IU y el fiel de la balanza

Al incombustible e imaginativo provocador de IU, Antonio Romero, se le han ocurrido muchos trucos y retrucos en su dilatada vida profesional como político, pero tal vez ninguno tan rebuscado y equilibrista como el que está interpretando ente el “caso Chaves”, un caso que a él le parece, eso sí, que “tiene mala pinta”, pero ante el que su formación se la coge con papel de fumar por la que pudiera venírsele encima. Es curioso, desde luego, tanto tacto y tanta mandanga mientras el PSOE acusa sin ambages a su coalición en Córdoba de compadreo con la “Operación Malaya” y no se recata en señalar con el dedo a la propia alcaldesa incluso deslizando, como quien no quiere la cosa, que ‘Sandokán’ le prestaría su avión privado para sus periplos. Y extraordinario ver a este pirotécnico experimentado desactivar la urgencia del “caso” con el socorrido expediente de unos informes jurídicos que son imprescindibles pero que en el “caso Chaves” los podría hacer un aprendiz con la ley de Incompatibilidades en la mano. IU pretende soplar y sober, el caldo y las tajadas. No sería raro que los hechos la dejen a la intemperie de la más dudosa evidencia. 

Extraño silencio

No es un secreto que el PP explica mal los fallos rivales y vende peor los méritos propios, pero el silencio que está guardando en torno al disparatado escándalo que ha supuesto la nueva subasta el terreno vendido por el Ayuntamiento al mismo comprador beneficiado por el anterior Ayuntamiento del PSOE –un proverbial “amigo político”—por un importe varias veces inferior al inicial, no sólo es raro sino que, al menos a mí, me resulta sospechoso. ¿Por qué el PP no quieres saber nada de una operación verdaderamente espectacular y tan importante en términos económicos que el “perjudicado” por la Justicia no ha tenido inconveniente en pujar multiplicado en su oferta el precio al que sus amigos le vendieron la famosa parcela? Eso de que la “Operación Malaya” significa “desde Marbella a Ayamonte”, ‘si non è vero è ben trovato’. Pero, insisto, ¿por qué se achanta el PP teniendo al rival cogido por mala parte, por qué enmudece ante el clamor, es que acaso teme algo? Como no aclare el mal rollo de esa segunda adjudicación, va a quedar como un cochero ante esta cada día más estupefacta opinión pública. 

El camino de vuelta

Puede que a ustedes les cueste creerlo pero en Holanda acaba de legalizarse el Partido del Amor del Prójimo, Libertad y Diversidad (PNVD) defensor al ultranza de la pornografía infantil y de las relaciones pedofílicas. Así como suena. Han dicho los jueces de La Haya que esa formación tiene derecho a existir como partido político reconociendo el derecho reclamado por su fundador, un tal Ad van den Berg, a rehabilitar –“redorer”, literalmente dorar de nuevo—la imagen de los menoreros, gravemente deteriorada en los Países Bajos después del tenebroso “affaire Dutroux” que muchos recordarán. El nuevo partido es, ciertamente, pintoresco además de repugnante, pues entre sus objetivos incluye nada menos que la supresión del histórico Senado y de la función del presidente del Gobierno, la legalización de las drogas (de todas, blandas y duras, por aquellas ya hace años que se venden libremente en locales propios) y, en fin, el establecimiento de la cadena perpetua para el asesino reincidente. Cualquier persona con los 16 abriles cumplidos tiene derecho a participar en rodajes porno y la edad sexual, ya de paso, debe bajar desde los 16 años en se encuentra hoy hasta los doce añitos. Es muy peligroso jugar con las libertades democráticas y extremar su fuero hasta deformarlo porque luego ocurren cosas como ésta que, en fin de cuentas, no es probable que lleguen muy lejos pero sí que constituyen un indicio aterrador de por donde va la vera en la aldea global. Cuando empezábamos a familiarizarnos –¡qué se le va a hacer, ninguna noticia resiste la reiteración!—con las redadas policiales de esos “asesinos de palomas” (Walt Whitman) que la pasma trinca cada dos por tres en Internet, resulta que viene la Justicia, o al menos, una Justicia, y nos devuelve a la barbarie arcaica de donde procedemos, es decir, a la vidriosa aurora de la civilización clásica. Al poderoso vehículo de la modernidad se la ha atascado la caja de cambio en la marcha atrás.

