Los nuevos ricos

Desde hace un tiempo no se cae de titulares la noticia de los robos de arte en la nueva Rusia. Empezó la cosa por el descubrimiento en un “inventario de rutina” de que en el inmenso museo del Hermitage de San Petersburgo (o sea, de Leningrado) –mil salas, tres millones mal contados de piezas artísticas, varios miles de empleados y dos millones de visitantes—una red de cacos, que tal vez viniera actuando desde hace treinta años, habría aliviado el fondo museístico de cientos de objetos valorados, cuando menos, en cien millones de dólares. Un icono clásico ha aparecido en un cubo de la basura, un valiosísimo cáliz sería recuperado en poder de sus captores y el responsable de la institución ha avisado ya de que, si bien cientos de objetos robados puede que se rescaten todavía, una cantidad similar no podrá serlo nunca por haber fallecido los autores del robo y con ellos cualquier posibilidad de pistas fiables. Los turistas que viajan estos días a Moscú pueden contemplar el fabuloso fondo incautado por Lenin a los “burgueses importadores” de “arte sedicioso” en un palacete próximo al Museo Puchkin y hasta se habla ya de la posibilidad de reunir en una sola colección las doscientas obras  (Rubens, Watteau, Poussin entre otros) dispersadas en los años 20 por los soviéticos en lejanos museos de provincias para preservar la moral revolucionaria. No es oro todo lo que reluce, sin embargo, en este momento artístico ruso si añadimos al saqueo de El Hermitage el robo de dos mil documentos y dibujos pertenecientes al Archivo Estatal de Literatura y Arte que acaba de descubrir la diligente policía del nuevo régimen, y menos aún si nos enteramos de que el propio Putin ha sido timado por un tal Dimitri Kutenkov, marchante especializado en “retocar” trabajos de medio pelo artístico para venderlos a los nuevos ricos como auténticas obras maestras. Y eso será todo lo inconveniente que quieran, peor no me digan que no tiene su mérito metérsela doblada a un ex capo del KGB y sacarle un millón de euros por una castaña.
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Como escribo nómada no podría dar detalles, pero me ronda la cabeza la ocurrencia de Hauser de que no hay arte sin mercado ni mercado sin arte, teoría que no me esperaba yo, desde luego, que fuéramos a ver confirmada precisamente sobre las ruinas del experimento comunista. No hay duda, en todo caso, de la capacidad de reificación del arte, es decir, de su propiedad de convertir en ‘cosa’ la ‘obra’ hasta desplazar a un segundo plano no poco alejado su genuina condición de ‘bien cultural’. Que un palurdo ponga un Miró en su cuarto de baño no debería extrañarnos ni poco ni mucho sabiendo que uno de los ocho capos del planeta cuelga en su salón o vaya usted a saber dónde un petardo valorado en un millón de euros, porque lo que ello revela es sencillamente que el arte funciona en el mercado como cualquier otra mercancía, es decir, sometido a una oferta y una demanda no siempre transparentes sino más bien todo lo contrario. No sé qué decirles, pero creo que, al fin y al cabo, uno preferiría los delirios ideológicos de la Revolución, con el majareta de Maiakowski enredando por medio, antes que el estólido espectáculo de esta nueva burguesía mafiosa que, en efecto, corrompe y se deja corromper por el arte hasta el punto de agenciárselo en el mercado negro ¡empezando por el Presidente! Aquí en Venecia no tengo más remedio que acordarme de la guasa que Brodski –un ruso nada comunista– dispensó al arte moderno y a Peggy Guggenheim en particular, por el papel que representaban en la comedia burguesa con Max Ernst y Ezra Pound encabezando la comitiva de encantadores de serpientes. Déjenme que les diga, sin salirnos de este terreno, por supuesto, que entre un Lenin que expropiaba el arte, un Stalin que lo desterraba y un Putin que se deja tangar por el marchante, la verdad es que no sabe uno a qué carta quedarse.

