La madre del cordero

Lo de Punta Umbría –no seré yo quien hable de “saqueo”, por el momento, desde luego—tendrá muchas claves, pero hay una clara como el agua: que ese “amigo político” adjudicatario de la parcela al que le quedan quince días para abonar los 14 millones de euros (el PSOE se la había adjudicado antes en sólo 2’8 millones, no se olviden) se verá presumiblemente libre de ese mal trago si cumplimenta, como ha anunciado, una petición de aplazamiento que la actual mayoría PSOE/trásfugas le concederá sin la menor duda. Luego no quieren que se hable, que se diga y que se despelleje, pero la verdad es que no se cortan un pelo para hacer estas operaciones que, circunstancialmente susceptibles o no de pruebas, constituyen un auténtico desafío al sentido común. ‘Qui prodest?’, preguntaban los juristas romanos, a quién beneficia el tema: y ahí apuntaban su maquinaria jurídica. En Punta está más claro que el agua a quien beneficia este meganegocio del urbanismo jamás conocido en estas latitudes. Cada cual que saque, libre y honradamente, su conclusión.

El oro de Moscú

Es a las guerras a las que convendría aplicarles eso del “efecto mariposa”, ya saben, la influencia distal que un hecho es capaz de producir, según una lógica tan fatalista como indescifrable, en el otro lado del planeta. La del 14-18 que cantaba Brassens, es decir, la llamada Primera Guerra Mundial, enriqueció a las burguesías españolas que supieron aprovechar la neutralidad del país para ampliar negocios que no podían ni soñar pocos años antes. La de Vietnam condicionó, según los especialistas, el desarrollo del capitalismo americano durante una década al menos y, en buena medida, también el de la propia Europa y ya sabemos lo que algunos díscolos como el maestro Ernst Mandel pensaban del alcance de la llamada “crisis del petróleo” en la paz y en la guerra de medio planeta y parte del otro medio. Estos días ha anunciado el impronunciable Vsnehseconombank, el banco estatal ruso que se ocupa de la deuda externa, la liquidación de la vieja deuda contraída por los soviéticos con el exigente “Club de París” que agrupa a los grandes países acreedores, una deuda que ascendía, según parece, a casi 24.000 millones de dólares y a la que estaba a punto de aplicársele, en plan Shylock, un prohibitivo interés del siete por ciento anual. ¿La causa? Pues el alto precio del petróleo, la odisea del barril de ‘brent’ que amenaza con descrestar todas las previsiones pero que, de momento, no cabe duda de que está permitiendo hacer su ferragosto a más de uno, entre ellos a la nueva clase rusa. ¿Y el motivo de esta subida? Pues el motivo de esta subida es, obviamente, el nuevo estallido de Oriente Medio, un conflicto cuya motivación económica –todo lo subsidiaria que se quiera—han logrado disimular admirablemente quienes lo han provocado y lo manejan. Crudo lo tienen los detractores del viejo marxismo a la hora de desmontar la evidencia de la motivación económica de la guerra, y fácil los beneficiarios para simular una aflicción que cuesta aceptar a la vista de los resultados. Montesquieu sostuvo que la guerra contribuye a la felicidad de los pueblos a través de la discreta distribución del botín. De los pueblos, no sé, pero de quienes los gobiernan como cortijos, no me cabe la menor duda.

