Cumplir la ley

Había que cumplir la Ley y se ha cumplido. Ha hecho bien esa madre mal aconsejada al obedecer a la Justicia, aunque para ello haya sido necesario que ésta señalara a su defensa letrada y al Instituto Andaluz de la Mujer. Es legítimo que Fuenteovejuna se plante frente a un poder absoluto, pero no que lo intente en una democracia cuya indispensable piedra angular es el imperio de la Ley. Esa madre no podía seguir en rebeldía ni un pueblo –y menos una institución del Estado— mantener su actitud cómplice porque, aunque crea en su derecho, nadie puede tomarse la justicia por su mano. Bien vendría una reflexión general sobre este disparate: por parte de los padres enfrentados, de los ideólogos insensatos, de la emotiva ciudadanía y de los propios medios de comunicación.

Blanco y negro

Por un minucioso informe de E. Freire aparecido antier en este diario contemplamos la cara oscura de nuestra realidad: a diez años de la crisis Andalucía continúa con su enorme tasa de paro pero produce menos; crece la economía regional pero por debajo de la media nacional; el desempleo joven es creciente y clamoroso; y el aumento de la población activa compromete aún más la situación. En contraste con estas penurias, ahí tienen al Parlamento tratando a cuerpo de rey al diputado: estupendo salario (para la mayoría, desconocido antes) más dietas hasta en periodos inhábiles y deseable régimen fiscal, aparte de seguros de vida o accidente realmente privilegiados y equipos informáticos prohibitivos para disfrute de sus Señorías. Son las dos caras de una autonomía que tiene la suya muy dura.

Dudosa gestión

Todo indica que en la Junta sobra política y falta gestión. Hay dineros devueltos por no haber sido aplicados, hay un permanente conflicto en una Función Pública duplicada, hay… Y hay también casos concretos que claman al cielo mientras no sean aclarados. Dos ejemplos: el del “ascensor mortal” del SAS, denunciado repetidamente y repetidamente ignorado por los gestores; y el de los hornos de la carbonería que presuntamente provocó el incendio en el entorno de Doñana mientras actuaba, por lo que dice la investigación, muy lejos de un auténtico control. No es que la Junta actual haya heredado una joya, eso no, pero es cierto que, en exceso entretenida por sus cuitas políticas partidistas, la Junta del “susanato” deja escandalosos agujeros por cerrar. Que cuestan caro a nuestro patrimonio y hasta cuestan vidas.

El genio amable

En su piso madrileño de la calle Marqués de Cubas, don Francisco Ayala ha rehecho su territorio perdido. Nos recibe atento –amable en su estricta formalidad— en aquel salón alumbrado por sus amplias ventanas, nos muestra su espléndida biblioteca deteniéndose, como quien ofrece una lección práctica, ante sus autores preferidos. Viejas ediciones alemanas de Karl Mannheim, de Simmel, de Carl Schmitt, de Hans Freyer, de Constant, traducidas por él en el exilio, junto a sus versiones de Rilke –“traduttore tradittore”, admitía él con una sonrisa–, primeras ediciones de nuestros poetas del 27 y alabanzas a la poesía de Juan Ramón, de Miguel Hernández y de Romero Murube. Este hombre ha vivido un laborioso exilio tras una guerra civil que cerró las puertas a su brillante carrera de jurista y sociólogo, ha enseñado en Buenos Aires, en Puerto Rico, en Princeton, en Chicago o en Nueva York, ha escrito manuales imprescindibles, relatos y novelas, ensayos de ciencia social y política, acaso acuciado por cierta obsesión por la ambigua naturaleza del Poder, por el fantasma del conflicto y la guerra, sereno siempre sin embargo.

El viejo maestro está curado de espantos. ¿No admira a Cortázar a pesar de sus escarceos profranquistas, ni respeta a Carpentier, ese “patético” (sic) conservador, “como Azorín” –nos dice—, esperanzado ante la posibilidad de la mejora social, girando siempre en el tornillo sin fin del “eterno retorno”? Él se alineó con Azaña desde su “liberalismo básico” hasta comprobar su falta de energía, su incapacidad para evitar una guerra quizá evitable (me guardo la rotundidad con que me expresó ese convencimiento), pero ahora en su madurez anda convencido de que no les falta razón a quienes postulan el “fin de las ideologías” –hablamos en la época de Daniel Bell y de Fernández de la Mora–, porque “han dejado de funcionar en la práctica” y porque aquellas ideologías han quedado reducidas a “teorizaciones primarias que vienen a cubrir un vacío ideológico, un pragmatismo de la acción”: la dialéctica derecha-izquierda ha perdido sentido.

A Ayala le aguarda la recta final, los reconocimientos tardíos –la Real Academia, el Premio Cervantes, el Príncipe de Asturias…– que él vivirá sin reducir el ritmo, como si todavía “La cabeza del cordero” o “Muertes de perro”, “El fondo del vaso” o “El jardín de las delicias”, sus trabajos científicos y su pasión literaria le impusieran su alcabala. Un final feliz, ¡menos mal!, tras tanto tumbo vital, tanto esfuerzo y tanta desilusión. Cuando don Francisco murió contaba el siglo largo. Y era el mismo genio amable y azacán que fue toda su vida. Creo que su grave obra literaria está por descubrir de verdad a pesar de tanto homenaje tardío.

¿Quién manda aquí?

No estará de más, ni mucho menos, que la Justicia agilice sus trámites de para aclarar de una vez el escándalo provocado por la triste telenovela de esa madre en semi-rebeldía a la que apoya un intenso movimiento emocional. De otro modo, estaremos ante la evidencia de que hemos llegado a un punto en que basta presionar a la Justicia desde la tópica social para ganar el pleito. El protagonismo del “caso Juana” avisa sobre el peligro que supone resignar la Ley ante la emoción y, más aún, lograr que el clima de la calle penetre en el Juzgado hasta el punto de quedar en evidencia el compromiso en que la presión de la calle sitúa a los juzgadores. La Justicia debe ser ciega y sorda para no ver las lágrimas ni escuchar a la opinión espontánea.

¿Tenemos miedo?

Hace bien la autoridad en desmarcarse del voluntarismo optimista del “no tenemos miedo” y estudiar sin demora medidas de seguridad para prevenir en lo posible la calamidad terrorista. Está bien, por supuesto, el discurso de la “normalidad”, eso de que, tras la catástrofe, lo que procede no es desconcertarse sino seguir adelante como si nada hubiera ocurrido, pero es más prudente plantear con rigor los riesgos que aparentar ignorarlos. “Más allá de los bolardos”, dice con razón el alcalde de Sevilla, y sin darle tres cuartos al pregonero sobre las medidas adoptadas, como aconseja el delegado del Gobierno. El peligro terrorista es real y no una mera hipótesis, lo cual exige reforzar la seguridad pública sin pérdida de tiempo. Mejor prevenir que curar. Con alardes de valor no se va a ninguna parte.