La puerta falsa

No creo que a ningún espíritu demócrata le cuadre la solución de forzar a dos ex-Presidentes imputados a salir por la puerta falsa. Tampoco que ésa sea la solución de las corrupciones, supuesto que con ellos tuviera que ver lo que se malician los tribunales. Tan cierto es que la política no fue nunca una profesión noble, como sostiene el tópico, como que siempre hubo políticos honrados a carta cabal y hasta víctimas de su honradez. Por eso no cuadra la exigencia de los partidos emergentes de liquidar políticamente a Chaves y a Griñán haciéndolos salir, tras toda una vida dedicada a lo público, por la puerta falsa. ¿Qué se consigue con ese doble sacrificio, al margen de que sea del todo legítima la reclamación de responsabilidad que implican? Pues a mi juicio, resolver simbólicamente el problema dejando el tinglado intacto, es decir, purgar en esos dos bucos propiciatorios un mal antiguo y generalizado que ninguno de los partidos que han gobernado en democracia ha sido capaz de evitar: la corrupción. Ver a Chaves y a Griñán escabullirse por la puerta de atrás como si se tratara de dos maleantes, aliviará el compromiso de los que lo reclaman, pero no ofende sólo a aquellos sino al sistema en su conjunto, es decir, a todos, a usted y a mí incluidos, aparte de no solucionar nada. ¿No ven que, sólo en lo de los ERE hay cientos de imputados, por no hablar de los que caerán en el escándalo de los fondos de Formación –ese saqueo– o en el de Invercaria? ¿Qué se soluciona pregonando que toda Andalucía es Marbella castigando en solitario a dos presuntos responsables?
El mal social que nos aflige no es sólo el producto del mal gobierno, la tolerancia o la connivencia de una cohorte política, sino la consecuencia de una crisis moral profunda que concierne a la sociedad en su conjunto. Los dos grandes partidos no son los únicos que han defraudado: han sido todos, hasta el punto de que los savonarolas de Podemos andan ya con las faltriqueras pringadas antes de llegar al Poder y de que un amplísimo sector de los ciudadanos, si no defrauda es porque no puede o no se atreve. Por eso mismo cifrar la condición reformista en ese mutis vergonzante de dos ex-Presidentes saliendo por la puerta del corral me parece un acto de fariseísmo políticamente cómodo pero inútil. Es posible que nada en el futuro sea igual que venía siendo. Pero el remedio no puede ser, desde luego, arrancar por las bravas dos mascarones de proa.

El dilema perfecto

¿Ha fracasado sin remedio el pacto con los “emergentes”? Eso parece, ya que el susanismo –¡a la fuerza ahorcan!—parece aproximarse al PP, olvidado ya el síndrome del Tinell. París bien vale una misa, ¿no? Aunque, claro está, el PP sólo mantendrá esa “mano tendida” si el PSOE cede y admite que en adelante gobierne la lista más votada, lo que supondría para él gran ventaja en las municipales y en lo que venga detrás. Es el dilema perfecto tanto para un PSOE que basó siempre su éxito en la satanización de la Derecha, como para el PP, que necesitaría para no suicidarse conseguir a cambio una compensación del orden de la apuntada y apuntarse el tanto de salvar “in extremis” la implosión del bipartidismo.

La nueva esclavitud

Circula por la Red una estremecedora entrevista a un inmigrante, Bangali Kone, en la que nos descubre con detalle la odisea de la inmigración. Cuatro años ha tardado esa criatura en alcanzar nuestras playas, tras salir de Costa de Marfil huyendo de la guerra, pasar por Guinea, residir dos años en Mali, atravesar el desierto y cruzar Mauritania. Bangali explica que, aparte del azote de las guerras, esos africanos que nos llegan de milagro en las pateras huyen de la esclavitud, pero no de una esclavitud metafórica sino de una tan real como la vida misma, en la que el negro trabaja sin condiciones si quiere alcanzar siquiera un mendrugo de pan. Y las mafias. A Bengali y sus amigos los engañó un miserable que, tras cobrarles por adelantado, no compareció para cumplir su parte del trato –imagínense la desolación–, por lo que hubieron de entramparse de nuevo, dejar la familia en el trayecto e intentarlo de nuevo hasta pisar la costa para comenzar un nuevo calvario, el del papeleo, ese otro desierto de papel timbrado que impone el hombre blanco. Bengali dice que los españoles son buena gente pero que ignoran la homérica realidad de la inmigración, la larga jornada del emigrante hasta llegar la Paraíso. ¡La mayor alegría de su vida! Ulises se olvida de Circes y Polifemos en cuanto llega a ese reino imaginario que es su Ítaca ajena y da por bien empleada su odisea. ¿Quién sabe qué gran futuro tiene reservado el mundo rico para sus hijos?, se pregunta, el pobre.

