La falsa conciencia

Hubo con concepto que hizo época en la psicosociología europea de comienzos de los 60, el de “fausse consciente”, la falsa conciencia, a distinguir de la “mala” o de la “buena” que en aquellos años exigentes y utópicos nos hacían hilar tan fino. Lo lanzó Joseph Gabel, supongo que discretamente enterrado a estas alturas de la inopia en un libro con ese título que, sobre una precaria pero sugestiva conciliaciñon de las teorías de Karl Manheim y Georg Lukács, nada menos, trataba de demostrar que los intereses llevan a los individuos en la sociedad clasista a deformar la realidad con dos instrumentos eficacísimos: la ‘idelogía’, que ya se sabe, y la “falsa conciencia”, coincidentes ambas en situar el análisis, o sea, la comprensión “no dialéctica” de la realidad, fuera del tiempo y del espacio, en el limbo prevaricador de las conveniencias en el que todo es posible. Rescato el concepto abrumado por la polémica en torno a Günter Grass, “con quien tanto quisimos”, y el redoblar de sobre su tambor de hojalata tanto del palillo de la autojustificación (acabo de leer en la competencia varios ejemplos diáfanos en este sentido) como del de la insidia oportunista. Dicen unos que pertenecer a las ‘Waffen SS’ en el umbral de la vida y en plena exaltación nazi es disculpable, disimulable, olvidable, no sé, insignificante, en definitiva. Otros quieren que esa aventura inconfesable, una vez descubierta, sea purgada. La memoria puede servir para el escarmiento o para la venganza, a la vista está, y es obvio que junto a la confesión de Günter Grass se apunta a Ratzinger en una tortuosa polémica imposible de resolver si no es desde el dudoso terreno de la ucronía. Es muy cómodo procesar a Papon, pero no tanto aceptar entre los ‘colaboracionistas’ a Mitterand, a Bobbio o al propio Bertold Brecht si es que es verdad lo que dicen que lo es. Nadie pidió nunca, que yo sepa, la devolución del Nobel por parte de Knut Hansum, nazi declarado, ninguna inquisición arrimó la mecha a la merecida pira de Benedetto Croce o a la de tantos otros. Grass, de momento, ha vendido la tira de ejemplares, eso sí. Si hubiera dado en esas memorias un testimonio convencional, el negocio no hubiera sido tan redondo.

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Dicen que lo censurable en Grass es su prolongado silencio. Bueno, yo no conozco a nadie que hay ido por ahí pregonando sus errores más o menos circunstanciales. Si de verdad se quiere restablecer la memora histórica en España, pongo por caso, prepárense los inquisidores para justificar la presencia de muchos personajes de la izquierda en el ámbito fascista o parafascista. Desde el propio franquismo se trató de detractar a los intelectuales críticos (Laín, Aranguren, Maravall, Lapesa y demás) ironizando sobre “los nuevos liberales”. Pero la cosa puede ser peor, no lo duden, como encontrase al fantasma encantador de María Zambrano, un suponer, alineada con García Valdecasas, el de la “biografía a apasionada” de José Antonio, en algún proyecto que mejor olvidar. Lo de Europa, obvio es decirlo, resulta peor y lo de las ‘SS’, probablemente insuperable, pero ahí están los hechos. Volvamos a Gabel: la realidad sólo es correctamente interpretable en su específico ámbito espacio-temporal, fuera del cual la enajenación se disfraza y confunde inevitablemente. Yo creo que Grass ha dado el golpe con su “confesión”, que es de lo que seguramente se trata, y hasta me atrevo a dar un consejo: no crean en “malas conciencias” ni en monsergas, pero tampoco dejen de aplicar la perspectiva de la “conciencia falsa” para explicar lo mismo los silencios vergonzantes que las revelaciones audaces. El mercado lo metaboliza todo, hasta la infamia. Günter Grass no va a cambiar ahora de piel (ni de la suya ni de la de su tambor) pero va a salir mucho más rico de este brete. Hoy leemos la carta de Bobbio a Mussolini o vemos la foto de Miterrand con los de la Gestapo y no damos crédito. La de Grass adolescente con la calavera en la solapa no ha de ser peor.

