El mundo al revés

 

¡Pues no que va AIQB, o sea, el Polo Químico, y dice que va a recurrir el proyecto municipal del ‘Ensanche’ porque del transporte de mercancías (peligrosas, ‘of course’) que el Polo implica “podrían sobrevenir problemas al existir un núcleo de población muy cerca”! O sea, que no se trataría de que la industria adopte sus medidas para no perjudicar a los vecinos, sino de que éstos permanezcan lo más alejados posibles del riesgo. Verdaderamente, AIQB se podría estar echando tierra encima con estrategias como ésta y hasta hacerle un favor al Ayuntamiento informando a los ciudadanos de unos peligros que justificarían el celo de aquel a la hora de prevenir, aparte de que no parece que puedan llegan muy lejos esgrimiendo esa ley arqueológica que es la de Actividades Molestas, Insalubres, Nocivas y Peligrosas que, por otra parte, no sería tan difícil volver contra el Polo mismo. Extraña historia, desde luego. A la minerva que esté tras ella tendrían que mandarla a un balneario cuanto más tiempo mejor.

Platón y la botella

 

Parece ser que el Tribunal Supremo, con la que está cayendo, anda deliberando sobre si confirmar o no el criterio de la Audiencia Nacional de que el amor platónico no constituye, en derecho, una atenuante cualificada ni sin cualificar. El debate se ha suscitado en torno al caso de una asesina terrorista que alega, por boca del psicólogo de su defensa, que actuó “trastornada mentalmente a causa del amor”. También acabo de leer en la prensa gratuita –hay que leer de todo, repito siempre—una información que recoge la autorizada opinión del Defensor del Menor que, echándole el cierre a la Caverna (a la mítica, no a la real), sostiene por su cuenta y riesgo que “el amor platónico no existe” sino que “es un sueño imposible de alcanzar que lleva al que lo siente a volverse loco”, tragedia con fundamento fisiológico claro pues en el mismo papel se informa, bajo la autoridad del University College de Londres, que el amor sube la prensión sanguínea, provoca taquicardias y rebaja la inteligencia. Jueces y fiscales deberían estar al tanto de estos hallazgos de la ciencia, porque a ver cómo no contemplar con lenidad a una asesina enamorada sabiendo –siempre por cuenta del mismo ‘College’—que hay miradas furtivas que provocan reacciones en el núcleo estriado ventral, responsable último de las reacciones placenteras. Lo que faltaba en nuestro panorama jurídico era este impacto soberano del viejo sentimiento-rey, aplicado, por si fuera poco, a los delincuentes más abyectos que, aunque a muchos nos cueste creerlo, además de su arma en su armario, tienen su corazoncito y, por supuesto, su núcleo estriado ventral. No les quepa dudas de que el futuro del derecho, al paso que va la burra, pasará por la bioquímica.

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Ya en la parte seria del espectáculo hemos podido escuchar, transcrita en este periódico, la conversa fina mantenida por el pagador de los sobornos a ETA en que le cuenta a un cuñado suyo cómo fue avisado por dos policías –en la vieja clave de las botellas de vino que ya utilizaba Queipo en sus charlas radiofónicas—de que estaba siendo vigilado e iba a ser detenido en Francia si le pillaban con el soborno. Un momento estupendo, no cabe duda, con Garzón tendiendo puentes a Batasuna, los altos ropones enredados en deliquios amorosos y “la txacurrada” (la expresión es del pagador, no nuestra) haciendo de correveidiles entre Fouché y el Terror, siempre con la vista puesta en “no fastidiar el proceso” famoso que, desde hace un tiempo, postula orteguianamente la circunstancialidad de le Ley en vez de su rigor. Vamos a ver qué hace la Justicia, en fin de cuentas, siempre que no le robe el titular ese pregonero de san Fermín que parece que se negaba a dar el viva tradicional al santo obispo a la hora del chupinazo y, por supuesto, contando con que el Defensor del Menor no siga boicoteando con su antiplatonismo el finiquito del que depende la permanencia de ZP en su inesperado sillón. Personalmente me quedo con el cuento de las botellas, y la imagen de esa pasma connivente –los hilos de cuyo guiñol nadie sabe quién maneja aunque tampoco resulte tan difícil imaginarlo, ésa es la verdad, repasando lo que sabemos desde el 11-M hasta el día de la fecha—que, para que veamos lo que son las cosas, han coincidido en su clave con “el traidor Queipo”, que es como los fascistas de casta llamaban desorientados al faccioso por su vidrioso pasado republicano. No quiero ni pensar, eso sí, en lo que hubiera sido de esos ‘txacurras’ (perros, literalmente) si el espadón mentado los hubiera pillado previniendo de su detención a un presunto delincuente o si un abogado hubiera osado proponer en sus implacables consejos de guerra sumarísimos, a favor de una terrorista, la atenuante de enamoramiento. La ucronía es siempre arriesgada, pero me cuesta evitarla en este caso aunque Platón ande en él de por medio.