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El problema no es sólo, como digo, la atrocidad sino el anacronismo. Es cierto que en el mundo clásico el amor era cosa de hombres. Flacelière escribió que Ésquilo jamás habría centrado su dramaturgia en otro amor-pasión que en el entretenido entre dos varones, Plutarco mismo, en consonancia con toda una tradición, habla de la pederastia como de una vía virtuosa que eleva el espíritu, Aquiles y Patroclo o Sócrates y Alcibíades constituyen un modelo consolidado cuyo origen quería ver Marrou en la primitiva organización castrense de la comunidad, en una sociedad en la que la pederastia era tan normal como para que la figura del “erastes” o pervertidor fuera vista, en realidad, incluso por el pervertido, el “eromenes”, como un amigo benéfico. Ahora bien, ese ideal clásico cedió, en buena medida bajo el influjo cristiano, hasta dejar paso en Occidente a una visión enteramente opuesta, en la que la relación con el menor era considerada un aberración y castigada como un crimen. Y parece que ha llegado el momento de dra marcha atrás y volver hacia donde partimos, en nombre de una modernidad que oculta en su entraña la razón más provecta. Paul Veyne explicó que la pederastia fue en aquel mundo un “pecado ligero” no exenta de condicionantes clasistas. Vamos de vuelta desde este pretendido siglo de las nuevas luces al ambiente brutal de la palestra o a las doradas tinieblas de la isla de Tiberio, sólo que ahora los depravados no se disfrazan siquiera de protectores sino que esgrimen a palo seco su derecho canalla al abuso de la infancia. No sé qué añadiría hoy un Lautréamont a lo que ya largó contra esa ralea podrida, pero no me digan que no pone los pelos de punta, con la que está cayendo, legalizar en nombre de la democracia a la más abyecta degeneración. Probablemente nada está haciendo más por fortalecer el integrismo moralista que abusos desaforados como éste al que acaban de dar luz verde unos jueces holandeses.

La locura marbellí

Estupendo el intercambio de acusaciones e improperios entre los líderes de los partidos políticos andaluces en torno a la corrupción. Para empezar, desde IU, el diputado Antonio Romero ha dicho por derecho que “Chaves no puede hablar con la cabeza alta de lo ocurrido en Marbella porque él es responsable en parte de una corrupción generalizada durante quince años” y hasta desliza la humorada de que “la Justicia debe procurar que todo el patrimonio robado sea devuelto a Marbella”. Por su lado, el coordinador general de la misma, Diego Valderas, ha lanzado contra el PA una andanada de no te menees, no exenta de razón cuanto de oportunismo, lo que ha provocado la réplica inmediata de la vicesecretaria andalucista tanto como al propio PSOE a relacionar abiertamente a la alcaldesa de Córdoba con Marbella a través del empresario ‘Sandokán’. A ver quién da más. Todo indica, sin embargo, que mucho más podemos ver todavía en este serial. Hay cientos de criaturas en este momento a las que no les llega la camisa al cuerpo.

Dudosa epidemiología

Hace poco murió, al parecer, el enfermo de Gibraleón infectado de ‘legionella’ en el propio hospital Juan Ramón Jiménez, pero nadie ha dicho esta boca es mía. Ahora son los muchachos de un campamento de Lepe quienes deben ser sometidos a quimioprofilaxis en vista del caso de meningitis detectado entre ellos. Los brotes son inevitables, desde luego, y no hay sistema sanitario capaz de prevenirlos al cien por cien, lo cual no debe confundirse con la política de ocultación sistemática (como en el caso mencionado al principio) de estas incidencias graves. En Huelva se han vivido ya repetidas ocasiones en que la sanidad pública ha resultado incapaz para enfrentarse con éxito a epidemias de esa naturaleza y sólo la providencia ha hecho el resto. Por lo que pueda suceder sería bueno que el SAS obligue a sus prestidigitadores a practicar la franqueza informativa al tiempo que la diligencia indispensable. Algo que, con toda evidencia, con un baranda como el que tiene, no parece verosímil que lo consiga.