Metáforas equívocas

¿Fascismo islámico? Bush no es precisamente un  teórico pero no es él sólo el que anda a vueltas estos difíciles días con el improperio que trata de justificar en la memoria simbólica la “guerra contra el terror”. No vamos a ninguna parte inventándonos etiquetas. Lo de fascismo islámico, por ejemplo, es una bobada que suena malamente, además, en boca de quien, como los EEUU, subvencionó durante los años 80 (casi toda la década) la guerra de los fascistas iraquíes de Sadam contra los islamistas iraníes de Jomeini. Se dirá que el muftí de Jerusalén pasaba revista a las SS brazo en alto, pero eso también parece que lo hacía Günter Grass (lo cuenta él mismo en sus memorias) y hasta se sospecha que pudo hacerlo Mitterand  aunque a nadie se le ocurra a estas alturas relacionarlos con el nazifacsismo. Lo poco que sabemos de este último episodio de la cruzada islamista contra Occidente es que su mecanismo es religioso más que social. Sin despreciar la hipótesis que cifra el odio islamista en causas socioeconómicas, que tanto juego dio cuando la reciente subversión de la ‘banlieu’ parisina, parece más ecuánime aceptar el hecho desconcertante de que la índole de la rebeldía del radicalismo mahometano contra nuestra cultura es estrictamente religiosa y que la condición de sus protagonistas es sobre todo burguesa: los “british-born boys” que proyectaban volarnos sin contemplaciones en medio del océano son coleguitas de la clase media acomodada, no precisamente parias de la tierra. Habrá, pues, que buscar mejores explicaciones a la conciencia terrorista, aceptar de una vez, sin que ello implique la condena de la religión en su conjunto, que su fundamento es religioso más que social o político, entender que el motor del fanatismo es la construcción ideológica que se encarga, por supuesto, de alimentar el odio en las tripas. Un fascista islámico sería, un poner, cualquiera de los régulos o sátrapas aliados de Occidente desde el Magreb a Pakistán. Estos no. Estos son los arcángeles flamígeros de una religión que se mantiene medieval en pleno siglo XXI. En cierto modo, son más “nuestros” que ajenos, más de Blair que de Ahmadinejad. Al tiempo.
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Un profesor de Princeton, Bernard Lewis, experto en cuestiones islámicas, ha avisado en el Wall Street Journal sobre la posibilidad de que el próximo 22, aniversario del viaje de Mahoma a Jerusalén y de su posterior ascensión a los cielos, sea el día elegido por los estrategas del terror sacro para provocar el Apocalipsis, y a lo peor no es una casualidad que ese mismo día haya sido señalado por el presidente iraní para dar una respuesta sobre el pleito nuclear, consistente en “iluminar con la bomba” la noche de la Ciudad Santa, metáfora que obviamente alude a las milagrosas luminarias que, según el mito, alumbraron aquella anábasis del Profeta. ¿Qué, hablamos de fascismo, que es más cómodo, o llamamos a las cosas por su nombre y decimos de una vez que en el seno del Islam ha surgido –como tantas veces en la historia—un movimiento devastador y suicida empeñado en acabar con la única civilización conocida en la historia humana? En Londres, el sucesor del imán Omar Bakri, ahora creo que entre rejas, se ha apresurado a proclamar que el siniestro complot descubierto no es más que un montaje contra los intereses islamistas, pero circulan sondeos que descubren que la mitad de esos islamistas británicos (la “segunda generación” famosa) se considera antes musulmana que británica. Lo que estamos viviendo es una guerra de religión, la primera entre tantas que se libra con mesnadas suicidas y que es ubicua gracias a Internet, ese invento crucial de la civilización combatida. Nada de fascismos ni monsergas: éste es un terrorismo inspirado en una lectura particular del Islam y santas pascuas. Una vieja historia, después de todo, Una historia que nunca hemos aprendido y no parece que estemos entendiendo ahora tampoco.

