Días mágicos

Voy a Toledo en vísperas del Corpus, llego en la tarde-noche a la ciudad abarrotada, la muchedumbre trajinando por el laberinto de callejuelas engalanado con primor bajo las velas que harán mañana de palio sublimado al paso del Santísimo, adornos florales, guirnaldas, reposteros, pendones y banderas, faroles de sugestión mozárabe, en lugar de las espigas y racimos, de los cálices y los santos de palo sevillanos. Es como pasar del paradigma barroco al medieval, conservado con celo, en la Castilla profunda, en el formol del sacro anacronismo, la vieja fiesta que representaba –siglos antes de Spencer y de Comte—al “cuerpo social” que venía a ser el envés de “corpus misticum”. El tiempo detenido: tras el piquete y los timbales, los pertigueros catedralicios, y luego los gremios, estamentos y cofradías, los labradores con su capa parda de estameña, los Caballeros Cubicularios de san Ildefonso, los investigadores con golilla blanca y cordón carmesí, los doctores con toga y birrete, la Soberana Orden de Malta –manto negro, gola y cruz blanca–, los Mozárabes con su manto y birrete azul, los del Santo Sepulcro, manto marfileño y cordón de seda roja, cruz potenzada y birrete episcopal, los Infanzones de Illescas –capa roja, cruz en flor y albo birrete– los del Corpus Christi, con el paño verde y las tres cruces sobre el pecho, gola y guantes blancos…, y las cofradías, y las hermandades con sus lábaros y estandartes, y los acólitos con báculo, y los humildes seises, la Santa Caridad –la más antigua– con su traje fúnebre, los grilletes y la pala de enterrar ajusticiados…

Y luego las albas, los amitos, casullas, sobrepellices, estolas, bonetes, borlas, hasta la orfebrería esplendorosa de los maceros, como recién salidos de la mano del bordador Covarrubias, repujada de oro viejo y platas indecibles, cíngulos sobre la estameña, manípulos ondeantes. Y cánticos, plegarias, ovaciones –¡a Dios!–, las peinetas y matillas negras, el escuadrón ecuestre en hábito de gala, los cascos de los caballos, calzados para no herir las viejas piedras, la tropa, en fin, marcial, ahora ya, ay, sin bandera, que era lo suyo, lo de toda la vida, pluviales con la fimbria repujada, el silencio roto por las ovaciones. El Medievo, ya digo, la esencia conservada a contrapelo, la imagen antañona del cuerpo y la cabeza con sus miembros, la historia viva y fósil del sueño de los siglos. España detenida en el tiempo interior que nunca pasa y Rilke tiritando ante el cielo del Greco.

El apagón cívico

Van a mantenerlo en secreto, ya lo verán, pero dicen que la sociología de guardia ha detectado un gran apagón televisivo en toda España justo en el momento en que se vio y escucho la “xiulada al hinme espayol i al Rei Felipe de Borbón” convocada por doce grupos secesionistas. No estaría mal que se confirmase este extremo al menos para que los anunciantes tomaran nota de cara a una próxima ocasión pero, en todo caso, queda demostrado que el agravio, más allá del himno y el Jefe del Estado, lo sintió como propio una considerable mayoría de españoles. No habrá sanciones, en cambio, muy probablemente, puesto que la Comisión Antiviolencia y el Consejo Superior de Deportes –como tantos otros órganos inútiles—resultan por completo expletivos a la hora de los disturbios. ¿Cómo y por qué se puede cerrar un sector de un estadio –del Sánchez Pijuán, en este caso—porque los ultras de la hinchada profirieran en su día, lejano por cierto, insultos y groserías impropias de un espectáculo público, y no se puede hacer nada o casi nada cuando un estadio en peso, ante una audiencia televisiva millonaria, se pitorrea del Jefe del Estado y de la ciudadanía española en general? Se podrá decir que el Gobierno los tiene de plomo por no haber adoptado medida alguna ante lo que era una amenaza confirmada, pero más urgente es que se señale a esos organismos de control que viven como Dios sin más obligación que vestir el cargo.

En Francia, hay que repetirlo, con motivo de un abucheo, el presidente Chirac dio media vuelta y se fue del palco –lo que, al menos a mi juicio, en el caso del Rey no hubiera sido procedente—y su sucesor Sarkozy, como es bien sabido, lanzó una ley ordenando la suspensión inmediata del acto en que no se respetara como es debido la Marsellesa. Bueno, pues aquí el árbitro ni siquiera recogió en su acta el grave incidente de la misma manera que ningún agente de la autoridad intervino frente a los bronquistas que, en la puerta del estadio, repartían los silbatos. En cuanto a los altos organismos, se han limitado a enviar al fiscal unos hechos que conoce de sobra y frente a los que la Audiencia Nacional ya sentó el precedente cuando consideró que armársela al Jefe del Estado y chiflearse del himno no eran, en todo caso, más que manifestaciones del derecho a la libertad de expresión. Me van a perdonar pero yo creo que lo que habría que cerrar no son tanto los estadios como esos altos organismos que viven del cuento sin servir para nada.

Pactos y cambalaches

Cuando pase este periodo agitado y sepamos ya que palo aguanta a cada vela, tendremos que distinguir entre pactos y cambalaches, es decir, entre operaciones políticas dictadas por el sentido y la lógica común, y los arreglos bajo la mesa trajinados entre unos y otros. Es curioso que Podemos exija al PP y al PSOE que no negocien “a espaldas del pueblo” sino con luz y taquígrafos, mientras sus negociadores se mueven como sabandijas ofreciéndose al mejor postor. De momento, tendremos que conformarnos con observar estos trajines en los que lo que vale para uno mismo no vale, por lo visto, para los demás.

