El mal ejemplo

Dijimos aquí que el embrollo en torno al párroco de Gibraleón habría de ser una patata caliente para el nuevo obispo onubense y cierto que lo ha de ser. No será posible mantenerse al margen de una escandalera semejante durante todo el tiempo sin provocar críticas justificadas desde sectores sensibles de la propia comunidad eclesial, pero sobre todo no parece razonable cerrar los ojos ante una situación como la que se está poniendo patas arriba en Gibraleón, con ese párroco/empresario/telepredicador que tantos aspectos oscuros parece que presenta a la vista de todos. Un tema malo, sin duda, para un obispo recién desembarcado, pero que no podrá obviar ese asunto que cuenta con tantos detractores como clientes, además del apoyo político del partido en el poder. En este punto es menester poner al famoso don Diego en su sitio, aclarando lo que haya que aclarar y respetando su proyecto hasta donde sea compatible con la convivencia primero y con su religión después. Un mal trago de entrada para el nuevo obispo, sin duda, pero un trago imprescindible que ojalá trasiegue bien.

El bikini y el burka

Era sólo cuestión de tiempo que la realidad demostrara el hecho elemental de que las civilizaciones no dialogan entre sí. Las civilizaciones se diferencian, se combaten, se influyen hasta penetrarse con el tiempo y una caña, pero no hay un solo caso en la crónica humana que muestre a dos modelos de civilización dialogando apaciblemente a la sombra de un roble sagrado. El diálogo entre el mundo occidental/cristiano y el oriental/islámico, para empezar –imagínense qué ingenuidad–, no parece que progrese mucho a pesar de tan altos padrinazgos como lo protegen. Es natural. ¿Cómo puede dialogarse entre quienes poseen ideas de sociedad radicalmente diferentes, entre quienes confunden, sin ir más lejos, a la religión con el derecho, entre aquellos que creen vivir en una sociedad protegida por derechos universales y quienes pretenden regirse exclusivamente por el rigor de sus creencias religiosas? Un mundo que ha logrado extirpar la barbarie de la pena de muerte lo tiene crudo para entenderse con otro que la mantiene en vigor y la ejecuta por lapidación cuando no esmerándose en providencias destinadas a hacer sufrir lo más posible al reo. Y sobre todo, no parece probable ese entendimiento entre una civilización que avanza irreversiblemente hacia la aceptación de la igualdad entre todos sus miembros y otro que comienza por discriminar a la mitad sexual excluida tradicionalmente del poder. Entre esos bloques podrá tal vez proponerse un progreso político limitado –el social (la coca-cola, los ‘jeans’) lo impone la moda por su cuenta y riesgo– pero no un acercamiento de valores que cuaje en la coincidencia axiológica. La secularización que ha modernizado fatalmente al planeta desarrollado, a pesar de tantas severas resistencias, no es ni concebible en el que continúa instalado en el atraso tradicional. Es poco verosímil un diálogo fructífero entre una cámara parlamentaria y un consejo de imanes. La propia experiencia se está encargando de demostrarlo.

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Estos días se viene repitiendo en los medios la noticia de que el grupo de alto nivel creado por ese insigne fracasado que es Kofi Anan maneja ya conclusiones básicas sobre las que plantear el futuro diálogo en torno a cuatro temas o ámbitos bien definidos frente a otro declarado tabú. Aquellos son la libertad religiosa (¿), la educación islámica (¿¿), el papel de los medios y el concepto de civilización, y ni que decir tiene que el asunto cerrado a cal y canto es el debate sobre la igualdad entre hembras y machos. Ese tema se va a dejar para más adelante y tratará de resolverse “en un contexto más global” para no enfadar a los discriminadores, tratando de evitar a toda costa que éstos perciban la propuesta civilizadora como un trágala de los degenerados de Occidente, a ver si puede ser que esa aproximación entre los sexos se vaya consiguiendo pian pianito, o como dicen los expertos, “de un modo acompasado”. ¡Que no, que no tragan, eso es todo! Un diplomata tan nombrado como Máximo Cajal se ha erigido en cómico campeón de esta estrategia gradualista con una frase que pasará a las crónicas –“Entre el bikini y el burka hay términos medios”—que seguro que ha caído bien en esa comisión integrada por clérigos eminentes y cónsules sin nada mejor que hacer. No habrá, pues, “igualdad de género”, de momento, aunque existen buenas razones para confiar en que más pronto o más tarde deje de ser nefanda la exhibición del tobillo o el simple descubrimiento de la boca femeninos. Que no será lo que nos cuente el altavoz, seguramente, al menos mientras dure la consigna de levantar los corazones en el vano gesto voluntarista que no ha logrado pasar ni la fase preparatoria. ¡Un término medio entre el bikini y el burka! A mí me parece que pocas veces se ha tratado con tan inocente desdén y, lo que quizá sea peor, con tan buena intención, a la mujer sometida.

