El gran negocio

El petróleo está subiendo por las nubes. Ha pasado ya cotas que ni alcanzó en la vieja crisis que lleva su nombre (tan impropiamente, según el maestro Ernst Mandel), y sigue al alza cada día con una excusa, porque es conocida la habilidad mercantil de sus marchantes. Si Dios no lo remedia (Alá sería lo suyo) puede que esta carrera a ciegas nos lleve a otra coyuntura dramática, con el precio del dinero embalado y las alegres y confiadas hipotecas de los buenos tiempos convertidas en pesados fardos. Todo esto podemos leerlo en cualquier periódico serio de por ahí o de por acá, pero rara vez encontraremos en esos papeles el dato del millón: quién se lucra con esta escalada, a donde van a parar los billones que genera la calculada estrategia de esta guerra financiera. Hombre, sabemos que quienes se inflan son los grandes productores, desde los sátrapas de los emiratos al gorila venezolano, pero nadie pone sobre esa inquietante i el punto contundente. Hablemos de Nigeria, por ejemplo. Hace tiempo que recojo datos sobre esa ruina de país, que colecciono informes, que retengo lo que han dicho los organismos de la ONU encargados del hambre, del trabajo o de la santa infancia, sin contar con que no son raras las noticias que produce una realidad tan llamativa: la de un país inmensamente rico que vive en la más execrable miseria. Unos datos. Nigeria tiene petróleo suficiente para abastecer el consumo japonés durante un cuarto de siglo, pero ese oro negro, descubierto no hace más que cincuenta años, no ha sido nunca de las etnias locales sino de los explotadores extranjeros –yanquis, británicos, italianos—que desde los años 60 practican el más feroz neocolonialismo en connivencia con la oligarquía local. El cuento de siempre, pues. Los nigerianos viven con apenas un dólar al día, carecen de trabajo y subsisten, en buena medida, robando lo que es suyo, esto es, el crudo, da las cañerías que discurren por debajo de las calles de sus ciudades. Carecen de electricidad, de agua, de atención médica a la sombra amenazante de la guerra, a pesar de que el beneficio de su riqueza se calcula en 20.000 millones de dólares anuales. Un loco pintoresco, el “Robin Hood” del delta del Níger, juega con las policías coloniales al gato y al ratón pero la gente se muere a chorros. La exponencial subida del beneficio (del precio) del crudo ni se ha notado en medio de esa ruina. El neoliberalismo difiere poco de sus ancestros.

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El hombre blanco es generoso con el Tercer Mundo. Cuando Wojtila recorrió lo países de esta zona recomendó a las hambreadas turbas mucha paciencia y más castidad. La ONU ha optado hace poco por retirarle incluso la ayuda a uno de esos países en tanto no se garantice la honestidad de las mismas oligarquías a las que el neocolonialismo (o sea, los grandes de la ONU) ha enseñado a abrir cuentas secretas en Suiza, y en su día hasta se decretó el embargo de la fabulosa fortuna secreta de Mobutu. Pero ¿quién se está llevando la fortuna que supone la actual remontada del precio del crudo nigeriano, pongo por caso, mientras sus dueños realengos no tienen que comer? Tres, cinco, siete compañías, qué más da, entidades bien conocidas y respetadas, defendidas en los ‘lobbies’ de nuestras democracias cuando llega el caso, indiferentes explotadoras de una humanidad inmensamente rica opero desposeída por la violencia de la historia. Entenderán mejor todo este responso si cierran los ojos para ver a los niños esqueléticos y comidos de moscas que se han multiplicado desde la guerra de Biafra hasta hoy, pero a lo mejor no hace falta el sentimentalismo. Tiren la raya y hagan la cuenta, simplemente: una nación de magnates que vive con un dólar diario por cabeza: ¿hay quien crea que a eso hay derecho? La ONU, las Iglesias, las ONGs, los ‘lobbies’, la Bolsa, los mercenarios, ¡qué montaje tan sólido! Pensar que con el pelotazo de un semestre se arreglaban aquellas gurumías le pone a uno la sangre de pie. Por lo menos a mí.

