Desafío a Chaves

 

Quizá lo más desmoralizador de la tragicomedia partidista no es la sumisión perruna mientras dura la bonanza, sino el indecente rebote –indecente por su silencio anterior—de los caídos en desgracia y su estrategia de llevarse por delante a los de arriba. Un secretario regional habría proporcionado a la oposición, según Guerra, la documentación del “caso Guerra”; uno de finanzas salió revelando que a Chaves la habían condonado por la cara un préstamo en Caja Jerez; y ahora sale otro provincial empeñado en arrastrar en su bastizano a la hija del bipresidente Chaves, apoderada de una empresa que, según insiste el vengativo, es “la madre de todas las corrupciones”. Antes de la caída, ni palabra, boca cerrada a cal y canto, disciplina y sahumerio; tras la desgracia política, el rencor vengativo, caiga quien caiga. Los partidos ha generado esta dinámica miserable que, llegado el caso, deben tragarse sin lamentaciones. Se recoge lo que se siembra. Chaves no tiene motivos para extrañarse de la impresentable actitud de Martín Soler.

Los enlaces con la costa

 

Diez añitos llevan esperando los enlaces de la Autopista con Portugal con la Costa, dos decenios de trabas y zancadillas con tal de no beneficiar a los municipios gobernados por el competidor político, incluso a costa de perjudicar a alguno propio. Y ahora que se acercan las municipales, promesas que te crió. Ya se verá en cuántas de esas obras se acaba cortando la cinta, en la seguridad de que las que se corten coincidirá con el calendario propagandístico. ¿El interés de los ciudadanos? Bueno, el interés de los ciudadanos –no me sean ingenuos—le importa a la Junta y quien mueve sus hilos lo justo que exijan las encuestas y ni un gramo más. Durante años hemos visto cada verano las aglomeraciones en los accesos a La Antilla que ahora se van a mejorar. Con Lepe en manos del PP ha esperado hasta el último momento para apiadarse de los atrapados en las colas. Otra cosa hubiera podido beneficiar al rival y eso no lo hace esta tropa ni a cañonazos.

Teoría de ‘El Otro’

 

Un juez de Aracena acaba de rematar con un auto expeditivo la larga instrucción seguida tras los graves sucesos ocurridos hace año y medio en Cortegana, cuando una masiva manifestación acosó a los vecinos de raza gitana con motivo de algún oscuro incidente. Hasta al alcalde ha imputado ese juez un delito contra los derechos fundamentales y las libertades públicas, acusando a otros quince vecinos de uno de provocación a la discriminación, al odio o a la violencia por motivos racistas. Ya veremos que sale del asunto, que no es sino uno más entre los mil que se producen por todas partes y cada vez más, porque es enteramente falsa la idea de que cierto progreso moral va desligando de la conciencia humana el odio hacia ‘el Otro’. Hemos visto demasiados casos en los últimos tiempos, incluso sin salir del mundillo del fútbol en el que se ha registrado desde la protesta del gobierno de Su Graciosa Majestad británica por la bronca racista ocurrida en el Bernabeu en el curso de un partido amistoso España-Inglaterra hasta la movilización diplomática ordenada en Argentina por el presidente Kirchner –el que se acaba de triplicar el sueldo— con motivo de la detención de un jugador patrio que insultó a un rival negro en Río, pasando por la incesante protesta de la Comisión Europea contra el Racismo. El Defensor del Pueblo, Enrique Múgica, denunciaba hace bien poco el racismo en los estadios para los que solicitaba “tolerancia cero” y penas más graves, en vista de ocurrencias como las protagonizadas por Luis o Clemente, o los acosos masivos a jugadores como Eto’o o Roberto Carlos en Getafe, Zaragoza o Madrid. El racismo es una realidad innegable y probablemente universal. En España suele ilustrarse ese axioma antropológico preguntando aquello de a quién le gustaría que su hija se casara con un negro o que en el piso de al lado se instalara una familia gitana. Dos preguntas, seamos sinceros, que digan lo que digan las optimistas encuestas oficiales, siguen siendo entre nosotros de muy difícil respuesta para la inmensa mayoría.

