‘Punta Umbría Conection’

Dijimos aquí (antes de nuestra ausencia) que era raro el silencio del PP sobre el evidente escándalo que supone el descubrimiento de la concesión a bajo precio y a los “amigos políticos”, por parte del anterior Ayuntamiento (PSOE) de las valiosas parcelas de Punta Umbría. Ahora que se va sabiendo lo que se va sabiendo de ese enredo resulta infantil el intento por parte del partido de liquidar el escándalo con un ridículo desdén, mientras el propio Arenas equipara ya, salvadas las distancias, el lío puntumbrieño al marbellí. Igual es mucho interpretar, pero demasiados indicios apuntan a que la era Barrero está en pleno ocaso y no sería extraño (ya se oye hablar incluso de resentidas “gargantas profundas” dentro del propio partido) que este asunto de al traste con su hasta ahora infalible ‘baraka’. Que lo de Punta ha sido un apaño en toda regla no admite dudas hasta el punto de que ni siquiera va a permitirle a los sorprendidos –dicho sea en el sentido español, no en el italiano– escaparse por la tangente.

El enigma histórico

Ahora resulta que la NASA ha extraviado la película del primer alunizaje así como los datos telemétricos enviados a la Tierra por Armstrong y Aldring en aquel julio de 1969. No aparece esa prueba crucial, o eso es lo que dice en un periódico australiano, el ‘Morning Herald’, el responsable de la “oreja gigante”de Parkes –un observatorio colaborador con una antena del tamaño de una pista de tenis–, en confirmación de la vieja sospecha de fraude que pesa sobre la odisea del espacio. La misma mañana del evento me previno mi portero madrileño ante la falacia de los americanos, una tesis en la que, años después, insiste mi cuñada como si en ella le fuera la vida, pero lo que no sabía uno es que el seis por ciento de los yanquis y millones de personas en todo el planeta Tierra no tragaron ya entonces con la realidad de aquel primer paseo espacial que quien más quien menos siguió en la tele con el alma encogida. Claro que esta revelación –absurda, probablemente, teniendo en cuenta el silencio de los vigilantes soviéticos—no es, en fin de cuentas, más que otro ejercicio de desmitificación de esos a que nuestra era se está aficionando con pasión tan inquietante. La duquesa de Medina Sidonia sostiene muy seria cualquier oportunidad que Colón no descubrió América, una opinión, ya digo, cuya extravagancia tampoco es tan grave si se considera que uno de cada seis americanos vive persuadido de que Elvis Presley no murió en su día sino que sobrevive escondido en algún remoto paraje de Alaska. Una leyenda argentina insiste todavía hoy en que Hitler no se voló el maldito cerebro en su búnker sino que, en realidad, escaparía rompiendo el cerco aliado (¿con la ayuda del Vaticano, tal vez?) para vivir oculto en alguna hacienda pampera con aquella Evita Brown que, si vive, estará hecha una pasita, la pobre. Son cosas de la imaginación, de la “loca de la casa”, como decía la doctora Teresa, entre cuyas últimas fijaciones estarían las teorías conspiratorias que atribuyen la tragedia del 11-S a los judíos o a los propios yanquis, o la hipótesis, ya comentada aquí el otro día, de que los restos de san Marcos venerados en Venecia son, en realidad, los de Alejandro Magno. Al personal no le gusta la Historia pero se pirra por la leyenda. Este mono sabio va degenerando a marchas forzadas en un quimerista más aficionado a las sospechosas bayas esotéricas que a los brotes ciertos de la certeza probada.

