Escalada del insulto

Bajuno el recurso de utilizar los “cupones” para insultar a al alcalde de Moguer, aunque no es la primera miseria ni será la última. Hace poco fueron las organización juvenil del PSOE (JJSS) las que lanzaron un despreciable panfleto tratando de involucrar al alcalde de la capital en un sucio montaje a propósito de llamadas a teléfonos eróticos. SE ha perdido sin remedio el sentido de la dignidad. ¿Pero, hombre, si UGT colgó en la sede del propio Ayuntamiento una foto del alcalde simulando un bando de búsqueda y captura del Far West! Veremos quién sigue en la lista, pero es previsible que, en esta situación degradada e inmoral, ese cuponazo le puede tocar al más pintado, porque levantar una calumnia o lanzar una injuria –sobre todo en este llamativo régimen de impunidad en que vivimos—está más que tirado. No recuerdo insultos de esa laya los viejos tiempos, cuando el PSOE estaba en otras manos. Ahora están a la orden del día.

Manos arriba

Un grupo de matemáticos pertenecientes a ese congreso de Madrid que ha intentado en vano homenajear al ruso Grigory Perelman, ha caído en un espectacular fraude del tipo conocido como “policía full”, es decir, que han sido desvalijados en plena calle por un grupo de bandidos que se hacían pasar por policías para tener acceso a sus carteras. El procedimiento va siendo ya tan habitual que la última vez que estuve en Praga me encontré una bienvenida del hotel que incluía unas normas precisas en las que se avisaba sobre el riesgo de ser abordados en plana calle por falsos policías y, sobre todo, se recomendaba con vehemencia no acceder jamás a la invitación de acompañarlos a comisaría en vehículos de su propiedad, aviso que en una ciudad abarrotada de turistas me hizo pensar que malamente debería ir la cosa. Lo mismo me ha venido contando alguien desde San Petersburgo no hace mucho tiempo tras ser desvalijado por este rudo procedimiento que está pidiendo a gritos que se adopten medidas de urgencia contra esta crecida imparable del fraude que acecha ya lo mismo en Internet que al aire libre (es un decir) y nos alcanza igual por teléfono que en el cajero automático. La ‘Federal Trade Commission’ se ha especializado en USA en perseguir los llamados “robos de identidad” perpetrados por los métodos más diversos, desde la captación ratera de nuestros datos en el tacho de la basura hasta el rapto completo de nuestra personalidad jurídica para convertirla en lucrativa mercancía. Pocos profes ignoran hoy, por ejemplo, que una legión de alumnos consigue sus deberes debidamente formalizados en una Red en la que, inexplicablemente, permanecen abiertas páginas que ofrecen, incluso gratuitamente, este servicio fraudulento de la misma manera que una lluvia de ‘spots’ nos ofrece cada mañana, en el correo electrónico, falsificaciones de grandes marcas o medicamentos reservados. Nos copian electrónicamente la tarjeta o utilizan nuestros datos secretos para pagar sus facturas telefónicas que, en caso de ser resarcidos por las compañías, éstas cargarán a prorrata en la factura colectiva. Hemos pasado sin advertirlo de la trampa picaresca a la ingeniería del fraude. El “tocomocho” y el “nazareno” resultan hoy casi entrañables en la medida en que no eran más que la remota prehistoria de la estafa institucionalizada.