Cuatro años no es nada, si bien se mira, si al final, allá en la delgada línea del horizonte, se vislumbran –¡con tal de que no sea un espejismo!—las cimbreantes palmeras del oasis, el mundo justo y humano en que la esclavitud se abolió hace mucho y el racismo es un delito. Miro la cara de Bengali, su gesto entre atormentado y feliz, y esos ojos privados de los suyos por los que ha navegado, atado al mástil para no oír a las sirenas, desde su desastrosa Troya hasta este paraíso en que lo aguarda acechante, en el mejor de los casos, el piso hacinado, los sueldos-basura, la amenaza constante y el calor sofocante bajo el plástico de los invernaderos. Son los nuevos bárbaros, de acuerdo, pero admitamos que nosotros somos la ruina moral del Imperio, los nuevos amos explotadores pero que, al menos, les damos de comer. Miles de Bengali llegan al edén cada día tras años de viaje, miseria, naufragios y desiertos. Bengali no se queja. Ni ese derecho le queda a los nuevos esclavos.

Marcha atrás

Se enroca el PSOE en el argumento de la gobernabilidad y exige a los otros tres partidos que “dejan gobernar” a la candidata, mientras escucho a Albert Rivera en la radio muy sensatas razones que desautorizan, de hecho, las premuras de su virrey andaluz. Alsina le pregunta que por qué sólo exigen la sanción de Chaves y Griñán con olvido de la legión de altos cargos también imputados, pero Rivera esquiva el venablo. De todas maneras, demasiados indicios apuntan a que la candidata Díaz –que disolvió el Parlamento porque le dio la gana—lo tiene cada día menos claro en su pretensión de mandar por derecho propio. No saben que negociar es ceder, pero van a tener que acostumbrarse a vivir un drama político que ya no tiene dos actores sino, por lo menos, cuatro. Rivera ha echado el freno sabedor de que ganar hoy Andalucía podría suponer perder dentro de poco España.

Aquella voz

Me llaman de Huelva, los paisanos comunes, hablo también con Raúl del Pozo, para comentar la inesperada muerte de Jesús Hermida. Como muchos comunicadores, Hermida, de hecho, no fue de Huelva más que de joven –creo que él había nacido en Ayamonte, junto a la raya de Portugal, que diría nuestro querido Carlos Cano—porque cuando lo reencontré en Madrid, al filo de los años 60, él peroraba ya en un castellano impostado, casi prosopopéyico, en cierta residencia que mantenía el ministerio de Trabajo, con una jotas que rasgaban como cuchillas y unas eses que ni mi Jesús Quintero. Lo recuerdo, eso sí, de joven, rodeado de cierta leyenda trágica por la prematura muerte de su padre, erguido ya el tupé aunque todavía con el pelo de la dehesa, y luego en Madrid hablando del paraíso perdido sin muchos detalles. Cuando le sugerí al alcalde “perpetuo” de Huelva, Pedro Rodríguez, que lo conocía igual que yo, que lo distinguiera con la medalla de la ciudad –cosa que hizo con gusto— recuerdo que él correspondió con un discurso medido, templando las consonantes, sin allanarse del todo sino manteniendo estudiadamente el discreto acento de la patria chica.

Siempre le dije que escribía mejor que hablaba pero él, que sabía que lo suyo no era tanto la comunicación como el espectáculo, me saqueaba mi incipiente biblioteca y seguía su camino. Habrá a quien le gustara más o menos, incluso tal vez quién lo detestara por su gesto suficiente y su vuelo rasante “au dessus de la melée”, pero yo nunca dejé de verlo en su imagen poco más que adolescente –era mayor que yo–, listo como el hambre y, creo yo, que tímido bajo el que acabaría siendo su distante disfraz profesional. Recuerdo su crónica sobre el asesinato de Martin L. King en el telediario como si la estuviera oyendo y su imagen peripatética por nuestra calle Mayor –la calle Concepción—, ídolo ya de las mozas como lo sería luego siempre. Y su retransmisión del primer alunizaje y oírle decir que aquellos desolados parajes Cabo Cañaveral le recordaban las marismas españolas “comprendidas entre Cádiz y Portugal”, es decir, en nuestra Huelva natal. Él era así, una audaz autoconstrucción, un perfil autoesculpido, una voz impostada y ajena que a mí me recordaba, sin embargo, al muchacho de otro tiempo, ya entonces, como siempre, amable caricatura de sí mismo. Nunca entendí por qué nuestras voces señeras se aferran al castellano mesetario. Tampoco ignoré nunca que el teatro tiene sus exigencias.

Todos son casta

No hay forma de poner un pie en la nómina política sin reconvertirte en miembro de la “casta”. Llegan todos locos por tocar poder, insectos seducidos por la luz en que pueden abrasarse vivos. Pero al menos los de Podemos van de duros y han puesto cara de poker tras asistir a la sesión de trilerismo de la investidura manteniendo su veto a una candidata prometelo-todo, mientras que a Ciudadanos, esa esperanza blanca, le ha faltado tiempo para tirarse a la piscina vacía. Dice Arias Maldonado que ese apoyo comprometido con Díaz sin regatear siquiera sólo puede responder a la ambición de los dirigentes que mueven los hilos desde Barcelona y también que puede que, por ganar Andalucía, pierdan España. Ahí le duele. La “vieja guardia” del partido anda que echa humos.