Segundo asalto

 

La Junta ha iniciado su segundo asalto en su combate con las tabaqueras –Philip Morris, Canary Island, Altadis, Cita y JT Internacional: el 90 por ciento del mercado andaluz—ahora por la vía contencioso-administrativo, ya que la vía civil quedó cerrada a cal y canto por la Audiencia de Madrid que estimó aquella demanda carente de todo fundamento. Sostiene la Junta –y ya veremos qué le cuenta Chaves a los cultivadores de tabaco o cómo justifica que “su” Gobierno (que es el de todos) cobre impuestos por un tubo a esa empresas—que las tabaqueras causan 10.000 muertes anuales sólo en Andalucía y que provocan un tremendo gasto sanitario con sus efectos dañinos sobre los fumadores, concretamente, reclama 1’77 millones de euros en concepto de indemnización por la atención sanitaria prestada al menos a 135 personas dañadas. Ya veremos qué dicen los jueces, pero es de sentido común insistir en que no se puede repicar y dar trigo, lo que en este caso quiere decir que algo deberá inventar Chaves para contarle a los cultivadores y algo para justificar la fiscalidad del Gobierno sobre productos nocivos.

La socialogía relativa

 

Las encuestas son auténticas y fiables para los políticos siempre que sus resultados favorezcan sus previsiones e intereses, y lo contrario, como es natural, en caso contrario. Ante la que en Punta Umbría acaba de decir, ella sabrá por qué, que el alcalde actual arrasará también en las municipales que vienen, el sociatismo se ha rebelado hasta le punto de amagar con la pamplina de que estarían dispuestos a acudir a los tribunales o con el espantajo de que el sociólogo responsable sería un fantasma inventado. Normal. De aquí a las elecciones vamos a asistir a un baile estadístico de no te menees, mientras las lenguas de doble filo van dejando caer por ahí que el Superalcalde se inventa los proyectos o que la decorativa candidata pija compra en París zapatos prohibitivos. La política se lleva mal con la sociología cuando no la utiliza y Punta no tenía por qué ser una excepción.

