Vida y salud

 

La vida ha dejado de ser una azarosa realidad, un misterio incontrolable, para convertirse, dentro de un orden, en un fenómeno físico sometido, como tal, a la acción de la ciencia. En una de sus breves y brillantes sugerencias, José L. de la Serna nos ha explicado ayer mismo en estas páginas cómo la protesta por el alto coste de la investigación farmacológica –un verdadero tópico en las sociedades desarrolladas y, por eso mismo, hipercríticas—va cediendo ante la opinión fundada de muchos expertos que sostienen que la grave factura que abonan religiosamente las sociedades industriales nada tiene que ver con el despilfarro sino que supone una altísima rentabilidad traducida en el aumento de la expectativa de vida y, por supuesto, en la calidad de ésta. José Luis nos ha explicado que el 16 por ciento del fabuloso PIB de los EEUU se elevará hasta alcanzar más o menos, si las circunstancias permanecen medianamente estables, la friolera de un 25 por ciento en el próximo cuarto de siglo, un logro que colocará a países más modestos de la zona paradisíaca, como España mismamente, en la disyuntiva de elevar, a su vez, el presupuesto propio o asumir una decadencia seguramente insoportable. No vivimos cada día más porque sí, ni porque un dedo invisible detenga allá en lo alto el reloj de la existencia, sino porque una serie de factores benéficos convergen en el progreso práctico que afecta en general a los países desarrollados y, al menos en términos residuales, también a los que aún permanecen en las afueras del edén. Hay nuevos peligros, es cierto, avanzan imparables ciertas epidemias difíciles de controlar, la enfermedad viaja en avión –como acaba de demostrarse tras la reducción del tráfico aéreo que siguió al 11-S–, se multiplican los males provocados por el ritmo de la vida o la insensatez medioambiental. Pero que la biografía se prolonga y la vida mejora a ojos vista, aunque sea en con esa injusta distribución, no puede negarse, y que tal progreso es función de las inversiones que confluyen en la nueva farmacia tampoco. Hace unos días escuché en tv un alegato muy puesto en razón de alguien que reprochaba al Estado la cicatería de negar el viagra a los paralíticos y pensé, oyéndolo, en lo que va de ayer a hoy, es decir, desde una sociedad que prohibía la venta de anovuladores a otra que propugna la gratuidad del afrodisiaco. Cuando me preguntan eso tan chorra de que

en qué época me hubiera gustado vivir respondo siempre sin vacilar que en ésta tan denostada pero tan socorrida que nos tocó en suerte.

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Puede parecer anecdótico pero el hecho de que este tipo de reivindicaciones haya pasado de tabú a exigencia apunta al progreso efectivo que la vida está experimentando a pesar de los pesares. Otro reportaje sin desperdicio ha sido ése que nos daba cuenta del hallazgo científico de la eficacia de un antidepresivo como la dapoxetina empleado como controlador de la eyaculación precoz, mal de muchos y consuelo de nadie, que no tengo que decirles que hasta antier por la mañana no cabía ni pensar que llegara a preocupar a la sanidad y menos a convertirse en una reinvindicación. Porque es curioso, que así como la impotencia ha tenido su literatura, explícita o implícita, no hay ni rastro en ella de estas disfunciones que, sin embargo, han jugado en la vida un papel tan jodido. Escuchar a los sabios –en este caso a la cuadra de ‘The Lancet’—enfrascados en el problema de controlar la serotonina para prolongar la dicha de los amantes anima tanto como verlos salvar los viejos problemas a saltos de gigante. Pronto habrá gresca reclamando que se incluyan en el recetario esos filtros saludables que justifican que se prolongue la vida y no faltará el eco cavernícola que se oponga, como tantas veces, al progreso de la felicidad. Curiosa especie que mejora y amenaza, a la vez, su propia existencia, acaso por no descubrir a tiempo esas pequeñas razones que informan, en última instancia, la razón de vivir,

Las personas del verbo

 