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Como es natural ese enriquecimiento colectivo no se corresponde en absoluto con el declive palpable de la situación socioeconómica de los pueblos desgajados de la antigua URSS. Dense una vuelta por San Petersburgo o por Kiev, viajen por el interior del país, observen la vida del propio Moscú y podrán comprobar enseguida que el nivel de vida ha caído en picado y la vieja economía de subsistencia se abre paso como puede mientras sus magnates se enriquecen hasta el punto de permitirse operaciones como ésta del colosal pago adelantado de la enorme deuda externa que, como es natural, calculan los expertos que producirá, a través del ahorro, un notable beneficio. A algún krenlinólogo le he leído esta temporada que la “nueva clase” putiniana se ha marcado como objetivo conseguir estabilizar un nuevo país de nivel medio, que base su potencia en su propia enormidad, pero que acepte vivir en régimen de dependencia, como decían los sociólogos antiguos, es decir, trampeando a base de limitar el consumo e importar tecnología. El paraíso capitalista se ha desecho de la deuda soviética, es verdad, pero todo indica que, salvo para la oligarquía (y por supuesto, para las mafias, en la medida en que sean cosas distintas), no va a ser de entrada libre ni mucho menos. Los agentes de Putin han anunciado con explicable ufanía que Rusia no es ya deudora sino que, ofreciendo créditos estratégicos, está dispuesta a integrarse en adelante entre los países acreedores. Hagan ustedes dos revoluciones, una al derecho y otra al revés, para conseguir que el sector más espabilado se quede con el manso. El KGB no debía de ser tan mala escuela. Si les quedaba alguna duda ahí tienen este último éxito de Putin.

Transfulandia

Sin salir de la provincia de Huelva ni del último quinquenio, la lista de Ayuntamientos onubenses que han sido arrebatados a otros partidos por el PSOE a base de camelarse al tránsfuga es ya bastante más que escandalosa, miserable. Se empezó en Aracena ensayando el paso en bloque de IU al PSOE, experimento sofisticado luego en Gibraleón al repetir el truco pero pasando en bloque los tránsfugas del propio PSOE y la del PP por el grupo mixto, se perpetró en Villarasa, se ha ensayado con éxito en Niebla y sin éxito en Palos de la Frontera, se consumó en Trigueros o Jabugo, y ahora– al calor del mayor escándalo urbanístico de los últimos tiempos– se consuma en Punta Umbría. ¿Un pacto contra el transfugismo firmado hace poco en el Congreso, decían ustedes, bajo la presidencia del ministro Sevilla? Bueno, respecto a pactos, pelillos a la mar. De lo que se trata es de desnaturalizar los resultados de las elecciones comprando a traidores a sus partidos y a los votantes. Huelva es hoy un ejemplo nefando de estas prácticas. El PSOE su responsable máximo.

Gato por liebre

Despreciable la boga de la traición política, el mísero apoyo de algunos partidos a esos que venden lo que no es suyo, con tal de ganar políticamente. Y en Punta Umbría, además, económicamente, porque es evidente la relación entre la puñalada del tránsfuga que arrebata el control municipal al Gobierno salido de las urnas con el brete en que se encuentran los “amigos políticos” del PSOE, a los que se le exige devolver miles de millones con carácter inmediato. Era evidente que alguien tendría que echar toda la carne en el asador y la ha echado con éxito. Una vergüenza que viene a aumentar el antidemocrático círculo vicioso de concejales comprados y partidos compradores en el que se encuentra encerrada la democracia formal. El PP de Punta ha jugado demasiado fuerte. Quizá no ha valorado lo que puede dar de sí un rentoy milmillonario respecto del cual todo precio ha de resultar barato. Es una vergüenza lo que está ocurriendo en el mercado de escaños onubense. Miles de vecinos ven sus votos empujar hacia el lado contrario mientras, estimulados por el principal partido, se forran un puñado de esquiroles.