Cuerpo presente

Hay en este momento en Venecia dos polémicas furibundas. Ha provocado una la ocurrencia del síndico Cacciari de organizar en la Plaza de San Marcos un concierto de David Gilmour para lo cual, y a pesar de las tímidas manchas de “acqua alta” que, entre palomas y japoneses, asoman aquí y allá por el pavimento, ha habido que montar un tiberio de focos y bafles que han dejado hecho unos zorros al “mas bello salón del mundo”. El otro debate gira en torno al pretendido hallazgo de algún sabio de que los restos del apóstol Marco, cuyo león evangélico nos contempla hace siglos desde su alta columna, y que se supone que yacen en el grandioso templo, no serían tales sino los de Alejandro Magno que los aventureros venecianos habrían afanado, por error,  en Alejandría cuando el viaje famoso. Ni que decir tiene que a las primeras de cambio, se han disparado todas las alarmas y cargado con bala todos los trabucos mitográficos, confundidos hasta el sofoco los unos con un notición que echa por tierra la leyenda áurea, encantados los otros con la posibilidad de dar por fin con la huesa de aquel doncel que se creyó completamente en serio que era hijo de Amón Ra. Poco me ha aclarado la contemplación en la Galería de la Academia de aquel robo tal como lo imaginó Tintoretto, pero del treno del kioskero y de la temperatura de las proclamas cívicas deduzco que si el sabio no da marcha atrás aquí vamos a ver pronto nuevas inquisiciones. No se puede echar por tierra toda una historia legendaria como quien de un papirotazo derriba un monigote insignificante y menos sustraerle a una nación la médula mítica de la que ha vivido siglo tras siglo. El culto a los muertos está en el origen de todas las religiones, como sabemos, pero en la actualidad da qué pensar el hecho de que se esté convirtiendo en una auténtica moda.
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Hace bien poco han sido los huesos de Colón conservados en Sevilla los investigados para determinar su autenticidad y nadie puede garantizar que cualquier día no nos levantemos con la nueva de la indagatoria del patrón Santiago que tan poco crédito le merecía al maestro don Américo Castro en el precioso librillo que le dedicó. Aquí mismo, en Venecia, alguien me dice que habría que proceder sin demora a probar por medio del carbono 14 la distancia que separa a un presunto habitante del siglo I de alguien que, como Alejandro, vivió a varias centurias de distancia. Pero también me dicen muy cuerdamente que entrar en ese juego sería poner en danza demasiadas certezas y colocar en el alero las más graves tradiciones. No creo que en Sevilla, por ejemplo, se hubiera hundido el mundo si llega a descubrirse que los restos colombinos del mausoleo de su catedral fueran, en realidad, apócrifos, pero mucho me temo que una ciudad que ha desafiado la ley de la gravedad y resistido impertérrita durante siglos el embate de las aguas no soportara el cambio del primer evangelista por el del emperador. La vida de los hombres se nutre de sustancia mítica en grado muy superior al que solemos imaginar, lo que quiere decir que la historia, y con ella la propia vida, se vendría abajo sin remedio de arrebatársele sus andaderas mitográficas. Venecia, mismamente, podrá sobrevivir a David Gilmour como sobrevivió tantas veces a la peste, pero dudo que resistiera esa orfandad mítica que supone la pérdida del patrón por el que juraban los dogos y al que se encomendaban las suripantas del Aretino. Tiene mucho peligro manipular la muerte, escarbar en el tiempo sin saber qué puede uno encontrarse a la vuelta de la esquina. Castro mismo hubo de resignarse a que las evidencias de su trabajo, que eran no poco contundentes, pasaran inadvertidas camino de ninguna parte. Le he echado una ojeada al león marciano y me ha parecido como si la grotesca ferocidad heráldica se tiñera, a su modo, de una inefable ironía.

