La vejez solitaria

 

Otra vez la imagen desgarradora, el triste chafarrinón de cada verano: el abuelo perdido, el náufrago urbano rescatado en un banco del parque, errante por la jungla urbana, tal vez hallado en su silla en el mismo hall del hospital abandonado por los suyos. No saben quienes son porque han (o hacen como que han) perdido la memoria, simulan que han extraviado la identidad, forzados por la tiranía de la familia que se fue de veraneo y que tal vez los reclame a la vuelta. Y ocurre en todas partes. En Europa es ya una regla de oro que la aislamiento comienza a los 70 y no deja de progresar a partir de esa edad, en Francia se sabe que los “viejos” están cinco veces más solos que los jóvenes que rondan la veintena. Las cifras son estremecedoras: dos de cada diez sexagenarios, tres de cada septuagenarios, cuarenta de cada octogenarios pasan sus vidas en completa soledad, en especial las mujeres. La soledad se sitúa en los sondeos a la cabeza de los problemas sociales pero no hay respuesta institucional a esa inquietud. La población crece y envejece, y seguirá creciendo y envejeciendo en los países punteros en las próximas décadas, a pesar de que se esté tratando de prolongar la vida laboral y, en consecuencia, las cotizaciones, lo cual ya supone un alivio: tanto tienes, tanto vales. Pero no parece que haya remedio pare evitar que la proporción entre ‘activos’ e ‘inactivos’ mantenga su ritmo alarmante: cada vez más viejos dependerán de menos jóvenes.. Sin duda vamos hacia una sociedad bien diferente sostenida por le aporte migratorio, la baja natalidad y el descenso de la mortalidad: cada día menos jóvenes y más viejos, cada vez mayor carga para una población activa progresivamente pragmática y deshumanizada. Y la única ‘solución’ encontrada hasta el momento es ésa, el abandono, la soledad. La postmodernidad confluye por este camino con las ancestrales culturas neolíticas que asumen el criterio productivista: el que no produce que no viva. Ancianos que van a morir a la tundra, esquimales expuestos a los osos devoradores, incluso banquetes caníbales para eliminar ritualmente al inservible. Alguien ha dicho que la Madre Naturaleza inspira en esos casos el revés de la ilusión gerontocrática. En plena civilización, uno cree que sería más expeditivo irse con cada caso al juzgado de guardia.

xxxxx

Pero no se ven ni se oyen casos de sanciones ejemplares, familias abandonistas castigadas con dureza, veraneantes canallas trincados a la vuelta por la autoridad justiciera. Hay todo lo más teorías, incluso peregrinas, y entre ellas la creciente insistencia en la necesidad de asumir individualmente las consecuencias de la limitación biológica a través de una educación (sentimental y de la otra) trabajada desde la infancia. Nos hemos rendido en toda la línea. Hasta un tío como García Márquez ha entregado su cuchara: la única solución para la vejez es un pacto honrado con la soledad. ¡Noshajodío! Terencio decía que la vejez es una enfermedad pero Stendhal veía en ella la consecuencia de una curación: la de la locura pasional. ¡Como para fiarse de los sabios! Claro que puede que hayamos hecho demasiada filosofía, demasiada moralina, sobre las edades del hombre, en detrimento del único enfoque razonable que es, seguramente, el utilitario. ¡A que no conocen ustedes a un anciano rico solo o en apuros! Cuando la discusión sobre la herencia entre Bakunin y Marx, allá por el mítico Congreso de La Haya, una voz discreta se preguntó si no vendría a ser la herencia una garantía relativa frente a la avidez de los herederos. Y lo era, desde luego. Pero los solitarios que nos ocupan no tienen nada que legar o cobran sus míseras pensiones en la cuenta del yerno. El fracaso de la vejez es consecuencia de este modelo hobbesiano que cifra el valor en el producto. Un pacto con la soledad propone la izquierda más activa. Podemos ir haciéndonos una idea de lo que, más tarde o más temprano, acabarán proponiendo los demás.

