A dos años de la tragedia

A dos años de la tragedia del incendio, se oyen voces protestando por la cínica pasividad de nuestras instituciones a la hora de hacer frente a sus minúsculos compromisos a favor de los damnificados. El alcalde de Zalamea califica de “vergonzoso” que el Centro Coordinador de Emergencias creado por la Junta para acallar el griterío (¡será por centros!), no haya pagado todavía ni los gastos del viático prestado por su pueblo a las víctimas más inmediatas, pero han sido múltiples las quejas y reclamaciones –en especial de los grupos ecologistas—que llevamos escuchadas. Por cierto, que ese diputado “verde” tan guerrero no hace en estos quemados más que enseñar la patita y salir huyendo, a diferencia de otros lugares donde va de látigo por la vida. La plataforma “Nunca más” es apenas un juguete roto y las esperanzas de los perjudicados poco menos que cenizas. Sólo las Administraciones se ríen a gusto y cuanto más tiempo transcurra, mejor que mejor.

Justicia pop

El juez Baltasar Garzón ha debido enfrentarse, nada más volver a su despacho desde el verde campus del Edén en que ha estado reciclándose y dejándose crecer sobre la nuca ese mechón rebelde que en la postguerra ahora de moda se llamaba “cola de milano”, ha debido enviar un burofax a un conjunto pop que había tenido la audacia de autotitularse con la gracia del superjuez y colgar en Internet una página con ese título prodigioso: “Grupo Garzón”. A mí, la verdad, me ha sonado a cacharrería el contraste entre el lenguaje leguleyo de los ‘abogatas’ del magistrado –“se iniciarán las acciones oportunas”, etcétera—y las buenas razones que daba la ‘basca’ para justificar su elección, la abisal distancia que separa el lenguaje de los ‘manguitos’, de frases como las empleadas en la propaganda de esos poperos, entre ellas una en la que aseguraban que la elección del nombre se debía en exclusiva al deseo de “rendir un sentido homenaje a un prohombre que ha revalorizado conceptos denostados hoy como ecuanimidad, progresismo y modestia” o aquella otra en la que, simple y llanamente, confesaban que “en realidad, hacía tiempo que nos habíamos dado cuenta de que no tenía sentido seguir llamándonos Garzón”. Yo creo que era cuestión de tiempo que el folclore puro y duro llegara a la Justicia pero, francamente, no me esperaba un estreno tan espectacular en pleno éxito de la chirigota de ‘Chapote’y los suyos. Garzón no está para bromas, en todo caso, y los coleguitas del grupo han debido cambiar de mascarón de proa y, convencidos de que, “como dijo el Caudillo, no hay mal que por bien no venga”, han decidido elegir por epónimo al juez Grande-Marlaska, que ha aceptado el honor de mil amores. La Justicia no es un cachondeo pleno, pero al paso que llevamos, qué duda cabe, todo se andará.

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Esa Justicia tiene planteados hoy, desde luego, problemas mucho más graves que el que supone verse en los carteles anunciando a un grupo “indie pop”, a una banda de raperos o a un conjunto de “reage”. Hace unos años, cuando el autonomismo andaba fraguando en Andalucía pero aún el personal no se orientaba bien en ese laberinto, unos friquis tuvieron la humorada de titularse “Enchufados en la Junta”, espléndido fotomatón de lo que estaban viendo a su alrededor y expresión supina del desencanto con que el cinismo juvenil miraba distraído hacia el mundo de sus mayores. Y ahora no puede dudarse de que, tras el ironismo cáustico de esos provocadores, laten también con fuerza motivos y razones que no puede extrañarnos que escandalicen a nuestros jóvenes o, cuando menos, los habiliten para tomarse a chacota las más sagradas instituciones del planeta adulto. Cuesta imaginar sin estupor un programa en el que compartan cartel este “Grupo Marlaska” con “La Polla Récord” o “Tarzán y su puta madre”, por más curados de espanto que estemos ya en relación con esta Justicia imprevisible y estrellona que se apunta o deja apuntar a un bombardeo en busca de una popularidad no poco inquietante, mientras un membrillo asesino llama “mono de circo” a un presidente de Tribunal y se va de rositas. A los jueces italianos de “Mane puliti” les ponían bombas bajo el coche, no los subían a los carteles, la foto encajada entre el bajo y la batería, como andan haciendo ya en España esos cachondos con causa que parecen empeñados en retorcer el viejo ‘dictum’ medieval que expresaba a la pata la llana la obligación del juez de permanecer en las alturas: “De minimis non curat praetor”, el magistrado no debe entretenerse con minucias. Creo, sinceramente, que Garzón ha hecho lo que tenía que hacer y que, por el contrario, Grande-Marlaska –un gran juez, sin duda, dentro de su despacho—ha vuelto a dar la nota en este desconcertante desconcierto. Sabíamos ya que son malas las épocas en que los jueces son famosos. Lo que no imaginábamos es que íbamos a acabar viéndolos en la cartelera.

