Un lío de estado

El “caso Chaves” se está convirtiendo, acaso potenciado por la mordaza que se ha autoimpuesto la Junta y su partido, en un verdadero lío de Estado. Un lío al que, a la vista está, que sus protagonistas no saben cómo meterle mano, un enredo probablemente sin salida digna que irá probablemente a peor si Chaves se empeña en hacer como que con su augusta persona no van los tiros y que a ella no alcanzan las graves salpicaduras de este barro fatal. Son demasiados hermanos, demasiadas evidencias, demasiados Ayuntamientos y Diputaciones propios, pero sobre todo, demasiado desahogo por parte de una consejería de Turismo que si no explica en el Parlamento (y parece improbable que pudiera lograrlo) por qué los hermanos Chaves se reparten (legalmente, eso no se cuestiona ni importa políticamente) con semejante prodigalidad el presupuesto autonómico, no hará sino dejar sentado lo que ya es un convencimiento público. Chaves va a salir tocado en su bien cuidada imagen de este escándalo que no se explica cómo no previeron con tiempos sus pretorianos y asesores.

Segundas partes

El martes habrá reunión de la Mesa de la Ría –la mitad parece que opone de antemano al propio debate—para decidir si se apoya o se deja de apoyar la presunta candidatura del arquitecto Vázquez Hierro a la alcaldía. Vale, pero ¿no había decidido ya la asamblea de la cosa que de política, nada, y que lo suyo era el combate cívico y todo lo más? Parece, además, que Vázquez estaría dispuesto seguir adelante con los faroles le plazca o no al pleno de la Mesa, lo que da una idea de la envergadura real de su ambición y sugiere, de paso, lo provisional, impostada o ambas cosas que era la actitud ecologista y tal mantenida por él hasta ahora. Ya veremos, ya veremos. Entre otras cosas y sobre todo quién paga las facturas cuando comiencen a llegar, clave suprema para desvelar quién está realmente detrás de ese personaje que quiere cambiar el morrión de la protesta por la vara de mando. ¿Qué tendrá el Ayuntamiento de Huelva que trae de cabeza a tanto aspirante, incluso a estos camicaces?

