Duras realidades

Tremendo golpe el recibido por el montaje del párroco de Beas al descubrirse la prueba de que anda comprando locales en Ucrania. Mal camino el que lleva el PSOE, cada día que pasa más empantanado en la evidencia de que en Punta Umbría su equipo de gobierno urdió un macronegocio como la copa de un pino con los “amigos políticos” a pesar de las advertencias de la oposición. Inquietante la defensa del verdadero lince de Doñana, el alcalde Bella, en defensa de los llamados “usos tradicionales” del Parque Nacional, poco ‘sostenibles’ hoy, seguramente, teniendo en cuenta los cambios ambientales o demográficos. Aprovechategui el uso partidista de las instituciones que hace Diputación para promocionar futuros candidatos municipales. Elocuente el resultado de la acción policial antidroga. Una vergüenza el apoyo que siguen recibiendo los tránsfugas escapados del PP o el PA. Detestable ese recurso al insulto en la propaganda política que parece ya aceptado como habitual. El nuevo curso se presenta movido. Da aquí a las municipales no va a dar abasto la máquina de la verdad.

Portero de noche

La triste historia de Natasha Kampush, la niña secuestrada durante ocho años que padece un vivo síndrome de dependencia respecto de su raptor. Otra vez la naturaleza imitando al arte: Natasha al personaje de Charlotte Rampling en “Portero de noche”, la historia de la esclava voluntaria, de la enamorada del verdugo. La proximidad con éste termina por ‘familiarizarlo’, su estrategia consigue desmontar la resistencia natural del agredido. Algunos psicólogos llaman a eso “síndrome de adaptación paradójica” pero una metáfora sirve para salir del paso, no para resolverlo. Natasha añorando a su carcelero, por ejemplo: algo indica que hay ahí algo más una simple paradoja artificiosamente generada por el miedo, acaso una atávica pulsión de la mente a favor del macho dominante. Es sospechosa la propia la insistencia de Natasha en que jamás llamó amo a su captor a pesar del insistente deseo de éste. Pero dueño o no, desconcierta la imagen de esa esclava adolescente aislada de todo, hasta de sí misma, amigable en la convivencia, diligente como sirvienta ya que no como “ama de casa”. “Adaptación paradójica”. Se viene hablando en estos términos desde hace más de treinta años siempre ilustrando la memoria con la imagen de los secuestrados suecos o con la de Patricia Hearst, la millonaria que se unió a la banda terrorista de sus secuestradores. Incluso hay no pocas historias –incluida la famosa de Estocolmo—en que la víctima se enamora del verdugo. ¿Y por qué extrañarnos? ¿No vemos a nuestro alrededor una legión de mujeres que soportan durante años, a veces toda una vida, el maltrato infame de sus parejas? Se sabemos que incluso hembras con posibles, “emprendedoras” incluidas, han resultado incapaces de denunciar a sus chulos? Y no vamos a hablar de la arquetípica situación del proxeneta, para qué: defienda usted a una mujer sometida y es probable que ésta se revuelva contra su defensor como una fiera herida. Misterios del alma más que paradojas psíquicas tal vez.

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Con cada nueva revelación eleva Natasha el calor de su nostalgia. No tendría por qué haber muerto el raptor, comparte con su “suegra” el dolor por la pérdida, asegura. Y no echa de menos la adolescencia perdida, no ve razones para lamentar el cautiverio y la soledad forzada, como no parecen verla las desdichadas que, perdidas en el anonimato, sufren el día a día de unas sevicias que tantas veces acaban en el sacrificio brutal. La excusa de la piedad o de la compasión, a veces hasta el sentimiento de culpa asumido a partir de la inducción del canalla, funcionan como lubricante ideal de ese mecanismo perverso. La literatura está llena de ejemplos, como la Historia si se lee entre líneas, y no se salvan princesas ni reinas. El caso de Natasha no tiene más singularidad que su enorme relieve mediático y, ciertamente, sospecho que va a contribuir más a aumentar la confusión que a clarear esa sentina. Pero prueba otra vez la capacidad del arte para adelantarse a la realidad: Liliana Cavani no exageraba al crear su personaje en la vieja película, sino que probablemente quería sugerir que la vida normal es para muchos un campo de concentración. Cuentan que la mujer asesinada estos días en Osuna había consumido su larga vida familiar en el silencio encubridor del asesino. Como tantas otras. La “moral social” no se elige, simplemente se asume, ahí está el problema. Y esas desgraciadas que han hecho del perdón una filigrana de la tortura y de la compasión un argumento maligno, a aquella convención pública obedecen como autómatas, se pliegan a la exigencia que les impone el modelo imaginario en que el machismo se sostiene enhiesto. No hay razones de peso para admirarse ante el culebrón de la pobre Natasha, mujer sin juventud, joven sin adolescencia, adolescente si infancia. Como tantas otras, insisto, sólo que con mayor publicidad. Como tantas otras y ante nuestra indiferencia.

