Cadáver exquisito

Pepe Juan Díaz Trillo era hace mucho tiempo un muerto político pero ahora es ya un cadáver exquisito que, por piedad partisana, deberían enterrar aunque fuera lanzándolo al estrellato de un “bojazo”: se le hace alto cargo de la Junta y en paz. Porque dejarlo ahí, indefenso ante un Superalcalde crecido, que lo ha derrotado ya dos veces provocando su fracaso rotundo, es un disparate que tiene un punto de crueldad. Incluso so aquel se contiene en sus repasos y lo trata con relativa benevolencia, que es como se trata al vencido. Escuchar a Pepe Juan, por ejemplo, decir que “el debate sobre el Estado de la Ciudad ha puesto de manifiesto que se acaba el ciclo Pedro Rodríguez”, da pena de todas, todas. Verlo tragar quina en los Plenos, a la sombra muda de doña Parralo, todavía más. Un cadáver no se deja expuesto así como así y menos en este ferragosto político que tenemos en lo alto.

Lo real imaginario

Un fabricante mexicano anda fabricando en Guadalajara una réplica de la cerveza que bebe sin tasa Homer Simpson, el ubicuo patriarca de esa prodigiosa serie televisiva que basa su éxito tal vez en que viene a ser la más feroz crítica de nuestro modelo social sólo que amablemente proyectada en un divertido espejo caricaturesco. Por las noticias que llegan desde allá, al cervecero le han quitado de las manos la producción que ha hecho furor entre un público indefenso ante la sugestión de la tentación televisiva, y se dispone a inundar el mercado con la nueva “Duff” esperanzado en que los consumidores adopten el ritmo insaciable del héroe virtual. No podríamos haber imaginado mejor prueba de la tiranía de la virtualidad ni más cabal “cierre”, como diría Gustavo Bueno, de la vieja monserga ontológica que reproduce siglo tras siglo la discusión sobre los límites de lo real frente a lo imaginario, un debate imposible porque olvida algo elemental que, ciertamente, repugna al absolutismo noológico de los razonantes, a saber, que la realidad incluye siempre una dimensión imaginaria de la misma manera que no hay imaginación posible que no cristalice, en algún grado, entre las cosas reales. Alejandro no cortó nunca el nudo gordiano, por supuesto, Colón no plantó ningún huevo en equilibrio, Luis XIV no pronunció jamás esa chorrada megalómana de “el Estado soy Yo”, ni Azaña dio en ningún momento la consigna de ”¡Tiros a la barriga!”, y sin embargo un vasto cortejo de imitadores, expeditivos y autócratas, ha hecho suya esas máximas inventadas para justificar especularmente sus propios designios. La imagen que propone la tele modela nuestro deseo hasta doblegar toda resistencia, lo mismo si se trata de abrasar a la mariposa adolescente de la autoestima en la llama de una esbeltez imposible, que si se tercia embarcar a la ‘barra’ en el consumo de una nueva cerveza sin más garantía que su relación simbólica con el personaje simpático. La demanda hace mucho que dejó de ser una fuerza libre que merodea caprichosa por el mercado para convertirse en una ecuación exactísima que incluye su propia fórmula.

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Pueden decir lo que quieran los libertarios de la telemanía, pero bien sabemos que el influjo de la imagen virtual sobre la vida concreta hace tiempo que es aplastante. En USA saben bien que una violación televisiva desata sobre la marcha una súbita epidemia de violaciones calcadas en todo el país y no hay que ser un experto para comprender que los efectos de la “introyección”, como decía Edgar Morin, resultan inevitablemente devastadores lo mismo para bien que para mal. Los parroquianos se quitan hoy de las manos la cerveza de Homer Simpon por la misma razón que don Quijote confiaba en el bálsamo de Fierabrás o que unas decenas de señoras encopetadas se suicidaron en sus gabinetes imitando a la Bovary. Entre lo imaginario y lo que realmente está ahí plantado ente nuestros ojos, discurre un fluido imperceptible de sentido, una suerte de “significante” saussuriano, cuya capacidad persuasiva es realmente hipnótica. Vomitamos para encajar nuestro esqueleto en la silueta de la modelo anoréxica, dejamos que nos estiren el pellejo para detener el tiempo, cambiamos de coche seducidos por el éxito ilusorio de un galán de pacotilla: el libre albedrío no ha tenido peor enemigo que la fascinación virtual, ni la realidad, alternativa más invencible que lo imaginario. Hace poco me enteré de que nada menos que el ‘Oxford English Dictionary’ había incluido en su bagaje ese “¡D’ oh!” exclamativo de Homer que es su latiguillo más cautivador. Ya me dirán, pues. Espero de un momento a otro que a algún lince se le ocurra fabricar en masa los pastelillos de malvavisco que amasa la buena de Marge o el chupete proyectable de Maggie. No sabemos ya ni bien ni mal qué queda de esta parte del espejo y qué queda de la otra. Mc Luhan era apenas un membrillo no hace tanto tiempo.

