Vivir del muerto

¡Qué historia la del homenaje a Lorca en el 70 aniversario de su asesinato! ¡Qué triste polémica la protagonizada por algunos políticos (Carmen Calvo, claro, Antonio Romero, claro) empeñados en desenterrar al poeta quiera o no quiera su familia, que es la única que tiene derecho a disponer de sus restos! No se reconoce apenas una cara en ese reportaje que estuviera en los homenajes “subversivos” convocados durante la dictadura, que era cuando tenía mérito y sentido democrático plantarse en el Barranco de Víznar, pero tampoco hay apenas caras que no estén en nómina aunque sí alguna profesional de las subvenciones. Van a lograr convertir lo que, todo lo más, podría haber sido un gesto reconciliador en un temerario mitin incapaz de entender que si la memoria de Lorca, por ejemplo, es de todos, sus restos sólo pertenecen a su familia. Somos el único país europeo empeñado en retroceder a los años 30 y con el Gobierno a la cabeza. Una historia triste: vivir de las víctimas. Un  tiro que ojalá no acabe saliéndonos a todos por la culata.

Un negocio impúdico

Tremendas las cuentas del superpelotazo de Punta Umbría. Increíble el procedimiento seguido por al anterior Ayuntamiento al que pertenecía/dirigía el propio Barrero para adjudicar una fortuna en parcelas a los “amigos políticos” incluso antes de de ser tasadas por los técnicos. Clamorosos esos 51 millones de euros largos con los que se habrían beneficiado los adjudicatarios. Penosa la pérdida por parte de Punta Umbría de esos 280 millones que el Ayuntamiento dejó de percibir en consecuencia. E imprescindible que se depuren responsabilidades, si las hubiere, y no quede todo en agua de borrajas ni en falsos debates de partido. ¿A dónde fue a parar el dinero de la diferencia de precios de las adjudicaciones y el que establecieron los tasadores?, se pregunta la oposición. Desde ahora vaticino que los implicados trataran de eclipsar este escandalazo con lo que fuere menester, probablemente con alguna cortina de humo procedente de una hoguera del rival. Pero ahí están los hechos y consta que en le propio PSOE hay no poca gente que pide luz y taquígrafos. Un disparate y una vergüenza. Seguiremos informando.

La falsa conciencia

Hubo con concepto que hizo época en la psicosociología europea de comienzos de los 60, el de “fausse consciente”, la falsa conciencia, a distinguir de la “mala” o de la “buena” que en aquellos años exigentes y utópicos nos hacían hilar tan fino. Lo lanzó Joseph Gabel, supongo que discretamente enterrado a estas alturas de la inopia en un libro con ese título que, sobre una precaria pero sugestiva conciliaciñon de las teorías de Karl Manheim y Georg Lukács, nada menos, trataba de demostrar que los intereses llevan a los individuos en la sociedad clasista a deformar la realidad con dos instrumentos eficacísimos: la ‘idelogía’, que ya se sabe, y la “falsa conciencia”, coincidentes ambas en situar el análisis, o sea, la comprensión “no dialéctica” de la realidad, fuera del tiempo y del espacio, en el limbo prevaricador de las conveniencias en el que todo es posible. Rescato el concepto abrumado por la polémica en torno a Günter Grass, “con quien tanto quisimos”, y el redoblar de sobre su tambor de hojalata tanto del palillo de la autojustificación (acabo de leer en la competencia varios ejemplos diáfanos en este sentido) como del de la insidia oportunista. Dicen unos que pertenecer a las ‘Waffen SS’ en el umbral de la vida y en plena exaltación nazi es disculpable, disimulable, olvidable, no sé, insignificante, en definitiva. Otros quieren que esa aventura inconfesable, una vez descubierta, sea purgada. La memoria puede servir para el escarmiento o para la venganza, a la vista está, y es obvio que junto a la confesión de Günter Grass se apunta a Ratzinger en una tortuosa polémica imposible de resolver si no es desde el dudoso terreno de la ucronía. Es muy cómodo procesar a Papon, pero no tanto aceptar entre los ‘colaboracionistas’ a Mitterand, a Bobbio o al propio Bertold Brecht si es que es verdad lo que dicen que lo es. Nadie pidió nunca, que yo sepa, la devolución del Nobel por parte de Knut Hansum, nazi declarado, ninguna inquisición arrimó la mecha a la merecida pira de Benedetto Croce o a la de tantos otros. Grass, de momento, ha vendido la tira de ejemplares, eso sí. Si hubiera dado en esas memorias un testimonio convencional, el negocio no hubiera sido tan redondo.

