La hora de plata

Ya era raro, ésa es la verdad, que se le diera fuerte y flojo a un director general y, por elevación, al propio Presidente/hermano, y saliera de rositas el consejero que es, al fin y al cabo, el responsable de cuanto ocurre en su departamento. Que “Manos Limpias” hayan llevado a Leonardo Chaves ante el TSJA tiene su lógica, pero que la oposición pida como ha pedido la comparecencia parlamentaria de Plata para explicar el “caso Chaves” resulta imprescindible en ese sentido, a pesar de los equilibrios de IU, lobo feroz tantas veces, pero ahora entretenida deshojando la margarita con tal de no perder la mamela que le proporciona su sociedad con el PSOE. En cuanto a Plata, mal se lo pone el “caso” de cara a su candidatura a la alcaldía de Marbella, porque lo que faltaba en aquella castigada ciudad eran nuevas sombras de sospecha. Es posible que la “mayoría absoluta” por regenerar salve a Plata de momento. A la larga, en todo caso, con el lío de los hermanos de Chaves en su propia consejería le ha de doler la cabeza. 

La primera autoridad

La visita de presentación del nuevo presidente de El Monte al alcalde de Huelva hubo de ser pospuesta al negarse éste, con toda la razón del mundo, a retrasar la hora para permitirle cumplir la exigencia de Cejudo de cumplimentar a la Diputación antes que al Alcalde. La inauguración del Parque Empresarial fue retrasada por el propio Ministerio para permitir a su titular pasarse con antelación por “casa Cejudo”. Y eso  no debe ser así por la sencilla razón de que el alcalde –rojo, blanco o verde– es la primera autoridad de Huelva, un fuero que a él corresponde defender más que nadie, no sólo en nombre propio, sino en defensa del fuero de los ciudadanos que representa, que son todos. Ante desplantes como los referidos, el alcalde de Huelva debe darle un portazo al desaprensivo para que aprenda y su partido tome nota mientras entre todos se decide qué hacer con esas obsoletas instituciones provinciales, herencia del Viejo Régimen, que hace un cuarto de siglo que dejaron de tener sentido.

La difícil memoria

Tras tanto trajín y tanta salida a las candilejas, los radicales de la memoria parece que van a conseguir que el Gobierno saque adelante esa ley de la Memoria Histórica que, desde hace tiempo, trae sobre ascuas a unos y a otros. De momento no habrá ley el 18 de Julio, gozne simbólico en exceso que podría extremar innecesariamente las tensiones sin beneficio para nadie, aunque podría promulgarse como quien no quiere la cosa en la semana siguiente, es decir, entre el 21 y 28 de Julio, ya con el personal tumbado bajo la sombrilla y el bronceador a mano. Con toda la farfolla exigida por IU –dedicada en esta era a todas las revoluciones menos a la suya, ya me entienden–, o séase, con fosores voluntarios desenterrando tibias y calaveras por las cunetas y tapias de cementerio, partidas de ayudas a “niños de la guerra” hace años aposentados en el Inserso (y que, encima, denuncian que no están cobrando), purga definitiva del iconostasio franquista, reconversión del Valle de los Caídos en “Memorial de la Libertad” o algo así, pero, ay, dejando las cosas como estaban en los archivos de guerra, es decir, saltándose a la torera la promesa (de ZP a Maragall por lo visto)  de reabrir la causas judiciales (sólo las del bando franquista, se comprende, las otras, con ser tremendas, no) y anular las correspondientes sentencias, en vista del alarmante informe de los expertos encargados que consideran el proyecto como “una iniciativa jurídicamente inviable y políticamente aparejada a consecuencias imprevisibles”. Normal, sobre todo si es verdad que ese informe pericial lo había pedido el propio fiscal del Estado, porque de sobra sabe él la mala cuenta que a muchos le traería revisar a estas alturas los nombres y apellidos de quienes perpetraron aquella sangría, incluidos los suyos. Si hay algo difícil de entender es cómo no se dan cuenta los memoriosos de que, además del disparate que supone reabrir parcialmente la llaga de una guerra civil, hay en esa operación riesgos seguramente insuperables. El olvido cómplice es tan mala cosa como la memoria pugnaz. No quiero ni pensar en tener que explicarle a mi nieto esta triste guerra de sus bisabuelos.
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Incluso a quien desde los años 50 predicaba ya la “reconciliación”, como Carrillo, hemos oído estos días reclamar el rescate de una memoria que lógicamente a él debería interesar menos que a nadie, de un lado, y del otro, hemos escuchado al nuevo papa  su decisión de añadir la beatificación de otro centenar largo de víctimas de la guerra civil (mártires, dice él) a los cientos que ya subió a los altares Wojtila. Aquél, como si nada tuviera que ver personalmente con la tragedia, éste como si los “mártires” fueran todos suyos y los demás, meros “efectos colaterales” de un desmadre en el que casi todos fueron culpables y casi ninguno inocente. Y ahora va el Gobierno a legalizar el rencor, a dar rango de ley al rescate parcial de la memoria ensalzando a unos y condenando a los otros al olvido legal, a abrir la vieja cicatriz  a ver si el exutorio purulento de nuestra locura colectiva logra arrimarle a su lista un dudoso puñado de votos en nombre del abuelo perdido en la cuaresma que siguió al carnaval republicano, mientras los turistas se acercan a dar un voltio por la cripta que Franco ideó –en plena coincidencia formal con el Carrillo “reconciliador”, ésa es la verdad—para “enterrar” de una vez por todas, juntos y revueltos, a los únicos que tendrían derecho a esgrimir el rayo vengador y fulminar a unos y a otros. ¡Y quieren hacer un parque temático del horror bajo esa bóveda imponente y el granito colosal esculpido por Ávalos! Pocas cosas tan ansiolíticas para esta nación histérica como el sellado de la tumba de Franco con aquella losa insuperable. Si algo cabía esperar es que a nadie se le ocurriera en el futuro reabrir ese sarcófago de la mala memoria.