El gran negocio

El petróleo está subiendo por las nubes. Ha pasado ya cotas que ni alcanzó en la vieja crisis que lleva su nombre (tan impropiamente, según el maestro Ernst Mandel), y sigue al alza cada día con una excusa, porque es conocida la habilidad mercantil de sus marchantes. Si Dios no lo remedia (Alá sería lo suyo) puede que esta carrera a ciegas nos lleve a otra coyuntura dramática, con el precio del dinero embalado y las alegres y confiadas hipotecas de los buenos tiempos convertidas en pesados fardos. Todo esto podemos leerlo en cualquier periódico serio de por ahí o de por acá, pero rara vez encontraremos en esos papeles el dato del millón: quién se lucra con esta escalada, a donde van a parar los billones que genera la calculada estrategia de esta guerra financiera. Hombre, sabemos que quienes se inflan son los grandes productores, desde los sátrapas de los emiratos al gorila venezolano, pero nadie pone sobre esa inquietante i el punto contundente. Hablemos de Nigeria, por ejemplo. Hace tiempo que recojo datos sobre esa ruina de país, que colecciono informes, que retengo lo que han dicho los organismos de la ONU encargados del hambre, del trabajo o de la santa infancia, sin contar con que no son raras las noticias que produce una realidad tan llamativa: la de un país inmensamente rico que vive en la más execrable miseria. Unos datos. Nigeria tiene petróleo suficiente para abastecer el consumo japonés durante un cuarto de siglo, pero ese oro negro, descubierto no hace más que cincuenta años, no ha sido nunca de las etnias locales sino de los explotadores extranjeros –yanquis, británicos, italianos—que desde los años 60 practican el más feroz neocolonialismo en connivencia con la oligarquía local. El cuento de siempre, pues. Los nigerianos viven con apenas un dólar al día, carecen de trabajo y subsisten, en buena medida, robando lo que es suyo, esto es, el crudo, da las cañerías que discurren por debajo de las calles de sus ciudades. Carecen de electricidad, de agua, de atención médica a la sombra amenazante de la guerra, a pesar de que el beneficio de su riqueza se calcula en 20.000 millones de dólares anuales. Un loco pintoresco, el “Robin Hood” del delta del Níger, juega con las policías coloniales al gato y al ratón pero la gente se muere a chorros. La exponencial subida del beneficio (del precio) del crudo ni se ha notado en medio de esa ruina. El neoliberalismo difiere poco de sus ancestros.

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El hombre blanco es generoso con el Tercer Mundo. Cuando Wojtila recorrió lo países de esta zona recomendó a las hambreadas turbas mucha paciencia y más castidad. La ONU ha optado hace poco por retirarle incluso la ayuda a uno de esos países en tanto no se garantice la honestidad de las mismas oligarquías a las que el neocolonialismo (o sea, los grandes de la ONU) ha enseñado a abrir cuentas secretas en Suiza, y en su día hasta se decretó el embargo de la fabulosa fortuna secreta de Mobutu. Pero ¿quién se está llevando la fortuna que supone la actual remontada del precio del crudo nigeriano, pongo por caso, mientras sus dueños realengos no tienen que comer? Tres, cinco, siete compañías, qué más da, entidades bien conocidas y respetadas, defendidas en los ‘lobbies’ de nuestras democracias cuando llega el caso, indiferentes explotadoras de una humanidad inmensamente rica opero desposeída por la violencia de la historia. Entenderán mejor todo este responso si cierran los ojos para ver a los niños esqueléticos y comidos de moscas que se han multiplicado desde la guerra de Biafra hasta hoy, pero a lo mejor no hace falta el sentimentalismo. Tiren la raya y hagan la cuenta, simplemente: una nación de magnates que vive con un dólar diario por cabeza: ¿hay quien crea que a eso hay derecho? La ONU, las Iglesias, las ONGs, los ‘lobbies’, la Bolsa, los mercenarios, ¡qué montaje tan sólido! Pensar que con el pelotazo de un semestre se arreglaban aquellas gurumías le pone a uno la sangre de pie. Por lo menos a mí.