El olmo de Saint Gervais

Al viejo y hermoso olmo parisino que crece a las puertas de la iglesia de Saint Gervais, parece que el santo víctima de la ferocidad de Nerón le ha hecho el milagro de devolverle las hojas que había perdido con la canícula. No se sabe cuánto aguantarán en el machito –se protegen los expertos–, pero, de momento, allá que está cubierto y bien cubierto prodigando su acogedora sobra. Crece la inquietud en París y en toda Francia ante la evidencia de que, por encima y por debajo de las elucubraciones partisanas, el clima está ofreciendo registros tan infrecuentes que ya no es fácil limitarse a negar el cambio climático como un mero montaje mediático, cosa que hacía aún hace bien poco uno de esos sabios de universidades de verano que viven de la paradoja. No es que se haya producido la catástrofe de hace unos años (la autoridad insiste en que en el verano del 2003 se produjeron nada menos que 15.000 muertes por el calor), entre otras cosas porque esa autoridad se sabe ya la lección y los servicios han funcionando también que no los está cuestionando ni la más fiera oposición. Pero el caso es que no se trata sólo de Francia –donde, por cierto, no es demasiado conocido que medio centenar de departamentos soportan en este momento duras restricciones de agua—ya que desde Alemania llegan inquietantes noticias sobre la dureza de un estío que anda subiendo los termómetros al filo de los 40 grados. Una amiga mía ha vuelto descompuesta de Berlin, en efecto, y cuenta y no acaba sobre la calorina que abruma al paseante “Unter der linden” mientras los climatizadores de los fabulosos museos difunden el rumor con sordina de sus incansables consolas. Ningún verano tan cálido como éste, asegura Météo France que estima que la diferencia ha de cifrarse al menos en tres o cuatro grados sobre la media histórica. Algo parecido a lo que sobresalta al norte de Italia o a Rumanía, y tan alarmante como el hecho de que en Bade-Wurtemberg o en Renania también se anden ya cerca de los 40 grados. Los agricultores italianos o los granjeros de Provenza y Languedoc están desconcertados ante la amenaza que la subida de la temperatura y la reducción de las lluvias suponen para sus cultivos tradicionales. Mal van las cosas en el “planeta azul”, no cabe duda. Nadie recordaba, por ejemplo, que el tráfico fluvial por el Rhin se viniera abajo y así ha sido.

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Desde una universidad veraniega precisamente me llega el eco de una disputilla sobre si el Sistema sería capaz de destruirse a sí mismo destruyendo el planeta, propósito de impronta ‘ilustrada’ que, naturalmente, hubo de resolverse con una opinión conciliadora. Lo que sabemos sobre la política medioambiental, sin embargo, nos permite mantener dudas sobre el particular, sino más bien aventurar que la voracidad explotadora no cuestionará nunca por iniciativa propia los daños provocados. Hace poco podíamos oír a algún responsable de nuestro urbanismo depredador, el estrafalario sofisma de que a nadie interesa tanto el medio ambiente como al promotor, un sofisma que lanzado desde el poder resulta, naturalmente, simple connivencia con el negocio. Eso sí, hay que reconocer que tal vez el gran aliado de los depredadores sea la propia Madre Naturaleza que con su capacidad de resistencia propicia el abuso y disimula el daño. Las hojas reverdecidas del olmo de Saint Gervais, las higueras que ofrecen su menguada cosecha bajo los puentes del Sena, los batracios que resisten el ataque exterminador de algún hongo asesino o los pájaros sedientos que dicen que están cambiando su inmemorial calendario migratorio, lo confirman mientras para nuestros Gobiernos, los ochenta muertos que llevamos contados este verano son una cifra más que aceptable comparada con otras catástrofes. Es una gloria acogerse de nuevo a la sombra del olmo, eso sí. Si llegara a secarse definitivamente, tiempo tendríamos de hablar largo y tendido.

