Ruido sociológico

Una bizarra encuesta la publicada por el Centro de Estudios Andaluces, larga mano de la presidencia de la Junta ayudada por el CIS del Gobierno. En ella se confirman obviedades –ya saben, la sociología es ciencia empírica dedicada probar lo obvio, dijo uno de sus fundadores—tales como que los andaluces tienen escaso interés por la política y se fían de casi todo el mundo menos de sus gestores. Pero también se recogen conclusiones estupefacientes como ésa de atribuir “alto conocimiento” político a nuestros ciudadanos por le mero hecho de reconocer a Chaves como presidente –¡tras una eternidad en el poder y en la tele!—y otras no menos extravagantes, como la muy galana de considerar bajo ese mismo conocimiento por ignorar quién presiden la Comisión Europea. ¿Y cuántos diputados y altos cargos creerán esos ingenuos sociómetras que conocen este dato? Hay ocasiones –y ésta es una de ellas—en que ni siquiera podemos imaginar qué mueve al Poder a gastar el dinero público en mandangas semejantes.

Cucharada y paso atrás

Curiosidad: el PSOE laico y no poco comecuras organizando una cena para personas de la “tercera edad” con el fin de conmemorar el medio siglo del nombramiento municipal de la Cinta como “alcaldesa” onubense. Cualquier cosa es buena para sacar a pasear le busto de la candidata Parralo, a la que tampoco se le conocen especiales devociones marianas, y más si cabe una vez contemplado la derrota anticipada de la aventura de la candidata madrileña. Cucharada y paso atrás, el viejo expediente. A Parralo la conoce más bien poca gente en la capital –donde ni siquiera vive—y se explica que sus tardíos promotores se esfuercen en placearla al máximo en especial entre los colectivos más alejados, como es del de los ancianos. Lo único cuestionable es que los tres millones que dicen que costó la cena de marras haya debido sacarlos la consejería de Bienestar Social de donde seguro que hacían más falta. Si los ancianos supieran que en esos saraos cenan su propio presupuesto seguro que les sentaba mal el convite.

La restitución

 

Ha brillado fugazmente estos días en la prensa española, subrayada con caracteres extraordinarios, una noticia que, en rigor, no debería haber sido tratada más que en un tono habitual. Se trata de la sanción impuesta al alcalde de Pola de Siero que habrá de devolver al erario 600.000 euros, la criatura, al haber descubierto el Tribunal de Cuentas que el regidor había subido indebidamente la soldada a sus ediles, una falta que, francamente y con perdón del adverbio, se nos antoja pecadillo de lo más venial con la que está cayendo esta temporada y no sólo en Marbella, que ya está bien de sinécdoques políticas y de confundir adrede la parte con el todo. Hace ya años que la queja de que aquí nadie devuelve nada de lo ilícitamente afanado se ha convertido en uno de los tópicos dialécticos mejor acogidos por una opinión pública que, al fin y al cabo, desciende de una parentela ideológica en la que siempre fue norma fatal que la restitución de lo robado era prerrequisito y condición obligada para obtener absoluciones y clemencias. Nadie se explica últimamente, por poner un caso, la geta con que Vera exige su indulto a pesar de no haber devuelto un chavo de los que el tribunal considera probado que trincó de la caja antiterrorista, y menos que Guerra, a la cabeza de un piquete de recalcitrantes, acaba de pedirle al fiscal del Estado –seguro que con sus cuentas y razones—que plantee la revisión de las causas que, con restitución o sin ella, pesan sobre el antiguo ejecutor del Gobierno. Pero tampoco es cosa de tomarla con Vera en un país donde han un par de colegas suyos han rozado la fama por algo tan elemental como es devolver lo que se llevaron desde la mismísima cúpula policial, que es lo que tiene guasa. Aquí nadie devuelve un duro, como no sea que le pillen la mano con las tenazas, y es general el convencimiento de que nadie lo va a devolver en el futuro, toda vez que la lenidad de nuestro sistema penal y penitenciario facilita y, en cierto modo, garantiza a los mangantes una altísima rentabilidad por cada minuto pasado en la cárcel. A mí lo del alcalde de Pola, por esta razón que digo, ni me parece justo ni me lo deja de parecer en esta Jauja benévola. Todo lo más me parece una cosa insólita y paren ustedes de contar.

