Ars amandi

La decisión de una famosa marca de instalar su stand erótico en cierto aeropuerto ha provocado por ahí fuera una polemiquilla sintomática. No sólo por el hecho comercial, que en sí mismo poco supone, sino porque esa irrupción viene a confirmar la tendencia del erotismo a salir de la media luz del sex-shop y exhibirse a la del sol en pleno escaparate para de ahí, no les quepa duda, saltar a la calle. De poco van a valer las reiteradas condenas del hedonismo que inflaman la nueva ortodoxia porque lo cierto es que la conquista del placer –hablar de recuperación, como se ha hecho, me parece impropio—gana terreno a ojos vista un poco por todas partes como si de la noche a la mañana la especie se hubiera revelado contra una rutina milenaria y reclamara el fuero indiscutible de su derecho al gozo. No hay más que ver la escalada de la publicidad que tiene lugar esta temporada en varios países, incluyendo el nuestro, los reclamos que ofrecen novedades eróticas, trebejos placenteros y artilugios que van desde el vibrador convencional a la más rebuscada lencería, lúdicas esposas de seda o vulvas originales (¿), anillos vibratorios y esos “sex-toys” adaptables al reproductor musical que hacen furor entre los fanáticos del placer. Nada es nuevo, por supuesto, al menos en el nivel simbólico, en lo que me afirmo sin la menor duda tras considerar esos consoladores con forma de cisne que vienen a ser como el trasunto industrial del mito de Leda. Hay una cosa curiosa, de todas maneras, en esta escalada fácilmente observable en la prensa europea, y es la pretensión, más bien el objetivo claro de los traficantes del ramo de separar su negocio del porno para aproximarlo al sexo, pero la verdad es que semejante deseo se vuelve capricho cuando vemos anunciados en sus catálogos desde vibradores de titanio y diamantes hasta muñecas de silicona pasando por la gama de “cravaches” sadomasocas y el resto del arsenal de toda la vida. Es un tópico con sentido pleno el que sugiere que la imaginación sexual gira inevitablemente sobre sí misma y que poca cosa hay en el escaparate hodierno que no se le hubiera ocurrido a Ovidio o que no hubiera practicado a discreción los chinos antiguos. Lo que sí es nuevo es esta demotización del erotismo, la difusión democrática del placer y la desmitificación de sus recursos. No hay ya despedida de solteras en que la novia no reciba como regalo un falo plástico tan explícito que ha dejado de ser provocativo excepto para Cromagnon. En una sociedad en la que se anuncian y venden el “buzz” o el “body bouncer” lo que ha hecho crisis es la mitificación del sexo y su reconocida función en el proceso socializador.

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Hay consenso antiguo en torno a la idea de que el hombre prefiere la conquista del placer porque se aburre con la práctica del placer recibido. Pero luego nos encontramos a especialistas tan arriscados como Bataille decir que esa búsqueda prometeica es simplemente estúpida puesto que carece de sentido apaciguar un impulso que encuentra su razón de ser en su propia insaciablidad. No sé qué decir, sinceramente, aunque se me venga a la cabeza la fina sugerencia de Voltaire, creo que era en sus “Sátiras”, sobre la imperiosa necesidad de lo superfluo. La diferencia entre el negocio de la imaginación que regentaban las “madames” y esta industria del placer que se diseña a golpe de encuesta –aunque sin olvidar la vieja ley de que la oferta crea su propia demanda—consiste precisamente en su fundamental identidad, es decir, en el hecho reconocido de que bajo las fantasías sexuales no suele haber más que estímulos intransferibles que, a pesar de todo, son susceptibles en grado extremo de ser presentados como sólidas mercancías. “¿Tendría usted algo en peces?”, decía el viejo chascarrillo que demandaba el cliente exigentón a una dueña del tiempo viejo. Es más probable que la actual liberación nos devuelva a ese burdel clásico que al paraíso de Sherezade.