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Dicen que lo censurable en Grass es su prolongado silencio. Bueno, yo no conozco a nadie que hay ido por ahí pregonando sus errores más o menos circunstanciales. Si de verdad se quiere restablecer la memora histórica en España, pongo por caso, prepárense los inquisidores para justificar la presencia de muchos personajes de la izquierda en el ámbito fascista o parafascista. Desde el propio franquismo se trató de detractar a los intelectuales críticos (Laín, Aranguren, Maravall, Lapesa y demás) ironizando sobre “los nuevos liberales”. Pero la cosa puede ser peor, no lo duden, como encontrase al fantasma encantador de María Zambrano, un suponer, alineada con García Valdecasas, el de la “biografía a apasionada” de José Antonio, en algún proyecto que mejor olvidar. Lo de Europa, obvio es decirlo, resulta peor y lo de las ‘SS’, probablemente insuperable, pero ahí están los hechos. Volvamos a Gabel: la realidad sólo es correctamente interpretable en su específico ámbito espacio-temporal, fuera del cual la enajenación se disfraza y confunde inevitablemente. Yo creo que Grass ha dado el golpe con su “confesión”, que es de lo que seguramente se trata, y hasta me atrevo a dar un consejo: no crean en “malas conciencias” ni en monsergas, pero tampoco dejen de aplicar la perspectiva de la “conciencia falsa” para explicar lo mismo los silencios vergonzantes que las revelaciones audaces. El mercado lo metaboliza todo, hasta la infamia. Günter Grass no va a cambiar ahora de piel (ni de la suya ni de la de su tambor) pero va a salir mucho más rico de este brete. Hoy leemos la carta de Bobbio a Mussolini o vemos la foto de Miterrand con los de la Gestapo y no damos crédito. La de Grass adolescente con la calavera en la solapa no ha de ser peor.

La nueva era

Inquieta ver en manos de aficionados un problema tan grave como es el de la revolución demográfica que se está produciendo sin orden ni concierto en el interior de la sociedad tradicional. Ese informe de la Junta que calcula en más de 420.000 los extranjeros que viven en Andalucía, el dato de que, entre el 98 y el 2005, esos nuevos pobladores se han multiplicado sobradamente por tres, la realidad de que en Almería o Málaga esas ‘minorías’ superan ya el 15 o el 12 por ciento. Proponer que los emigrantes voten está muy puesto en razón pero no lo está seguir ignorando que lo que está ocurriendo en nuestro tejido social tiene el alcance de una revolución en toda regla que, dentro de pocos años habrá tenido consecuencias hoy imprevisibles. Están tratando ese cataclismo demográfico como si fuera un incidente o una contrariedad en lugar de afrontarlo como la revolución que, en realidad, es. Por razones de ajuste social, por motivos laborales, en función de la propia seguridad. Mucha partitura para esos aficionados. Ojalá que el concierto no acabe en desconcierto, pero ello sería lo normal.

‘Punta Umbría Conection’

Dijimos aquí (antes de nuestra ausencia) que era raro el silencio del PP sobre el evidente escándalo que supone el descubrimiento de la concesión a bajo precio y a los “amigos políticos”, por parte del anterior Ayuntamiento (PSOE) de las valiosas parcelas de Punta Umbría. Ahora que se va sabiendo lo que se va sabiendo de ese enredo resulta infantil el intento por parte del partido de liquidar el escándalo con un ridículo desdén, mientras el propio Arenas equipara ya, salvadas las distancias, el lío puntumbrieño al marbellí. Igual es mucho interpretar, pero demasiados indicios apuntan a que la era Barrero está en pleno ocaso y no sería extraño (ya se oye hablar incluso de resentidas “gargantas profundas” dentro del propio partido) que este asunto de al traste con su hasta ahora infalible ‘baraka’. Que lo de Punta ha sido un apaño en toda regla no admite dudas hasta el punto de que ni siquiera va a permitirle a los sorprendidos –dicho sea en el sentido español, no en el italiano– escaparse por la tangente.