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No llegará la sangre al río en Cortegana, ya lo verán, como no llegó en El Egido cuando el ‘pogrom’ famoso. A Luis le puso una multa ridícula la autoridad deportiva por insultar a un “negro de mierda” y a Clemente ni le riñeron siquiera cuando hizo algo por el estilo. Pero no nos engañemos: la lenidad de las autoridades ante el atentado racista se basa en el cimiento tan difuso como firme del racismo popular, en el hecho de que aquella inmensa mayoría es racista por más que, obligada por la etiqueta social, proteste lo contrario. ¿Se imaginan la reacción paya si en Cortegana los acosados hubieran sido ellos y los acosadores los gitanitos? Yo me la imagino divinamente, y no tengo la menor sombra de duda de que todo el peso de la ley hubiera caído sobre la minoría rebelde. Lo que deja en la más absoluta evidencia las ingenuas pretensiones del multiculturalismo imposible que predican los misioneros de la nueva era encaramados en el guindo de las correcciones políticas. Poca gente en España suscribiría el credo de esa iglesia americana que reprocha al Evangelio no haber incluido la discriminación racial, pero lo cierto y verdad es que el gentío circula por la vida con el capirote del ‘Ku-Kux-Klan’ encasquetado en el cerebro reptiliano. Nadie es racista entre nosotros, qué va, pero esperen a que llegue la ocasión del conflicto y luego hablamos. Nada diferente a lo que ocurre –esta misma semana—en Francia, a lo que viene ocurriendo en Alemania desde hace años. Acaso nada lo demuestre mejor –fuera de la experiencia cotidiana– que la prolijidad de nuestras bibliografías sobre el tema. D. Prache tituló su trabajo “Todos nacemos racistas” y puede que diera en el clavo. En Cortegana, al menos, un juez trata de aplicar la ley que todos proclaman pero que muy pocos acatan sinceramente en el santuario de su intimidad.

La ley es para todos

 

Se comprende la asfixia de ese presidente patronal, Ricardo Arranz, ante la que está cayendo sobre el sector. No pueden admitirse, en cambio, de ninguna manera, sus argumentos exculpatorios y, menos aún, su justificación de las corrupciones. El tema es viejo; somos corruptos porque nos obligan, tragamos porque carecemos de pruebas. Pero hay algo que falla en la base de esas razones y es que esos empresarios –cuya promoción estelar queda a la vista—no abren la boca hasta que en la cacharrería no irrumpe el elefante. ¿Por qué no ha dicho nada la patronal, por qué ni uno sólo de esos perjudicados se ha ido a un juez, a Anticorrupción, a la autoridad que fuera (no sería la primera denuncia secreta que aquí se produce, desde luego) y le ha contado que “las instituciones”, así, en bloque, los expolian y tratan de forzarlos al cohecho? La ley es para todos, incluso para ese gremio privilegiado que lleva años enriqueciéndose exponencialmente a base –según su dirigente—de delinquir bajo presión. Resulta demasiado fácil, aunque no deje de resultar elocuente, echarle toda la culpa a la Administraciones.

Como tiene que ser

 

La Junta, el SAS, no tienen la menor intención, al parecer, de corregir sus graves fallos asistenciales. No parece que los socorridos “refuerzos” de última hora vayan a ser resolutivos tampoco este verano. En cuanto a tierra adentro, ya saben a qué atenerse los contribuyentes que pagan igual que los que viven en la ciudad: el servicio es “el que tiene que ser” (lo dice nada menos que una jefa del ramo en Sevilla) de modo que, a partir del viernes, ahí tienen para un remedio las urgencias del pueblo más cercanos. No acabamos de quitarnos de encima la imagen de la parturienta o del infartado camino del médico por esos caminos de Dios, porque para la Junta, para el SAS, lo primero es la cuenta de resultados… económicos, no sanitarios. Total, se trata de que los andaluces no urbanos se molesten en ir a la consulta vecina y eso no le parece tan grave a esta tropa, visto que en el peor de los casos, todo acaba pasando. ¿Quién se acuerda ya del fallecido de Matalascañas? Si Chaves cuenta con esa fragilidad de la memoria, sus edecanes, para qué hablar.

