Criterios selectivos

Leo en un periódico progubernamental una dura denuncia de que el pueblo toledano de Seseña –ya sabe, el feudo del famoso Paco el Pocero—la especulación tendría en nómina a tres de los cuatro concejales del PSOE. Arriscada denuncia, desde luego, que contrasta con el silencio que guarda –no sólo ese medio sino la inmensa mayoría—sobre los “casos” de presunta corrupción que afectan a Chaves, por ejemplo, a los sobrinos del expresidente González, al disparate de Almería, a la barra libre que es el urbanismo de costa en Andalucía, al pelotazo descubierto recientemente en Punta Umbría y tantos y tantos escándalos silenciados como llevamos vividos. Bien, desde luego más vale un poco que nada, pero ahí queda ese contraste, ese criterio selectivo, esa doble vara de medir que, en esta ocasión, ha servido para zurrarle la badana –a saber por qué—a los propios “amigos políticos”. Paco el Pocero, en cualquier caso, no va a eclipsar el imprevisible escándalo de Marbella ni debería servir de cortina a un enredo de responsabilidad política como el que afecta al Presidente.

El modelo Esperanza

Buena la hizo la jurisprudencia dejando en manos de los tránsfugas las actas conseguida en listas cerradas. No digo yo que hubiera sido mejor dejarlas en manos de los “aparatos”, pero l que hay se está demostrando como un recurso inagotable para tránsfugas de todas las calañas. El “modelo Esperanza” (Ruiz, se sobreentiende) parece más que probable que sea el que inspira a la tránsfuga del PP de Niebla Adela Romero que se ha pasado con votos y bagajes al PSOE dispuesta a paralizar con su “voto de calidad” la gestión urbana de aquí a las elecciones. Y el PSOE aceptando el regalo una vez más en esta carrera despendolada que está reduciendo la decencia política a cotas ínfimas. Dentro de poco tendrán ocasión estos aventureros para presentarse en solitario a las elecciones pero verán cómo no lo hacen sino que acuden a la cita bajo el paraguas protector de una gran marca. La política municipal se está convirtiendo en una escuela de párvulos sin principios para una política corrompida a la que interesa menos que a nadie dignificar la situación.

El animal feliz

 

De nuevo el tema y problema de la ‘felicidad’, el debate sobre la posibilidad de la dicha, la discusión sobre sus causas e impedimentos. Un sabio de la universidad de Leicester, el psicólogo social Adrian White, ha osado dibujar nada menos que un “mapa de la felicidad”, un plano de su distribución en el planeta azul en el que países o naciones aparecen ordenados en un dudoso cortejo encabezado por Suiza y Dinamarca y en cuya cola aparecen Burundi y Zinbawe. White calcula la felicidad en función de tres variables –el nivel sanitario, la cota de bienestar y el listón educativo–, definitivamente lejos, en consecuencia, de la vieja noción abstracta de la dicha que va desde el fatalismo primordial a la tragedia griega, y más cercano de la idea ‘ilustrada’ de la “felicidad popular”. Grave tema, pocas cuestiones tan debatidas como ésa que lo mismo ha ocupado a los razonantes que ha entretenido la discusión en el casino, y sobre la que cada libro que aparece –en los últimos tiempos ha habido dos muy apreciables, debido uno a Darrin M. Mc Mahon y compuesto el otro por opiniones cruzadas en el entorno del Jean Delumeau—contribuye con su grano de arena a ampliar eso que Schopenhauer llamó alguna vez con guasa el “saber inútil”. España, para que se hagan ustedes una idea, figura en ese mapa mundial en el lugar 46, muy por detrás de Costa Rica, Noruega o Malasia y a una distancia inconmensurable de ‘paraísos’ como Austria, Islandia, Suecia, Finlandia o las Bahamas, un dato, como comprenderán que habla por sí solo sobre la impropiedad del método empleado. Siempre recuerdo la sabia broma de Bernard Grasset –el olvidado editor que descubrió a Proust– en su libro sobre el tema, cuando decía que el hecho de que le felicidad no dependa tanto de la posesión de bienes como de la capacidad de gozo demuestra que, en el fondo, la dicha humana no es más que una “aptitud”. Plinio decretó, él sabría por qué, que ningún hombre podía ser feliz. Todos sabemos que ese postulado es falso y verdadero a la vez.