Cine de verano

No ha habido en Nueva York las temidas reacciones ciudadanas a la película de Oliver Stone sobre el 11-S recién estrenada. Es verdad que la Paramount se ha resignado a prescindir de la cartelería publicitaria por si acaso al personal le daba por reaccionar abiertamente contra lo que, antes de ver el film, los críticos ya habían consagrado como la reapertura de una herida dolorosa en la mente ciudadana. Pero el estreno ha sido apoteósico hasta el punto de agotarse cocacolas y palomitas en el bar en la sesión matinal. No hay mensaje político explícito en la película, por lo visto, aunque sí un medido ejercicio psicológico para demostrar, según dicen, el impacto de la tragedia en un psiquismo ciudadano que se ha vuelto más frágil, vulnerable y sensible, a ver qué nos van a contar a nosotros, en especial tras los increíbles juegos de mano del jefe de los ‘tedax’. En Venecia se discute mientras tanto la presunta crisis de la ‘Mostra’, esa madre de todos los festivales que todavía Joseph Brodski y Susang Sontag consideraban como un “acontecimiento disidente”, pero que ahora, de creer a sus propios organizadores y a las voces críticas más influyentes en el país, agotada en sus potencialidades revolucionarias, deberá escoger entre “renovarse o morir” y no precisamente de éxito. Las preocupaciones cambian con los tiempos y no tendría sentido que el cine constituyera una excepción a esta regla fatídica, y yo mismo lo he podido comprobar estos días en Tortoreto Lido asomándome sólo de pasada (palabra) al festival del erotismo que allí se celebra como una réplica orate de lo que la ‘Mostra’ fue y, mejor o peor, ha seguido siendo hasta nuestro Abenámar. Allí he sabido que los actores porno locales no valen un duro a juicio de sus “partenaires” indígenas que, aún reconociendo la validez de sus “prestaciones físicas”, les reprochan que, a diferencia de los checos o españoles, hacen su papel como un trabajo y no como un juego. Y así, como cualquiera puede comprender, no se va a ninguna parte.

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Me ha hecho cavilar, no obstante, la queja de las pornoactrices por cuanto tienen de reclamo verista de su especialidad y también de implícita confirmación de un género hasta ahora marginal pero quién sabe si pronto tan convencional o más que el viejo ‘western’ o que las series vecindonas de nuestra industria televisiva. Muchas cosas han funcionado así en el arte, es decir, empezando por la prueba burda e incluso grotesca de sus posibilidades más obvias hasta acabar depuradas en el manierismo más sofisticado, de manera que no sería raro que la descendencia artística de Nacho Vidal –a quien nuestra teletonta suele tratar ya como si fuera Spencer Trace—termine por dar de sí esa oportunidad soñada desde hace decenios por nuestro cinema subvencionado y que, a salvo contadas y gloriosas excepciones, no ha conseguido hasta ahora grandes empresas. Pero si Graham Green se quejaba de que un género como el policiaco dispusiera de motivos y claves tasadas, nada les digo –por lo que he podido entrever en la cita del Lido—de una especialidad tan antigua como limitada. Cualquier adolescente se troncharía hoy leyendo a Petronio, a Sade o a Restif de la Bretonne, un poco por la misma razón que sus abueletes se tronchan recordando las escapadas a Persignan para admirar las transgresiones de Brando de las que hablábamos el otro día. Otro mito que se cae, eso sí, el del ‘latin lover’ por antonomasia, la leyenda de esos “maschi italiani” que a sus parejas parece que les resultan hoy, para decirlo finamente, más bien “poco passionali” que otra cosa. Qué alivio, oigan, saber que nos consideran y respetan tanto por acá fuera, aunque sea de cintura para abajo y, de momento, en la serie X. Como uno es tan sensible al patrioterismo fuera del terruño no les niego que ese inesperado piropo me ha subido la estimativa a la altura de estos precios prohibitivos.