Presos políticos

Ha sido salir de la cárcel, galana y encantada de haberse conocido, y lanzarse de nuevo la exportavoz del PSOE marbellí, Isabel García Marcos, a provocar la telepolítica y le ‘reality show’, esta vez con la afirmación más estupefaciente que quepa imaginar al más idiota: “Yo soy una presa política”, ha dicho. No tiene límites la desfachatez en una sociedad en la que el “exemplum” falla desde arriba y en la que casi nadie en las alturas, en fin de cuentas, está en condiciones de poner en su sitio, por ejemplo, a los saqueadores de un Ayuntamiento. Casi tan elocuente como la inesperada liberación condicional de esta tropa es el hecho de que haya sido la “prensa del corazón” su principal difusora y la que ha suministrado a la opinión noticias y comentarios. Ahora bien, tener que escuchar, a estas alturas, y con lo ya se va sabiendo de ese tinglado delincuente, que esos imputados son presos políticos, pasa de la raya. La trama de Marbella se beneficia del estado general de corrupción que vivimos, ésa es la clave. De sobra sabe esa “presa política” que su suerte y la de los demás imputados sería muy otra si el Poder estuviera en condiciones de tirar la primera piedra.

A los tribunales

Ha de demostrarse fehacientemente que la acusación salida de fuentes sanitarias afirmando que en el hospital de Riotinto se falsean las “listas de espera”, a base de “perder” oportunamente los requisitos previos para dar tempo al tiempo, no se ajusta a la verdad. Porque si fuera cierto, si se confirma o se deja en el aire la sospecha fundada de que semejante práctica desalmada ha tenido lugar efectivamente en un hospital público, lo suyo no es siquiera que la Junta se autoinvestigue y determine, en plan Juan Palomo, su responsabilidad, sino que sea la Justicia ordinaria la que intervenga y vea si hay delito en manipulaciones como las denunciadas. El régimen de impunidad e irresponsabilidad en que se mueve el SAS va siendo ya insoportable y no es justo ni siquiera prudente resignar en los propios usuarios, generalmente inermes, la acción clarificadora. La Junta debe decir sin camelos si es verdad o no que se falsificaron esas “listas” para trampear su propia normativa y ahorrarse unos cuartos. Y si así fue debería ser le juez quien tomara cartas en el asunto.

El asno de Buridan

El nuevo papa se ha desmelenado en su visita a Alemania, su país natal, con un tremendo ataque a la Razón. La Razón, con mayúscula filosófica, ha resultado siempre sospechosa cuando no execrable para los espíritus empeñados en fundar la espiritualidad en la actitud irracional. Un pleito sin fin, que en tiempos escolásticos se perfiló como conflicto entre Razón y Fe, es decir, como colisión inevitable entre quienes pretenden entender lo que creen y aquellos que procuran creer lo que no entienden. Hay muchas biblias en esa bilbioteca, pero ni siquiera el bien dirigido descrédito del marxismo ha sido capaz de liquidar una reflexión como la que Georg Lukács hizo en “El asalto a la Razón”, el más culto análisis del desarrollo del irracionalismo en nuestra historia intelectual. Da igual. El papa Ratzinger, antiguo inquisidor, no ha buscado, como algunos antecesores suyos, una postura conciliadora sino que sin pensárselo dos veces ha arremetido nada menos que contra la Ilustración, es decir, contra el espíritu de la “modernidad” en el que alguien ha visto, sencillamente, la “edad de la razón”, vale decir la madurez mental de la especie. Volvemos a la infancia, pues: “El reloj lo hizo el relojero,/ el mundo lo hizo Dios. No hay reloj sin relojero/ ni mundo sin Creador”, nos cantaban a los niños hace todavía medio siglo y podría volver a resonar por las catequesis en sintonía con los creacionistas yanquis que quieren expulsar a Darwin de la escuela. Pocas cosas tan patéticas como el empeño cerril de fundar el irracionalismo en la propia Razón. Si alguien en el ámbito intelectual esperaba de Ratzinger apoyo a la conciliación entre los viejos bandos, va listo. El papa apuesta sin más por la Fe y la fe no es otra cosa que la renuncia a la Razón. Las “siete vías” tomistas o el “argumento del loco” anselmiano, contra la grandiosa visión de los Hawkings o los Weinberg, el ‘Génesis’ contra el ‘Big Bang’. Hace poco decía un profesor de Bristol, Bruce Hood, que resulta inútil luchar contra las creencias irracionales. La teología sabe que no le valen los conciertos. O todo o nada. El papa lo tiene escandalosamente claro.

