Agiprop en Valverde

 

Se comprende que haber perdido las anteriores municipales preocupe a Cejudo — alcalde en comandita de Valverde apoyado en IU– y que la posibilidad de un nuevo descalabro en los próximos comicios le abra las carnes. Ello explica su esfuerzo por reforzar el aparato de propaganda municipal –periódicos, revistas, radios y teles “oficiales”—en cuyo descomunal desarrollo lo último ha sido reconvertir en quincenal el mensuario que hasta ahora venía predicando las virtudes sin defecto del “pacto de progreso”, y que, con el nombre de “Valverde 15 días” será embuzonado directamente, casa por casa, en todo el pueblo. ¿Qué cuánto cuesta eso, que quién lo paga, que si eso puede hacerse con la ley en una mano y el código no escrito de la conciencia en la otra? Pues cualquiera sabe, pero ahí está ya el papel preparado a mayor gloria del alcalde aunque a costa del contribuyente. En términos relativos, Valverde tiene mejor cobertura mediática que Nueva York. Ahí tiene un buen tema la sumisa redacción de esa nueva voz de su amo.

Héroes de barro

Los franceses se han rendido a Zidane. Dicen de él cosas extraordinarias, desde que es la esperanza de los marginados –su antigua casa en la ‘banlieu’ va siendo ya un santuario—hasta que ha sido el factor patriótico más eficaz después de De Gaulle, e incluso que, en cierto modo, representa en el imaginario galo a la divinidad secularizada, al dios nacional y cívico dispuesto a compartir la peana con la diosa Razón. La locura. Dicen las encuestas que semejante entusiasmo se debe, en especial, a la estima de la población madura que se había visto concernida por las críticas a la edad de la selección y los ingenuos desdenes al ocaso de ‘Zizou’, pero las imágenes que nos llegan desde allá demuestran que el arrebato afecta también –y uno diría que especialmente—a esos jóvenes travestidos simbólicamente con los colores nacionales que acampan en el paisaje de la actualidad desde que se produjo el triunfo sobre España. Se habla hasta de ‘zidanmanía’ en un ambiente exaltado que, curiosamente, posterga a los demás protagonistas a un segundo plano: el lugar del héroe es exclusivo. Pero por el envés de estas pasiones se exhibe estos días la siempre cuestionada figura del coronel Lawrence, el ‘Lawrence de Arabia’ inventado por la mitografía oficial que manejan como nadie los servicios secretos, el héroe de la rebelión nómada que ahora resulta que fue un traidor en toda regla a sus hermanos de adopción, a los que condujo a la victoria para hacerle el trabajo sucio a los colonialistas a sabiendas de que a éstos jamás se les pasaría por la cabeza respaldar la causa de la independencia árabe. Los hombres necesitan héroes y por eso los crean y destruyen, los exaltan y olvidan según las circunstancias. Santana es hoy una reliquia en Winblendon, ‘Miguelón’ Indurain una sombra olvidada, Legrá un juguete roto. La voracidad del imaginario es proverbial, nuestro metabolismo, implacable.

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El héroe es una necesidad, no un lujo. Los antiguos, desde Hércules a san Jorge, responden a algo que sabe bien la arqueología actual, a saber, que las murallas de las ciudades eran saltadas una media de cuatro veces por siglo. Josué en Jericó fue uno más, a salvo el hecho de que consiguiera mejor prensa, pero no hubo ciudad sin héroe (ni sin dios protector) a partir del neolítico. Un ingeniero con ángel, Luciano de Crescenzo, experto en mitografías, inició uno de sus libros con una pregunta inolvidable: “Si tuvierais que daros un paseo por la jungla, ¿a quién elegiríais como acompañante, a Umberto Eco o a Rambo? Y la respuesta sería unánime: “¡A Rambo!”. Ya sin murallas ni dragones, los héroes se han urbanizado y viven entre nosotros, es decir, en el telediario. El heroísmo es el paso ideal a otra dimensión, a otro mundo del que, como quería Toynbee, el héroe ha de volver como maestro de experiencia, pero en realidad, la materia heroica no es otra cosa que la proyección del hombre corriente sobre el paisano que portentosamente ha superado esa condición. En la periferia de Paris, racimos fracasados de jóvenes inmigrantes se sumergen en la visión lustral de ‘Zizou’ para salir de ella con la ilusión de haber sido redimidos. Y en ese sentido es posible que haya que agradecerle tanto como reprocharle al héroe su involuntaria contribución al consenso, el efecto ‘integrador’ de su ejemplo, su aportación contra el apocalipsis. Los héroes nacen, crecen y mueren. Zidane, por ejemplo, ha nacido coincidiendo con la agonía mitográfica de Lawrence, pero también a él le llegará la hora del olvido cuando el río que nos lleva lo abandone entre la barrena de la desmemoria. Que lo abandonará. ¡Zidane un dios nacional! Como Platini o Lizarazu, más pronto que tarde no será más que otra sombra en el borroso Olimpo de la desmemoria. Leo que en Brasil apenas un diez por ciento de la ‘torcida’ recuerda ya la delantera de Pelé y Garrincha. No veo por qué habría de ser de otra forma en un mundo que apenas conoce de Alejandro los camelos de la digital.