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Lo curioso, al menos para mí, es que una crédula legión capaz de arremolinarse ante el buhonero que pregona las virtudes del ‘agua imantada’ o el mérito de la compresa que elimina la celulitis, se muestre, en cambio, tan crítica con los hallazgos del saber o las proezas de la ciencia, que resulte más fácil aceptar la supervivencia de Elvis que la llegada a la Luna. Pero hay algo, qué duda cabe, en ese complot de la ignorancia, que tiene que ver con la propia inepcia de la razón, o mejor dicho, con el inexplicado fracaso de la mente que fundamenta esa predilección por lo maravilloso sobre la misma evidencia. Hay quien ha hecho de esta inclinación humana un negocio, como la presunta y falsa princesa Tatiana que trajo loco a medio mundo, incluido el clan de los Romanov, pero más allá de la anécdota, sería temerario no ver en ello un riesgo cierto para el conocimiento y una amenaza a la imprescindible estabilidad de la experiencia. Habrá que esperar a que los lerdos de la NASA den con la cinta perdida y hallen esos datos traspapelados sabe Dios en qué gaveta de qué físico loco. No porque ello demuestre nada nuevo, sino por el fuero mismo de la realidad que exige para mantenerse vivo que no se juegue con las certezas. Ya, ya, por supuesto que es más divertido lo de Alejandro que lo de san Marcos y más rentable imaginar conspiraciones que atenerse a los hechos. Ni siquiera desdeño la posibilidad de que sea la propia NASA la que lanza estas especies para reavivar el cotarro. Mi problema ahora, sin embargo, es convencer de ello a mi cuñada.

El animal mítico

Un médico trevisano aficionado a los enigmas y, seguramente, deslumbrado por el éxito de Dan Brown, publica en la prensa regional bajo el pseudónimo de Marcuzio Isauro, una atrevida hipótesis sobre “La Tempestad” de Giorgone, esa joya de la Academia veneciana que, ciertamente, no necesita cábalas para fascinarnos ni cuentos para justificar su inmensa valía. No me sé con detalles la teoría del galeno, pero en resumidas cuentas viene a proponernos –ya ven que en línea directa con el falsario del “Código Da Vinci”—que la famosa escena de la gitana que amamanta al niño, el soldado o pastor que la mira paciente y el rayo espectacular que desgarra sin contemplaciones la arcádica escena no es lo que se ve (como hace mucho propuso con fina ironía un especialista) sino toda una alegoría de la traída y llevada paternidad de Cristo y su coyunda con Magdalena, que sería la gitana dados su breve indumentaria, el colorido de su pelo y cierta torre que a su espalda aparece. ¿No ven que la mujer representada por Giorgone se toca la rodilla derecha con la mano del brazo que sostiene al niño? Pues a ver que puede significar ese gesto sino una enigmática alusión a la “dextrum genu” y de ahí, sin anestesia ni solución de continuidad, a la mismísima “giusta nobile stirpe” que esta tropa anda empeñada en endosarle al Cristo histórico. El resto pueden imaginarlo. ¿No será que Leonardo en persona (¡Gran Maestre del apócrifo Priorato de Sión, nada menos!) inició al pobre Giorgone –un chavalillo para entonces—en su sospechosa (¿) visita a Venecia? ¿No hay que estar ciego para no percatarse de que la camisa y las calzas de esa figura masculina llevan los colores templarios como queriendo proclamar y esconder a un tiempo el gran negocio simbólico? De ahí al cura de Rennes le Chateau, el famoso abate Saunière, no hay más que un paso ciego y, naturalmente, nuestro mago lo da sin pensárselo con sólo recordar que el diablo que este pájaro hizo esculpir en su iglesia también se toca la rodilla en cuestión, aunque sea con la mano izquierda, vaya por Dios. ¡Éxito a la vista, posiblemente! No es cosa de perder ocasión de enloquecer aún más a este mundo majareta y menos si puede uno sacarle al cuento una pasta gansa.