Fuegos silenciosos

Es curioso que la bronca organizada por los trabajadores del Infoca antes de comenzar la temporada de verano y, con ella, los incendios, contra el decretazo de la consejera de desplazar a la empresa pública Egmasa las tareas y, en consecuencia, los presupuestos, se hayan acallado ahora que hay campos ardiendo cada dos por tres y no hay día en que no perdamos en nuestros campos cientos de hectáreas. Porque, una de dos: o aquellas bromas eran puro ruido gremial, follón interesado (y en ese supuesto, temerario), o tenían sus motivos serios los protestantes, y entonces algo deberían estar diciendo ahora que los fuegos se prodigan. ¿Era buena o mala la providencia de la consejería, funciona mejor el sistema impuesto a las bravas por la consejera o el que venía funcionando con anterioridad? Los implicados en aquellas porfías, en especial los sindicatos, deben aclarar esas preguntas antes de que se produzca algún suceso de mayor cuantía. Y si no lo hacen, debería ser la Junta la que aclarara las razones que tuvo y que tan criticadas fueron. Lo que importan son los resultados. Pero es importante que una partida tan decisiva se juegue con claridad.

Cadáver exquisito

Pepe Juan Díaz Trillo era hace mucho tiempo un muerto político pero ahora es ya un cadáver exquisito que, por piedad partisana, deberían enterrar aunque fuera lanzándolo al estrellato de un “bojazo”: se le hace alto cargo de la Junta y en paz. Porque dejarlo ahí, indefenso ante un Superalcalde crecido, que lo ha derrotado ya dos veces provocando su fracaso rotundo, es un disparate que tiene un punto de crueldad. Incluso so aquel se contiene en sus repasos y lo trata con relativa benevolencia, que es como se trata al vencido. Escuchar a Pepe Juan, por ejemplo, decir que “el debate sobre el Estado de la Ciudad ha puesto de manifiesto que se acaba el ciclo Pedro Rodríguez”, da pena de todas, todas. Verlo tragar quina en los Plenos, a la sombra muda de doña Parralo, todavía más. Un cadáver no se deja expuesto así como así y menos en este ferragosto político que tenemos en lo alto.