Más ‘café para todos’

La Junta de Chaves se propone ahora corregir su propio texto estatutario para “homologarlo” con el catalán, “techo” del autonomismo reconocido por el Congreso. De nuevo, pues, la vieja oferta de Clavero de “café para todos”, oferta ahora imposible por partir de una concesión como la hecha a Cataluña que no permitirá igualamiento por arriba. Es un cuento eso de que vamos a igualarnos, empezando por el concepto –de sobra sabe el PSOE que “nación” no es lo mismo que “identidad histórica”—y siguiendo por la realidad de los dineros ya comprometidos con aquella región. Ni siquiera es verdad que por este camino España se dirija a un puzzle de diecisiete comunidades. Esto no es más que una cortina de humo para justificar el privilegio de Cataluña que pronto será extendido al País Vasco en perjuicio de los demás. ¡Tanto meterse con la “cláusula Camps” para esto! Copiemos todas y cada una de las exigencias catalanas y entonces se podrá hablar de homologación.

Cuento fantástico

¡Conque no acabaría en pelotazo y negocio del ladrillo el lío de Riotinto! Pues ahí tienen la fábula que propone convertir la Mina en un emporio turístico, esperando que “el gran potencial histórico” del pueblo y el interés del “turismo británico” hagan el milagro de crear otra Marbella entre Bellavista y el Zumajo. ¿Qué ha pasado con las 1.200 hectáreas conseguidas a precio de saldo por un grupo sin rostro, por qué la Junta pagó mucho más que éste por los mismos terrenos, será que alguna institución financiera condiciona algún ‘pelotazo’ en la Costa al ‘sacrificio’ riotinteño, qué papel juegan en este enredo los primeras espadas del PSOE que asesoran y acompañan a estos privilegiados? En Riotinto no sólo se ha venido posponiendo una verdadera solución a base de paños calientes sino que se está fraguando hace tiempo un colosal negocio del que sólo el PSOE lo sabe todo. Este último proyecto no deja de ser el cuento del alfajor que dejaría al pueblo como está pero podría proporcionarle a los embozados una fortuna.