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Lo malo, lo desesperante de estas falacias son justamente su insustancialidad, porque es difícil refutar lo vano. Este doctor Isaura, mismamente, es probable que no haya leído hace muchos años al maestro André Chastel asegurar que no hay año sin una nueva propuesta de interpretación de la famosa obra, y al basar su alegato en la localización en Treviso del lugar pintado parece que ignora que antes que él otros más sabios, sin duda, dieron sus buenas razones postulando que el paisaje elegido por Giorgone lo mismo pudo ser Bérgamo que Verona, Brescia que Vicenza sin descartar a la propia Padua. Hace muchos años que se viene trajinando con esta tela sublime en la que los rayos infrarrojos, las radiografías simples o los barridos de la reflectología han logrado descubrir imágenes ocultas bajo la escena definitiva, lo que probaría que el pintor, lejos de tener una composición temática en la cabeza, fue barajando como mejor supo –¡y cómo supo!—hasta plasmar la maravilla que no es menester que ningún logrero venda a revendernos con el estraperlo del esoterismo. Estamos haciendo un mundo extraño en el que se elimina la religión para hacer sitio al fanatismo o en el que se cierra el libro de la historia justo para dar carta blanca a unos fabuleros y cantamañanas que se ponen las botas en este mercado bobo. Me he dado otra vuelta por el museo para contemplar una vez más la mirada aplaciente de la gitana y el misterio del rayo que no cesa entre el azul alto de ese cielo por localizar, y me ha parecido ver en esos ojos una ironía nueva y algo melancólica, como si la dueña de esos ojos se hubiera enterado de las audacias del ‘dottore’ y previera ya la riada de iluminados mentecatos escudriñando afanosamente su figura.

El eterno femenino

El mismo día en que el papa Ratzinger declaraba a la prensa su propósito de abrir sitio a la mujer en la Iglesia concediéndole un “espacio apropiado” aunque no, por supuesto, el derecho al sacerdocio, un crimen horrendo ha sido descubierto en Sarezzo, por tierras de Brescia, donde la policía ha descubierto el cuerpo degollado de una joven veinteañera sacrificada por los machos del clan, reo de haber cometido un “crimen de honor”: el de ennoviarse con un carpinterito y aceptar, de paso, trabajo en una pizzería en lugar de volver a Pakistán para cumplir el compromiso paterno de casarla con un primo desconocido. La degollada había sido sepultada en el propio patio de la casa paterna enfundada en sus libertarios ‘vaqueros’ pero envuelta en el sudario blanco de la ley musulmana y, cómo no, con la cabeza orientada a La Meca como mandan los cánones, dando así cumplimiento a la sentencia inapelable dictada por el cenáculo masculino. Y como era de esperar, hay en todo el país reacciones para todos los gustos, desde las xenófobas que aprovechan el trago para argumentar que cualquier convivencia con los “diferentes” resulta imposible en la práctica, hasta la de los mismos imanes islámicos que, al menos en algunos casos, han declarado imprescindible que se acepte la fórmula de la integración social del inmigrante como única salida a ese conflicto de civilizaciones que algunos se empeñan en mostrarnos por el revés. Hasta el presidente de la comunidad pakistaní ha salido a los medios para acabar de arreglarlo asegurando que sólo en Suecia se habrían producido últimamente, sin salir de la misma comunidad, al menos cuatro casos como el de la muchacha de Sarezzo, y que en Inglaterra ese tipo de hechos están a la orden del día. Se habla ya incluso de “integración obligatoria” pero en Padua se preguntan a ambos lados del Muro recién levantado por las autoridades en torno al gueto inmigrante cómo coños se pone en pie un proyecto semejante. Lo que está claro es que no parece negociable la paz social con colectivos en cuyas culturas se incluyen atavismos como la norma que faculta a los machos de la familia a sacrificar a la hembra díscola que osa romper la tradición y a los muslines a sostener que la unión con un infiel degrada sin remedio a la hembra. No sé de qué se quejan, en fin de cuentas, las diáconas rebeldes de Ratzinger. A ellas, al menos de momento, no se las puede degollar.

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Podemos darle las vueltas que se quieran pero no conseguiremos probar que la conciliación entre una comunidad patriarcal rigurosa y un entorno laico es posible. No lo es. Muchas familias españolas fuerzan a sus hijas –que también gastan ‘jeans’ y muestran encantadas el ombligo a espaldas de los suyos—a casarse en Marruecos con novios comprometidos por los machos. Y lo que es peor, las llevan allá para sufrir la ablación ritual, una práctica generalizada que constituye hoy por hoy uno de los máximos oprobios de la civilización occidental que los consiente o disimula en su propio territorio. Por lo demás, hasta nuestras mujeres emancipadas, incluidas las militantes, guardan discretos silencios en torno a estas evidencias incompatibles con las pueriles utopías oficiales de la alianza civilizatoria. Se rebelan por un comentario sobre el escote de una diputada pero extreman el tacto a la hora de afrontar situaciones límite que demuestran una sumisión radical de la mujer que no excluye siquiera la degollina en caso de rebeldía. Con derecho a ser amortajada tradicionalmente y a su orientación ritual hacia La Meca, desde luego, pero no a ser reconocida –como es norma característica del despreciado Occidente—como igual entre los iguales. Antier en Sarezzo, a las puertas de la pizzería donde trabajaba la víctima, sus compatriotas le rendían un duelo desconcertado. Por si les sirve de consuelo, digamos que no es menor el desconcierto de nuestros altos dirigentes.

