¿Existe Huelva?

Se contaba de un gobernador franquista, de la época en que ese cargo suponía una patada hacia arriba, que preguntó al recibir el nombramiento con el motorista por dónde caía aquella provincia. No sé si será cierta o apócrifa la anécdota (consúltenle al memorión de Antonio Segovia, que lo sabe, seguro), pero me la trea de nuevo a la cabeza el espectáculo del desinterés del Gobierno y de la Junta frente a la tragedia de nuestros quemados. “Fuegos Nunca Más” le ha escrito a ZP una carta requisitoria con una caligrafía que no se merece su displicencia por nuestros problemas recordándole, como si él no lo supiera, que ha ido a Guadalajara y a Galicia pero que no ha venido aquí, y el PP denuncia ahora que el presidente del Gobierno no ha cumplido siquiera su compromiso de reunirse en Moncloa con los alcaldes afectados. Vamos, hombre, hay que ser ingenuos. En política no existe lo que electoralmente no cuenta y en las zonas quemadas el PSOE tiene tan poco que perder como que ganar. Juan Romero puede guardarse su literatura para mejores causas.

Bajo el volcán

El ‘Cavaliere’ Berlusconi ha querido ratificar la índole eminentemente barroca de la política actual instalando en su espectacular villa sarda de ‘La Certosa’ un volcán artificial cuyas erupciones artificiales emiten fuego y lava que discurre vistosamente por la ladera hacia un lago vecino. Los vecinos de una aldea próxima, alarmados por el espectáculo que creyeron catastrófico, no se pensaron dos veces llamar a los bomberos que se personaron raudos en la famosa finca para rechifla del personal curioso que espiaba la ocasión. El propio Franco Zefirelli, un shakesperiano tan empalagoso, ha elogiado sin tasa el invento del expresidente resaltando el valor de su imaginación y calificando de “maravilla” esa demostración de friquismo ‘high society’, pero a mí la anécdota me sugiere un trasfondo mucho menos banal, porque si a algo remite ese empeño deslumbrador es a la dificultad de los políticos apeados del poder para reasumir su condición de ciudadanos del común. El propio recurso a la teatralidad barroca –ya Maravall explicó esa cultura como una vasta operación de propaganda política y religiosa–, el hecho de que un Berlusconi recurra a los mismos trucos que manejaron los Austrias para mantener su prestigio en plena decadencia—naumaquias en el estanque de El Retiro, epifanías teatrales, recurso constante el “deus ex machina”– , resulta sobradamente significativo y descubre desvergonzado la tendencia hipnótica del Poder, su vocación ilusionista frente a un pueblo que se expresa como masa y a una masa que se transforma en público en cuanto alguien prende la mecha e ilumina la noche cotidiana con los fuegos de artificio. “No puedo aflojar, porque media Italia me quiere duro”, dice él. Y es verdad, que es lo malo. Menos mal que esta vez en lugar de una ‘marcha sobre Roma’ el ‘duce’ se contenta con su volcán de juguete.
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No me figuro a Aznar haciéndose injertos capilares ni construyendo un volcán, aunque hay que reconocer que poco faltó para la odisea vulcánica en los fastos escurialeneses de la boda de su hija a la que, por cierto, asistió engominado el otro. Aznar no hace esas tonterías pero ha inventado un juego peligroso que se llama FAES y que consiste en virtualizar su presencia política en el mensaje ideológico, de forma y manera que el referente de la derecha española no sea su líder actual sino el que ya no lo es, de modo y manera que, lo antes posible, todo vuelva a ser como fue. No creo yo que a Aznar también lo respalde hoy la mitad de los españoles, y menos si sería capaz de volver por donde se fue para obtener esa imprescindible mitad más uno que –gracias a la estrategia aislante y a los pactos nacionalistas– parece hoy por hoy más que improbable. Pero la lección está ahí: en Cerdeña, donde Berlusconi entretiene sus ocios asustando a los paisanos con su volcán de pega, o en España, donde Aznar, a rastras de cierto complejo saturniano, le siega diariamente la hierba bajo los pies a sus propios herederos para que no acaben de echar raíces profundas. Un poco como González hace con hace con ZP dejando caer que no tiene una política fundada o simplemente que “está loco”, pero salvadas las distancias. Son excepcionales los políticos que se resignan con su caída y más raros todavía los que asumen su decadencia fatal, los michelines de la fama y las ojeras profundas de la impotencia. Y abundantes los Zefirelli que los jalean en plan palmeros en lugar de recordarles, como el esclavo a los vencedores romanos, que la victoria es casi siempre pírrica y que no hay ni bien ni mal que cien años dure. Cualquiera sabe qué será de Berlusconi en su complicado país, pero en cuanto a Aznar no es difícil sacar la conclusión de que va a contribuir gratuitamente a la ingeniosa estrategia de ZP de radicalizar al PP a base de achicarle espacios como los defensas hábiles. ¡Vaya chasco el de los bomberos, colegas! Entre nosotros, en cambio, nadie se alarma siquiera ante la erupción de la FAES.