Memorias del futuro

El primer ministro francés, Nicolas Sarkozy, anda metido en presentar un nuevo libro. Su título es “Testimonio” y de él se han tirado ya 130.000 ejemplares aunque, según FNAC y Amazon, que son los que saben, se estarían tirando bajo cuerda, por si acaso, otros 100.000 más. Ya es estimulante que un cuarto de millón de ciudadanos se gaste 16 euros en el libro de un político en activo y, en muchos casos, incluso haciendo cola para conseguir el ejemplar, aunque sea preciso recordar que en Francia esto no constituye propiamente una novedad, pues ya Mitterand, Chirac, o Giscard d’Esteing vendieron más que decorosamente sus tochos de memorias. Incluso se habla de que “Temoignage” será el libro del verano tal como apostaba el autor con el argumento de que el momento para proponer lecturas al personal es precisamente el de las vacaciones. Qué envidia, para qué negarlo. Aquí unas excelentes memorias como las de Calvo Sotelo o unas bien publicitadas autoapologías como las de Guerra apenas han sacado la cabeza a fuerza de propaganda beata en nuestras serviles televisiones, mientras podemos comprobar que, al otro lado de la muga, aún hay interés masivo por lo que pueda decir un político. Hay pocos libros en los mostradores franceses que hayan aguantado tantos años de venta como las memorias (apócrifas, para más inri) de Fouché o las no menos sospechosas de Talleyrand, permanentes en las listas de libros intemporales mientras se eclipsan uno tras otros los grandes mitos de época. El de Sarkozy parece que va a descrestar sobre todos ellos, encima, a pesar del escaso atractivo que ofrecen, al menos en primera instancia, sus confidencias sabidas y sus secretos a voces. Y en una democracia en la que estas cosas ocurran como cosa normal –¡y en pleno ferragosto!— esa es una buena noticia. No me imagino yo en este país de tiradas lugareñas un exitazo semejante en un libro político. Nos queda mucho trayecto para alcanzar esa otra “convergencia” que es la que fundamente realmente un régimen de opinión pública.

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No hay grandes novedades, no obstante, en estas revelaciones. Desde la crisis de la “banlieu” y la insurgencia inmigrante hasta el “affaire Clearstream” pasando por el folletín de las relaciones internas de los conservatas, no veo en los adelantos nada que nos saque de dudas o pille por sorpresa. Ni siquiera el rollo de su divorcio y reconciliación posterior consigue en esas “confesiones” fingidas más que un cierto aire de calculada componenda, lo que ha permitido escuchar a la izquierda la ironía de que, en realidad, ‘Sarko’ nos cuenta una epopeya incluso antes de vivirla. Vale, lo que quieran sus críticos, pero díganme si se les ponen o no los dientes largos con sólo imaginar que entre nosotros hubiera un hombre público capaz de sacar a la calle de un empellón casi un cuarto de millón de ejemplares. Las “Cartas a los franceses” de Mitterand, la “Francia para todos” de Chirac, “El Poder y la Vida” en que Giscar nos contó los secretos de septenato excluida, naturalmente, la anécdota de los diamantes que le regaló Bokassa a su señora. Un amigo librero de Paris, de los de los viejos tiempos, me decía hace poco que nunca había vendido ningún libro mejor ni durante más tiempo que las memorias de De Gaulle, y yo ando preguntándome, a la vista de este éxito de ese “premier” que alguien ha definido con las del beri como “ brillante y gris”, qué habría ocurrido si el general levantara la cabeza y se dejara caer con una nueva entrega de su (también muy calculada, todo hay que decirlo) histórica memoria. Siempre me ha intrigado más lo que los políticos callan que lo que acaban diciendo, razón por las que jamás les compré un libro después de tragarme el clásico de Churchill. ¡Pero doscientos treinta mil ejemplares para empezar a hablar, Dios mío de mi alma! Uno debería poder elegir nacionalidad en plan “prêt-à-porter”. Yo, por ejemplo, en ese caso, me haría francés hasta mañana o pasado.