La señorita Pepys

El colmo: una diputada autonómica del PSOE defenderá, como portavoz de una delegación andaluza, la insigne tontería de que “se tenga en cuenta al perspectiva de género en el análisis y las políticas urbanísticas”. Nire, diputada, léase los datos que da Green Peace sobre lo que está ocurriendo desde hace años, ante la pasividad de la Junta (cuando menos), con  el urbanismo sólo en el litoral, asómese al albañal urbanístico de Marbella (en el que, por cierto, las mujeres políticas han desempeñado un papel primordial), y déjese, por favor, de pamplinas como ésa de que es preciso “desarrollar un nuevo modelo de vivienda, de barrio y de ciudad” para luchar “contra los estereotipos de género”. ¿Se habrá enterado esta tropa de que tenemos en Andalucía 73.000 por lo menos viviendas ilegales y cuarenta “puntos negros” urbanísticos entre Ayamonte y Cuevas de Almanzora? Afirmado e irreversible el justo reconocimiento de la mujer en la sociedad, sería bueno licenciar de nuestra instituciones a la señorita Pepys.

Mucho calor, más codazos

Ahí está ya el Parque Empresarial, ése que durante años se ha venido diciendo desde la oposición que no existía más que en la imaginación del Superalcalde. Está hasta el unto de que, con la que estaba cayendo ayer a la hora de la inauguración, se arremolinaron en el acto esos mismos críticos, dando codazos para salir en la foto, preferentemente junto a la ministra que, por cierto, quedó como un/a cochero/a con esos ridículos pildorazas lanzados al alcalde sobre el sobrecoste de no sé qué línea eléctrica. El que estaba que se salía, y tenía motivos, era éste, que veía cumplido un proyecto de enorme importancia al tiempo que tenía la satisfacción de ver en esos codazos la mejor constatación de su éxito. Ayer doña Parralo repartía sonrisas para sus fotógrafos propios, porque lo que es para la Historia, no debía salirle más que un a mueca. Estas cosas ocurren por no jugar limpio desde la oposición, por apostar al “cuanto peor, mejor”, por enrocarse en el boicoteo y la zancadilla. Mucho calor ayer en el ambiente. Más de uno, sin embargo, debió quedarse un poco frío. 