Clinton el casto

El expresidente Clinton anda cumpliendo estos días los sesenta años y reconoce acusar el golpe pero encajarlo con deportividad. Tanto es así que en la XVI Conferencia Mundial sobre el SIDA, celebrada en Toronto, los delegatas se han levantado unánimes para entonar el “Happy Birthday”, como está mandado, y reconfortarle de tan duro golpe. “Me había acostumbrado a ser el más joven de todos, pero me desperté una mañana y descubrí que era el más viejo”, imaginen qué dolor, como diría Lola Flores. Ha sido muy notable la intervención del exmandatario y su señora en esa reunión clave para millones de personas en el mundo, en la que se ha insistido en las famosas y escalofriantes cifras que ya conocemos: cuarenta millones de infectados (la mitad de ellos en África), cinco mil muertos al año y ocho mil nuevos infectados diarios a causa de al enfermedad, cinco millones de contagios y tres millones de muertes en un solo trimestre más el resto que ustedes conocen, seguramente, de sobra. Nuevos datos han surgido como inútiles fantasmas de la canora reunión de Toronto: la epidemia crece a razón de cuatro millones de víctimas anuales y una de cada siete defunciones en el mundo están relacionadas con la enfermedad. Y otros, que parecen viejos, reafirman la incapacidad real del mundo rico para meterse a fondo en ese berenjenal, soltar la mosca sin cicaterías y poner en su sitio a los príncipes de la farmaindustria. Fíjense: de los casi 15.000 millones de dólares que se estiman imprescindibles apenas se dispone de 9.000, y la cosa puede ser peor pues para el 2007 se calcula que la factura superará los 18.000 millones. Una viñeta aparecida en la prensa francesa decía hace poco que para romper ese cuello de botella sería preciso que trincaran el síndrome fatal un buen puñado de cardenales, barandas y magnates. Y desde luego, parece obvio que la frialdad con que se contempla la tragedia a este lado del Paraíso tiene mucho que ver, en efecto, con la conciencia de ajenidad. También el SIDA es una enfermedad de clase, al menos atendiendo a los grandes números.

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Si hace poco el Vaticano se dejaba caer con la extravagancia de autorizar el uso del condón al cónyuge que tuviera constancia expresa del contagio de su pareja, ahora ha sido el propio Clinton quien, tras proponer tres medidas/remedio –el uso de microbicidas, la circuncisión masiva y los tratamientos preventivos de los grupos de riesgo–, se ha mostrado abiertamente partidario –las elecciones al Senado están encima y su señora aspira a un escaño—de la abstinencia sexual como mejor y más expeditiva solución al apocalíptico problema. ¡El hombre del Despacho Oval, el malabarista del puro y la becaria, quien fue capaz de interrumpir el chalaneo con Netanyahu en plena crisis de Oriente Medio para darse un revolcón, recomendando castidad con acento wojtiliano! Un diputado de El Olivo, Ermete Realacci, ha aprovechado para hacer el chiste fácil de decir que, por más esfuerzos que hace, no consigue ver al mandatario americano “como profeta de la abstinencia”, pero a mí lo que hubiera gustado es verle la cara a Hillary mientras escuchaba a su marido parir semejante discurso. Desde la altura de la edad se aprecian con claridad superior las ventajas de la virtud, qué duda cabe, y hasta se comprende que uno esté más dispuesto a sostener tonterías sabiendo que a continuación la panda congresual se pondrá en pie para cantarle a coro el “Happy Birthday”. Hay que decir, en cualquier caso, que la apelación a la abstinencia es la mejor demostración de fracaso que cabe en boca de quienes tienen en su mano atacar el mal en su raíz y por el lado razonable. Ocho mil personas se habrán infectado, de hecho, entre el momento en que escribo estas líneas y aquel en que usted pueda leerlas impresas. Se comprende el radicalismo del viejo Clinton. Los riesgos, de todas formas, no son los mismos en el infierno africano que en el Despacho Oval.

Estupenda inocencia

Cuando leo, un día sí y también el siguiente, las protestas de los empresarios imputados en Marbella, reclamando rigor con la presunción de inocencia y todo lo demás, no puedo dejar de rebelarme en el sentido de que algo tendrán ellos que ver también con aquellos desmanes, como piezas imprescindibles de un montaje entre dos partes, la prevaricación de una de las cuales, no implica la inocencia de la otra. Salir ahora con que esos linces del negocio ignoraban si una licencia se ajustaba a la Ley o no, decir que un promotor de gran altura no sabe si el terreno sobre el que construye es edificable o no lo es, es algo que no cuela ni en esta Babia corrupta en la que demasiada gente “comprende en el fondo” la lógica de la corrupción. Nadie debe discutir el derecho que asiste a los imputados, pero tampoco es cosa de se nos tome por idiotas proponiéndonos la idea de que la culpa era exclusiva del gilismo y su descendencia, mientras que los beneficiarios del apaño eran inocentes como ángeles. No hay inocentes en el lío de Marbella. Nadie puede llevarse la pasta ilegalmente con las manos limpias.