Chuparse el dedo

El diputado de IU, Antonio Romero, frasista consagrado, ha pedido al presidente Chaves que le exija al Gobierno, ahí es nada, la atribución a nuestra comunidad autónoma del 18 por ciento de la inversión de acuerdo con nuestro peso poblacional en el conjunto español y no del PIB, como propone/impone Cataluña, lo que haría que Andalucía perdiera cuatro puntos porcentuales de esa inversión en los próximos Presupuestos Generales del Estado. ¡Va listo, el veterano y camaleónico bronquista! Eso no será posible por la sencilla razón de que ambos Estatutos, el catalán y el andaluz, están hechos de manera (y en ello tiene grave responsabilidad IU) que Cataluña logre esa ventaja en detrimento de autonomías como la nuestra. Se puede perorar en torno al tema, pero no hay más cera que la que arde en esta materia, y Romero lo sabe como el que más por haber estado tan cerca de Chaves mientras se perpetraba ese quizá irremediable desatino. Nos darán lo que quieran darnos, al tiempo. Y Chaves, faltaría más, hará en ese guión el papel de comparsa en que se ha especializado.

Políticos todoterreno

El alcalde de Trigueros, Cristóbal Romero, es un monstruo total. Empezó de la Nada en el PSOE (no crean que hace tanto tiempo), se fue al PA cuando tarifó con ‘fray’ Domingo Prieto y con éste partido de adopción alcanzó la alcaldía apoyado por el PP hasta que decidió fugarse y volver a la colaboración con el PSOE acogedor de tránsfugas. Y allí permanecerá hasta las próximas elecciones en que nuevamente encabezará la lista de este último partido, que como ven se pasa por el arco sus propios pactos contra la canallería transfugista, algunos tan cercanos como el que hace nada y menos firmó el ministro Sevilla en el Congreso de los Diputados. Todo vale en esta guerra sin cuartel, hasta la vileza de respaldar al traidor contumaz, lo mismo en Trigueros que en Aracena, Gibraleón o Punta Umbría entre tantos lugares. Contando con “políticos (¿) todoterrenos” como don Cristóbal, a ver dónde esté el problema. Se explica que una propuesta iconoclasta como la formulada por Trevijano en la última “Charla” de Punta Umbría pusiera al público en pie. Porque esto da asco, sencillamente asco, aunque haya que tragárselo.