Cambiar el mundo

Quizá el fracaso de la utopía se debe, en muy buena medida, a la índole individualista de los modelos y soluciones propuestos, a que la idea de que el mundo necesitaba un cambio urgente ha solido venir acompañada de una receta personal. Mi generación ha despilfarrado enormes cantidades de energía tratando de reproducir “realmente” la ideología entrevista por un  genio como Marx, preocupada por restaurar sus nervios se acuerdo con el catecismo freudiano o, ya mucho más tarde, fumándose divertida la pipa de kif que le ofrecía Marcase o tratado de digerir a duras penas el suculento codillo frankfurtiano. La experiencia ha demostrado de manera contundente, sin embargo, que –a salvo quizá el mítico supuesto del cristianismo histórico– no hay cambio social de cierto calado originado en la ocurrencia de un solo sujeto sino mutaciones impuestas por las tendencias masivas de la población. Existieron los “humanistas”, quién lo duda, pero ya desde un par de siglos antes de apuntar el Renacimiento, un inquieto espíritu nuevo sacudía las entrañas del mundo medieval reclamando cambios no sólo en la “superestructura”, como hubiéramos dicho allá por los 60, sino en la misma “base” socioeconómica que condicionaba si es que no determinaba la realidad que se pretendía modificar. El viernes nos explicó en nuestras “Charlas” de Punta Umbría Vicente Verdú, con su fenomenal capacidad de persuasión, que estamos inmersos en un oscuro cambio de sistema del que la vida sobre el planeta no tiene por qué salir perjudicada sin o todo lo contrario, pues él entrevé en la interacción galopante que permiten las nuevas tecnologías un cambio de sujeto histórico al que torpemente nos estamos resistiendo desde la inercia de la razón. Habremos de entender la potencialidad didáctica de la tele o el videojuego o hemos de aceptar la monarquía incontestada del consumidor aunque aún nos cueste mudar de postura. No cambia la vida porque lo dictamine la minerva que la prestigia sino porque lo imponga en la práctica la masa que la constituye. Vicente hace de liebre en esta carrera por la supervivencia y la verdad es que no es fácil contemplar en esta cancha escapadas como la suya.
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En USA parece que van por el mismo camino, a juzgar por el llamamiento,  no poco dramático, lanzado por Stephen Hawking y Al Gore, y al que han respondido sin pensárselo, enviando sus propuestas reformistas, miles de ciudadanos anónimos, que tal vez pudieran estar iniciando un nuevo camino histórico sin percatarse siquiera. Claro que esa iniciativa lo que demuestra, en primer término, es el fracaso del sistema de gestión política, o si se prefiere, la falla de una ilusión democrática que parece empeñada en demostrar día tras día su incapacidad para satisfacer las aspiraciones profundas de los ciudadanos. Porque no sé si esos próceres se habrán dado cuenta, pero de prosperar su ensayo de democracia virtual, y emplazarse convenientemente el nuevo sujeto histórico, hasta hora no poco abanto, tanto al actual proceso de formación de la voluntad colectiva como al hecho práctico del poder tal como lo padecemos, no los iba a reconocer ni la madre que los parió. Verdú habla hace tiempo del “personismo” como “primera revolución cultural” del siglo XXI. Ver abatirse súbitamente sobre la realidad social y política ese meteoro de imprevisibles consecuencias, cero yo que confirma, en buena medida, esa teoría que, en el fondo, es ni más ni menos que la propuesta frontal de un nuevo y revolucionario humanismo, ni clásico ni romántico, sino actual, pragmático, hijo, en definitiva, de la propia evolución. Nos ha contado este observador de excepción que en USA ya se ha probado alguna experiencia de “democracia continua”, es decir, de sistema electivo abierto y permanente en el que los ciudadanos con voto se transforman en personas con poder. No hay que hacerse ilusiones prematuras, desde luego, pero sería insensato dudar de que vivimos apenas en equilibrio entre dos eras.

Antología Chavesiana

“El único problema de mis familiares es serlo del Presidente de la Junta”, Manuel Chaves, presidente de la Junta. “Todo se ha hecho perfectamente jurídica, administrativa y políticamente”, Leonardo Chaves González, director general de Infraestructuras Deportivas. “El presidente debe cuidar que sus familiares se puedan ver beneficiados de algún modo por la Administración”, Javier Arenas, presidente del PP. “El ‘caso Chaves’ podría acabar repitiendo la historia del ‘caso Juan Guerra’”,  Pedro Jiménez, coordinador provincial de IU en Huelva. “En el ‘caso Chaves’ hay una ‘cadena de favores’”, Ernesto Abel Herrera, secretario general del PA en Huelva. “El ‘caso Chaves’ utiliza a la familia del Presidente para confundir”, Francisco Garrido, diputado “verde” en la lista del PSOE. “Una cosa es que Chaves nombre director general a uno de sus hermano y otra que otro de ellos reciba las subvenciones de esa dirección”, Alexis Vidal-Quadras, eurodiputado.

El precio justo

Hace Cinco años cinco, el Ayuntamiento regido por el PSOE en Punta Umbría, siempre bajo la larga mano de Barrero, concedió generosamente a una empresa de Alfredo González –un evidente “amigo político”—una disputada parcela en el paraíso perdido de Los Enebrales, fijando el precio de 2’8 millones de euros. Un regalo, pues tras la reacción del Ayuntamiento del PP y sentencias favorables por medio, el nuevo concurso se ha encontrado, al abrir las plicas, con la sorpresa de que el mismo comprador ofrece más casi tres millones de euros más de lo que le cobró el PSOE. Y un dato curioso: la elocuente oferta figura a nombre de una empresa de González que lleva el bonito título de ‘Lyncis’, es decir, el mismo nombre de otra que es propiedad del actual candidato del PSOE  a la alcaldía, Gonzalo Rodríguez Nevado. “Si non è vero è ben trovato”, diría un suspicaz. Uno no dice nada porque los hechos hablan por sí solos.