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Como no quiero ser malentendido en materia tan delicada añadiré que lo que me escandaliza hasta el punto de paralizarme el juicio es el hecho de que hayamos convertido en un notición lo que debería ser una simple rutina, o dicho de otro modo, que haya llegado a parecernos insólita una medida en cuya ausencia del panorama legal hay que buscar la causa, no sé si primera o última, de la impunidad de esta fenomenal garduña. Me imagino a ese alcalde pueblerino desconcertado por los rigores de una Justicia que de manera palmaria excluye a la ya inabarcable nómina de saqueadores del erario y que cierra los ojos incluso ante los más hirientes signos de opulencia con tal de no ver lo que de ser visto obligaría a hacer lo que, evidentemente, hacer no se quiere. Los buitres de la prensa del corazón han vuelto negra esa crónica rosa justo a base de deslumbrar a la atónita audiencia con la imagen fastuosa e impune del ladrón acogido a sagrado en el templo de la desvergüenza, como ahora la propia Justicia va a despellejar vivo a un monterilla que le pagó de más a sus compinches y se saltó la ley a la torera pero no más alto, desde luego, que muchas de nuestras instancias más elevadas. Nunca es tarde si la dicha es buena, por descontado, pero estarán conmigo en que no resulta justo que ésa providencia que no debía de haber trascendido de la mera gacetilla ande como anda amplificada en titulares. En Alhaurín se habrá estremecido el trullo ante esa seña insólita, pero lo suyo sería que esa onda atravesara a lo ancho y a lo largo esta sociedad podrida.

El “como sea”

 

La estrategia del “como sea” zapateril la vienen aplicando de antiguo muchas Administraciones y está en la raíz no sólo de los disparates sino de la corrupción. El caso del presunto falso médico des ubierto por la fiscalía granadina y que el Servicio Andaluz de Salud (SAS) está investigando en Castilléjar, no debe engañarnos como si se tratase de un incidente picaresco sin mayor trascendencia ni causa. Porque la mera posibilidad de que eso ocurra hoy en una Administración normal no constituye una desagradable anécdota, sino que es consecuencia del oscuro procedimiento de recluta que el propio SAS practica cuando contrata médicos por hora o salta como puede sobra las aglomeraciones de verano o la insufrible lentitud de la asistencia. Un supuesto médico ejerciendo sin título no se concibe hoy dí más que en un medio desorganizado y en un servicio manga por hombro. La fiscalía debería tener eso en cuenta y mirar hacia la Junta al tiempo que empapela al falsario.

Cuestión de culturas

 

El PSOE no sabe lo que tiene con un tipo de la insolvencia conceptual de Mario Jiménez, que lo mismo dice sin decirlo que El Monte es suyo que acusa a quienes se oponen al transfuguismo desvergonzado que su partido apoya de “incultura política”. Jiménez representa lo peor de este pragmatismo sin freno que no reconoce más límite que el interés de su partido y está ofreciendo en torno a los tránsfugas un espectáculo de cinismo que corrobora la evidencia de su complicidad. A nadie puede sorprender que se reciba bajo palio de los transgresores de tantos pueblos pro la razón elemental de que ni uno solo de ellos ha dado ese salto al vació sino sobre la red que le sostienen personajes como Jiménez. ¿El reciente pacto contra esa peste política firmado en el Congreso bajo la presidencia del ministro Sevilla? Bueno, esos pactos se escriben en el papel previamente mojado por sus propios firmantes. Lo raro sería que el PSOE onubense dejara fuera de las futuras listas a los fugitivos que él mismo alentó.