Muy pobres, muy rico

 

Aunque se empeñe la Junta (de hecho, ella misma reconoce una intolerable cifra de “pobres severos”) la estadística de la pobreza es difícil de entender en una región, como Andalucía, que lleva un cuarto de siglo regida por una mayoría absoluta “socialista obrera”. Hay pucho pobre, vergonzante o clamoroso, insolente o púdico, pero también hay mucho rico, cada vez más, y no me refiero al lógico progreso general que se da en todas partes, sino al enriquecimiento suntuario, ¿Qué más pruebas quieren que el hecho de los precios de los “amarres” de los puertos deportivos se hayan disparado hasta superar los de las propias viviendas de primera línea de la costa? En Puerto Banús, en Puerto Sherry, en Sotogrande, los nuevos millonarios amarran sus yates con bandera de conveniencia, mientras que una muchedumbre se debate sin techo o lucha a brazo partido para pagar la hipoteca a fin de mes. Se han agrandado las diferencias entre las clases bajo el pabellón igualitario. Pocos hechos dejan tan en evidencia la inanidad de las actuales ideologías.

El candidato espontáneo

 

La Mesa de la Ría no concurrirá a las elecciones por decisión de su Asamblea. De este modo, la legítima ambición personal del candidato José Pablo Vázquez Hierro habrá de jugar en solitario si es que llega con fuerzas (y financiación, claro) a las elecciones. Una candidatura difícil dada la bipolarización y el escaso margen de las opciones minoritarias, pero que pudiera ser apoyada por quien crea que le conviene dividir más el voto para aprovechar luego las alianzas posibles. Ya se verá, como se vería en el inverosímil caso de ver a Vázquez con la vara si desde el Ayuntamiento de dedicará a los proyectos gremiales como desde el Colegio de arquitectos se dedicó a los políticos. Mucho sustrato urbanístico para las próximas municipales, en todo caso, si se suma a su presencia la de Manuela Parralo, vinculada familiarmente de plano a ese negocio, lo cual no deja de ser inquietante. Uno sigue creyendo que al Superalcalde se las ponen como a Fernando VII, pero sólo el tiempo dirá la última palabra.

El deporte podrido

El campeón americano Floyd Landis, desposeído fulminantemente de su corona en el ‘Tour’ de Francia, le ha contado al Wall Street Journal una de piratas atribuyendo el claro resultado de la analítica que le practicó el control oficial –altas tasas de testosterona en sangre—al hecho inocente de haberse tomado un par de cervezas y un par de pares de güisquis la víspera de la prueba. El récordman de los 100 metros, Justin Gatlin, el guepardo, “el hombre más rápido del planeta”, también ha caído del pedestal empujado por la evidencia del dopaje: testosterona de nuevo. Hay toda una industria del ‘doping’ funcionando en los vestuarios, en las ‘roulottes’ de los corredores, en las clínicas de lujo lo mismo que en los urinarios, un trapicheo constante de sangre oxigenada, corticoides, anabolizantes, hormonas y anfetas que potencian exponencialmente la capacidad del deportista o lo dejan hecho unos zorros Y no hay quien la pare. La madre de Landis ha dicho, la pobre, que si verdaderamente se ha dopado, su hijo no merece la victoria, pero ese es un gesto puritano y aislado que no encaja en el abigarrado complejo que rodea hoy día la actividad deportiva. El degradante espectáculo que han dado en Italia los grandes clubs y, más que ellos, la Justicia connivente, da una idea de lo poco probable que resulta aspirar a la competición pura en una sociedad profundamente corrompida que hace mucho que liquidó el prejuicio angélico: ganar es ganar, ‘llevárselo’ como sea, ‘metiéndose’ la Biblia en pasta si es preciso, pero ganar. Todo lo demás son cuentos y restos insustanciales de la ilusión romántica. El deporte ha podido resolverse en competición mientras la cifra de negocio a su alrededor se mantenía discreta. En el orden de los cientos, de los miles de millones, no hay pureza ni romanticismo que valga.