Criterios selectivos

Leo en un periódico progubernamental una dura denuncia de que el pueblo toledano de Seseña –ya sabe, el feudo del famoso Paco el Pocero—la especulación tendría en nómina a tres de los cuatro concejales del PSOE. Arriscada denuncia, desde luego, que contrasta con el silencio que guarda –no sólo ese medio sino la inmensa mayoría—sobre los “casos” de presunta corrupción que afectan a Chaves, por ejemplo, a los sobrinos del expresidente González, al disparate de Almería, a la barra libre que es el urbanismo de costa en Andalucía, al pelotazo descubierto recientemente en Punta Umbría y tantos y tantos escándalos silenciados como llevamos vividos. Bien, desde luego más vale un poco que nada, pero ahí queda ese contraste, ese criterio selectivo, esa doble vara de medir que, en esta ocasión, ha servido para zurrarle la badana –a saber por qué—a los propios “amigos políticos”. Paco el Pocero, en cualquier caso, no va a eclipsar el imprevisible escándalo de Marbella ni debería servir de cortina a un enredo de responsabilidad política como el que afecta al Presidente.

El modelo Esperanza

Buena la hizo la jurisprudencia dejando en manos de los tránsfugas las actas conseguida en listas cerradas. No digo yo que hubiera sido mejor dejarlas en manos de los “aparatos”, pero l que hay se está demostrando como un recurso inagotable para tránsfugas de todas las calañas. El “modelo Esperanza” (Ruiz, se sobreentiende) parece más que probable que sea el que inspira a la tránsfuga del PP de Niebla Adela Romero que se ha pasado con votos y bagajes al PSOE dispuesta a paralizar con su “voto de calidad” la gestión urbana de aquí a las elecciones. Y el PSOE aceptando el regalo una vez más en esta carrera despendolada que está reduciendo la decencia política a cotas ínfimas. Dentro de poco tendrán ocasión estos aventureros para presentarse en solitario a las elecciones pero verán cómo no lo hacen sino que acuden a la cita bajo el paraguas protector de una gran marca. La política municipal se está convirtiendo en una escuela de párvulos sin principios para una política corrompida a la que interesa menos que a nadie dignificar la situación.

El animal feliz

 

De nuevo el tema y problema de la ‘felicidad’, el debate sobre la posibilidad de la dicha, la discusión sobre sus causas e impedimentos. Un sabio de la universidad de Leicester, el psicólogo social Adrian White, ha osado dibujar nada menos que un “mapa de la felicidad”, un plano de su distribución en el planeta azul en el que países o naciones aparecen ordenados en un dudoso cortejo encabezado por Suiza y Dinamarca y en cuya cola aparecen Burundi y Zinbawe. White calcula la felicidad en función de tres variables –el nivel sanitario, la cota de bienestar y el listón educativo–, definitivamente lejos, en consecuencia, de la vieja noción abstracta de la dicha que va desde el fatalismo primordial a la tragedia griega, y más cercano de la idea ‘ilustrada’ de la “felicidad popular”. Grave tema, pocas cuestiones tan debatidas como ésa que lo mismo ha ocupado a los razonantes que ha entretenido la discusión en el casino, y sobre la que cada libro que aparece –en los últimos tiempos ha habido dos muy apreciables, debido uno a Darrin M. Mc Mahon y compuesto el otro por opiniones cruzadas en el entorno del Jean Delumeau—contribuye con su grano de arena a ampliar eso que Schopenhauer llamó alguna vez con guasa el “saber inútil”. España, para que se hagan ustedes una idea, figura en ese mapa mundial en el lugar 46, muy por detrás de Costa Rica, Noruega o Malasia y a una distancia inconmensurable de ‘paraísos’ como Austria, Islandia, Suecia, Finlandia o las Bahamas, un dato, como comprenderán que habla por sí solo sobre la impropiedad del método empleado. Siempre recuerdo la sabia broma de Bernard Grasset –el olvidado editor que descubrió a Proust– en su libro sobre el tema, cuando decía que el hecho de que le felicidad no dependa tanto de la posesión de bienes como de la capacidad de gozo demuestra que, en el fondo, la dicha humana no es más que una “aptitud”. Plinio decretó, él sabría por qué, que ningún hombre podía ser feliz. Todos sabemos que ese postulado es falso y verdadero a la vez.