Las tres culturas

Coincidiendo con la crecida antisemita provocada aquí y en todas partes por la locura del Líbano, llueven las alertas este verano en la católica Italia (en los dos sentidos del término) a propósito de la creciente presión migratoria. En un solo día, Roma se estremece con el asesinato de un pakistaní a manos de un compatriota suyo, vendedor ambulante, que lo mató salvajemente “porque no era un buen musulmán”: cubo de agua hirviendo, golpes de maza y, finalmente, un tajo seco en el cuello acabaron con la vida del tibio creyente, lo que ha despertado sobre la marcha la lógica algarabía, aumentada de tono cuando desde Padua llegaba la noticia de que un grupo de magrebíes había convertido el cementerio en improvisada ducha para aliviarse de los rigores de la canícula. El propio Bossi ha aprovechado la coyuntura para alertar sobre la ola de bárbaros que se avecina y el diputado Calderoli para lanzar una encendida proclama con la consigna de que las fuerzas vivas de este país jamás lo entregarán al islamismo, propósito que empieza a ser creíble a la vista del muro de ochenta y cuatro metros de largo por tres de altura con que la autoridad ha cercado precisamente en Padua el conflictivo gueto de los inmigratas –aquí se sigue diciendo ‘extracomunitarios’ para extremar la corrección política– conocido irónicamente, en la ciudad del Giotto, de Petrarca y de Galileo, como “la Serenísima”. Que no tragan, eso es lo que hay, que ya no es cosa reservada a los chulos de la Liga del Norte y sus socios fascistas, sino que la xenofobia se abre paso a grandes zancadas en todos los paisajes ideológicos, cada loco con su tema y cada cual con su argumento. El Muro de Padua, como el de Ceuta, expresan mejor que todos los discursos la doblez de un mundo que predica la solidaridad pero que no está en absoluto dispuesto a pagar por ella su tal vez prohibitivo precio.
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Todas las migraciones masivas de la Historia se han resuelto en mestizajes o, cuando menos, en aculturaciones eficaces. Los conversos españoles hubieron de adaptarse al clima al menos por fuera como los hugonotes franceses o los católicos británicos debieron hacerlo bajo los católicos o los puritanos respectivamente. Los EEUU o Argentina son modelos admirables de asimilación mutua y colectiva, como lo es, quiéralo o no, la propia España cañí desde tiempo inmemorial. Lo que no ha funcionado nunca ha sido el gueto voluntario, al auto-appartheid, eso que ahora se llama ‘milticulturalismo’ y de lo que no tenemos mejor ejemplo, por ahora, que la ‘banlieu’ parisina, modelo a su vez de las de tantas otras ciudades. En Soria y otras capitales del interior hispano funcionan hace tiempo bares exclusivos para colectivos étnicos (¿no se dice así?) que, como muchos entre nuestros romaníes, se mantienen refractarios a una asimilación cultural en la que ven más pérdidas que ganancias, quizá porque, en el fondo, esa fusión es más fácil de pergeñar en un despacho que de fraguar en la calle. Es un mito eso de “las tres culturas” que habrían convivido pacíficamente en Al Andalus por más que el politiqueo de todos los colores lo reclame con la boca pequeña y que Barenboim concierte trompas y clarinetes en La Maestranza. El muro que están levantando en Padua, como el que hace tiempo ya se yergue hirsuto en Ceuta, repito, desmienten ese prurito ‘buenista’ que propone una sociedad-puzzle en la que cada segmento cultural (lo de racial sería lo de menos, en última instancia) seguiría su camino al lado de un vecino intratable que profesa justamente las creencias antípodas. Hay un ‘surpluss’ de sustancia mítica en el postmodernismo que cuando menos se lo espere se ha de dar contra un muro como el que acaban de levantar las autoridades de Padua para aislar a los “otros”.