Vivir del muerto

¡Qué historia la del homenaje a Lorca en el 70 aniversario de su asesinato! ¡Qué triste polémica la protagonizada por algunos políticos (Carmen Calvo, claro, Antonio Romero, claro) empeñados en desenterrar al poeta quiera o no quiera su familia, que es la única que tiene derecho a disponer de sus restos! No se reconoce apenas una cara en ese reportaje que estuviera en los homenajes “subversivos” convocados durante la dictadura, que era cuando tenía mérito y sentido democrático plantarse en el Barranco de Víznar, pero tampoco hay apenas caras que no estén en nómina aunque sí alguna profesional de las subvenciones. Van a lograr convertir lo que, todo lo más, podría haber sido un gesto reconciliador en un temerario mitin incapaz de entender que si la memoria de Lorca, por ejemplo, es de todos, sus restos sólo pertenecen a su familia. Somos el único país europeo empeñado en retroceder a los años 30 y con el Gobierno a la cabeza. Una historia triste: vivir de las víctimas. Un  tiro que ojalá no acabe saliéndonos a todos por la culata.

Un negocio impúdico

Tremendas las cuentas del superpelotazo de Punta Umbría. Increíble el procedimiento seguido por al anterior Ayuntamiento al que pertenecía/dirigía el propio Barrero para adjudicar una fortuna en parcelas a los “amigos políticos” incluso antes de de ser tasadas por los técnicos. Clamorosos esos 51 millones de euros largos con los que se habrían beneficiado los adjudicatarios. Penosa la pérdida por parte de Punta Umbría de esos 280 millones que el Ayuntamiento dejó de percibir en consecuencia. E imprescindible que se depuren responsabilidades, si las hubiere, y no quede todo en agua de borrajas ni en falsos debates de partido. ¿A dónde fue a parar el dinero de la diferencia de precios de las adjudicaciones y el que establecieron los tasadores?, se pregunta la oposición. Desde ahora vaticino que los implicados trataran de eclipsar este escandalazo con lo que fuere menester, probablemente con alguna cortina de humo procedente de una hoguera del rival. Pero ahí están los hechos y consta que en le propio PSOE hay no poca gente que pide luz y taquígrafos. Un disparate y una vergüenza. Seguiremos informando.