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En le tema de la felicidad hemos pasado del fatalismo absoluto a la hipótesis del mérito, es decir, desde la idea de que los seres humanos han de soportar pasivamente los efectos del destino, al convencimiento de que, a pesar de todo, no deja de haber en sus manos una cierta capacidad de condicionar el hado. La filosofía ha trajinado mucho en este terreno, por supuesto, y al menos desde un punto de vista práctico, es admirable el nivel de obviedad e insolvencia de sus conclusiones, incluyendo desde el paradigma epicúreo al escéptico y pasando por la ocurrencia kantiana de que ser feliz consiste en tener satisfechas todas nuestras necesidades. Pero la verdad es que el concepto de felicidad es trilita pura según en qué manos, como lo demuestra su inclusión, expresa o subliminal, en cada utopía o sueño revolucionario. Hay incluso quien, como Ibsen considera que la búsqueda de la dicha es tal vez la expresión más acabada del espíritu de rebeldía, pero la herencia psíquica del cristianismo, con su propuesta soteriológica y su promesa de edén futuro, ha anublado durante siglos la vieja aspiración de los hombres de conseguir la felicidad en este mundo. Temo que calcular la felicidad por la brevedad de las ‘listas de espera’, el montante del PIB o el acceso al Instituto no sea un criterio realista, por mucha Unesco que Adrian White le eche a sus cábalas. Cada época tiene sus mitos y cada mito su trampa. Y así como Europa, desde Rousseau a Defoe, se tragó durante una temporada la fábula feliz que vino contando de sus viajes el capitán Cook, puede que la actual termine por zamparse los cuentos del Estado del Bienestar. He echado una mirada a esos 177 países alineados en riguroso orden decreciente y soy yo el que no traga. Lo siento por el ‘doctor Pangloss’ y por el doctor White pero ni este es el mejor de los mundos posible ni aquí se vive peor que en Malasia, qué coños.

Ojos cerrados

 

Lo que está ocurriendo con la inmigración, en especial con la clandestina, queda patente en la miserable historia del Centro de Internamiento para Extranjeros malagueño en el que un grupo de agentes habría abusado hasta la náusea de una pobres detenidas. Pero no olvidemos el resto: aquí se le han vendido “papeles” a algunos desesperados, aquí se abusa hasta la indecencia de esos desgraciados lo mismo a la hora de pagarles menos que a un trabajador normal que, a la de alquilarle un cuchitril para que se pudra hacinado con otros como él. Y todo eso lo sabe la autoridad, lo conocen al dedillo los alcaldes y las policías de los pueblos pequeños, las propias instituciones tuitivas que tienen a su cargo velar porque no ocurra lo que ocurre, como, por supuesto, lo sabe mejor que nadie el mismo Gobierno que lo consiente. Lo de las orgías será muy llamativo y muy canalla, pero forma parte de un abuso generalizado y permitido por activa o por pasiva. Con esos abusadores deberían compartir celda muchos otros, incluyendo a las autoridades que cierran los ojos.

Hacer política

 

Leo divertido en estas páginas una ‘Tribuna libre’ (aquí todo lo es) del jefe de la UGT, Luciano Gómez, en la que defiende con uñas y dientes a la candidata a la alcaldía y rechaza de plano las aspiraciones del expresidente de los arquitectos con el argimento de que “los colegios profesionales no están para eso ni para hacer política”. Tomen del fracso. ¿Y los sindicatos, están los sindicatos para hacer política, porque en Huelva estamos viendo que la UGT funciona como un trampolín para los despachos de las instituciones que gobierna el PSOE, como estamos hasta la coronilla de este síndico que cierra los ojos parta no ver lo que ocurre en Diputación pero se dedica ‘full time’ a trabajar en la cruzada contra el Superalcalde, lo mismo organizándole el lío tramposo de la central de Endesa que marcándolo en el día a día. ¿Está la UGT para hacerle la campaña a una candidata a la alcaldía o para tratar de destruir a un alcalde legítimo? ¿Es eso “hacer política” sólo para los demás o también para ese personaje sin mayores prendas que es el líder de UGT?