Mal fin de curso

“Yo no me voy a dejar amedrentar (por el ‘caso Chaves’) porque está basado en falsedades y medias verdades”, Manuel Chaves, presidente de la Junta y del PSOE. “’Manos Limpias’ puede acudir a los trinbunales o a la Fiscalía n(para denunciar el ‘caso Chaves’) porque existe libertad para ello”, el mismo. “El ‘caso Chaves’ tiene toda la pinta de una persecución, Nosotros no tenemos que actuar atendiendo a que alguien tenga la percepción de no sé qué o no sé cuánto (sic), sino cumpliend escrupulosamente las leyes, que es lo que hacemos”, Paulino Plata, consejero de Turismo, Comercio y Deporte. “Las subvenciones de la consejería van a los Ayuntamientos y no a las empresas participantes”, Rosario Torres, consejera de Cultura. “Hay algo muy feo en todo el asunto del ‘caso Chaves’”, Concha Caballero, portavoz de IU. “La Junta de Chaves adjudica ‘a dedo’ el 66 por ciento de los contratos administrativos, que han significado un importe total de 509 millones de euros”, la misma.

La negra de la candidata

Me niego a hablar de gafes, no me gusta ese estigma gratuito, y menos aplicado a una dama que acaba de bajar del autobús (político), como quien dice, pero los comentados contratiempos de la candidata Parralo son para inquietar la menos supersticioso, sobre todo tras la rotura de su pantalón en el pleno “Debate del Estado de la Ciudad”. Ahora bien lo que no tiene pase es que la candidata se ausentara de ese foro legítimo para irse a retar al Superalcalde desde los micrófonos de la SER, algo que no se le ocurre ni al que asó la manteca. Por lo demás, del debate de ayer –digan lo que digan, Pedro Rodríguez ha aprendido la tira durante todos estos años—hay que retener el triste papel que bhibo de tragarse Pepe Juan, un candidato derrotado enfrentado a un alcalde que se lo ha llevado por delante dos veces hasta forzar su relevo. Brillante la idea éste de exhibir recortes de prensa con las delirantes declaraciones con que la oposición se empeña en vivir de reina por un día, en especial las dirigidas contra el Parque Empresarial. ¡Y encima el roto en el pantalón de doña Manuela! Verdaderamente Hay legislaturas en que no está uno/a para nada.