xxxxx

Todavía Maurois creía que el deporte tenía fatalmente una conexión religiosa, como en la antigüedad pagana o como, en cierto modo, también en la ordalía medieval –un primo, Maurois—y un filonazi como Drieu veía en la disciplina que el deporte implica la única fuente de la más genuina libertad. Otro primo. El deporte ha de compaginar sus códigos con el espíritu de la época, eso es todo. Podía sentirse el pálpito divino, lo numinoso, corriendo sobre la pista pedregosa en la cita olímpica o en la délfica a la sombra imperceptible aunque patente de la divinidad, pero hoy es el hombre desacralizado el que corre sobre el césped o pedalea sobre el asfalto abandonado a sus fuerzas o bien arrastrado por la magia del fármaco que le pone alas en los pies y laurel sobre la frente. ¿Por qué habría de ser “legal” el deportista de actual, por qué tendría que atenerse a la lógica caballeresca hoy día un sujeto que pertenece a un mundo podrido en el que lo único que importa es llegar antes, alcanzar más alto y que no te hallen nada en el registro? Hace años que los equipos deportivos poseen instrumentos analíticos similares a los que emplea el laboratorio, lo mismo que hay armas de fuego en la escuela y se ha hecho habitual el soborno en los despachos. ¿Por qué imaginar un área exenta, una suerte de palestra inocente, un empíreo de arcángeles flamígeros incontaminados por la podre del ambiente? La madre de Landis ha sido muy dura con su hijo (tal vez el ramalazo calvinista, la autoexigencia cuáquera) al exigirle una inocencia que rayaría en lo inverosímil. ¿O no han visto como atletas imparables (recuerden a Hincapie) venirse abajo de un día para otro, tal como Landis en este Tour? Hubo un venezolano que se fumó los Dolomitas como si tal cosa en el 2005 y al año siguiente se fue al carajo. Como tantos. A Landis lo vimos casi agonizante días atrás y poco después volar como una exhalación. Aceptemos los hechos: no hay islas bienvaneturadas. Y en el deporte, con estos precios, menos todavía.

Apocalípticos e integrados

Fichar al líder local del ecologismo, meter en nómina al portavoz de los críticos, ¿es curarse en salud o ponerle un bozal al lobo feroz? Es la pregunta que se hacen en Marbella viendo al responsable de Urbanismo de la Gestora fichar a quien hasta ahora ha ejercido de azote del Ayuntamiento, el portavoz de Ecologistas en Acción, el mismo de quien ya vienen quejándose algunos grupos vecinales por considerarlo “amaestrado” y “seguidista” de los que mandan en el Ayuntamiento. El tiempo dirá, pero parece lógico que esos látigos verdes se queden fuera, a la intemperie, que es desde donde únicamente se ve la realidad tal como es y no como la cuentan en los despachos. Aquí se está produciendo un trasvase continuo al Poder de sindicalistas, ecologistas y expertos de toda laya, lo cual, lejos de constituir una garantía de “socialización”, supone un riesgo evidente de lo contrario, Nada como la integración para acabar con el Apocalipsis, aquí y en París, incluso en Marbella. No es que defendamos el franciscanismo, sino que la experiencia habla por sí sola.

Celillos académicos

Bronca entre la Onubense y la Hispalense, absurda confrontación celosa entre dos instituciones –‘universidad’– que desde el nombre contradicen ese espíritu mezquino. Lleva toda la razón el exrector Verger, ilustre latinista, cuando dice que no se le pueden poner puertas al campo del saber, y alguna menos cuando sublima con el argumento de que si algún membrillo con birrete ha boicoteado desde Sevilla los cursos de postgrado de Huelva, es porque nos tienen respeto y hasta, según él, miedo. Claro que en la Junta hay una dirección general que, a salvo la autonomía universitaria, debería velar porque no sucedieran estos despropósitos y, en última instancia, también hay una Junta de rectores en la que el nuestro debería dar el do de pecho hasta quebrar las vidrieras en el caso de que la autoridad –la que sea—no ponga las cosas en su sitio. Vetar a la Onubense es un absurdo y una mala acción, impropia de una universidad que ha sido una de las grandes. Pero si nos vetan tendremos que defendernos y exigir que se nos defienda.