La falsa conciencia

Hubo con concepto que hizo época en la psicosociología europea de comienzos de los 60, el de “fausse consciente”, la falsa conciencia, a distinguir de la “mala” o de la “buena” que en aquellos años exigentes y utópicos nos hacían hilar tan fino. Lo lanzó Joseph Gabel, supongo que discretamente enterrado a estas alturas de la inopia en un libro con ese título que, sobre una precaria pero sugestiva conciliaciñon de las teorías de Karl Manheim y Georg Lukács, nada menos, trataba de demostrar que los intereses llevan a los individuos en la sociedad clasista a deformar la realidad con dos instrumentos eficacísimos: la ‘idelogía’, que ya se sabe, y la “falsa conciencia”, coincidentes ambas en situar el análisis, o sea, la comprensión “no dialéctica” de la realidad, fuera del tiempo y del espacio, en el limbo prevaricador de las conveniencias en el que todo es posible. Rescato el concepto abrumado por la polémica en torno a Günter Grass, “con quien tanto quisimos”, y el redoblar de sobre su tambor de hojalata tanto del palillo de la autojustificación (acabo de leer en la competencia varios ejemplos diáfanos en este sentido) como del de la insidia oportunista. Dicen unos que pertenecer a las ‘Waffen SS’ en el umbral de la vida y en plena exaltación nazi es disculpable, disimulable, olvidable, no sé, insignificante, en definitiva. Otros quieren que esa aventura inconfesable, una vez descubierta, sea purgada. La memoria puede servir para el escarmiento o para la venganza, a la vista está, y es obvio que junto a la confesión de Günter Grass se apunta a Ratzinger en una tortuosa polémica imposible de resolver si no es desde el dudoso terreno de la ucronía. Es muy cómodo procesar a Papon, pero no tanto aceptar entre los ‘colaboracionistas’ a Mitterand, a Bobbio o al propio Bertold Brecht si es que es verdad lo que dicen que lo es. Nadie pidió nunca, que yo sepa, la devolución del Nobel por parte de Knut Hansum, nazi declarado, ninguna inquisición arrimó la mecha a la merecida pira de Benedetto Croce o a la de tantos otros. Grass, de momento, ha vendido la tira de ejemplares, eso sí. Si hubiera dado en esas memorias un testimonio convencional, el negocio no hubiera sido tan redondo.

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Dicen que lo censurable en Grass es su prolongado silencio. Bueno, yo no conozco a nadie que hay ido por ahí pregonando sus errores más o menos circunstanciales. Si de verdad se quiere restablecer la memora histórica en España, pongo por caso, prepárense los inquisidores para justificar la presencia de muchos personajes de la izquierda en el ámbito fascista o parafascista. Desde el propio franquismo se trató de detractar a los intelectuales críticos (Laín, Aranguren, Maravall, Lapesa y demás) ironizando sobre “los nuevos liberales”. Pero la cosa puede ser peor, no lo duden, como encontrase al fantasma encantador de María Zambrano, un suponer, alineada con García Valdecasas, el de la “biografía a apasionada” de José Antonio, en algún proyecto que mejor olvidar. Lo de Europa, obvio es decirlo, resulta peor y lo de las ‘SS’, probablemente insuperable, pero ahí están los hechos. Volvamos a Gabel: la realidad sólo es correctamente interpretable en su específico ámbito espacio-temporal, fuera del cual la enajenación se disfraza y confunde inevitablemente. Yo creo que Grass ha dado el golpe con su “confesión”, que es de lo que seguramente se trata, y hasta me atrevo a dar un consejo: no crean en “malas conciencias” ni en monsergas, pero tampoco dejen de aplicar la perspectiva de la “conciencia falsa” para explicar lo mismo los silencios vergonzantes que las revelaciones audaces. El mercado lo metaboliza todo, hasta la infamia. Günter Grass no va a cambiar ahora de piel (ni de la suya ni de la de su tambor) pero va a salir mucho más rico de este brete. Hoy leemos la carta de Bobbio a Mussolini o vemos la foto de Miterrand con los de la Gestapo y no damos crédito. La de Grass adolescente con la calavera en la solapa no ha de ser peor.

La nueva era

Inquieta ver en manos de aficionados un problema tan grave como es el de la revolución demográfica que se está produciendo sin orden ni concierto en el interior de la sociedad tradicional. Ese informe de la Junta que calcula en más de 420.000 los extranjeros que viven en Andalucía, el dato de que, entre el 98 y el 2005, esos nuevos pobladores se han multiplicado sobradamente por tres, la realidad de que en Almería o Málaga esas ‘minorías’ superan ya el 15 o el 12 por ciento. Proponer que los emigrantes voten está muy puesto en razón pero no lo está seguir ignorando que lo que está ocurriendo en nuestro tejido social tiene el alcance de una revolución en toda regla que, dentro de pocos años habrá tenido consecuencias hoy imprevisibles. Están tratando ese cataclismo demográfico como si fuera un incidente o una contrariedad en lugar de afrontarlo como la revolución que, en realidad, es. Por razones de ajuste social, por motivos laborales, en función de la propia seguridad. Mucha partitura para esos aficionados. Ojalá que el concierto no acabe en desconcierto, pero ello sería lo normal.