Secreto y voces

Gritos y susurros, especies de todo tipo, sobre lo que está ocurriendo (y lo que ocurrió) en Marbella. Vecinos que se quejan tras haber votado a los mangantes durante tanto tiempo, un presidente de Caja señera que sale diciendo que “no es bueno” que la actuación judicial empeore indirectamente la economía de la zona (igual pretende que, para evitar ese perjuicio, deje las cosas como está), la patronal que sale quejándose también del perjuicio (que bien pudo denunciar hace años, a ver por qué no), el “colorín” televisivo haciendo su agosto y, en fin, el juez Torres prorrogando un mes más el secreto de un sumario que tiene sobre ascuas a medio mundo. Es la catársis inevitable, así perjudique o beneficie a tirios y troyanos, el final previsible de una orgía delictiva que nadie –incluyendo a los actuales fiscales espontáneos—ha querido ver ni a tiros durante varios lustros. Y la nota de humor de Antonio Romero (IU) reclamando que “se devuelva a Marbella lo robado”, ya ven qué ingenuidad si no viniera de quien viene. Un mes más, pues, el negocio del ansiolítico va a ser el remate de esta merienda de negros.

¡Vuelve Barranca!

Uno sabe que hablar de mosquitos en Huelva –sobre todo en verano y en nuestras playas– es “política y cívicamente incorrecto”, casi terrorista en la medida en que nuestra economía reposa en el turismo y éste no tiene mayor enemigo que esos dípteros hematófagos. Pero ¿y achantarse ante la realidad, y callarse ante la evidencia de que en nuestras playas vuelve a haber mosquitos, que de nuevo empieza a ser habitual el espectáculo del disgusto generalizado y la desesperación ante su artero ataque, qué viene a ser eso, a ver? ¡Tiempos aquellos en que Juan Barranca –todavía no defenestrado por la ‘mesa camilla’ en el partido y en la Dipu—logró erradicarlos con su empeño y competencia! Hoy en la Dipu no hay quien los mantenga a raya, como en tiempos de Barranca, a pesar de que la contribución de los Ayuntamientos ha crecido, y muchos ciudadanos echan de menos a aquel exterminador que nos salvó de la pesadilla antes de ser fulminado por el injusto rayo del partidismo y la arbitrariedad.