Geografía inventada

Hace años que los españoles del Sur vienen contemplando cómo crece Gibraltar. No se trata de un fenómeno de la Madre Naturaleza sino del empeño de los “llanitos” de ganar terreno al mar. De poco o nada han servido las reclamaciones que, desde el sentido común, se alzan aquí y allá, porque la postmodernidad ha descubierto que, del mismo modo que los Países Bajos consiguieron contener el mar, también resulta posible achicarlo en beneficio de la tierra. En el suroeste chino, un archipiélago compuesto por un centenar largo de islotes, bautizado por los ingleses como Spratley, es hoy objeto de una intensa disputa desde que los chinos han decidieron a ampliar por las bravas su parte del condominio –Spartley pertenece, además de a China, a Vietnam, Filipinas, Malasia, Taïwan y el sultanato de Bruney—ávidos de sus estratégicos recursos naturales que, aparte de inmensos caladeros, cuentan con reservas todavía incalculadas de gas y de petróleo. Así como el que no quiere la cosa, los chinos han aprovechado el tiempo mientras la discusión proseguía, hasta el punto de que el Pentágono norteamericano sostiene que ha logrado ampliar su “territorio” sobre el mar en más de ochocientas hectáreas. Nada es ya estable y permanente, como en tiempos de Estrabón o Tolomeo, ni siquiera los límites que dice el Dios de Job haberle impuesto a las aguas marinas.
China lo hace todo a lo grande últimamente y ni siquiera ha tenido que renunciar a la imagen de Mao para reconvertirse en un coloso mayúsculo capaz de desafiar a cualquiera en el terreno militar o en el proceloso mundillo de las finanzas, mientras el resto del planeta la contempla petrificado entre la admiración y el temor, confirmando el aviso implícito en el libro áureo de Marco Polo. Por eso se ha hecho con el mayor paquete de deuda americana, por eso ha inundado nuestras ciudades de establecimientos menores, por eso, aprovechando la globalización, ha reinventado el capitalismo con la complicidad de los mercaderes de Occidente, y por eso, finalmente, se dedica ahora a engrandecer su territorio disputándole al océano, islote a islote, su vastedad inmemorial. ¡Setenta y cinco kilómetros en diez meses, aseguran los satélites que ha crecido ese mapa amarillo! Es posible que la civilización acabe reinstalándose en el mapamundi trasladando sus reales a un Oriente al que ha ignorado insensatamente durante tantos siglos.

Predicar y dar trigo

Como una cosa es predicar y otra muy diferente dar trigo, el feminismo de nómina ha acabado “recortando” también las ayudas a las mujeres maltratadas. Lo ha desmentido la directora del Instituto Andaluz de le Mujer, Carmen Cuello, pero todo confirma que la denuncia de este periódico era la verdad y que la Junta –que no “recorta” pero si “ajusta”, ya saben–, al menos según la delegada de Cádiz, lo único que puede hacer es pedirle perdón a esas víctimas del machismo en espera de tiempos mejores. La directora Cuello ha hecho el ridículo desmintiendo una realidad que, ciertamente, clama al cielo.

La hermana rata

La prensa americana, en concreto el NYT, vuelve sobre el tema de los llamados animales serviciales. Hemos visto ya a perros entrenados descubrir alijos pero también olfatear ciertas enfermedades, incluido el cáncer, en enfermos no diagnosticados, y ahora parece que los adiestradores han conseguido que ciertas ratas aprendan a detectar la tuberculosis, un mal que hace estragos añadidos en el África subsahariana. Una de ellas, la “cricetomys gambiana”, está siendo utilizada en diversos países azotados por las guerras para localizar, tras un severo entrenamiento, las temibles minas antipersonas o las granadas artilleras, esa herencia negra de la inhumanidad que ha costado ya, por ejemplo, ochenta mil víctimas en Angola y unas mil anuales en Colombia. Menos pesadas que los perros, al parecer, tan diligentes como ellos y acaso mejor dotadas en su olfato, parece que, sólo en Mozambique y en un solo año, fueron capaces de “limpiar” medio millón de metros cuadrados, eliminando seiscientas minas y trescientos proyectiles, un resultado más o menos equiparable al conseguido en Tanzania. No resulta exagerado por parte del NYT, pues, motejarla como “Herorat” o rata-héroe aunque no haya faltado, como era de esperar, la protesta de algunos ultras del naturalismo conservacionista que ven en la utilización de la rata por el hombre un abuso de lesa animalidad que no justificarían ni los cientos de miles de muertos y lisiados que constituyen la herencia de las postguerras.

Va a haber que reconciliarse con las ratas más allá de su leyenda negra, acaso originaria del viejo Egipto en el que la combatieron divinizando al gato, aunque haya que reconocer que su imagen es casi insalvable. En los bestiarios medievales no encuentro rastro de ellas pero Apolo, según Homero, las protegía, Daniel Defoe las detractó, Freud hubo de encargarse de buscarle los tres pies al gato simbólico atribuyéndole connotaciones fálicas y demás, y Camus de execrarlas, quien sabe si con la imagen de los carros cargados de ratas muertas que pintó Brueghel el Viejo en “El triunfo de la Muerte”. Sólo en China, que yo sepa, encontró la rata un trato preferente –es el primero de los animales de su zodiaco—que, según parece, libera a ese animal de cualquier connotación peyorativa. En España, la Reina (emérita) lidera una campaña contra las mismas minas que le vendemos nosotros mismos a esos desgraciados. Algo es algo. De lo que no habrá más remedio es de seguir entrenando ratas.