Urbanismo de locos

El proyecto de Almodóvar del Campo –construir 5.000 viviendas en un pueblo con 7.000 habitantes—deja claro que la aventura de “El Pocero” toledano no es única: hay muchos Poceros por ahí y demasiados alcaldes dispuestos a allanarles el camino con ese recurso tan abusado que es el convenio urbanístico. El escándalo de las parcelas “tiradas” por el Ayuntamiento puntumbrieño del PSOE a sus “amigos políticos”, igualmente, descubre que marbellazas, a la escala correspondiente, los ha habido en muchos pueblos andaluces, sobre todo en la castigada costa. Un par de cuentos y un puñado de acusaciones al rival partidista no arreglarán nada, por supuesto, en tanto la propia Junta de Andalucía –como ya hiciera ‘in extremis’ en la propia Punta Umbría—no se decida a desterrar unos hábitos que tienen su gran explicación en la rapacidad de esos partidos que han convertido el urbanismo el negocio del siglo. En Córdoba, en Almería, sin distinción de siglas. Cambiar este modelo podrido supondría cambiar de modelo político.

Escalada del insulto

Bajuno el recurso de utilizar los “cupones” para insultar a al alcalde de Moguer, aunque no es la primera miseria ni será la última. Hace poco fueron las organización juvenil del PSOE (JJSS) las que lanzaron un despreciable panfleto tratando de involucrar al alcalde de la capital en un sucio montaje a propósito de llamadas a teléfonos eróticos. SE ha perdido sin remedio el sentido de la dignidad. ¿Pero, hombre, si UGT colgó en la sede del propio Ayuntamiento una foto del alcalde simulando un bando de búsqueda y captura del Far West! Veremos quién sigue en la lista, pero es previsible que, en esta situación degradada e inmoral, ese cuponazo le puede tocar al más pintado, porque levantar una calumnia o lanzar una injuria –sobre todo en este llamativo régimen de impunidad en que vivimos—está más que tirado. No recuerdo insultos de esa laya los viejos tiempos, cuando el PSOE estaba en otras manos. Ahora están a la orden del día.

