El maletín del mago

 

Es posible que, como aquí se ha dicho y repetido, el maletín de Ollero, el famoso maletín de “Cacerolo”, acabe siendo devuelto por la Justicia (¿) a quien está más que probado que lo consiguió de un cohechador hecho y derecho. Pero no me parece justificada la actitud exultante de quienes ya fueron condenados anteriormente por la misma Audiencia y por el propio Tribunal Supremo, y se han librado ahora por un quítame allá esas formalidades procesales. Nada que objetar a la pulcritud de los manguitos en su obsesión garantista. Mucho que oponer a la imagen que esta decisión judicial –la absolución por motivos formales de quienes habían sido condenados previamente a base de sus propias confesiones—pueda provocar en le opinión pública. La democracia obtiene, a veces, triunfos pírricos pero desmoralizadores. Uno de ellos será ver a un “conseguidor” precondenado (¡incluso por el Supremo!) recoger el maletín con los millones del cohecho y cuánto se mueve a su alrededor.

Los platos rotos

 

La industria química, el Polo para entendernos, ha anunciado que destinará 275 millones en nueve años para reducir la contaminación. Es lo suyo. Al reparar los daños reparables (de los otros, mejor no hablar) causados al medio ambiente, la industria trata de compensar a una comarca y a sus habitantes de los daños producidos, y cumple un compromiso elemental con la sociedad afectada que soporta incomodidades, pérdidas en la calidad de vida y riesgos innegables, al tiempo que se beneficia, en términos generales, de su innegable aportación el empleo y a la riqueza. El modelo industrial no es el único próspero –en los EEUU la población industrial es ridícula comparada con la empleada en los servicios—pero sigue siendo fundamental en determinadas circunstancias, incluyendo el caso de Huelva. Por eso es imprescindible el buen entendimiento y el espíritu de colaboración en un intercambio en el que las ganancias conllevan beneficios, daños y compensaciones. Lo demás es demagogia de un bando o del otro.

La Galia impía

Por lo menos desde el siglo XVIII nuestro moralistas y predicadores, amén de nuestros “patriotas”, vienen señalando a la “pérfida Albión” como la causa de todas nuestras decadencias políticas, y a la “Galia impía” como la fuente de cuantas corrupciones morales han ido minado a través de los siglos el “macizo de la raza”. Nuestros solícitos responsables han procurado siempre garantizar nuestra pureza con el aislamiento, recurriendo, desde Felipe II a Carlos IV, a esos “cordones sanitarios” que, ciertamente, no sirvieron para impermeabilizar la muga pero contribuyeron, en la medida de lo posible, a preservarnos intacto el pelo de la dehesa. Y sin embargo, lo que son las cosas, es probable que estemos viviendo una etapa imprevista de la que vamos a salir, ellos y nosotros –franceses y naturales de las varias ‘naciones’ españolas– con los papeles cambiados y la moral por los suelos. Me encuentro, sin ir más lejos, con que un decretazo del Ayuntamiento de París acaba de prohibir en las playas del Sena, no solamente el desnudo integral, sino hasta el uso del ‘tanga’ y el ‘topless’ que venía alegrándole la pajarilla al personal en esa Polinesia falsificada que el propio consistorio ha montado en los tres kilómetros largos de “rive droite” que van desde las Tullerías al puente de Henry IV y en el recién inaugurado entre los de Bercy y Tolbiac. No podrán turbarse de aquí en adelante “las buenas costumbres, la tranquilidad, la seguridad ni el orden público” en ese costeado tostadero con palmeras y sombrillas, masajistas y heladeros, nebulizadores, voley-playa, grupos musicales, talleres de música, cursos de piragua haitiana y cuentacuentos camelistas que se dicen recién llegados del lejano zoco de la Yemaa-el-Fna. Treinta y ocho euritos le va a costar a los recalcitrantes que insistan en mostrar esos “cuerpos indecentes” (sic) el capricho exhibitorio que tratará de impedir una nutrida guarnición de “flics” reconvertidos en arcángeles de las viejas virtudes, mientras el alcalde Delanoe alardea de que más de cuatro millones de “sans culottes” han concelebrado el rito veraniego propuesto por sus concejales. En pleno sesenta aniversario del bikini no me digan que no tiene miga esta vuelta al moralismo rancio en plano París.