El armario político

De nuevo, como hace unos tres años, al cumplirse el decenio de la muerte/suicidio del primer ministro francés Pierre Bérégovoy, el debate sobre la extraña suerte de ese insólito espécimen de político honrado vuelve a abrirse en ciertos círculos franceses y no precisamente vinculados a la derecha, ni a la mediática ni a la otra. Destaca sobre ese fondo oscuro la vaga sombra añadida que se sitúa sobre la figura de Mitterrand varios de cuyos hombres de confianza habrían desaparecido en circunstancias ciertamente extrañas. Una exhaustiva y apasionada encuesta confeccionada por Dominique Labarrière bajo el concluyente título de “Cet homme a été assassiné”, se lleva la parte del león de esta “revival” probablemente inútil pero que, qué duda cabe, repone sobre la mesa unas sospechas que han podido conocer lo mismo los sesudos lectores de ‘L’Express’ que la indomable basca de “Le Canard enchaîné”, concordes todos en que resulta difícil de tragar que un señor tan cuerdo se suicide por un quítame allá esas pajas y en las propias barbas de su guardaespaldas, y no sólo de un tiro en la cabeza ¡sino de dos! No es nuevo que entonces se habló de la depresión del “premier” a causa de su derrota electoral y, sobre todo –admírese la ubérrima raza española–, por el “escándalo” que habría supuesto el descubrimiento de un crédito blando que le habrían concedido para comprar un apartamento en el distrito XVI, pero ni siquiera haría falta empaparse de la pesquisa de Labarrière para abrirse a la duda más mortificante. Ahora, además, en lo que se pone el acento es en la coincidencia de que esos “hombres del Presidente” acabaran más o menos de la misma sospechosa manera, a saber, el director de Seguridad, René Lucet, en 1982, también de otros dos tiros en la cabeza (“mortales ambos y sucesivos”, según el forense), Françoisde Grosseouvre, un espía cualificado, en 1999 y también del consabido disparo en la cabeza, y en fin, en 1994 –es decir, un año después del ‘suicidio’ de Bérégovoy–, Pierre-Yves Guézou, funcionario encargado de escuchas antiterroristas que, para variar, apareció ahorcado. Demasiadas casualidades, demasiados coincidencias, tal vez evidencia sobrada. El tiempo parece empeñado en ensombrecer la imagen del hombre que quiso parecerse a De Gaulle como éste se había empeñado en imitar a Napoleón.

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Habrá que esperar un tiempo para ver en que quedan las nuevas conjeturas, que seguramente será en bien poco, pero tampoco es menester apoyo científico para admitir que en la política común –y me refiero a la que funciona en democracia, porque de la otra no es preciso hablar—hay demasiados armarios abarrotados de cadáveres. La Thatcher llegó al pragmático cinismo de mostrarlo abierto de par en par e los mismísimos Comunes y González a salir en defensa de Amedo –“como cabeza de los funcionarios españoles”, dijo entonces—asegurando que no existían de sus crímenes ni existirían en el futuro. ¿Qué se equivocó, y qué? A usted o a un servidor nos entrilla la Justicia ciega con un armario semejante al de Mitterand y no cabe la menor duda de que nos duele la cabeza durante una temporada. A Mitterand, ni reñirle. Alguna vez lo vi llegar con su bufanda a ‘Lip’, en Saint-Germain, y zamparse un codillo con chucrut, aunque entonces no sabía uno que, justamente por aquellas fechas, acababa de condecorar en su biblioteca privada al terrorista que hizo volar a los ecologistas del “Rainbow Warrior” tras calificar al atentado como lo que era, como “un ataque criminal”. No debe de ser fácil dormir junto a un armario-ataúd, o tal vez sí, quién sabe. Si se molestan en seguir esta polémica o en leer el libro de Labarrière, puede que salgan de la experiencia con más dudas que entraron. Un niño mimado de Hitler (y de los demócratas) como Ernst Jünger, sostuvo que cuando el crimen se convierte en enfermedad, la ejecución es pura cirugía. Pues ni una palabra más.