Sermo officialis

La elección de Roma como sede para poner las bases de lo que en su día hubiera de terminar siendo esta realidad que, no sin notable optimismo, llamamos hoy la Unión Europea, no fue, como bien sabemos, del todo casual. La vieja Europa, dividida y todo, enfrentada durante siglos consigo misma y devoradora de sus propios hijos, no perdió nunca el referente del viejo Imperio ni la ilusión de una herencia cuyas águilas heráldicas han hecho suyas, a título de causahabientes, lo mismo los opresores que los paladines de la libertad. Aquella imponente realidad descubrió y mantuvo tres unidades básicas, que no pasaron desapercibidas para observadores tan cercanos como Mommsen o Friedländer, y a las que ha de endosarse la solidez de su montaje social y político, a saber, el triplete unitario que resume el lema “Un poder, una lengua, una moneda”. Nuestra vacilante Unión tiene ya establecido, desde luego, el embrión de un poder continental que cada día se muestra más celoso de su fuero y, desde hace unos años, posee también una moneda única que ha hecho más por la irreversibilidad del proceso federativo que medio siglo de discursos. Y todo indica que el diseño de futuro incluye al inglés, no ya como socorrida ‘koiné’, sino como lengua única bajo la que sobrevivirán, como es natural, las vernáculas de toda la vida, aunque sólo fuera porque, como decía Barbey d’Aurevilly, un hombre puede hablar muchas lenguas pero charlar, lo que se dice charlar, sólo lo hace en una: la suya. Hace unos días tan sólo el Parlamento europeo acaba de cerrar la puerta al uso de lenguas cooficiales en un babélico Parlamento en el que ya se chamullan veinte lenguas oficiales –por cierto, con el ‘voto de calidad’ de un presidente catalán– pero, al mismo tiempo, la autoridad de Bruselas ha decidido incluir en su web un boletín escrito en latín clásico cuya utilidad no se nos alcanza pero cuyo significado simbólico no deja de ser desconcertante en un continente que hace años que viene reduciendo la enseñanza de esa lengua que decían que estaba muerta. Ante el vaticinio de Rimbaud de que llegaría el día en que, dada la condición ideológica de la palabra, el hombre terminaría por hallar fatalmente una lengua universal, uno siempre había pensado en el inglés. Tuviera que ver que ese utópico esperanto acabara siendo el latín. ‘Nihil est dictus facilius”, nada resulta más fácil que hablar, se dijo en tiempos. Ya veremos si, a estas alturas, eso vale también para el latín.

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El proyecto europeo ha dado ese doble paso –cerrárselo a las lenguas cooficiales y habilitar el latín—con muy buen sentido. La experiencia de los Estados Unidos gravita, sin duda, sobre esta orientación que, a mi modo de ver, tiene sus buenas razones para hacer lo que ha hecho, tanto al evitar la confusión babélica como al simbolizar con tanta audacia el sentido integrador que la lengua debe tener, incluso después de la muerte. Eso es, en buena medida, lo que se intentó también con la pretensión de incluir en la panoplia del europeísmo actual la contribución histórica cristiana, un proyecto mal entendido y peor explicado, pero que, como en el caso de la lengua, no apuntaba más que a la incontestable realidad. La monarquía inglesa tiene por mote un lema en francés arcaico que la mayoría de los británicos no entiende; Europa no volverá a hablar latín, ni que decir tiene, pero expresarse en Internet con resonancias clásicas implica, sin duda posible, una seña de identidad más que elocuente además de un aviso a los navegantes. “Nihil est dictus facilius”, ya digo, aunque ahora quede por comprobar cómo rulan en la Red los ablativos absolutos y las perifrástica pasivas. Quizá se ha pensado que el latín –la lengua en que habló el Imperio, se declararon guerras y paces, o se dio cuerpo a los derechos– no deja de pertenecer al ámbito de la sacralidad. Quién sabe. Por lo demás, charlar, lo que se dice charlar, cada uno lo seguirá haciendo como toda la vida.

El maletín, por dentro

Resulta verdaderamente desmoralizador escuchar lo se está diciendo en el segundo juicio del “caso Ollero” o “caso del maletín”, catorce años después de los hechos. Sobre todo porque lo que queda en evidencia es que, en aquella época, había consejerías de la Junta, como la Obras Públicas, que ajustaban sus concesiones a criterios todo menos objetivos, pero también porque, a pesar del tiempo que han tenido para vestir el muñeco, lo que se sigue oyendo en la sala viene a ser lo mismo: el runrún de un oscuro negocio que nadie se atreve a negar frontalmente fuera de la pura contradicción. El efecto más grave y profundo de la corrupción es precisamente esa dialéctica amañada que cabe en un maletín revuelta con un montón de millones. Y es efecto, lejos de despejarse, parece que se confirma oscuramente en cada sesión del nuevo juicio. Nunca un mangazo más claro gozó de más garantías. Aquí dijimos hace años que el maletín acabarían devolviéndoselo a Ollero y todo apunta a que vamos a salirnos con la nuestra.