Nuevo caciquismo

Romanones recorría su feudo cambiándole a los electores por tres pesetas las dos que su hermano y rival político les había dado ya. Susana Díaz no hace eso, sino que libra, a escasos días de las elecciones, la pasta del subsidio agrario (el mal llamado PER), incrementando considerablemente la primera anualidad. Luego se quejarán de que por ahí se hable del “voto cautivo” y se vea el “régimen” andaluz como una réplica de aquellos añejos sistemas que se hacían con el apoyo electoral pagando con dinero público o privado. El caciquismo no muere, sólo se transforma, y los caciques sobrevenidos lo saben tan bien o mejor que los de antaño.

Un parque móvil

Casi al tiempo que el voto de calidad del presidente del CGPJ y del TC, Carlos Lesmes, decidía autorizar la publicación de las listas de defraudadores en el BOE, el noticiero gráfico nos descubría en Barcelona la escudería acumulada por el hijo de Pujol, un parque móvil valorado, de momento, en un millón y medio, euro arriba o euro abajo. ¿Para qué quiere un tío una escudería semejante? Ésa no es, sin embargo, la pregunta del millón sino la que plantea de qué nido ha salido esa fortuna y, sobre todo, porqué andamos todavía en los prolegómenos de los debates de la investigación en lugar de tener ya hace meses en la cárcel a una familia, la de los Pujol, que ha saqueado al erario público hasta el punto de pasar de la clase media más bien tiesa a una oligarquía que puede permitirse el lujo de coleccionar supercoches y esconder con celo el mapa del tesoro en el que figura una equis señalando la isla del paraíso fiscal donde se entierra el cofre. Insisto, ¿por qué no están los Pujol ya siquiera con un pie en el trullo, una vez comprobado que ni el patriarca es capaz de justificar ese dineral que no ha podido salir de su sueldo ni a tiros? ¿Y por qué los hijos –uno entrillado por su negocio con las ITV y otro que deja chico a Houdini en la piscina fiscal—siguen por la calle, tan tranquilos, vigilados por los paparazzi? Dicen que la Justicia es ciega y yo lo creo a pies juntilla.

Lo de Barcelona no es peor que lo de Valencia o que lo de Andalucía, por supuesto, pero al menos en estos dos casos ya hay personajes y personajillos que han pasado por la trena mientras sobre otros se cierne nada menos que el fin deshonroso de su carrera política, y hasta un guardia civil le echa mano al cogote a Rato como si fuera un camellito cualquiera para encajarlo en coche policial. En Barcelona, no, tal vez porque allí a la alta delincuencia la protege la bruma del tacto político que aconseja pillársela con papel de fumar antes de acercarse a los grandes mangantes y sus fautores. Un tío que junta en plena crisis una escudería de excepción no tiene defensa si no puede –como no puede el “hereu” del ex–Honorable—explicar el origen de tanto rumbo. ¿Veremos alguna vez entre rejas, no a los octogenarios patriarcas, que esos ya se fueron de rositas, pero, al menos, a sus aventajados retoños? No nos hemos dado cuenta quizá, pero de ello depende, entre otras cosas, que podamos seguir considerándonos una democracia.

Los mandados

Están que trinan los funcionarios tras el intento de la Presidenta en funciones de desviar hacia ellos la responsabilidad por el tremendo lío de la adjudicación de la mina de Aznalcóllar a un “grupo de amigotes” –alcalde del pueblo dixit—y su cortejo de firmas falsificadas y presiones de los que mandan a los mandados. Y lo están especialmente, porque saben que pasarán las elecciones antes de que se aclare la responsabilidad directa de Díaz y, una vez más, quedará la imagen de que fueron ellos, los “manguitos”, quienes perpetraron el desmán. El “caso Susana” ha llegado demasiado tarde quizá para poner las cosas en su sitio, pero aún les queda a ellos la baza de contarle al juez ce por be cómo ocurrieron las cosas. ¿No hay sindicatos de funcionarios? Pues ¿entonces…?

Filosofía del desastre

Nos informa Oliveira Martins en su “Historia de Portugal” que el célebre terremoto de Lisboa duró cinco años (1755-1760). “El Señor arrasó la ciudad con todos sus moradores y sus arrabales… y destruyó las calles y las casas, los templos, los monumentos, las instituciones, los hombres y hasta sus ideas”, dice apocalíptico, justo cuando Voltaire, hasta entonces engatusado por la teodicea de Leibnitz que veía en el nuestro al “mejor de los mundos posibles”, se distanció horrorizado para escribir su patético poema sobre aquel desastre y volver a la perplejidad para concluir que el problema del Mal físico carece de respuesta intelectual. Lean esa maravilla que es el “Cándido” para calibrar la hondura de esa desilusión filosófica que ningún intento posterior ha logrado superar. Miramos hoy al Nepal destruido sobre el que las réplicas siguen aumentando la destrucción y los muertos, y de nuevo nos asalta la evidencia del absurdo, enemiga de cualquier cataplasma providencialista. ¿Dónde está Dios?, se pregunta un monje tibetano, confundido por la dimensión inconmensurable de la catástrofe, supongo que para responderse con amargura las mismas respuestas de Voltaire –“eterna reunión de inútiles dolores”—y mandar luego a por uvas al doctor Pangloss. No hay respuesta moral a esa cuestión, ya digo, hasta el punto de que Juan Antonio Estrada tituló su obra clave “La imposible teodicea”.