Viejos y jóvenes

 

Hemos asistido estas semanas a una desopilante demostración de falta de criterio por parte del periodismo deportivo. Se ha pasado del pesimismo más distante a un entusiasmo tan injustificado como probaron los hechos, de elogiar el compromiso de Luis de marcharse si fracasaba el conjunto a hacer lo propio ante la descarada palinodia de éste y su continuidad en el cargo, de decir que Francia era un equipo acabado, un combinado de viejos incapaz tal vez de superar el ímpetu de nuestros jóvenes, a suplicar que Zidane renuncie también a su decisión de retirarse y nos depare todavía unos años de su magisterio futbolístico. Ha fallado, sobre todo, el cálculo en torno a las edades del hombre, la idea precipitada de que la fuerza vale más que la experiencia (justo lo contrario que Aristóteles enseña en su ‘Política’), válida a la hora de hacer la quiniela dejando fuera a esos colosales franceses que pasaron como una ola por encima de nuestros adulados retoños. ¿Viejos inútiles los Zidane, los Vieira, los Makelele? Es probable que los tópicos futboleros superen en arbitrariedad a los que dominan el resto de nuestras vidas, pero no cabe duda de que, en esencia, unos y otros varían poco, y este episodio del fracaso de las predicciones mundialistas no varía gran cosa de otros que vienen produciéndose día tras día en ámbitos mucho más decisivos de la vida social. De hecho se nota últimamente cierta tendencia a reconsiderar ese fanatismo por la juventud, que en buena medida ha sido el santo y seña del siglo pasado, a favor de una reconsideración del valor de la experiencia, que es al activo universalmente reconocido a los ancianos de la tribu, y los “bleues” han hecho más por este cambio de estrategia social en un noventa minutos que todos los sociólogos defensores de la gerontocracia en un par de decenios. ‘Fausto’ no lo tenía todo perdido frente ‘Romeo’. Que se lo recuerden a Luis.

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Hemos olvidado en exceso la vieja sabiduría que aconsejaba aprovechar la madurez como rodrigón de la novedad, hemos echado en saco roto sin contemplaciones una filosofía omnipresente en todas las civilizaciones y hemos cerrado de un papirotazo el impagable diálogo que Cicerón hace mantener a Scipión con Catón el Viejo. ¡Para qué los clásicos! Nuestras minervas han descubierto las ventajas de prescindir de los grandes profesionales en el ápice de su carrera, como si un catedrático o un médico a la edad de jubilación no estuviera tal vez en su mejor momento, para apostar sin garantías por la juventud a palo seco, reproduciendo en términos simbólicos el ritual primitivo del abandono letal del anciano, con los graves riesgos que ello implica. Hay pueblos esquimales que abandonan sus viejos para que sean devorados por los osos pensando en cazar luego al oso y devorarlo a su vez con el fin de recuperar al ancestro y, con él, su experiencia dilapidada. Y seguro que el chasco que, viendo caer con todas las de la ley a Brasil frente a Francia, se han llevado los ingenuos del “jogo bonito”, habrá hecho cavilar a más de uno tanto sobre los riesgos de la apuesta joven como sobre las ventajas de conservar a los maduros. Es grande ser joven, quién lo duda, pero habría que valorar los años con mayor cautela. Cuando a un Fontenelle nonagenario lo ayudó a levantarse una damisela a la que trataba de recogerle del suelo el abanico caído, le dijo galante a su auxiliadora: “¡Hay si yo tuviera ahora mis ochenta años!”. Para que nos convenzamos de que hay que andarse con cuidado a la hora de valorar jóvenes y viejos, hemos tenido que ver primero como sucumbían nuestros mancebos ante una panda de doradas carrozas y cómo, encima, éstas pasaban sin detener el galope sobre el indiscutido mito brasilero. El fútbol no es una ciencia exacta, es verdad, pero ni la sociología ni la política parece que lo sean más.