Las razones de Venus

Tengo entendido que la pasarela Cibeles acaba de decidir cortar por lo sano con el lamentable problema que, según dice, provocan sus seductoras imágenes sobre el inconsciente femenino. Una norma, al fin coercitiva, va a disponer que las proporciones del cuerpo venusino se atengan en lo sucesivo a cierta razón práctica –una mujer de 1’75 metros de estatura no podrá dar en la báscula menos de 56 kilogramos–, es decir, a una estética desvinculada de la obsesión caquéctica que domina desde hace años en esos infernales paraísos de la belleza en que matan de hambre a las muchachas y las enseñan a correr la pasarela con paso de caballo domado mostrando el milagro frágil del esternón bajo una faz inexpresiva que acabo de enterarme que suele tratarse cosméticamente para potenciar con la palidez la mórbida ilusión de la anorexia real o imaginaria. Desde ahora, por lo que dicen los organizadores, se tratará simplemente de que los cuerpos exhibidos presenten una imagen razonable en el marco ideológico de un nuevo humanismo dispuesto a rescatar a la mujer de aquella dictadura estética en cuya pulpa ha crecido vigoroso, hasta dar lugar a un problema de envergadura universal, el gusano de la obsesión. ¡No más flacas pálidas, ya basta de canijas atormentadas, fuera una fantasía icónica forzada a base de ayunos y yogures! No estoy nada seguro de que esta revolución logre abrirse paso, pero desde luego resultaba imprescindible que se pusiera coto a esta servidumbre voluntaria que arrastra a las modelos hasta el borde mismo de la insania mental si es que no las despeña por su acantilado.

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Es curioso eso de que los caballeros las prefieran asténicas y flacas pero acaben casándose con las macizas, y más lo es todavía el éxito de esa propuesta icónica en un mundo que tiene planteado, como uno de sus mayores retos sanitarios, el problema de la obesidad en todas las edades. El “tipo” femenino es, ciertamente, una convención histórica en la que el canon de belleza ha ido rebotando en el capricho desde la rotunda mujer de Willendorf hasta estas ninfas esmirriadas pasando por el sereno canon de Gnido o las voluptuosidades barrocas. Cada tiempo tiene su ideal de hembra y cada ideal su carga simbólica. Lo del maquillaje pálido me ha recordado la costumbre romántica sobradamente acreditada que hacía ayunar y beber vinagre a una generación de damas y pisaverdes que llegaron a idealizar la tisis como ideal espiritual. Pero, insisto, no me entra en la cabeza cómo una sociedad que se desmelena tratando de controlar el peso excesivo de sus miembros propone, al mismo tiempo, entronizar la imagen de una belleza famélica, equilibrista sobre las agujas taconeras y sostenida a duras penas por el “wonder bra”. Como es curioso que las gladiadoras de la “igualdad de género” no hayan entrado a saco en esos desfiles melancólicos que consiguen la seducción de las hembras a base de desnutrirlas hasta la enfermedad y que, lamentablemente, habrán de contagiar a tantas acomplejadas ingenuas. La práctica de fingir la palidez a base de maquillajes, por ejemplo, debería haber sido perseguida hace tiempo por la autoridad sanitaria en la medida en que promociona un ideal contrario a la salud y a la propia realidad. ¡Un mundo de gorditos y gordos sin paliativos, un paraíso amenazado por el exceso y la abundancia, proponiendo una imagen artificiosa de la mujer no tan distante de los viejos cómicos que descoyuntaban a sus bebés para adaptarlos a la futura profesión ni de los mendigos dickensianos que los deformaban para adecuarlos al mecanismo pérfido de la mendicidad. Creíamos que nuestro problema generacional iba a ser la bomba (y aún no está claro que no llegue a serlo) y resulta que, al menos de momento, ha resultado ser la báscula. Pero no hay ideal posible si ha de ser mantenido por una dieta ni liberación femenina que valga si supedita su éxito al ayuno más feroz.