La nueva era

Inquieta ver en manos de aficionados un problema tan grave como es el de la revolución demográfica que se está produciendo sin orden ni concierto en el interior de la sociedad tradicional. Ese informe de la Junta que calcula en más de 420.000 los extranjeros que viven en Andalucía, el dato de que, entre el 98 y el 2005, esos nuevos pobladores se han multiplicado sobradamente por tres, la realidad de que en Almería o Málaga esas ‘minorías’ superan ya el 15 o el 12 por ciento. Proponer que los emigrantes voten está muy puesto en razón pero no lo está seguir ignorando que lo que está ocurriendo en nuestro tejido social tiene el alcance de una revolución en toda regla que, dentro de pocos años habrá tenido consecuencias hoy imprevisibles. Están tratando ese cataclismo demográfico como si fuera un incidente o una contrariedad en lugar de afrontarlo como la revolución que, en realidad, es. Por razones de ajuste social, por motivos laborales, en función de la propia seguridad. Mucha partitura para esos aficionados. Ojalá que el concierto no acabe en desconcierto, pero ello sería lo normal.

‘Punta Umbría Conection’

Dijimos aquí (antes de nuestra ausencia) que era raro el silencio del PP sobre el evidente escándalo que supone el descubrimiento de la concesión a bajo precio y a los “amigos políticos”, por parte del anterior Ayuntamiento (PSOE) de las valiosas parcelas de Punta Umbría. Ahora que se va sabiendo lo que se va sabiendo de ese enredo resulta infantil el intento por parte del partido de liquidar el escándalo con un ridículo desdén, mientras el propio Arenas equipara ya, salvadas las distancias, el lío puntumbrieño al marbellí. Igual es mucho interpretar, pero demasiados indicios apuntan a que la era Barrero está en pleno ocaso y no sería extraño (ya se oye hablar incluso de resentidas “gargantas profundas” dentro del propio partido) que este asunto de al traste con su hasta ahora infalible ‘baraka’. Que lo de Punta ha sido un apaño en toda regla no admite dudas hasta el punto de que ni siquiera va a permitirle a los sorprendidos –dicho sea en el sentido español, no en el italiano– escaparse por la tangente.

El enigma histórico

Ahora resulta que la NASA ha extraviado la película del primer alunizaje así como los datos telemétricos enviados a la Tierra por Armstrong y Aldring en aquel julio de 1969. No aparece esa prueba crucial, o eso es lo que dice en un periódico australiano, el ‘Morning Herald’, el responsable de la “oreja gigante”de Parkes –un observatorio colaborador con una antena del tamaño de una pista de tenis–, en confirmación de la vieja sospecha de fraude que pesa sobre la odisea del espacio. La misma mañana del evento me previno mi portero madrileño ante la falacia de los americanos, una tesis en la que, años después, insiste mi cuñada como si en ella le fuera la vida, pero lo que no sabía uno es que el seis por ciento de los yanquis y millones de personas en todo el planeta Tierra no tragaron ya entonces con la realidad de aquel primer paseo espacial que quien más quien menos siguió en la tele con el alma encogida. Claro que esta revelación –absurda, probablemente, teniendo en cuenta el silencio de los vigilantes soviéticos—no es, en fin de cuentas, más que otro ejercicio de desmitificación de esos a que nuestra era se está aficionando con pasión tan inquietante. La duquesa de Medina Sidonia sostiene muy seria cualquier oportunidad que Colón no descubrió América, una opinión, ya digo, cuya extravagancia tampoco es tan grave si se considera que uno de cada seis americanos vive persuadido de que Elvis Presley no murió en su día sino que sobrevive escondido en algún remoto paraje de Alaska. Una leyenda argentina insiste todavía hoy en que Hitler no se voló el maldito cerebro en su búnker sino que, en realidad, escaparía rompiendo el cerco aliado (¿con la ayuda del Vaticano, tal vez?) para vivir oculto en alguna hacienda pampera con aquella Evita Brown que, si vive, estará hecha una pasita, la pobre. Son cosas de la imaginación, de la “loca de la casa”, como decía la doctora Teresa, entre cuyas últimas fijaciones estarían las teorías conspiratorias que atribuyen la tragedia del 11-S a los judíos o a los propios yanquis, o la hipótesis, ya comentada aquí el otro día, de que los restos de san Marcos venerados en Venecia son, en realidad, los de Alejandro Magno. Al personal no le gusta la Historia pero se pirra por la leyenda. Este mono sabio va degenerando a marchas forzadas en un quimerista más aficionado a las sospechosas bayas esotéricas que a los brotes ciertos de la certeza probada.