Los nuevos ricos

Desde hace un tiempo no se cae de titulares la noticia de los robos de arte en la nueva Rusia. Empezó la cosa por el descubrimiento en un “inventario de rutina” de que en el inmenso museo del Hermitage de San Petersburgo (o sea, de Leningrado) –mil salas, tres millones mal contados de piezas artísticas, varios miles de empleados y dos millones de visitantes—una red de cacos, que tal vez viniera actuando desde hace treinta años, habría aliviado el fondo museístico de cientos de objetos valorados, cuando menos, en cien millones de dólares. Un icono clásico ha aparecido en un cubo de la basura, un valiosísimo cáliz sería recuperado en poder de sus captores y el responsable de la institución ha avisado ya de que, si bien cientos de objetos robados puede que se rescaten todavía, una cantidad similar no podrá serlo nunca por haber fallecido los autores del robo y con ellos cualquier posibilidad de pistas fiables. Los turistas que viajan estos días a Moscú pueden contemplar el fabuloso fondo incautado por Lenin a los “burgueses importadores” de “arte sedicioso” en un palacete próximo al Museo Puchkin y hasta se habla ya de la posibilidad de reunir en una sola colección las doscientas obras  (Rubens, Watteau, Poussin entre otros) dispersadas en los años 20 por los soviéticos en lejanos museos de provincias para preservar la moral revolucionaria. No es oro todo lo que reluce, sin embargo, en este momento artístico ruso si añadimos al saqueo de El Hermitage el robo de dos mil documentos y dibujos pertenecientes al Archivo Estatal de Literatura y Arte que acaba de descubrir la diligente policía del nuevo régimen, y menos aún si nos enteramos de que el propio Putin ha sido timado por un tal Dimitri Kutenkov, marchante especializado en “retocar” trabajos de medio pelo artístico para venderlos a los nuevos ricos como auténticas obras maestras. Y eso será todo lo inconveniente que quieran, peor no me digan que no tiene su mérito metérsela doblada a un ex capo del KGB y sacarle un millón de euros por una castaña.
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Como escribo nómada no podría dar detalles, pero me ronda la cabeza la ocurrencia de Hauser de que no hay arte sin mercado ni mercado sin arte, teoría que no me esperaba yo, desde luego, que fuéramos a ver confirmada precisamente sobre las ruinas del experimento comunista. No hay duda, en todo caso, de la capacidad de reificación del arte, es decir, de su propiedad de convertir en ‘cosa’ la ‘obra’ hasta desplazar a un segundo plano no poco alejado su genuina condición de ‘bien cultural’. Que un palurdo ponga un Miró en su cuarto de baño no debería extrañarnos ni poco ni mucho sabiendo que uno de los ocho capos del planeta cuelga en su salón o vaya usted a saber dónde un petardo valorado en un millón de euros, porque lo que ello revela es sencillamente que el arte funciona en el mercado como cualquier otra mercancía, es decir, sometido a una oferta y una demanda no siempre transparentes sino más bien todo lo contrario. No sé qué decirles, pero creo que, al fin y al cabo, uno preferiría los delirios ideológicos de la Revolución, con el majareta de Maiakowski enredando por medio, antes que el estólido espectáculo de esta nueva burguesía mafiosa que, en efecto, corrompe y se deja corromper por el arte hasta el punto de agenciárselo en el mercado negro ¡empezando por el Presidente! Aquí en Venecia no tengo más remedio que acordarme de la guasa que Brodski –un ruso nada comunista– dispensó al arte moderno y a Peggy Guggenheim en particular, por el papel que representaban en la comedia burguesa con Max Ernst y Ezra Pound encabezando la comitiva de encantadores de serpientes. Déjenme que les diga, sin salirnos de este terreno, por supuesto, que entre un Lenin que expropiaba el arte, un Stalin que lo desterraba y un Putin que se deja tangar por el marchante, la verdad es que no sabe uno a qué carta quedarse.