La patria prohibida

Un lector irritado me ha puesto en un correo como chupa de dómine. Por lo visto lo ha sacado de quicio algo que debo de haber dicho en la radio a propósito de la garzonada, pero no tengo mayores dudas, a la vista de sus tremendos cargos e feroces mandobles, de que su inquina es anterior y más profunda. ¡Cómo me pone, Dios mío de mi alma! Pero me ha llamado la atención que, como reproche supremo, como invectiva final y acaso como marca de Caín, el buen hombre de me dedique despectivo, enfatizado por múltiples comillas y en formato cursivo, el dictado de “patriota”. ¡Soy un patriota, qué se le va a hacer, un réprobo, tal vez un descerebrado por la pulsión primaria, una piltrafa enredada en la trama joseantoniana de la gaita y la lira! Toma ya. ¿Se acuerdan de cuando González se dejó retratar en la portada de una conocida revista llenándose la boca con el famoso “Para patriota, yo”?  Pues nada, lo que es bueno para González no lo es para la “gentecilla del común”, en la que gustosamente me incluyo, en cuyas bocas la defensa de la identidad o del proyecto común suena a arenga cuartelera o incluso a sablazo limpio. Hasta me recuerda eso de que “el patriotismo es el último refugio de los canallas”, que el pobre cree original del coronel Dax de “Senderos de gloria” ignorando que es una vieja ocurrencia de Samuel Jonhson. ¡Hay que joderse! Yo no me imagino a un francés, la verdad, usando como arma arrojadiza el sentimiento patriótico en cuyo nombre, como en el de casi todo sentimiento o virtud, tantos crímenes se han perpetrado. Ni a un americano. Una crónica de Pablo Pardo nos contaba antier mismo que seis de cada diez americanos consideran su cultura superior a la ajena y que la mayoría de ese gran pueblo-niño, como dijera Ronald Barthelmy, vida convencida de que el resto del mundo mira embobado hacia sus altas montañas y sus verdes praderas como quien contempla deslumbrado el faro de la libertad. También uno de cada seis hogares yanquis posee, junto a la Biblia y el revólver, una bandera cuidadosamente guardada para las ocasiones. ¡Imagínense, una bandera! Todo Cristo debe de ser fascista en esa Babilonia que, todo hay que decirlo, nos ha librado ya dos veces del fascismo.
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Es una cosa rara, me parece a mí, que en un país, en una nación (aunque sea en una “nación de naciones”) mostrarse amante de la patria pueda resultar oprobioso. Aunque tampoco es raro que las cosas hayan acabado así, teniendo en cuenta el entusiasmo con que la izquierda ha descubierto recientemente la vieja pólvora mojada del “patriotismo constitucional” con que Jürgen Habermas, sobre las huellas de Dolf Sternberger, procuró desactivar los demonios simbólicos cuando, allá a finales de los 80, se reunieron al fin las dos Alemanias. Conviene no olvidar que la apropiación simbólica de la patria por la derecha dura en tiempos pasados ha logrado confundir a mucho tonto, pero hay que decir que lo que aquí está ocurriendo a esta triste respecto poco tiene que ver con los tontos y mucho con los listos que tratan de capitalizar por el revés un sentimiento tan genuino reduciéndolo a mero signo reaccionario. Si el Mundial ha servido para algo ha sido para probar con sus banderas que la fascinación por la patria no es mata que se arranque con facilidad, pero debe quedar claro que el patriotismo puede ser mucho más complejo que el que practica Manolo el del Bombo. Ese sucedáneo que pretende reducir del sentimiento patrio a simple “lealtad constitucional” no tiene por qué ser incompatible con el sentimiento original. Como no lo es lo contrario. A nadie habría que explicarle semejante cosa en Gran Bretaña o en Corea. Pero aquí estamos llegando a un punto idiota en que ya nos escamamos incluso oyendo decir al poeta lo de que la verdadera patria es la infancia. ¡No pueden hacerse idea de cómo me ha puesto ese tío! Yo no se lo he tenido en cuenta, convencido de que lo suyo, después de todo, es muy español.

Genio agradecido

Nadie puede dudar de que el maestro Barenboim sea un genio, ni cuestionar, en consecuencia, que la Junta de Andalucía pague su alta factura para acercarlo a nuestra comunidad y que, en justa correspondencia, él se muestre agradecido a Chaves por su munificencia y mecenazgo. Ahora bien, escucharle decir que no cree que “haya otro gobierno en el mundo con más visión y preocupación por los temas culturales que el de Andalucía”, lo deja a uno patidifuso. Poderoso caballero es don Dinero, ser agradecido es ser bien nacido, de acuerdo, pero Barenboim –que recibe de la Junta seis millones de euros más otros generosos pelotazos (conciertos en Granada y Sevilla, por ejemplo) haría bien en moderar un optimismo que lo lleva derecho al ridículo del adulador. La política cultural andaluza está mucho más cerca del desastre que del éxito, y la operación Barenboim tiene más de propaganda y amiguismo que otra cosa. No se olvide el nivel de nuestra cultura, por dónde andan los indicadores, cuáles son nuestros clamorosos fracasos. Beronboim, en este caso, ha hablado como un ventrílocuo: desde el estómago más que desde la cabeza.