Mi propiedad privada

El argumento de la Dipu reclamando “su cuota” en la caja de ahorros resultante de la fusión de El Monte con la Caja San Fernando recuerda a aquel bolero en que Moncho se refería a su sumisa amante como “Mi propiedad privada”. En este bolero de la política, en efecto, a fuerza de hechos consumados, esta tropa se ha llegado a creer, a pesar d eno poseer un duro en sus capitales, que las Cajas de Ahorro son suyas, de los partidos en el poder, y por eso reclaman como propias unas cuotas que, en realidad, no significan otra cosa que altos cargos para sus capos de confianza. “No renunciaremos a la cuota que nos pertenece”, dice uno de esos consejeros digitales que viven a la sombra de la institución. Verdaderamente es admirable el modo con el cual se han apoderado del mayor instrumento financiero de la región entre cuatro gatos políticos, pero esa es la cera que arde. Hoy las Cajas tienen un peso en la política andaluza difícilmente exagerable. Tanto que sus beneficiarios ni siquiera tienen conciencia de la extravagancia que supone este auténtico atraco legal.

Revisión de fortunas

Había en el derecho antiguo una institución estupenda que incluía, junto al “juicios de residencia” del corregidor, la “revisión de su fortuna”. No es tan difícil coger a un alcalde o a un concejal/a y pedirle cortésmente que demuestre –en el caso frecuente de que llegara a la política con una mano detrás y otra delante– cómo ha podido reunir su patrimonio. En Punta, por ejemplo, esa gravísima sugerencia formulada desde el PP de que los dos trásfugas que han robado la mayoría al gobierno han adquirido algún inmueble costosísimo a pesar de no tener recursos visibles, debería ser tenida muy en cuenta por la que le trae a todos, a los acusadores y a los acusados. Y si, finalmente, resulta que esas criaturas no pueden demostrar nada, ahí está la Justicia incluso antes que la Política. Claro que a ver por qué iban a ser ellos los únicos “revisados” en su patrimonio habiendo tanto sospechoso por ahí. Un chalet de 420.000 euros, si es cierto que se lo han comprado, es mucho chalet para dos jóvenes sin mayores recursos. Si nada tienen que temer deberían ser ellos solitos quienes enseñaran la faltriquera.

La vida breve

En Guayaquil ha muerto una anciana de 116 años, María Esther Heredia, probablemente la mujer más vivida del mundo, al menos por el momento. Quedan por ahí otros longevos que aspiran al récord, incluida la yanqui Elizabeth Bolden, sólo unos meses menor que la difunta, y Emiliano Mercado –un nombre que parece sacado de Juan Rulfo o de García Márquez–, un portorriqueño que no cumple ya los 115 abriles. Cada longevo dice tener su fórmula secreta, su elixir de eternidad –que en el caso de María Esther parece que era la leche de burra-, siempre de espaldas a la teoría y como si no supiéramos desde que vivimos en la sociedad opulenta que el único arcano verdadero reside en las vitaminas y los antioxidantes. Un sueño, ése de la vida eterna, que funciona en la existencia como el envés del tópico de la vida breve que, según la reciente novela de Jostein Gaarder –el manoseado autor de “El mundo de Sofía”—, le reprochaba al mismísimo san Agustín una novia despechada. Casi todas las civilizaciones cultivan la ilusión de la longevidad, empezando tal vez por la crónica egipcia que atribuye a sus primeros reyes, vayan ustedes a saber por qué, existencias de 1.757 años, ni uno más ni uno menos. El sabio Josefo sostiene en sus “Antigüedades” que los antiguos (no precisa más) vivían por sistema un milenio, un tiempo no muy diferente a los 900 años que habrían aguantado el chaparrón, según la vieja leyenda, los padres antediluvianos. Los patriarcas bíblicos vivían una barbaridad, comenzando por Adán de quien alguna vez se dijo que no había padreado hasta cumplir por lo menos los 230 años. Sólo muy tardíamente pone orden el ‘Génesis’ en esta historia interminable al establecer la divinidad que, en adelante, ningún humano cumpliría en este perro mundo más de los 120 tacos (Gn., 6, 3), lo que venía a ser una miseria considerando que antecesores suyos como Héber o Selaj habrían triplicado esa marca (Gn., 11) o que Sem sobrevivió al Diluvio, que le pilló ya talludito, lo menos medio milenio (íbidem). Fue la maldad humana y sólo ella la que, colmando la paciencia divina, dio al traste con el primitivo proyecto de la larga vida, en un tiempo en que aún habitaban la tierra los gigantes y los hombres soñaban con alcanzar el cielo con la mano. La verdad, a la vista de la que está cayendo, no sabe uno si quejarse o agradecerle a los ancestros su perversidad.