Manos arriba

Un grupo de matemáticos pertenecientes a ese congreso de Madrid que ha intentado en vano homenajear al ruso Grigory Perelman, ha caído en un espectacular fraude del tipo conocido como “policía full”, es decir, que han sido desvalijados en plena calle por un grupo de bandidos que se hacían pasar por policías para tener acceso a sus carteras. El procedimiento va siendo ya tan habitual que la última vez que estuve en Praga me encontré una bienvenida del hotel que incluía unas normas precisas en las que se avisaba sobre el riesgo de ser abordados en plana calle por falsos policías y, sobre todo, se recomendaba con vehemencia no acceder jamás a la invitación de acompañarlos a comisaría en vehículos de su propiedad, aviso que en una ciudad abarrotada de turistas me hizo pensar que malamente debería ir la cosa. Lo mismo me ha venido contando alguien desde San Petersburgo no hace mucho tiempo tras ser desvalijado por este rudo procedimiento que está pidiendo a gritos que se adopten medidas de urgencia contra esta crecida imparable del fraude que acecha ya lo mismo en Internet que al aire libre (es un decir) y nos alcanza igual por teléfono que en el cajero automático. La ‘Federal Trade Commission’ se ha especializado en USA en perseguir los llamados “robos de identidad” perpetrados por los métodos más diversos, desde la captación ratera de nuestros datos en el tacho de la basura hasta el rapto completo de nuestra personalidad jurídica para convertirla en lucrativa mercancía. Pocos profes ignoran hoy, por ejemplo, que una legión de alumnos consigue sus deberes debidamente formalizados en una Red en la que, inexplicablemente, permanecen abiertas páginas que ofrecen, incluso gratuitamente, este servicio fraudulento de la misma manera que una lluvia de ‘spots’ nos ofrece cada mañana, en el correo electrónico, falsificaciones de grandes marcas o medicamentos reservados. Nos copian electrónicamente la tarjeta o utilizan nuestros datos secretos para pagar sus facturas telefónicas que, en caso de ser resarcidos por las compañías, éstas cargarán a prorrata en la factura colectiva. Hemos pasado sin advertirlo de la trampa picaresca a la ingeniería del fraude. El “tocomocho” y el “nazareno” resultan hoy casi entrañables en la medida en que no eran más que la remota prehistoria de la estafa institucionalizada.

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Me asegura quien lo sabe, por otra parte, que un control drástico del uso de los instrumentos privados de crédito constituiría un riesgo de imprevisible alcance en el actual sistema de relaciones económicas, basado en buena medida en esa ubicuidad del negocio que posibilitan los nuevos soportes. La alcancía electrónica de nuestros hijos, el monedero inmaterial en que transportamos nuestro crédito o el trapicheo informático de nuestros bancos, son prerrequisitos sin los cuales el consumo padecería eventualmente tan drástica reducción que no resulta difícil imaginar la debacle. Y ello quiere decir ni más ni menos que nos hemos instalado en una cultura del fraude que, según se dice, avanza y se sofistica a medida que vamos descubriendo antídotos para unos trucos depredatorios que practican sin miramientos las propias instituciones lo mismo que los chorizos. El progreso en la comunicación ha sido tan súbito y rotundo que no nos ha dejado tiempo ni para echarnos la mano a la cartera en previsión de esos asaltos a cara descubierta o disfrazados en el hábito que, por fin, comienzan a contar entre los grandes números de la contabilidad cotidiana. Un poco tarde, sospecho, acaso cuando ya el peligro no es tanto la acechanza del malhechor como nuestra resignación ante el atraco. Lo que han hecho esos malandrines, en definitiva, es una broma si se compara con el saqueo de guante blanco que practica la banca en nuestras cuentas corrientes. Dicen que Perelman no sólo ha rechazado el millón de dólares sino que no tiene ni cartilla de ahorros. Seguro que sus estafados colegas lo entienden ahora mejor.

Raya en el agua

Con motivo de la acusación, al parecer sin base alguna, lanzada contra Teófila Martínez por un edil del EL Puerto de Santa María, exigiéndole responsabilidad por una licencia urbanística concedida cuando ella no pertenecía ya el Ayuntamiento, se está oyendo hablar de algo en lo que la ciudadanía venía rondando ya hace mucho tiempo: de la responsabilidad económica de los gestores públicos que causen daños económicos al común. ¿Debe pagar un alcalde o un concejal de urbanismo lo que el Ayuntamiento perdió por su grandísima culpa una vez declarada tal por los tribunales? Esta feliz novedad ha caído como un tiro en una opinión que nunca comprendió esta impunidad que asiste a quienes –con beneficio propio o sin él—dañan la economía pública. Y como una bomba en los despachos políticos –no sólo en Marbella, sino en El Puerto, en Punta Umbría, en Estepona, en El Algarrobico y en cien lugares más—y en las covachuelas de partido. Ver a un responsable pagando el daño causado de su peculio sería una raya en el agua, ciertamente, pero también un paso decidido (que no me creo ni loco) en la buena dirección.