El aprendiz de brujo

 

Con tanto hablar del sesenta aniversario del bikini han pasado más bien desapercibido los aniversarios, ciertamente deplorables, de algunas de las grandes catástrofes que ha padecido esta forma de organización productiva que conocemos como sociedad industrial. Hace ahora, en efecto, treinta años que se produjo en la ciudad italiana de Seveso, uno de los mayores siniestros conocidos en la historia de la industria, un temible accidente que asoló varias poblaciones bajo la célebre nube tóxica que, desplazándose a 18 kilómetros por hora, acabó asolando un área que incluía, además del propio Seveso, las poblaciones de Meda, Cesano Maderno y Desio. También se cumplen ahora veinte años de la catástrofe de Chernóbil, la centra nuclear ucraniana, cuyas víctimas de segunda generación se debaten aún en condiciones extremas, y otros veinte de la menos publicitada ruina que supuso el incendio de la fábrica de Sandoz en la ciudad suiza de Bâle, un accidente que causó la más grave polución registrada jamás en el cauce del Rhin y que dio lugar a una dura “directiva” sobre identificación de riesgos industriales más o menos similar a la que en el año 82 respondió, preventiva aunque tardíamente, a lo ocurrido en Seveso. Mucho menos ha trascendido al gran público la tragedia rumana de Baia Mare que en el año 2000 contaminó el Danubio en términos que, al menos entonces, se estimaron irreversibles aunque, por fortuna, tan sombrío anuncio no se llegara a cumplirse. Ha habido otros muchos accidentes, en especial químicos, en el ámbito de la Unión Europea, a consecuencia de los cuales viene desarrollándose un enconado pulso entre la autoridad comunitaria y la gran industria que ve en las imprescindibles limitaciones y controles una intervención costosa y un gasto inasumible, en especial después de entrar en vigor la reglamentación que trata de controlar las sustancias químicas empleadas en los procesos industriales, una directiva conocida como “Reach” que ha aportado nuevas esperanzas a una sociedad que se siente más amenazada a medida que conoce mejor su situación real. Ni una palabra se ha dicho sobre aquel aniversario apocalíptico, insisto, a pesar de lo mucho que se viene escribiendo sobre el ingeniero Réard, el atolón de Bikini y la cruzada mágica que, iniciada por la Bardot a mediados de los 50, culminaron con éxito en la década siguiente cuerpos como Bo Derek o Rachel Welch.

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La pugna en torno a “Reach” alcanzó su cota máxima cuando se supo que no tenemos ni idea de los efectos que pueden estar produciendo sobre la salud y el medio ambiente la práctica totalidad de las 100.000 sustancias químicas que se mueven legalmente en el mercado, pero a las que no pocos investigadores endosan la responsabilidad en el aumento disparado de la estadística médica sobre el cáncer y la leucemia. Un elemental realismo ha hecho que esa autoridad limite su proyecto de control de manera que “Reach” habrá de limitarse –y sólo a partir del 2007—a registrar los datos referidos a unas 30.000 de esas sustancias sospechosas, siempre que sus niveles de producción o importación superen la tonelada anual. A cambio parece que se decide, al fin, dejar en manos de las empresas la carga de la prueba de la seguridad de sus productos en lugar de atribuir a la Administración la obligación de demostrar su nocividad. Hemos construido entre todos un paraíso, inimaginable hace sólo unos decenios, pero en el que bajo cada árbol del bien y del mal, en cada piedra preciosa, junto a cada idílico regajo, acecha dormida la sierpe de la amenaza. Es natural que nadie quiera recordar en él lo que ocurrió en Seveso hace treinta años o en Chernóbil hace veinte, cuando aún no sabíamos que una fábrica de perfumes podía ser un polvorín o que el bollicao del niño era un veneno lento. Dentro de otros veinte años, si nos afligen nuevas cuitas, siempre nos quedará refugiarnos en el aniversario del ‘top less’.