Tiembla la tierra y todo intento de justificar la existencia del Mal se derrumba como un castillo de arena aunque los pueblos se levanten luego de nuevo y sigan confiados su camino renovadas sus esperanzas y olvidados los rigores. Y hasta puede que el desastre enriquezca a los más avisados, tal como el de Lisboa montó en burra al marqués de Pombal: “Sobre las ruinas de la ciudad maldita se levantó la Jerusalem del utilitarismo burgués, sobre las migajas de Síbaris, la efímera Salento de Pombal”, lamenta Oliveira. Y nosotros miramos a Nepal, contemplamos el infierno sobrevenido en el que un pueblo ve incrementada su inmensa miseria con la fatalidad del cataclismo y arden los cadáveres en las piras improvisadas cuyo humo parece simbolizar la inutilidad de la esperanza. El “mejor de los mundos posibles” deja mucho que desear, sin duda, y no siempre a causa de la maldad humana, como sostiene ese idealismo contemporáneo que explica el Mal como el precio de la Libertad. Es un enigma el mundo para la mirada del filósofo. No hay silogismo posible que dé cuenta del daño.

Los pobres funcionarios

Afectada ya sin excusa posible en los manejos turbios de las adjudicaciones, la presidenta en funciones no ha dudado un segundo en encontrar al buco: la culpa no es suya ni de su consejero sino de los funcionarios, ¡los sufridos funcionarios!, que han visado el proceso de adjudicación de la mina de Aznalcóllar a una “empresa de amigotes” del Poder –lo dice el alcalde del pueblo—conectada con un grupo mexicano que vaya usted a saber. Una vez más se culpa al trabajador público de lo que cualquiera en sus cabales comprende con facilidad que sólo puede perpetrarse desde los altos niveles. Los partidos “emergentes” que exigen altas dimisiones como condición para apoyar la investidura tendrán desde ahora que ampliar su lista incluyendo a la propia Díaz.

Un viejo instinto

Quienes despotrican contra los sondeos parecen ignorar que la fantasía de la adivinación es connatural al hombre de todos los tiempos. Griegos, etruscos o romanos, como tantos otros, creyeron posible ver el futuro anticipadamente como creyeron en las profecías a pies juntilla a pesar de los innumerables fallos que siempre acompañaron a la adivinación. Nuestros antepasados frecuentaron el oráculo que era, ni más ni menos que la consulta directa al dios por medio de la pytia, pero también creyeron que el futuro podía deducirse observando el hígado de la víctimas (extispicina, aruspicina, hepatoscopia), leyendo las rayas de la mano (quiromancia) observando el vuelo y los gritos de los pájaros (augurios), fiándose de los dados (cleromancia) o escrutando las imágenes en el espejo (cataptromancia o licanomancia). César no salía de casa sino con el pie derecho y después de haber conocer el humor de los augures, pero eso no debe extrañarnos puesto que sabemos que más o menos lo mismo practicaron desde Hitler a Perón sin olvidar a Nancy Reagan, creyentes todos ellos en la facultad adivinatoria de ese pobre medium que, por no conocer, no conoce ni su presente.

Y ahora los sondeos, las encuestas, que ya no son supersticiones stricto sensu sino conjetura científica, hijuela estadística con no poca sustancia psicoanálitica, que ha logrado montar una floreciente industria del presagio, unas veces acertada y otras desconcertante, como acabamos de comprobar los españoles o los británicos en sendos decisivos comicios. Los detractores de la sociología se deben a su propia ignorancia en medida aproximada a aquella con que sus defensores cifran en fórmulas paramatemáticas la razón de su trabajo. Y ni unos no otros. Cameron ha dado la sorpresa como podía haber dado la confirmación porque, debajo del universo de la prospectiva está la realidad de la verdad de la vida, gran triaca en la que se entremezclan la verdad con la mentira y el cálculo con la ocurrencia. El futuro es un arcano difícil de descifrar porque pocas cosas hay tan sutiles como la opinión pública y porque los hombres mienten cuando no proyectan sus deseos. Nada más arduo e inacceso quizá que el secreto ideológico. La Ciencia tiene su límite infranqueable en la ambigüedad humana.