Hacer puñetas

La sensibilidad democrática –más bien una hipersensibilidad lamentablemente selectiva, diría yo—ha dado en la singular locura de tratar con guante de seda a quienes menos puedan merecerlo. El alcalde de Barcelona, Joan Clos, por ejemplo, ha preferido estos días rogar a los ‘okupas’ que se porten bien y no provoquen alteraciones y disturbios en las próximas fiestas de Gràcia antes que adoptar medidas que eviten lo que la experiencia demuestra que puede producirse una vez más. La democracia se esfuerza en ser exquisita pero la verdad es que no siempre es correspondida por los beneficiados, muy en especial desde que el sesentayochismo inspirador de nuestro sistema de libertades decidió eliminar del Código Penal la clásica figura del desacato como reacción, ciertamente no poco explicable, de una generación que había debido soportar el abuso que de ella había hecho la autoridad de la dictadura. En un coloquio celebrado en Sevilla –y Vaz de Soto puede avalar lo que cuento—me pareció entrever cierta condescendiente incredulidad de el rostro del maestro Adrados cuando conté a la asamblea que, en un juzgado sevillano y respondiendo a la correcta invitación del magistrado a mantener la compostura, un justiciable propuso a su Señoría la alternativa de practicarle un a’felatio’. No ignoro las razones que se dieron y siguen dando para arrebatar a los jueces su elemental derecho al respeto, ni tampoco el extenso movimiento que se registra en muchos países, sobre todo en la región hispanoamericana, para conseguir tal objetivo. Ahora bien, el espectáculo protagonizado por ese despreciable asesino etarra y sus imitadores, al que, un día sí y el siguiente también, estamos asistiendo en la Audiencia Nacional, no permite seguir invocando las finezas democráticas sino que aconsejan a adoptar sin demora medidas que protejan el imprescindible respeto al magistrado sin el que la Justicia resulta inviable. Será todo lo inconveniente que quieran los libertarios, pero que una basura humana como ese Txapote se permita presumir de su desobediencia y acabe calificando al presidente del tribunal de “mono de circo” pone en evidencia que nos precipitamos en su día al despenalizar el desacato, esa figura vieja que los juristas romanos idearon para proteger el honor imperial pero que luego ha sido norma permanente en todas las culturas jurídicas y en todas las épocas. Menos en ésta.
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Que los etarras han desafiado a los tribunales desde hace mucho es tan cierto como que esta crecida de la provocación responde a una estrategia deslegitimadora respaldada por la lenidad del Gobierno y en relación con el proyecto de la futura liberación de la delincuencia terrorista. Y hay que admitir que no le falta alguna razón a quien califica de circo a una Justicia que condena a un criminal a penas que superan el milenio a sabiendas de que entre la limitación del cumplimiento efectivo de las penas y los escandalosos beneficios penitenciarios, el criminal más abyecto y contumaz no ha de permanecer en la cárcel más que una temporada. En nuestra buena fe –eso no lo pongo en duda—nos hemos creído capaces de superar Justicias tan acreditadas como la británica, la italiana, la francesa o la norteamericana,  en las que, para determinados supuestos clamorosamente irreparables, se mantiene el cumplimiento íntegro de las penas sin límite alguno: mil años son mil años y no siete ni quince. La lenidad extrema de nuestro garantismo ha hecho de esos pringaos y chulos de barra unos héroes imaginarios a los que, si Dios no lo remedia, hemos de ver, más pronto que tarde, plantados bajo el roble sagrado recibiendo el homenaje el tío de txistu y los espatadanzaris. ¡Si es que es verdad que hemos hecho un circo de la Justicia! Seguro que Txapote intuye oscuramente que su chuleo se corta en algún punto con el buenísimo del propio Gobierno. Si supiera que tiene por delante lo se me merece y no un paripé, otro gallo le cantaba a él en la gallera de ese circo.

IU y el fiel de la balanza

Al incombustible e imaginativo provocador de IU, Antonio Romero, se le han ocurrido muchos trucos y retrucos en su dilatada vida profesional como político, pero tal vez ninguno tan rebuscado y equilibrista como el que está interpretando ente el “caso Chaves”, un caso que a él le parece, eso sí, que “tiene mala pinta”, pero ante el que su formación se la coge con papel de fumar por la que pudiera venírsele encima. Es curioso, desde luego, tanto tacto y tanta mandanga mientras el PSOE acusa sin ambages a su coalición en Córdoba de compadreo con la “Operación Malaya” y no se recata en señalar con el dedo a la propia alcaldesa incluso deslizando, como quien no quiere la cosa, que ‘Sandokán’ le prestaría su avión privado para sus periplos. Y extraordinario ver a este pirotécnico experimentado desactivar la urgencia del “caso” con el socorrido expediente de unos informes jurídicos que son imprescindibles pero que en el “caso Chaves” los podría hacer un aprendiz con la ley de Incompatibilidades en la mano. IU pretende soplar y sober, el caldo y las tajadas. No sería raro que los hechos la dejen a la intemperie de la más dudosa evidencia.