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Lo curioso, al menos para mí, es que una crédula legión capaz de arremolinarse ante el buhonero que pregona las virtudes del ‘agua imantada’ o el mérito de la compresa que elimina la celulitis, se muestre, en cambio, tan crítica con los hallazgos del saber o las proezas de la ciencia, que resulte más fácil aceptar la supervivencia de Elvis que la llegada a la Luna. Pero hay algo, qué duda cabe, en ese complot de la ignorancia, que tiene que ver con la propia inepcia de la razón, o mejor dicho, con el inexplicado fracaso de la mente que fundamenta esa predilección por lo maravilloso sobre la misma evidencia. Hay quien ha hecho de esta inclinación humana un negocio, como la presunta y falsa princesa Tatiana que trajo loco a medio mundo, incluido el clan de los Romanov, pero más allá de la anécdota, sería temerario no ver en ello un riesgo cierto para el conocimiento y una amenaza a la imprescindible estabilidad de la experiencia. Habrá que esperar a que los lerdos de la NASA den con la cinta perdida y hallen esos datos traspapelados sabe Dios en qué gaveta de qué físico loco. No porque ello demuestre nada nuevo, sino por el fuero mismo de la realidad que exige para mantenerse vivo que no se juegue con las certezas. Ya, ya, por supuesto que es más divertido lo de Alejandro que lo de san Marcos y más rentable imaginar conspiraciones que atenerse a los hechos. Ni siquiera desdeño la posibilidad de que sea la propia NASA la que lanza estas especies para reavivar el cotarro. Mi problema ahora, sin embargo, es convencer de ello a mi cuñada.

El animal mítico

Un médico trevisano aficionado a los enigmas y, seguramente, deslumbrado por el éxito de Dan Brown, publica en la prensa regional bajo el pseudónimo de Marcuzio Isauro, una atrevida hipótesis sobre “La Tempestad” de Giorgone, esa joya de la Academia veneciana que, ciertamente, no necesita cábalas para fascinarnos ni cuentos para justificar su inmensa valía. No me sé con detalles la teoría del galeno, pero en resumidas cuentas viene a proponernos –ya ven que en línea directa con el falsario del “Código Da Vinci”—que la famosa escena de la gitana que amamanta al niño, el soldado o pastor que la mira paciente y el rayo espectacular que desgarra sin contemplaciones la arcádica escena no es lo que se ve (como hace mucho propuso con fina ironía un especialista) sino toda una alegoría de la traída y llevada paternidad de Cristo y su coyunda con Magdalena, que sería la gitana dados su breve indumentaria, el colorido de su pelo y cierta torre que a su espalda aparece. ¿No ven que la mujer representada por Giorgone se toca la rodilla derecha con la mano del brazo que sostiene al niño? Pues a ver que puede significar ese gesto sino una enigmática alusión a la “dextrum genu” y de ahí, sin anestesia ni solución de continuidad, a la mismísima “giusta nobile stirpe” que esta tropa anda empeñada en endosarle al Cristo histórico. El resto pueden imaginarlo. ¿No será que Leonardo en persona (¡Gran Maestre del apócrifo Priorato de Sión, nada menos!) inició al pobre Giorgone –un chavalillo para entonces—en su sospechosa (¿) visita a Venecia? ¿No hay que estar ciego para no percatarse de que la camisa y las calzas de esa figura masculina llevan los colores templarios como queriendo proclamar y esconder a un tiempo el gran negocio simbólico? De ahí al cura de Rennes le Chateau, el famoso abate Saunière, no hay más que un paso ciego y, naturalmente, nuestro mago lo da sin pensárselo con sólo recordar que el diablo que este pájaro hizo esculpir en su iglesia también se toca la rodilla en cuestión, aunque sea con la mano izquierda, vaya por Dios. ¡Éxito a la vista, posiblemente! No es cosa de perder ocasión de enloquecer aún más a este mundo majareta y menos si puede uno sacarle al cuento una pasta gansa.