El modelo italiano

Si con la idea del millonario que compró un país Papini inventó, de hecho, un género de ficción literaria, José María García alumbró en su púlpito nocturno la idea, hasta entonces desconocida, de que la apropiación del fútbol por los particulares acabaría produciéndose por la vía de la conchaba entre un puñado de millonarios, una punta hambreada de árbitros sin mejor oficio ni beneficio y la recua federativa. Hoy sabemos que aquellas homilías eran proféticas y que lo que creíamos que no era más que un recurso algo demagógico para rellenar el programa de la duermevela ha resultados ser la pura y simple verdad de lo que ocurre en la vida deportiva. La decisión de la Justicia italiana de enviar al lazareto de la “segunda serie” a todo un clásico como la ‘Juventus’ acompañado de dos mascarones tan señeros como el ‘Lazio’ y la ‘Fiorentina’, así como la de excluir al otrora mítico Milán de la ansiada “Champions”, constituye un gesto que trasciende con mucho las porfías entre aficionados porque ni más ni menos que revela la profundidad de las corrupciones en un país en el que el agio, desde hace muchos años, forma parte del paisaje ciudadano. No ha prosperado la sugerencia de la amnistía lanzada, con motivo del triunfo en el Mundial, por algunos irresponsables sectores de aquella castigada vida pública, y esta imprescindible decisión, aunque a algunos pueda parecerle simple noticia de la sección deportiva, viene a ser todo un hito que ha de marcar un antes y un después en una mentalidad sometida a la idea de la inevitabilidad de la corrupción. Privatizar un país, después de todo, ha llegado a ser algo no poco habitual en la galaxia neoliberal. Hacerse con una Liga de fútbol parecía hasta hace bien poco que resultaba poco menos que imposible.

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Se han hecho toda clase de consideraciones sobre la pertinencia o impertinencia de ese golpe de efecto que trae revolucionada al planeta deportivo. A uno le parece, sin embargo, que quizá no se ha puesto suficiente énfasis en la causa última del disparate, que no es otra que el ingreso en la vida empresarial de un deporte que, a la chita callando, se ha convertido ante todo en un negocio. Se ha hablado no poco de que el fútbol funcionaba en este mundo dislocado como un sustitutivo de la guerra, un poco como el “potlach” esquimal o el olimpismo homérico, pero cuando hemos querido darnos cuenta nos hemos encontrado con que esa “pasión de multitudes” no era ya eso ni quien tal lo pensó, sino un laberíntico montaje en el que sólo unos pocos tenían acceso al hilo de Ariadna. La ‘Juve’ mismamente es, o mejor, “pertenece” a un milloneti desaprensivo llamado Luciano Moggi, como la ‘Fioren’ es de los hermanos Della Valle, el ‘Lazio’ de un tal Claudio Lotito o el Inter de Berlusconi, lo que quiere decir que la competición ha pasado a ser un pulso entre magnates empeñados en demostrar que nada en la vida escapa al poder del dinero, incluido el éxito. Como en España, en fin de cuentas, al menos desde que la mercantilización de los clubs hizo de la Liga un pugilato entre millonarios dentro del que, en no pocas ocasiones (y no hay por qué pensar sólo en Jesús Gil), cuesta trazar la divisoria entre el ámbito empresarial propiamente dicho y el negocio deportivo. Los magnates compran hoy equipos porque ello constituye un insuperable indicador de prestigio y, lógicamente, de ahí al contrabando y de éste al estraperlo apenas media un paso que es cuestión de tiempo acabar dando. Es verdad que un fútbol galáctico requiere finanzas astrales, pero siempre puede uno preguntarse qué ha conseguido con tal sistema el Real Madrid, pongo por caso, que no lograra ya cuando el club era aún una “afición” y Bernabeu un baranda obligado por la discreción a mantenerse en un segundo plano. Yo diría que las sociedades tienen el fútbol que se merecen. La italiana, por ejemplo, o la nuestra, sin ir más lejos. A mí, cuando oigo decir que el Alavés “es” de un ucraniano, se me caen los palos del sombrajo.