo—la imagen de los menoreros, gravemente deteriorada en los Países Bajos después del tenebroso “affaire Dutroux” que muchos recordarán. El nuevo partido es, ciertamente, pintoresco además de repugnante, pues entre sus objetivos incluye nada menos que la supresión del histórico Senado y de la función del presidente del Gobierno, la legalización de las drogas (de todas, blandas y duras, por aquellas ya hace años que se venden libremente en locales propios) y, en fin, el establecimiento de la cadena perpetua para el asesino reincidente. Cualquier persona con los 16 abriles cumplidos tiene derecho a participar en rodajes porno y la edad sexual, ya de paso, debe bajar desde los 16 años en se encuentra hoy hasta los doce añitos. Es muy peligroso jugar con las libertades democráticas y extremar su fuero hasta deformarlo porque luego ocurren cosas como ésta que, en fin de cuentas, no es probable que lleguen muy lejos pero sí que constituyen un indicio aterrador de por donde va la vera en la aldea global. Cuando empezábamos a familiarizarnos –¡qué se le va a hacer, ninguna noticia resiste la reiteración!—con las redadas policiales de esos “asesinos de palomas” (Walt Whitman) que la pasma trinca cada dos por tres en Internet, resulta que viene la Justicia, o al menos, una Justicia, y nos devuelve a la barbarie arcaica de donde procedemos, es decir, a la vidriosa aurora de la civilización clásica. Al poderoso vehículo de la modernidad se la ha atascado la caja de cambio en la marcha atrás.

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El problema no es sólo, como digo, la atrocidad sino el anacronismo. Es cierto que en el mundo clásico el amor era cosa de hombres. Flacelière escribió que Ésquilo jamás habría centrado su dramaturgia en otro amor-pasión que en el entretenido entre dos varones, Plutarco mismo, en consonancia con toda una tradición, habla de la pederastia como de una vía virtuosa que eleva el espíritu, Aquiles y Patroclo o Sócrates y Alcibíades constituyen un modelo consolidado cuyo origen quería ver Marrou en la primitiva organización castrense de la comunidad, en una sociedad en la que la pederastia era tan normal como para que la figura del “erastes” o pervertidor fuera vista, en realidad, incluso por el pervertido, el “eromenes”, como un amigo benéfico. Ahora bien, ese ideal clásico cedió, en buena medida bajo el influjo cristiano, hasta dejar paso en Occidente a una visión enteramente opuesta, en la que la relación con el menor era considerada un aberración y castigada como un crimen. Y parece que ha llegado el momento de dra marcha atrás y volver hacia donde partimos, en nombre de una modernidad que oculta en su entraña la razón más provecta. Paul Veyne explicó que la pederastia fue en aquel mundo un “pecado ligero” no exenta de condicionantes clasistas. Vamos de vuelta desde este pretendido siglo de las nuevas luces al ambiente brutal de la palestra o a las doradas tinieblas de la isla de Tiberio, sólo que ahora los depravados no se disfrazan siquiera de protectores sino que esgrimen a palo seco su derecho canalla al abuso de la infancia. No sé qué añadiría hoy un Lautréamont a lo que ya largó contra esa ralea podrida, pero no me digan que no pone los pelos de punta, con la que está cayendo, legalizar en nombre de la democracia a la más abyecta degeneración. Probablemente nada está haciendo más por fortalecer el integrismo moralista que abusos desaforados como éste al que acaban de dar luz verde unos jueces holandeses.

La locura marbellí

Estupendo el intercambio de acusaciones e improperios entre los líderes de los partidos políticos andaluces en torno a la corrupción. Para empezar, desde IU, el diputado Antonio Romero ha dicho por derecho que “Chaves no puede hablar con la cabeza alta de lo ocurrido en Marbella porque él es responsable en parte de una corrupción generalizada durante quince años” y hasta desliza la humorada de que “la Justicia debe procurar que todo el patrimonio robado sea devuelto a Marbella”. Por su lado, el coordinador general de la misma, Diego Valderas, ha lanzado contra el PA una andanada de no te menees, no exenta de razón cuanto de oportunismo, lo que ha provocado la réplica inmediata de la vicesecretaria andalucista tanto como al propio PSOE a relacionar abiertamente a la alcaldesa de Córdoba con Marbella a través del empresario ‘Sandokán’. A ver quién da más. Todo indica, sin embargo, que mucho más podemos ver todavía en este serial. Hay cientos de criaturas en este momento a las que no les llega la camisa al cuerpo.