Un profesor británico ha propuesto en un curso de verano un “pacto del recuerdo” como mejor remedio para salvar el “pacto de olvido” afortunadamente alcanzado durante la Transición. Pero las tristes esquelas mortuorias de ambos bandos siguen apareciendo en los periódicos diariamente en una demostración incontestable de que no hay posibilidad de romper el acuerdo de concordia sin volver al planteamiento abiertamente guerracivilista. Nunca desde hacía decenios se habían escuchado en España esos tristes epítetos, ni se había mostrado en su lacerante y fatal realidad un tremendo episodio histórico que aquí todo el mundo daba por superado, digan lo que quieran el Gobierno y los fosores, como precio de una paz que nadie podrá decir que no mereciera la pena. ¿O es que tiene más sentido volver a abrir la doble cicatriz sin más objeto auténtico que la lucha electoralista? El presente no tiene vuelta atrás como el pasado no puede ser actualizado sin grave tervigersación de la realidad. Quienes conjugan errónea o maliciosamente ese verbo vital van a verse, cuando menos se lo esperen, convertidos en meros agentes del odio y en sicarios de la venganza.

La terraza del Barceló

 

Terminó en Punta Umbría el ciclo veraniego –¡y van cuatro!—de las “Charlas en El Mundo”. Con un éxito que ha superado todas las expectativas y que ha causado sorpresa, sin excepción, a todos nuestros ilustres invitados, con un público consolidado al que en cada ocasión se incorporan más espectadores forasteros atraídos por una tribuna de creciente prestigio e incontestable indepedencia. La propia personalidad de los charlistas habla por sí sola: Vicente Verdú, Ana Pastor, Maite Pagazaurtundúa, Pablo Sebastián, Antonio García Trevijano, el arabista Martínes Montávez o el embajador de Israel Víctor Harel. Nunca hubo en Huelva un proyecto semejante ni por su calidad ni por su constancia. Y va a continuar, pese a quien pese, ahora de nuevo en la Casa Colón, a un paso ya de celebrar las cien conferencias. Gracias todos, incluidos los detractores, que todo ayuda. Las “Charlas” seguirán abiertas a la inmensa mayoría con el compromiso indeclinable de neutralidad y el objetivo único de que Huelva tenga el nivel cultural que lo corresponde.

El balón sagrado

 

No me ha sorprendido ni poco ni mucho que un equipo de fútbol, el mítico Boca Juniors nada menos, haya tendido la idea de crear un cementario exclusivo para su hinchada o, como dicen los porteños, para la “barra”. La “barra” del Boca es para verla en los alrededores del estadio porteño, especialmente en los días aciagos, expresando su “afición” al más puro estilo salvaje, en plan “naranja mecánica” total, pero no es distinta de otros muchos “ultraísmos” –hay que ver para lo que puede quedar el término inventado por Guillermo de Torres para designar gráficamente a la ‘vanguardia de la vanguardia’—que funcionan por ahí el calor de otros colores, y que expresan su adhesión incondicional con el bate y la tea destrozando estadios o pegándole fuego a los asientos con las trágicas consecuencias ya conocidas. Es tan hondo el sentimiento forofo que hace mucho que se ha jugado con la metáfora de compararlo con el religioso, es decir, con la hipótesis de que el fútbol sería, en definitiva, no un simple divertimento algo salido de madre, sino un sucedáneo de la Trascendencia, una suerte de culto laico calcado en el subconsciente del milenario modelo religioso. Lo mismo se dijo de algunos partidos políticos –recuérdese el deslumbrante retrato del “militante” que Sartre hizo en ‘Situations’—y, muy en particular, de las organizaciones comunistas en cuyo funcionamiento hasta un ciego podía ver –aunque algunos, yo mismo, no las viéramos en su momento, miren lo que son las cosas—la reproducción calculada de mitos y ritos, de organizaciones y liturgias y, que era lo más importante, del espíritu rígidamente jerárquico que tan finamente supo disimular el propio Lenin bajo el disfraz de eso que se llamó “centralismo democrático” y que fue combatido con tanta energía por los mismos que lo siguen practicando una vez muerto el Cid.