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Me asegura quien lo sabe, por otra parte, que un control drástico del uso de los instrumentos privados de crédito constituiría un riesgo de imprevisible alcance en el actual sistema de relaciones económicas, basado en buena medida en esa ubicuidad del negocio que posibilitan los nuevos soportes. La alcancía electrónica de nuestros hijos, el monedero inmaterial en que transportamos nuestro crédito o el trapicheo informático de nuestros bancos, son prerrequisitos sin los cuales el consumo padecería eventualmente tan drástica reducción que no resulta difícil imaginar la debacle. Y ello quiere decir ni más ni menos que nos hemos instalado en una cultura del fraude que, según se dice, avanza y se sofistica a medida que vamos descubriendo antídotos para unos trucos depredatorios que practican sin miramientos las propias instituciones lo mismo que los chorizos. El progreso en la comunicación ha sido tan súbito y rotundo que no nos ha dejado tiempo ni para echarnos la mano a la cartera en previsión de esos asaltos a cara descubierta o disfrazados en el hábito que, por fin, comienzan a contar entre los grandes números de la contabilidad cotidiana. Un poco tarde, sospecho, acaso cuando ya el peligro no es tanto la acechanza del malhechor como nuestra resignación ante el atraco. Lo que han hecho esos malandrines, en definitiva, es una broma si se compara con el saqueo de guante blanco que practica la banca en nuestras cuentas corrientes. Dicen que Perelman no sólo ha rechazado el millón de dólares sino que no tiene ni cartilla de ahorros. Seguro que sus estafados colegas lo entienden ahora mejor.

Raya en el agua

Con motivo de la acusación, al parecer sin base alguna, lanzada contra Teófila Martínez por un edil del EL Puerto de Santa María, exigiéndole responsabilidad por una licencia urbanística concedida cuando ella no pertenecía ya el Ayuntamiento, se está oyendo hablar de algo en lo que la ciudadanía venía rondando ya hace mucho tiempo: de la responsabilidad económica de los gestores públicos que causen daños económicos al común. ¿Debe pagar un alcalde o un concejal de urbanismo lo que el Ayuntamiento perdió por su grandísima culpa una vez declarada tal por los tribunales? Esta feliz novedad ha caído como un tiro en una opinión que nunca comprendió esta impunidad que asiste a quienes –con beneficio propio o sin él—dañan la economía pública. Y como una bomba en los despachos políticos –no sólo en Marbella, sino en El Puerto, en Punta Umbría, en Estepona, en El Algarrobico y en cien lugares más—y en las covachuelas de partido. Ver a un responsable pagando el daño causado de su peculio sería una raya en el agua, ciertamente, pero también un paso decidido (que no me creo ni loco) en la buena dirección.

El mal ejemplo

Dijimos aquí que el embrollo en torno al párroco de Gibraleón habría de ser una patata caliente para el nuevo obispo onubense y cierto que lo ha de ser. No será posible mantenerse al margen de una escandalera semejante durante todo el tiempo sin provocar críticas justificadas desde sectores sensibles de la propia comunidad eclesial, pero sobre todo no parece razonable cerrar los ojos ante una situación como la que se está poniendo patas arriba en Gibraleón, con ese párroco/empresario/telepredicador que tantos aspectos oscuros parece que presenta a la vista de todos. Un tema malo, sin duda, para un obispo recién desembarcado, pero que no podrá obviar ese asunto que cuenta con tantos detractores como clientes, además del apoyo político del partido en el poder. En este punto es menester poner al famoso don Diego en su sitio, aclarando lo que haya que aclarar y respetando su proyecto hasta donde sea compatible con la convivencia primero y con su religión después. Un mal trago de entrada para el nuevo obispo, sin duda, pero un trago imprescindible que ojalá trasiegue bien.

