Nostalgia de la ‘pinza’

 

Chaves no acabrá nunca de pagar al PA la meno que le echó para salvarlo de la debacle electoral que lo hubiera supuesto, hace años, quedarse fuera de juego, más o menos atenido a la “entente” que se aquí llamó “pinza” porque entre la derecha y la izquierda lo forzaron –en ocasiones, como la de echarlo de su casa, hasta con el pero estilo—a acometer en cierta medida esa “dignificación de la mayoría” que ahora promete en vano elección tras elección. Pero entonces, al menos, se ensayó una apertura obligada del monopolio mediático, controlando la dirección Canal Sur e imponiendo cierta dosis, siquiera homeopática, de pluralismo. Hoy todo eso es historia y la única realidad es que Chaves se ríe de sus propios compromisos con la complicidad mendicante de una IU que le lleva el incensario. Retirar la ley de reforma de lo que ya fue reformado y vuelto a desrreformar constituye un escarnio que ha pasado poco menos que desapercibido. Andalucía seguirá soportando el apagón informativo de la propaganda y todo seguirá igual, en consecuencia, menos los números rojos de IU.

Más agujeros del SAS

 

No entiendo del todo la airada protesta por la falta de especialistas otorrinos en el hospital comarcal de Riotinto y el riesgo de un eventual cierre del servicio correspondiente en vista de que la Junta es incapaz de encontrar sustitutos a pesar del paro médico. ¿No está la capital (y por tanto, la provincia) sin determinados servicios de cirugía cardiovascular hace la tira de tiempo y nadie parece acordarse de tan peligrosa circunstancia? ¿No se repite cada año el fracaso de la sanidad de verano en toda la Costa? ¿No viven los centros comarcales una autèntica situación de emergencia olímpicamente ignorada por Sevilla (de Huelva, en este sentido, no merece la pena hablar)? No es cierto que, en la práctica, hay especialidades delicadas que siguen dependiendo de Sevilla a golpe de ambulancia desde siempre y parece que para siempre porque noi siquiera la estrella del sistema provincial, el ‘Juan Ramón Jiménez’, dispone de profesionales para atenderlas? Además de mandar un otorrino a Riotinto el SAS tiene muchos huecos que llenar en Huelva. Si el hombre no fuera un bicho tan resistente y duro de pelar, nos íbamos a enterar de lo que vale un peine.

Amado mío

 

Ha muerto Glenn Ford. El hombre que en los años 50 seducía con su mirada de acero y su decidida mandíbula a un gineceo todavía silente. Glenn Ford fue un gran actor sobre cuyos grandes méritos acabó imponiéndose la imagen demediada del “partenaire” de Rita Hayworth, la mujer fatal que lo abofeteaba en ‘Gilda’ (cuentan que le partió un diente en aquella ocasión, pero nunca me lo he creído) y que recibía sus viriles bofetadas en otras epopeyas. Un tío, Glenn Ford, un pedazo de tío capaz de mantenerse claro en la zona de sombra que proyecta la ambigüedad sobre los personajes complejos, esos que nunca sabemos con claridad si son buenos o malos incluso después de caer el telón. Un galán duro, hecho a la medida mental de la época –la postguerra mundial nada menos–, de esos que no le temen a nada salvo acaso al “eterno femenino”. Nunca he aceptado las críticas banales a la violencia contra las mujeres que los guionistas obligaron a representar a Glenn Ford, sencillamente porque esas galletas me parecieron siempre la expresión simbólica de una autoridad “natural” que era asumida sin grandes objeciones en el universo darwiniano de las sociedades tradicionales. Incluso las que él recibía de ‘Gilda’ –la pobre Rita no podría ya distinguirse nunca con claridad de su personaje—entraban en ese lote ideológico en la medida en que mostraban el reverso de la medalla si es que no contribuían eficazmente a relativizar los cargos contra su antagonista. Pero en la sociedad occidental de aquella difícil década, la violencia doméstica apenas era una metáfora de la brutalidad ambiente, una filigrana labrada en la memoria de la hecatombe recién superada, y en consecuencia unas buenas bofetadas encajaban sin problemas en el guión de la vida imaginaria tanto como en el de la real. Porque no vayan a creerse que esto de la ‘violencia de género’ es una novedad, qué va. Muchas de las hembras que suspiraban en el cine contemplando aquel pugilato sublimaban su propio martirio junto a sus deseos de revancha. Glenn Ford era un chulo maravilloso, quiero decir, como la Hayworth era una mujer fatal pero divina. Hoy no se gastan ya machos con esa contundencia icónica, para qué vamos a engañarnos. Entonces, en cambio, estaban a la orden del día, entre otras razones porque acaban de volver del frente.