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En le tema de la felicidad hemos pasado del fatalismo absoluto a la hipótesis del mérito, es decir, desde la idea de que los seres humanos han de soportar pasivamente los efectos del destino, al convencimiento de que, a pesar de todo, no deja de haber en sus manos una cierta capacidad de condicionar el hado. La filosofía ha trajinado mucho en este terreno, por supuesto, y al menos desde un punto de vista práctico, es admirable el nivel de obviedad e insolvencia de sus conclusiones, incluyendo desde el paradigma epicúreo al escéptico y pasando por la ocurrencia kantiana de que ser feliz consiste en tener satisfechas todas nuestras necesidades. Pero la verdad es que el concepto de felicidad es trilita pura según en qué manos, como lo demuestra su inclusión, expresa o subliminal, en cada utopía o sueño revolucionario. Hay incluso quien, como Ibsen considera que la búsqueda de la dicha es tal vez la expresión más acabada del espíritu de rebeldía, pero la herencia psíquica del cristianismo, con su propuesta soteriológica y su promesa de edén futuro, ha anublado durante siglos la vieja aspiración de los hombres de conseguir la felicidad en este mundo. Temo que calcular la felicidad por la brevedad de las ‘listas de espera’, el montante del PIB o el acceso al Instituto no sea un criterio realista, por mucha Unesco que Adrian White le eche a sus cábalas. Cada época tiene sus mitos y cada mito su trampa. Y así como Europa, desde Rousseau a Defoe, se tragó durante una temporada la fábula feliz que vino contando de sus viajes el capitán Cook, puede que la actual termine por zamparse los cuentos del Estado del Bienestar. He echado una mirada a esos 177 países alineados en riguroso orden decreciente y soy yo el que no traga. Lo siento por el ‘doctor Pangloss’ y por el doctor White pero ni este es el mejor de los mundos posible ni aquí se vive peor que en Malasia, qué coños.

Ojos cerrados

 

Lo que está ocurriendo con la inmigración, en especial con la clandestina, queda patente en la miserable historia del Centro de Internamiento para Extranjeros malagueño en el que un grupo de agentes habría abusado hasta la náusea de una pobres detenidas. Pero no olvidemos el resto: aquí se le han vendido “papeles” a algunos desesperados, aquí se abusa hasta la indecencia de esos desgraciados lo mismo a la hora de pagarles menos que a un trabajador normal que, a la de alquilarle un cuchitril para que se pudra hacinado con otros como él. Y todo eso lo sabe la autoridad, lo conocen al dedillo los alcaldes y las policías de los pueblos pequeños, las propias instituciones tuitivas que tienen a su cargo velar porque no ocurra lo que ocurre, como, por supuesto, lo sabe mejor que nadie el mismo Gobierno que lo consiente. Lo de las orgías será muy llamativo y muy canalla, pero forma parte de un abuso generalizado y permitido por activa o por pasiva. Con esos abusadores deberían compartir celda muchos otros, incluyendo a las autoridades que cierran los ojos.

Hacer política

 

Leo divertido en estas páginas una ‘Tribuna libre’ (aquí todo lo es) del jefe de la UGT, Luciano Gómez, en la que defiende con uñas y dientes a la candidata a la alcaldía y rechaza de plano las aspiraciones del expresidente de los arquitectos con el argimento de que “los colegios profesionales no están para eso ni para hacer política”. Tomen del fracso. ¿Y los sindicatos, están los sindicatos para hacer política, porque en Huelva estamos viendo que la UGT funciona como un trampolín para los despachos de las instituciones que gobierna el PSOE, como estamos hasta la coronilla de este síndico que cierra los ojos parta no ver lo que ocurre en Diputación pero se dedica ‘full time’ a trabajar en la cruzada contra el Superalcalde, lo mismo organizándole el lío tramposo de la central de Endesa que marcándolo en el día a día. ¿Está la UGT para hacerle la campaña a una candidata a la alcaldía o para tratar de destruir a un alcalde legítimo? ¿Es eso “hacer política” sólo para los demás o también para ese personaje sin mayores prendas que es el líder de UGT?