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Hoy no se puede hablar, como entonces hacía el biblista, del tiempo del hombre. Hay enormes diferencias, y más que va a haber, entre unas regiones del planeta y otras, o por decirlo negro sobre blanco, entre los pueblos ricos y los pueblos pobres. En África, por supuesto, la cosa va de mal en peor y todo hace prever que la actual expectativa de vida de 49 años ha de caer en picado a consecuencia no sólo del SIDA sino también de la atrocidad de la violencia. Europa y Norteamérica van mucho mejor, claro está, embaladas hacia los 80 aunque con notable ventaja de las hembras, pero hay países desdichados, como Zambia, Malawi o Sierra Leona, en los que un ser humano apenas tiene por delante al nacer un horizonte de 35 años mal contados. En Japón o Islandia se vive ya un promedio por encima de los 82 añitos, a pesar del anisakis, y en Suiza o China también van ya al filo de los 80. Cada vez más parece, sin embargo, que el problema no será prolongar la existencia del hombre sino organizar la supervivencia del excedente poblacional, es decir, garantizarle al longevo un plato de lentejas y un techo al que acogerse. Ya entre nosotros se presume de marcas de vida mientras se sigue discutiendo acerca de la al parecer ineluctable crisis final de la seguridad social. ¿De qué viviría hoy un patriarca varias veces centenario con la calderilla de las pensiones? Pensando en esas miserias y en el Inserso, tal vez Dios se quedó corto al poner límite en el ‘Génesis’ a la vida dilatada.

El disgusto médico

Dura respuesta la dada en esta páginas por un prestigioso cirujano, el doctor González de la Vega, a la Junta y al SAS: el gran problema de nuestra sanidad pública, los clamorosos fallos de un sistema bueno en conjunto, no derivan más que de la chapucería burocrática y la obsesión ahorradora (en sanidad, no en otros gastos) de un régimen autonómico que jamás cumplió su famosa “reforma sanitaria”. No es cierto, dice el médico, eso de que “to er mundo vale pa to”, axioma que sostuvo en su día, entre bromas y veras, algún presidente de la Junta. Lo cierto es que estamos viviendo la gran deserción de unos facultativos maltratados que carecen de reconocimiento social, cobran poco y no se sienten respaldados por su Administración. Lo importante no es, como dice el portavoz de Chaves, que los enfermos sean atendidos, sino que sean atendidos aquí, en su autonomía. Esto no es Zambia, por si lo han olvidado. O no debería serlo tras un cuarto de siglo de autogobierno.

Duras realidades

Tremendo golpe el recibido por el montaje del párroco de Beas al descubrirse la prueba de que anda comprando locales en Ucrania. Mal camino el que lleva el PSOE, cada día que pasa más empantanado en la evidencia de que en Punta Umbría su equipo de gobierno urdió un macronegocio como la copa de un pino con los “amigos políticos” a pesar de las advertencias de la oposición. Inquietante la defensa del verdadero lince de Doñana, el alcalde Bella, en defensa de los llamados “usos tradicionales” del Parque Nacional, poco ‘sostenibles’ hoy, seguramente, teniendo en cuenta los cambios ambientales o demográficos. Aprovechategui el uso partidista de las instituciones que hace Diputación para promocionar futuros candidatos municipales. Elocuente el resultado de la acción policial antidroga. Una vergüenza el apoyo que siguen recibiendo los tránsfugas escapados del PP o el PA. Detestable ese recurso al insulto en la propaganda política que parece ya aceptado como habitual. El nuevo curso se presenta movido. Da aquí a las municipales no va a dar abasto la máquina de la verdad.