El bikini y el burka

Era sólo cuestión de tiempo que la realidad demostrara el hecho elemental de que las civilizaciones no dialogan entre sí. Las civilizaciones se diferencian, se combaten, se influyen hasta penetrarse con el tiempo y una caña, pero no hay un solo caso en la crónica humana que muestre a dos modelos de civilización dialogando apaciblemente a la sombra de un roble sagrado. El diálogo entre el mundo occidental/cristiano y el oriental/islámico, para empezar –imagínense qué ingenuidad–, no parece que progrese mucho a pesar de tan altos padrinazgos como lo protegen. Es natural. ¿Cómo puede dialogarse entre quienes poseen ideas de sociedad radicalmente diferentes, entre quienes confunden, sin ir más lejos, a la religión con el derecho, entre aquellos que creen vivir en una sociedad protegida por derechos universales y quienes pretenden regirse exclusivamente por el rigor de sus creencias religiosas? Un mundo que ha logrado extirpar la barbarie de la pena de muerte lo tiene crudo para entenderse con otro que la mantiene en vigor y la ejecuta por lapidación cuando no esmerándose en providencias destinadas a hacer sufrir lo más posible al reo. Y sobre todo, no parece probable ese entendimiento entre una civilización que avanza irreversiblemente hacia la aceptación de la igualdad entre todos sus miembros y otro que comienza por discriminar a la mitad sexual excluida tradicionalmente del poder. Entre esos bloques podrá tal vez proponerse un progreso político limitado –el social (la coca-cola, los ‘jeans’) lo impone la moda por su cuenta y riesgo– pero no un acercamiento de valores que cuaje en la coincidencia axiológica. La secularización que ha modernizado fatalmente al planeta desarrollado, a pesar de tantas severas resistencias, no es ni concebible en el que continúa instalado en el atraso tradicional. Es poco verosímil un diálogo fructífero entre una cámara parlamentaria y un consejo de imanes. La propia experiencia se está encargando de demostrarlo.

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Estos días se viene repitiendo en los medios la noticia de que el grupo de alto nivel creado por ese insigne fracasado que es Kofi Anan maneja ya conclusiones básicas sobre las que plantear el futuro diálogo en torno a cuatro temas o ámbitos bien definidos frente a otro declarado tabú. Aquellos son la libertad religiosa (¿), la educación islámica (¿¿), el papel de los medios y el concepto de civilización, y ni que decir tiene que el asunto cerrado a cal y canto es el debate sobre la igualdad entre hembras y machos. Ese tema se va a dejar para más adelante y tratará de resolverse “en un contexto más global” para no enfadar a los discriminadores, tratando de evitar a toda costa que éstos perciban la propuesta civilizadora como un trágala de los degenerados de Occidente, a ver si puede ser que esa aproximación entre los sexos se vaya consiguiendo pian pianito, o como dicen los expertos, “de un modo acompasado”. ¡Que no, que no tragan, eso es todo! Un diplomata tan nombrado como Máximo Cajal se ha erigido en cómico campeón de esta estrategia gradualista con una frase que pasará a las crónicas –“Entre el bikini y el burka hay términos medios”—que seguro que ha caído bien en esa comisión integrada por clérigos eminentes y cónsules sin nada mejor que hacer. No habrá, pues, “igualdad de género”, de momento, aunque existen buenas razones para confiar en que más pronto o más tarde deje de ser nefanda la exhibición del tobillo o el simple descubrimiento de la boca femeninos. Que no será lo que nos cuente el altavoz, seguramente, al menos mientras dure la consigna de levantar los corazones en el vano gesto voluntarista que no ha logrado pasar ni la fase preparatoria. ¡Un término medio entre el bikini y el burka! A mí me parece que pocas veces se ha tratado con tan inocente desdén y, lo que quizá sea peor, con tan buena intención, a la mujer sometida.

Chuparse el dedo

El diputado de IU, Antonio Romero, frasista consagrado, ha pedido al presidente Chaves que le exija al Gobierno, ahí es nada, la atribución a nuestra comunidad autónoma del 18 por ciento de la inversión de acuerdo con nuestro peso poblacional en el conjunto español y no del PIB, como propone/impone Cataluña, lo que haría que Andalucía perdiera cuatro puntos porcentuales de esa inversión en los próximos Presupuestos Generales del Estado. ¡Va listo, el veterano y camaleónico bronquista! Eso no será posible por la sencilla razón de que ambos Estatutos, el catalán y el andaluz, están hechos de manera (y en ello tiene grave responsabilidad IU) que Cataluña logre esa ventaja en detrimento de autonomías como la nuestra. Se puede perorar en torno al tema, pero no hay más cera que la que arde en esta materia, y Romero lo sabe como el que más por haber estado tan cerca de Chaves mientras se perpetraba ese quizá irremediable desatino. Nos darán lo que quieran darnos, al tiempo. Y Chaves, faltaría más, hará en ese guión el papel de comparsa en que se ha especializado.