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Cosas veredes. Mientras en Madrid el alcalde católico desafía con la ley en la mano a la santa inquisición de su partido, que le acusa de coquetear con el pecado nefando, en pleno corazón de ese imaginario paraíso de la perversión que siempre fue París para los ingenuos, un alcalde se escandaliza ante los cuerpos gloriosos y manda taparse las vergüenzas a la parroquia con modales jacobinos, lo que nos da una idea de la magnitud del cambiazo que hemos dado en bien poco tiempo, aunque sea marchando atolondrados sobre el propio terreno. Aquí, ya se sabe, o nos quedamos cortos o nos pasamos siete pueblos, en especial en dentro de esas “minima moralia” de que hablaba tan sugestivamente alguno de los maestros de Francfurt. Lo que no estaba en el programa es que en París fueran a darle macha atrás al carrusel hasta el punto de devolver la policía playera al punto donde la dejó Franco al borde de la combatida Transición. El zapaterismo es posible que pierda las grandes batallas –el desprecio de Bush, el fracaso de la Opa y demás—pero todo indica que va sacar de corrido el damero maldito de esas modernidades con marcha atrás que, como ven, están siendo cuestionadas hasta entre sus dudosos amigos de la “Nueva Europa”. Nada de ‘tangas’ en el Sena, se acabó lo que se daba. Los franceses bajan ya los fines de semana España en busca de leña, tal como los españolitos de la dictadura iban a Pau o Perpignan a ver como Brando se untaba la margarina. ¡Vueltas que da la vida! Daba lo que fuera por la garantía de que no hemos de quedarnos colgado en lo más alto de esta noria.

Alguacil alguacilable

Pide el secretario general del PA, Julián Álvarez, que se abra en el Parlamento una comisión investigadora (ya hace falta ingenuidad) para tratar de averiguar las causas de la pasividad mantenida por la Junta, durante todos los años pasados, ante el caos marbellí. Muy puesto en razón, desde luego, venga del PA esa reclamación o de tantos como ya lo han reclamado. Ahora que al PA van a plantearle sin género de dudas por su propio papel, en especial por el extraño caso del concejal Carlos Fernández, su líder local, hoy en busca y captura, pero en su día “readmitido” con todos los pronunciamientos favorables –tal vez sabía demasiado– tras haber sido expulsado con toda la razón del mundo por apoyar la confabulación organizada por Roca. Eso de que la mejor defensa es un buen ataque no siempre resulta cierto. El PA se va a librar de comprobarlo sencillamente porque su propia propuesta no irá a ninguna parte.

Flotador para la canoa

Hace muy bien el Puerto en meter el hombro para que la antigua “canoa” que une Punta Umbría con Huelva no sucumba a la competencia imposible del moderno transporte. En El Puerto de Santa María hace ya años que consiguieron que la Junta declarara a “El Vaporcito” de la Bahía “bien de interés cultural” (BIC), una protección decisiva que tal vez no sería ninguna pamplina que consideraran imitar las autoridades de Huelva. Que por cierto, no se entiende cómo ese apoyo a la histórica “canoa” no lo afirman los propios Ayuntamientos, del de Huelva y el de Punta, que deberían ser las instituciones más interesadas en conservar en activo esa deliciosa seña de identidad: El espectáculo que ofrecían las viejas canoas pudriéndose en la Peguera sólo ocurre en esta Huelva nuestra tan poco atenta con sus cosas. En fin, el Puerto ha echado una mano otra vez y es justo agradecérselo como merece su sensibilidad y su diligencia.