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El hombre aspira a altas agarraderas, necesita aldabas firmes, y si no las encuentra a propósito o le caen a trasmano, pues se improvisa un sucedáneo y a vivir que son dos días. El fútbol mismo. El fútbol es una religión tan activa como cualquier otra y casi tan lucrativa como las demás. Bueno es que lo recordemos en pleno funeral ‘corpore insepulto’ de nuestro sabio entrenador nacional, aunque sea para entender por qué un equipo monta su camposanto en régimen de exclusiva. Después de todo, la Iglesia católica ha mantenido cerrados a cal y canto los suyos a no pocos creyentes, por ejemplo a los pobres suicidas y a otros disidentes de la disciplina oficial, y para qué hablar de los de otras religiones, mientras que hasta Franco tuvo que fingir que el monumento de Cualgamuros –el Valle de los Caídos que los ingenuos extremistas quieren reconvertir en una especie de parque temático del cainismo hispano– venía a ser un funeral por todos los caídos y no sólo por los suyos, como ahora de nuevo reclaman las atroces y anacrónicas esquelas mortuorias del zapaterismo. Dicen que en el dormidero del ‘Boca’, arrullado por el bandoneón populachero y turistón de aquel barrio de leyenda, tendrá su parcelita el gran Diego Maradona, lo que sugiere que el culto futbolero argentino se ha degradado en una especie de evemerismo que ha rebajado su metafísica hasta ver en sus dioses lejanos a simples héroes legendarios cuyas tumbas decían conocer los viajeros como el propio Evemero o Pausanias entre tantos otros. Los argentinos, aparte de todo, tienen ese lado necrófilo que alcanzó cotas altas en la costumbre de saquear panteones políticos aunque alcanzara su cenit en la macumba de Evita. Pero nadie puede asegurar que su invento no acabe conquistando la mente rapada de esos ultras subvencionados que cuentan ya, como todas las religiones, con sus víctimas y con sus mártires. Mucho ha degenerado la Humanidad desde la ordalía de David o desde el juicio de Paris, eso va a misa. Pero desprestigiado el cielo, ya sólo quedaba asegurar el limbo. Y ahí lo tienen ya.

Otoño marbellí

 

Ha dicho mi admirado (y denigrado) Javier Gómez de Liaño, defensor hoy de la que Gil llamaba “la Rubia”, es decir, de la exportavoz del PSOE en aquel Ayuntamiento, Isabel García Marcos, que “le choca que quien lleva muchos años combatiendo acabe por cometer los mismos delitos que combatió. Bueno, a ver qué va a decir, con el embolado que tiene en lo alto, pero realmente no es tan difícil imaginar, a estas alturas del ‘thriller’, la manera de compatibilizar ambas actitudes. Chaves mismo dice que no se molesta en contestar a Roca por que es un delincuente, como si ésa fuera razón ni medio qué para neutralizar la gravísima acusación que Roca ha lanzado contra la Junta de Andalucía y cómo si fuera la primera vez que él ovaciona a unos delincuentes. Tampoco Plata, el candidato más o menos ‘in pectore’, lo tiene del todo claro, dada su conexión con el “caso Chaves”. Y ya veremos qué ocurre cuando se manifieste el gilista/ andalucista Carlos Fernández en carne mortal y largue por esa boquita. Mal pinta el otoño en Marbella aunque casi todo apunta a que el temporal acabará centrándose sobre Sevilla.

Mesa y partidos

 

Parece ser que a la Mesa de la Ría, vamos, para entendernos, al más que presunto candidato a la alcaldía José Pablo Vázquez Hierro, le molesta la presencia de los partidos en la organización, porque –dicen ellos—es posible que aleje a los ciudadanos y los haba inhibirse en lugar de estimularlos a incorporarse al proyecto. Vaya cuento, compadres, porque ya me explicarán la razón por la que Vázquez mismamente se arroga más “civilidad” que los partidos, que son, que uno sepa, al menos por el momento, los únicos instrumentos de representación reconocidos constitucionalmente. ¡Con lo sencillo que la Mesa hubiera seguido siendo Mesa sin meterse en políticas, como dicen que decía Franco! Me da que la verdad es que ese candidato “civil” quiere espacio libre para su aventura y, a ser posible, sin obstáculos, que tiempo habría, llegado el caso de ver a qué partido se arrimaría si lograra el dudoso escaño. O sea, lo mismo que los demás partidos pero de paisano. Algo más eficaz deberán encontrar si pretenden mantener esa ambiciosa candidatura.