La ola de calor

Sin necesidad de creer a pies juntilla en la tesis de ese sabio que dijo el otro día en una universidad de verano (que es donde, normalmente, se dicen estas tonterías) que el cambio climático no era más que un invento de los ‘medios’, la verdad es que, como mucho ciudadano por todo el planeta, anda uno cada verano más escamado con los rigores de la canícula. Los datos no son para menos. Una ola de temperaturas tropicales abruma estos días a gran parte de Europa, donde ayer miércoles se registró en Bélgica el día más caluroso del año y hoy mismo se esperan en Alemania temperaturas récord, mientras en Francia –escaldado el Gobierno por la tragedia de anteriores estiajes—un buen puñado de departamentos permanecen en alerta ante el riesgo de que el calor aumente por encima de lo tolerable. Un amigo me decía ayer desde Londres que su termómetro doméstico marcaba los 37 grados pero que a media mañana había visto que, en el del Metro, el tope del mercurio se movía sobre los 47, una barbaridad que tiene a la metrópoli apalancada en cines y almacenes refrigerados y a los guardas haciendo la vista gorda ante los bañistas improvisados de Saint-James y Hyde Park. También en Finlandia, como en Suecia, se pronostican inminentes récords históricos, y en la joven república checa, por estas fechas atestada de turistas sureños, la providente autoridad anda preparando un plan severo para afrontar el tórrido fin de semana que se avecina. La ola se ha cobrado ya sus víctimas mortales lo mismo en Burdeos que en Murcia y no hay indicios, al parecer, de que la cosa vaya a mejorar. De nuevo, pues, el fantasma del cambio, la cabalgada imaginaria del jinete apocalíptico desde los hielos esquimales a los eriales del Sur, aunque probablemente sus cascos no causarán más bajas que las registradas en los terribles veranos de años anteriores. La memoria es frágil, pero durante el estío del 2003 el calor se llevó por delante, acuérdense, a 30.000 criaturas en Europa, la mitad de ellas en la Francia impía. El lunes podremos hacer balance. Mientras tanto ahí queda el tema para que apocalípticos e integrados se despellejen bajo la canícula, que si sí que si no, como ya va siendo norma cada verano. De momento ya está ahí otra vez la fábula de las ballenas enloquecidas y los delfines suicidas varados voluntariamente entre los turistas de la playa. No es ninguna bobada empezar a temer que el cuento del cambio climático vaya a acabar confundido con el del pastor y el lobo.
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Resulta difícil aceptar que, con la precisión de los medios técnicos actuales, el Poder no disponga de un diagnóstico claro de la situación. Tan difícil como imaginar qué sería de nuestras poblaciones bajo estos climas severos si no dispusiéramos de la prodigiosa defensa de la climatización, instalada ya en la práctica totalidad de los hogares y centros públicos. Y hay datos, además, poco cuestionables, como la subida de temperatura media del Mediterráneo o el hecho de que la alarma cunda año tras año desde Canadá hasta la India, insistentemente atribuidos al abuso industrialista. En una prestigiosa revista científica leo que sin que exista la evidencia de un nexo directo entre la canícula y el calentamiento global del planeta, muchos indicios conducen a la hipótesis de que el calor seguirá aumentando durante los veranos por encima de las cotas tradicionales. Cualquiera sabe. Los grandes poderes industriales compran a los sabios del meteoro de la misma manera que alquilan a los que participan en las peleas farmacológicas, acogidos ambos gremios a los suaves microclimas que proporciona la opulencia. Ahí están las ballenas, sin embargo, ahí llegan también los delfines, y mi amigo londinense se juega la faringe bajo el climatizador sin quitarle ojo a la columna de mercurio. Tiempo al tiempo, que lo que sea, sonará. Saint-Exupéry decía que la civilización comienza por cierto deseo de calor y que luego el hombre, de error en error, acaba encontrando el camino del fuego.

Con un par

La alcaldesa de Córdoba, Rosa Aguilar, se ha salido de la estrategia de confrontación alentada por IU y el PSOE en torno a la guerra civil, y ha dicho alto y claro que “ninguna posición política debe resucitar en estos momentos las dos Españas” porque es “el momento de la concordia, el encuentro y la reconciliación, no de la confrontación”. Una voz sensata en medio de la escalada suicida, un criterio sereno enfrentado al designio de explotar políticamente el rencor en medio de un clima progresivamente maniqueo. Aparte de su noble razón, la alcaldesa debe de haber pensado que los Ayuntamientos a lo que esos agitadores proponen ahora resucitar el espectro de la guerra civil tienen otras muchas cosas urgentes en que trabajar, empezando por la batalla contra la corrupción que IU trata con guante de seda según de quien se trate. Lo que Rosa Aguilar ha dicho lo piensa gran parte de una izquierda acomplejada que no se atreve a expresar en voz alta lo que esconde en su conciencia. 

Ayudar a la Providencia

No cabe duda de que ha sido la Providencia la que nos ha salvado esta vez de la catástrofe. La explosión de un camión-cisterna cargado de queroseno en el puente internacional debe constituir una seria advertencia sobre el peligro real que supone el transporte de materiales tan peligrosos a horas de máxima aglomeración de tráfico y en zonas tan concurridas. El auténtico caos vivido el martes en nuestras carreteras y en las portuguesas demuestra que no basta con desdramatizar desde los despachos sino que se hace necesario un control real y una normativa exigente para regular esa actividad, sin duda necesaria, pero con toda evidencia altamente peligrosa. Hay que ayudar a esa Providencia y no limitarse a confiar en que la buena suerte haga el resto, y es preciso recordar que ésta no es la primera vez que un transporte de alto riesgo tiene un accidente en nuestra provincia. El martes pudimos vivir una tragedia como la terrible de Los Alfaques. Resulta obligado impedir que se mantenga un régimen como el actual que implica riesgos tan temerosos.