El olmo de Saint Gervais

Al viejo y hermoso olmo parisino que crece a las puertas de la iglesia de Saint Gervais, parece que el santo víctima de la ferocidad de Nerón le ha hecho el milagro de devolverle las hojas que había perdido con la canícula. No se sabe cuánto aguantarán en el machito –se protegen los expertos–, pero, de momento, allá que está cubierto y bien cubierto prodigando su acogedora sobra. Crece la inquietud en París y en toda Francia ante la evidencia de que, por encima y por debajo de las elucubraciones partisanas, el clima está ofreciendo registros tan infrecuentes que ya no es fácil limitarse a negar el cambio climático como un mero montaje mediático, cosa que hacía aún hace bien poco uno de esos sabios de universidades de verano que viven de la paradoja. No es que se haya producido la catástrofe de hace unos años (la autoridad insiste en que en el verano del 2003 se produjeron nada menos que 15.000 muertes por el calor), entre otras cosas porque esa autoridad se sabe ya la lección y los servicios han funcionando también que no los está cuestionando ni la más fiera oposición. Pero el caso es que no se trata sólo de Francia –donde, por cierto, no es demasiado conocido que medio centenar de departamentos soportan en este momento duras restricciones de agua—ya que desde Alemania llegan inquietantes noticias sobre la dureza de un estío que anda subiendo los termómetros al filo de los 40 grados. Una amiga mía ha vuelto descompuesta de Berlin, en efecto, y cuenta y no acaba sobre la calorina que abruma al paseante “Unter der linden” mientras los climatizadores de los fabulosos museos difunden el rumor con sordina de sus incansables consolas. Ningún verano tan cálido como éste, asegura Météo France que estima que la diferencia ha de cifrarse al menos en tres o cuatro grados sobre la media histórica. Algo parecido a lo que sobresalta al norte de Italia o a Rumanía, y tan alarmante como el hecho de que en Bade-Wurtemberg o en Renania también se anden ya cerca de los 40 grados. Los agricultores italianos o los granjeros de Provenza y Languedoc están desconcertados ante la amenaza que la subida de la temperatura y la reducción de las lluvias suponen para sus cultivos tradicionales. Mal van las cosas en el “planeta azul”, no cabe duda. Nadie recordaba, por ejemplo, que el tráfico fluvial por el Rhin se viniera abajo y así ha sido.

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Desde una universidad veraniega precisamente me llega el eco de una disputilla sobre si el Sistema sería capaz de destruirse a sí mismo destruyendo el planeta, propósito de impronta ‘ilustrada’ que, naturalmente, hubo de resolverse con una opinión conciliadora. Lo que sabemos sobre la política medioambiental, sin embargo, nos permite mantener dudas sobre el particular, sino más bien aventurar que la voracidad explotadora no cuestionará nunca por iniciativa propia los daños provocados. Hace poco podíamos oír a algún responsable de nuestro urbanismo depredador, el estrafalario sofisma de que a nadie interesa tanto el medio ambiente como al promotor, un sofisma que lanzado desde el poder resulta, naturalmente, simple connivencia con el negocio. Eso sí, hay que reconocer que tal vez el gran aliado de los depredadores sea la propia Madre Naturaleza que con su capacidad de resistencia propicia el abuso y disimula el daño. Las hojas reverdecidas del olmo de Saint Gervais, las higueras que ofrecen su menguada cosecha bajo los puentes del Sena, los batracios que resisten el ataque exterminador de algún hongo asesino o los pájaros sedientos que dicen que están cambiando su inmemorial calendario migratorio, lo confirman mientras para nuestros Gobiernos, los ochenta muertos que llevamos contados este verano son una cifra más que aceptable comparada con otras catástrofes. Es una gloria acogerse de nuevo a la sombra del olmo, eso sí. Si llegara a secarse definitivamente, tiempo tendríamos de hablar largo y tendido.