Teomaquias

 

Me parece que el PP ha cometido un gran disparate al reclamar en un pleno del Ayuntamiento de Ayamonte, a la mayoría absoluta del PSOE, que los forenses sometieran a examen al alcalde para determinar, en la medida en que eso sea posible en los tiempos en que vivimos, si el regidor está en sus cabales o ha perdido definitivamente el oremus. Hay para esa petición algunos motivos de índole política y administrativa ciertamente inquietantes pero que no hacen al caso, aunque también figura entre los cargos uno que, para ser franco del todo, no acabo de entender viniendo como viene de la derecha conservata: la prodigiosa teomaquia del alcalde, o sea, la pretendida capacidad del monterilla para hablar con Dios, no ya oscuramente, como lo han venido haciendo los hombres de todos los tiempos y todas las culturas, es decir, instalado en el “mysterium tremendum”, sino desde el reposo que le brindan al ánimo los deliquios acogidos al “mysterium fascinans”. En efecto, el alcalde ayamontino, enrocado en su conciencia numinosa, dice que habla con “Padre Jesús de la Villa” y que Éste le contesta campechano y afectuoso, como pudiera hacerlo cualquier vecino o parroquiano adicto, en términos que sobrepasan la experiencia mística que nunca será tan elevada como la que ofrece la confianza divina: “Sigue como vas, Rafael, sigue como vas, que lo estás haciendo muy bien” –cuenta Rafael el alcalde que le tiene dicho “Padre Jesús de la Villa”. Ya me dirán qué puede hacer la leal oposición, por muy legitimada que se sienta por su confesionalismo de toda la vida, ante una declaración semejante.

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No cabe duda de que el diálogo del hombre con la divinidad se ha degradado de manera irrecuperable desde los tonos dramáticos en que se deja oír en el Antiguo Testamento hasta la descarada vulgaridad que alcanza en los tiempos modernos. El padre Claret contaba como si tal cosa sus conversas con Dios, visiblemente afectado por la familiaridad con que era distinguido en ellos. Elijo un caso referido en sus memorias por el santo –“El día 7, a las once y media, día del Corpus, después de la misa de Santa María, antes de la Procesión, estando delante del Santo Sacramento, me dijo el Señor: ‘Antonio, está bien y me gusta el libro que has escrito’ ”—que, sin duda, pertenece al mismo género delirante que la experiencia del alcalde sociata, pero que, como ésta, poco tiene ya que ver con la enigmática grandeza que impregna el diálogo de Dios con los viejos patriarcas o con el freudiano estremecimiento que traspasa las confidencias místicas. Un alcalde del PSOE refiriendo en el casino, como si tal cosa, que viene de hablar con la Divinidad, nada tiene en común con el abrumado Moisés que comunica a su pueblo al bajar de la montaña sagrada la maravilla de la Zarza ardiente, aunque mucho, todo hay que decirlo, con aquellos santurrones románticos que degradaron el prodigio hasta dejarlo a ras del suelo. Aparte de que ya me dirán como se compagina en un mismo partido el no poco extemporáneo designio de retirar los crucifijos tradicionales de las escuelas con un confesionalismo tan extravagante que nos devuelve a los tiempos de la Isabelona sólo que con los nabos y el perejil de Paco Porras decorándonos la oreja. De verdad, hay que ser primos para entrar a un trapo como ése y dejarse torear con la izquierda por un corregidor tan populista que lo mismo se presenta en su despacho vestido de domador de circo que posa disfrazado de lo que se tercie para el daguerrotipo que capta tantos votos y amarra tantas voluntades. Ahí tienen el doble despropósito: una astuta izquierda que charla confiada con Dios y una derecha ingenua que se lo reprocha. Se jubilarán sin aprender la lección estas criaturas. El oportunismo de la izquierda le da sopas con honda a una derecha que no sólo parece que va dejando de creer en Dios sino que, encima, da la sensación de que se fía del psiquiatra.