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Este neocreacionismo le ha dado la vuelta al argumento y sostiene que lo que resulta irracional sería la Razón misma: hay que elegir entre el Espíritu que todo lo crea y la irracionalidad que cambia el dogma por el teorema, la intuición por la matemática. ¿“El relojero ciego”, “La evolución de las especies”, la relatividad o la teoría de cuerdas? Mejor la “Summa Teológica”, el “Monologium” de Anselmo. Ni siquiera el resquicio averroísta, la cataplasma de la “doble verdad”. Dejémonos de cuentos y elijamos sin melindres. Juan Buridan, el pobre, explicó que un asno que contemplara dos haces de henos iguales moriría indeciso de inanición: el libre albedrío no es viable, qué coños. Y Ratzinger nos muestra esas dos gavillas tomándonos por el asno de Buridan. Es probable que el irracionalismo no haya llegado nunca tan lejos ni tan tarde, y lastimoso que afrontemos un futuro efervescente con materiales psíquicos que la Antigüedad legó a la Edad Media. Otra vez “El asalto a la Razón” en el que aquel viejo maestro veía el origen de las tragedias vividas en el siglo pasado, pero esta vez ni siquiera el paño caliente de Adorno y su consejo de aprovechar en lo posible la mena del irracionalismo dejando de lado su ganga. El citado Hood sostiene que dada la proclividad mental de los hombres a aceptar lo irracional, el auge de la sinrazón está asegurado. Quién sabe. Pero Ratzinger, y precisamente en Alemania, tal vez hubiera debido tentarse la ropa y buscar paces más blandas. Algún etólogo eminente se burlaba de la paradoja de Buridan: el burro se iría derecho a uno de los haces, no lo duden. Cuando fue a Brasil, Wojtila no pudo con la macumba y el candomblé –la horma del zapato—como Ratzinger no podrá con la “Enciclopedia”. Habrá quien se frote las manos. Otros lamentamos esta huida hacia atrás.

Más ruido

Otra encuesta estupenda, el Estudio General de Opinión Pública de Andalucía (EGOPA), ahí queda eso, fabricado por el Centro de Análisis y Documentación Política y Electoral (CAPDEA) que dirige, en la universidad de Málaga, un exconcejal del PSOE. Tremenda conclusión: los andaluces desconocen abrumadoramente el contenido del Estatuto lo cual a los sabios no les parece tan grave dado que en el resto de las autonomías ocurre tres cuartos de lo mismo. Teniendo en cuenta la aventura reformadora de nuestro Parlamento, avalada por el Consejo Consultivo, la verdad es que no sé de qué se extrañan, porque si tras la que llevan armando hace años, los propios padres de la patria no saben de qué están hablando y dicen hoy banco y mañana negro, figúrense qué podrá opinar una criatura que está tan tranquila en su casa cuando el encuestador llama a la puerta. Más ruido, ya lo ven, aunque seguimos sin nueces. La industria de la opinión se ha convertido en un subsector a no perder de vista en nuestra precita economía.

Pendientes de Sevilla

Colas de madrugada ante la comisaría, en plan “sin papeles”, para conseguir el pasaporte electrónico que da acceso a la “Tercera Modernización”. Sin culpa de los funcionarios, que hacen lo que pueden, atrapados en la maraña informática, y todos “pendientes de Sevilla” (sic) que, administrativa y políticamente es, qué duda cabe, otra galaxia. Curiosidad: allá no ha habido colas como las nuestras, y eso debe tener su explicación, pero una vez más, como tantas, nuestras delegaciones, incluida la del Gobierno, sobreviven tranquilas y a verlas venir, pendientes ellas, a su vez, del burofax que ha de llegarles desde donde verdaderamente reside el Poder. Esos ciudadanos madrugando y en cola constituyen todo un alegato contra la descentralización y un tremendo revés a la propaganda que trata de vendernos nuestra propia modernidad. Si para un simple pasaporte hay que hacer esos pinitos es que las cosas no van bien en Huelva, en Sevilla o en ambos lugares.