La especie viajera

Dicen que estamos ante el mejor año turístico de nuestra historia mesonera.  Que gastan menos los que vienen, de acuerdo, pero que son más, muchos más, cada año más, y eso no deja de ser un éxito. Y en todas partes igual. Una ciudad como Venecia ha calculado que este año los visitantes (no olviden su tamaño: poco más de 300.000 habitantes) han aumentado en 50.000 diarios –lo que supone un aplastante total de veinte millones anuales, con o sin Bienal—razón por la cual se ha unido al coro de zonas turísticas que se disponen a cobrar la entrada. En la isla de Eolia ya paga el viajero su portazgo, en Sicilia se estudia aumentar el impuesto de visita para el año que viene entre uno y cinco euros. También en Milán está decidida la imposición inminente de la tasa turística y en la propia Venecia se proyecta para más adelante, pero se proyecta. El turismo es un maná pero también supone una carga, a veces soberbia, para los territorios que elige, que han de atender gastos muy diversos como consecuencia de las visitas, y ha sido el aumento acelerado del movimiento viajero de los últimos años el que ha hecho volver sobre esa idea de la tasa que fracasó hace años. No es posible mantener un modelo en el que los empresarios del sector se llevan crudos los beneficios mientras la factura de los gastos va directa a la caja de las instituciones, es decir, al bolsillo del contribuyente. Ya veremos qué ocurre, pero todo indica que, siguiendo esa lógica del espectáculo que inspira el viaje contemporáneo, en poco tiempo el turista habrá de pagar su entrada al territorio visitado. Asombran las cifras del turismo, también en España, pero sobre todo llama la atención el ritmo al que crece la demanda turística, la vaca gorda de muchas economías. Lo raro es que el sector público haya tardado tanto en reaccionar sobre esa tremenda carga.
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Estoy en que el turismo es precisamente la gran novedad del siglo –más tal vez que las migraciones, a pesar de las apariencias, y si no, échenle una mirada a los números—y no me cabe duda de que este hecho crucial ha de influir decisivamente en la mentalidad colectiva. El hombre fue siempre animal inquieto, especie curiosa, más allá del sedentarismo que cuaja en el neolítico, y desde siempre emigró azarosamente en busca de mejorar su suerte. Cuando hoy se habla de los “nuevos bárbaros” –del Sur o del Este– suele olvidarse que la invasión gótica de la romanidad no fue un hecho aislado sino una etapa más en el eterno viaje de la Humanidad que, por no hablar sino de los casos recientes, incluye las oleadas mogoles o árabes sobre el Oeste, la inmensa migración rural que permite a partir del XIII la civilización urbana en Europa, la aventura americana contra la que tronaban nuestros arbitristas o el éxodo europeo a Norteamérica que fragua en los futuros EEUU. La especie viajera no pierde nunca el instinto que orientó la horda en su etapa recolectora, porque el hombre sólo se convierte tardíamente en animal territorial, circunstancia que debería dar que pensar a esa antropología patriotera que a veces –con demasiada frecuencia aún—insiste en su insostenible tópico. La adscripción del hombre a su territorio es una fantasía mitológica, probablemente, y en este fin de era tan inquietante que estamos atravesando parece como si la vieja naturaleza de la especie se empeñara en salir a flote para evidenciarlo. Tampoco es nueva la idea del peaje, por descontado, ni el sentido patrimonial del aborigen que tantas veces aflora en el mito o en la leyenda clásico. Hoy muchedumbres de todos los rincones del planeta se echan al mar como los viejos argonautas en busca de un vellocino de oro que a buenas oras va a estar esperándolos colgado de una encina sagrada. Nada ha cambiado entre héroes y viajeros, dragones y esfinges. El ‘Argos’ era un cayuco y Marco Polo un turista. Si hay un invariante en la naturaleza humana es el afán viajero. Cada verano avanzamos en esa evidencia que podría librarnos de muchos perjuicios.

La tortuga judicial

No se comprende el optimismo que tantas veces aflora en las sonrisas oficiales de los responsables de Justicia –en la Junta, en el TSJA—porque tal vez no haya lugar más común que el disgusto ciudadano ante una Administración de Justicia que no da abasto ni se distingue precisamente por la excepcionalidad de sus frutos. Los jueces se quejan del atasco judicial o de la falta de medios, pero ahí tienen al presidente del TSJA a partir un piñón con una Junta de Andalucía que parece que acaba de renunciar a la creación de diecisiete nuevos Juzgados capaces de resolver la friolera de 18.500 pleitos pendientes. ¿De qué se reirán esas minervas ante las cámaras, tal vez de la ingenuidad ciudadana? Dicen que lo que pasa es que el gasto en Justicia ni es política (extiéndase electoralmente) rentable. Pues puede, pero alguien debería plantearse la posibilidad de que el atasco derive en fracaso y el fracaso en caos. Ahorrar en Justicia es de locos y, sin embargo, por ahí es por donde da la impresión de que van nuestras Administraciones.