Lo real imaginario

Un fabricante mexicano anda fabricando en Guadalajara una réplica de la cerveza que bebe sin tasa Homer Simpson, el ubicuo patriarca de esa prodigiosa serie televisiva que basa su éxito tal vez en que viene a ser la más feroz crítica de nuestro modelo social sólo que amablemente proyectada en un divertido espejo caricaturesco. Por las noticias que llegan desde allá, al cervecero le han quitado de las manos la producción que ha hecho furor entre un público indefenso ante la sugestión de la tentación televisiva, y se dispone a inundar el mercado con la nueva “Duff” esperanzado en que los consumidores adopten el ritmo insaciable del héroe virtual. No podríamos haber imaginado mejor prueba de la tiranía de la virtualidad ni más cabal “cierre”, como diría Gustavo Bueno, de la vieja monserga ontológica que reproduce siglo tras siglo la discusión sobre los límites de lo real frente a lo imaginario, un debate imposible porque olvida algo elemental que, ciertamente, repugna al absolutismo noológico de los razonantes, a saber, que la realidad incluye siempre una dimensión imaginaria de la misma manera que no hay imaginación posible que no cristalice, en algún grado, entre las cosas reales. Alejandro no cortó nunca el nudo gordiano, por supuesto, Colón no plantó ningún huevo en equilibrio, Luis XIV no pronunció jamás esa chorrada megalómana de “el Estado soy Yo”, ni Azaña dio en ningún momento la consigna de ”¡Tiros a la barriga!”, y sin embargo un vasto cortejo de imitadores, expeditivos y autócratas, ha hecho suya esas máximas inventadas para justificar especularmente sus propios designios. La imagen que propone la tele modela nuestro deseo hasta doblegar toda resistencia, lo mismo si se trata de abrasar a la mariposa adolescente de la autoestima en la llama de una esbeltez imposible, que si se tercia embarcar a la ‘barra’ en el consumo de una nueva cerveza sin más garantía que su relación simbólica con el personaje simpático. La demanda hace mucho que dejó de ser una fuerza libre que merodea caprichosa por el mercado para convertirse en una ecuación exactísima que incluye su propia fórmula.

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Pueden decir lo que quieran los libertarios de la telemanía, pero bien sabemos que el influjo de la imagen virtual sobre la vida concreta hace tiempo que es aplastante. En USA saben bien que una violación televisiva desata sobre la marcha una súbita epidemia de violaciones calcadas en todo el país y no hay que ser un experto para comprender que los efectos de la “introyección”, como decía Edgar Morin, resultan inevitablemente devastadores lo mismo para bien que para mal. Los parroquianos se quitan hoy de las manos la cerveza de Homer Simpon por la misma razón que don Quijote confiaba en el bálsamo de Fierabrás o que unas decenas de señoras encopetadas se suicidaron en sus gabinetes imitando a la Bovary. Entre lo imaginario y lo que realmente está ahí plantado ente nuestros ojos, discurre un fluido imperceptible de sentido, una suerte de “significante” saussuriano, cuya capacidad persuasiva es realmente hipnótica. Vomitamos para encajar nuestro esqueleto en la silueta de la modelo anoréxica, dejamos que nos estiren el pellejo para detener el tiempo, cambiamos de coche seducidos por el éxito ilusorio de un galán de pacotilla: el libre albedrío no ha tenido peor enemigo que la fascinación virtual, ni la realidad, alternativa más invencible que lo imaginario. Hace poco me enteré de que nada menos que el ‘Oxford English Dictionary’ había incluido en su bagaje ese “¡D’ oh!” exclamativo de Homer que es su latiguillo más cautivador. Ya me dirán, pues. Espero de un momento a otro que a algún lince se le ocurra fabricar en masa los pastelillos de malvavisco que amasa la buena de Marge o el chupete proyectable de Maggie. No sabemos ya ni bien ni mal qué queda de esta parte del espejo y qué queda de la otra. Mc Luhan era apenas un membrillo no hace tanto tiempo.

Secreto y voces

Gritos y susurros, especies de todo tipo, sobre lo que está ocurriendo (y lo que ocurrió) en Marbella. Vecinos que se quejan tras haber votado a los mangantes durante tanto tiempo, un presidente de Caja señera que sale diciendo que “no es bueno” que la actuación judicial empeore indirectamente la economía de la zona (igual pretende que, para evitar ese perjuicio, deje las cosas como está), la patronal que sale quejándose también del perjuicio (que bien pudo denunciar hace años, a ver por qué no), el “colorín” televisivo haciendo su agosto y, en fin, el juez Torres prorrogando un mes más el secreto de un sumario que tiene sobre ascuas a medio mundo. Es la catársis inevitable, así perjudique o beneficie a tirios y troyanos, el final previsible de una orgía delictiva que nadie –incluyendo a los actuales fiscales espontáneos—ha querido ver ni a tiros durante varios lustros. Y la nota de humor de Antonio Romero (IU) reclamando que “se devuelva a Marbella lo robado”, ya ven qué ingenuidad si no viniera de quien viene. Un mes más, pues, el negocio del ansiolítico va a ser el remate de esta merienda de negros.