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Me he aburrido repasando en la Red las memorias de aquellas bofetadas inolvidables no sin paladear –lo digo como lo siento—cierto resabio de disgusto ante la dichosa banalidad, sobre todo porque entender las cosas de esa modo implica olvidar la apabullante antología misógina que nuestra cultura ha venido acumulando desde Eurípides a Faulkner y desde Erasmo a Schopenhauer. Si un adicto como Niestzche o un tipo tan fino como Pavese fueron capaces de decir lo que dijeron de la mujer, no tiene sentido extrañarnos de que los guionistas de ocasión incluyeran en sus odiseas sentimentales aquellos solemnes guantazos que han entrado en la historia del cine y en la memoria generacional por la misma puerta grande. Cuentan que, muchos años más tarde, Glenn Ford lloraba desconsolado en Cannes recordando esas vidriosas escenas de ‘Gilda’ sobre la tragedia real de Rita, pero sus públicos siguen apretando los dientes todavía hoy día cuando ven a la mujer del guante negro y la falda calipso que cantaba “Amado mío” arrearle al duro de sus entretelas aquel fenomenal trompazo o bien contemplando al galán engominado cruzarle inmisericorde la cara a la mujer maldita. El arte, como las ideas o como las bofetadas, tienen su tiempo, fuera del cual no se entienden en su confuso perfil anacrónico. Hoy, por ejemplo, el tipo de Glenn Ford hasta podría pasar desapercibido en un ambiente en el que la violencia ha pasado del terreno del símbolo al de la ficción realista. Hace poco he leído que estas exhibiciones actuales constituyen una auténtica escuela de delincuentes. Glenn Ford el duro no llenaría hoy ni el cine del barrio.

La Junta, indefensa

 

El fracaso del Gobierno en la UE, el insensato desdén con que ésta le ha negado ayuda para hacer frente a la oleada migratoria pude ocasionar un drama a corto plazo en todas partes, pero en Andalucía la verdad es que hace tiempo que la Junta brega en solitario con la tragedia de unos menores que nos abe donde meter decentemente. Es verdad que la Junta apenas levanta la voz para no incomodar al “Gobierno amigo” –¡la que estaría cayendo si gobernara el PP!—pero también lo es que hace meses que advirtió a éste de lo que está sucediendo y le pidió unos medios que no le han dado. La tragedia de la inmigración masiva ha de ser vivida en Andalucía doblemente pues su Junta legítima ni siquiera tiene políticamente fácil reclamar lo que necesita con urgencia. Hace mucho que se ha dicho que no deberíamos consentir que nos convirtieran en el gendarme de Europa, pero eso ya no tiene remedio. Se trataría ahora de que, al menos, el peso de esa invasión –que el Gobierno presume que va para largo—no recaiga en exclusiva sobre los hombres de la autonomía andaluza.

El semáforo

 

Otra vez el cuento del envergue del desdoble de la N-435, de nuevo quizá el despliegue propagandístico en el semáforo de Beas y el reparto de octavillas, acaso otra foto de Cejudo en el balcón del Ayuntamiento de Valverde declarando resuelto el problema pendiente. Y el AVE, y el tren Huelva-Zafra. No cabe duda de que andan flojos de ideas, quién sabe si en horas bajas, cuando lo único curioso es la propuesta de un eventual replanteamiento del Ensanche ofrecida por la candidata Parralo, que de urbanismo debe de saber por consorte más que por diabla. Con la vergüenza se ha perdido la memoria, pero los habituales de la carretera de Badajoz recordarán, sin duda, a su paso por Beas, a la plana mayor del barrerismo (e incluso a algún enemigo íntimo) repartiendo panfletillos. Un aburrimiento este politiqueo de mala muerte, una estafa esta camelística institucionalizada que promete hoy lo que niega mañana o al revés. ¿Es que no hay problemas en Huelva para llenar tres programas electorales? Escucharlos hablar de lo mismo que hace cuatro años revela la inania de una vida pública que se agota en el cargo.