El enigma histórico

Ahora resulta que la NASA ha extraviado la película del primer alunizaje así como los datos telemétricos enviados a la Tierra por Armstrong y Aldring en aquel julio de 1969. No aparece esa prueba crucial, o eso es lo que dice en un periódico australiano, el ‘Morning Herald’, el responsable de la “oreja gigante”de Parkes –un observatorio colaborador con una antena del tamaño de una pista de tenis–, en confirmación de la vieja sospecha de fraude que pesa sobre la odisea del espacio. La misma mañana del evento me previno mi portero madrileño ante la falacia de los americanos, una tesis en la que, años después, insiste mi cuñada como si en ella le fuera la vida, pero lo que no sabía uno es que el seis por ciento de los yanquis y millones de personas en todo el planeta Tierra no tragaron ya entonces con la realidad de aquel primer paseo espacial que quien más quien menos siguió en la tele con el alma encogida. Claro que esta revelación –absurda, probablemente, teniendo en cuenta el silencio de los vigilantes soviéticos—no es, en fin de cuentas, más que otro ejercicio de desmitificación de esos a que nuestra era se está aficionando con pasión tan inquietante. La duquesa de Medina Sidonia sostiene muy seria cualquier oportunidad que Colón no descubrió América, una opinión, ya digo, cuya extravagancia tampoco es tan grave si se considera que uno de cada seis americanos vive persuadido de que Elvis Presley no murió en su día sino que sobrevive escondido en algún remoto paraje de Alaska. Una leyenda argentina insiste todavía hoy en que Hitler no se voló el maldito cerebro en su búnker sino que, en realidad, escaparía rompiendo el cerco aliado (¿con la ayuda del Vaticano, tal vez?) para vivir oculto en alguna hacienda pampera con aquella Evita Brown que, si vive, estará hecha una pasita, la pobre. Son cosas de la imaginación, de la “loca de la casa”, como decía la doctora Teresa, entre cuyas últimas fijaciones estarían las teorías conspiratorias que atribuyen la tragedia del 11-S a los judíos o a los propios yanquis, o la hipótesis, ya comentada aquí el otro día, de que los restos de san Marcos venerados en Venecia son, en realidad, los de Alejandro Magno. Al personal no le gusta la Historia pero se pirra por la leyenda. Este mono sabio va degenerando a marchas forzadas en un quimerista más aficionado a las sospechosas bayas esotéricas que a los brotes ciertos de la certeza probada.

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Lo curioso, al menos para mí, es que una crédula legión capaz de arremolinarse ante el buhonero que pregona las virtudes del ‘agua imantada’ o el mérito de la compresa que elimina la celulitis, se muestre, en cambio, tan crítica con los hallazgos del saber o las proezas de la ciencia, que resulte más fácil aceptar la supervivencia de Elvis que la llegada a la Luna. Pero hay algo, qué duda cabe, en ese complot de la ignorancia, que tiene que ver con la propia inepcia de la razón, o mejor dicho, con el inexplicado fracaso de la mente que fundamenta esa predilección por lo maravilloso sobre la misma evidencia. Hay quien ha hecho de esta inclinación humana un negocio, como la presunta y falsa princesa Tatiana que trajo loco a medio mundo, incluido el clan de los Romanov, pero más allá de la anécdota, sería temerario no ver en ello un riesgo cierto para el conocimiento y una amenaza a la imprescindible estabilidad de la experiencia. Habrá que esperar a que los lerdos de la NASA den con la cinta perdida y hallen esos datos traspapelados sabe Dios en qué gaveta de qué físico loco. No porque ello demuestre nada nuevo, sino por el fuero mismo de la realidad que exige para mantenerse vivo que no se juegue con las certezas. Ya, ya, por supuesto que es más divertido lo de Alejandro que lo de san Marcos y más rentable imaginar conspiraciones que atenerse a los hechos. Ni siquiera desdeño la posibilidad de que sea la propia NASA la que lanza estas especies para reavivar el cotarro. Mi problema ahora, sin embargo, es convencer de ello a mi cuñada.