Portero de noche

La triste historia de Natasha Kampush, la niña secuestrada durante ocho años que padece un vivo síndrome de dependencia respecto de su raptor. Otra vez la naturaleza imitando al arte: Natasha al personaje de Charlotte Rampling en “Portero de noche”, la historia de la esclava voluntaria, de la enamorada del verdugo. La proximidad con éste termina por ‘familiarizarlo’, su estrategia consigue desmontar la resistencia natural del agredido. Algunos psicólogos llaman a eso “síndrome de adaptación paradójica” pero una metáfora sirve para salir del paso, no para resolverlo. Natasha añorando a su carcelero, por ejemplo: algo indica que hay ahí algo más una simple paradoja artificiosamente generada por el miedo, acaso una atávica pulsión de la mente a favor del macho dominante. Es sospechosa la propia la insistencia de Natasha en que jamás llamó amo a su captor a pesar del insistente deseo de éste. Pero dueño o no, desconcierta la imagen de esa esclava adolescente aislada de todo, hasta de sí misma, amigable en la convivencia, diligente como sirvienta ya que no como “ama de casa”. “Adaptación paradójica”. Se viene hablando en estos términos desde hace más de treinta años siempre ilustrando la memoria con la imagen de los secuestrados suecos o con la de Patricia Hearst, la millonaria que se unió a la banda terrorista de sus secuestradores. Incluso hay no pocas historias –incluida la famosa de Estocolmo—en que la víctima se enamora del verdugo. ¿Y por qué extrañarnos? ¿No vemos a nuestro alrededor una legión de mujeres que soportan durante años, a veces toda una vida, el maltrato infame de sus parejas? Se sabemos que incluso hembras con posibles, “emprendedoras” incluidas, han resultado incapaces de denunciar a sus chulos? Y no vamos a hablar de la arquetípica situación del proxeneta, para qué: defienda usted a una mujer sometida y es probable que ésta se revuelva contra su defensor como una fiera herida. Misterios del alma más que paradojas psíquicas tal vez.

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Con cada nueva revelación eleva Natasha el calor de su nostalgia. No tendría por qué haber muerto el raptor, comparte con su “suegra” el dolor por la pérdida, asegura. Y no echa de menos la adolescencia perdida, no ve razones para lamentar el cautiverio y la soledad forzada, como no parecen verla las desdichadas que, perdidas en el anonimato, sufren el día a día de unas sevicias que tantas veces acaban en el sacrificio brutal. La excusa de la piedad o de la compasión, a veces hasta el sentimiento de culpa asumido a partir de la inducción del canalla, funcionan como lubricante ideal de ese mecanismo perverso. La literatura está llena de ejemplos, como la Historia si se lee entre líneas, y no se salvan princesas ni reinas. El caso de Natasha no tiene más singularidad que su enorme relieve mediático y, ciertamente, sospecho que va a contribuir más a aumentar la confusión que a clarear esa sentina. Pero prueba otra vez la capacidad del arte para adelantarse a la realidad: Liliana Cavani no exageraba al crear su personaje en la vieja película, sino que probablemente quería sugerir que la vida normal es para muchos un campo de concentración. Cuentan que la mujer asesinada estos días en Osuna había consumido su larga vida familiar en el silencio encubridor del asesino. Como tantas otras. La “moral social” no se elige, simplemente se asume, ahí está el problema. Y esas desgraciadas que han hecho del perdón una filigrana de la tortura y de la compasión un argumento maligno, a aquella convención pública obedecen como autómatas, se pliegan a la exigencia que les impone el modelo imaginario en que el machismo se sostiene enhiesto. No hay razones de peso para admirarse ante el culebrón de la pobre Natasha, mujer sin juventud, joven sin adolescencia, adolescente si infancia. Como tantas otras, insisto, sólo que con mayor publicidad. Como tantas otras y ante nuestra indiferencia.