‘Fast thinking’

Ha muerto ‘Cándido’, el silencioso maestro de varias generaciones de periodistas, una voz que ha resonado en España durante la eternidad que va desde el franquismo en plenitud hasta el ocaso democrático que vivimos, y ha dicho Umbral de él que es cierto que, dada la dureza relativa de su estilo y la densidad de su mensaje, “se le leía mucho pero sólo hasta la mitad”. En España se lee mucho hasta la mitad y eso cuando se lee, que es en pocas ocasiones, en especial a los escritores que no hacen concesiones a la galería ni se resignan ejercer en este duro oficio de “hombres de placer”. Cándido, por ejemplo, ha sido durante decenios un escritor empeñado en cifrar los mensajes más graves como retando al lector sin rostro a ganarse trabajosamente, al descifrarlos, el derecho a saber, no movido por ningún genero de aristocratismo, sino motivado por la convicción de que no hay cultura sin esfuerzo como no hay duros a tres pesetas. Es probable que su largo ejercicio de autocensura en la prensa antidemocrática haya contribuido no poco a este endurecimiento de su escritura que algunos han interpretado como el efecto del distanciamiento elitista del escritor, pero más bien creo que lo que motivaba a Cándido era su negativa a ejercer en el obrador de esta inmensa pastelería de “pensamiento rápido” (eso que los yanquis llaman “fast thinking”) ante la que hacen cola desganados los ciudadanos de la sociedad opulenta. El auge del columnismo está propiciando una irresisitible banalización del mensaje periodístico al mismo tiempo que el trabajo de esos que Bourdieu llamaba “intelectuales mediáticos” contribuye a la decadencia del debate cultural reduciéndolo a contadas claves de audiencia garantizada. Nos estamos quedando sin sustancia en ese imprescindible debate que inerva la vida social y muscula el criterio colectivo. Y yo creo que sin remedio, además. Lleva razón Umbral, seguramente, cuando dice que a ‘Cándido’ solía leérsele sólo hasta la mitad y ya me parece mucho. Siempre pensé que ese pseudónimo volteriano era toda una declaración de humildad.

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Todavía es válida la propuesta de Lévy-Strauss de que la palabra del ‘comunicador’, como ahora dicen los cursiles, es lo que verdaderamente pesa en la mentalidad pública, lo cual supone un desastre cultural cuyas consecuencias no se han valorado, a mi juicio, como es debido. La opinión del científico, la del filósofo o la del creador experimentado ceden ante el criterio de los bustos parlantes o tienen poco que hacer ante la tentación de la pastelería periodística, lo que constituye, a su vez, una auténtica tragedia que se agrava por el hecho de que ese imperio va ganando luego terreno hasta apoderarse del discurso público o, más concretamente, del discurso político. El escepticismo culto de ‘Cándido’, su manera oblicua de cruzar por las solaneras de la vida, la aparente aunque fingida indiferencia ante el espectáculo degradado de estos tiempos que sus artículos solían mostrar apenas, nos dan la clave de un oficio asumido con la más absoluta determinación de influir lo más honda y extensamente posible pero resignado a que una legión haragana no te leyera más allá de la mitad del escrito. Otros, en cambio, hemos pasado años paladeando hasta la última palabra del maestro, sorprendidos por la vastedad de sus saberes, respetuosos ante el rigor de sus análisis. En la España franquista de entonces también era corriente decir, cuando se quería depreciar a Ortega, que más que un filósofo era un periodista. De ‘Cándido’ habría que decir tal vez lo contrario, a saber, que fue un pensador antes que nada, un razonante que debió a su inmenso valor su relativo fracaso. Ha habido tíos como D’Ors que perseguían el prestigio de la oscuridad. Y hombres como ‘Cándido’ que eligieron la penumbra como clima para su libre docencia. Ninguna prueba mejor de su talento que el cansancio del lector vulgar. En tiempos de “fast thinking” lo raro hubiera sido lo contrario.