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Lo malo, lo desesperante de estas falacias son justamente su insustancialidad, porque es difícil refutar lo vano. Este doctor Isaura, mismamente, es probable que no haya leído hace muchos años al maestro André Chastel asegurar que no hay año sin una nueva propuesta de interpretación de la famosa obra, y al basar su alegato en la localización en Treviso del lugar pintado parece que ignora que antes que él otros más sabios, sin duda, dieron sus buenas razones postulando que el paisaje elegido por Giorgone lo mismo pudo ser Bérgamo que Verona, Brescia que Vicenza sin descartar a la propia Padua. Hace muchos años que se viene trajinando con esta tela sublime en la que los rayos infrarrojos, las radiografías simples o los barridos de la reflectología han logrado descubrir imágenes ocultas bajo la escena definitiva, lo que probaría que el pintor, lejos de tener una composición temática en la cabeza, fue barajando como mejor supo –¡y cómo supo!—hasta plasmar la maravilla que no es menester que ningún logrero venda a revendernos con el estraperlo del esoterismo. Estamos haciendo un mundo extraño en el que se elimina la religión para hacer sitio al fanatismo o en el que se cierra el libro de la historia justo para dar carta blanca a unos fabuleros y cantamañanas que se ponen las botas en este mercado bobo. Me he dado otra vuelta por el museo para contemplar una vez más la mirada aplaciente de la gitana y el misterio del rayo que no cesa entre el azul alto de ese cielo por localizar, y me ha parecido ver en esos ojos una ironía nueva y algo melancólica, como si la dueña de esos ojos se hubiera enterado de las audacias del ‘dottore’ y previera ya la riada de iluminados mentecatos escudriñando afanosamente su figura.

El eterno femenino

El mismo día en que el papa Ratzinger declaraba a la prensa su propósito de abrir sitio a la mujer en la Iglesia concediéndole un “espacio apropiado” aunque no, por supuesto, el derecho al sacerdocio, un crimen horrendo ha sido descubierto en Sarezzo, por tierras de Brescia, donde la policía ha descubierto el cuerpo degollado de una joven veinteañera sacrificada por los machos del clan, reo de haber cometido un “crimen de honor”: el de ennoviarse con un carpinterito y aceptar, de paso, trabajo en una pizzería en lugar de volver a Pakistán para cumplir el compromiso paterno de casarla con un primo desconocido. La degollada había sido sepultada en el propio patio de la casa paterna enfundada en sus libertarios ‘vaqueros’ pero envuelta en el sudario blanco de la ley musulmana y, cómo no, con la cabeza orientada a La Meca como mandan los cánones, dando así cumplimiento a la sentencia inapelable dictada por el cenáculo masculino. Y como era de esperar, hay en todo el país reacciones para todos los gustos, desde las xenófobas que aprovechan el trago para argumentar que cualquier convivencia con los “diferentes” resulta imposible en la práctica, hasta la de los mismos imanes islámicos que, al menos en algunos casos, han declarado imprescindible que se acepte la fórmula de la integración social del inmigrante como única salida a ese conflicto de civilizaciones que algunos se empeñan en mostrarnos por el revés. Hasta el presidente de la comunidad pakistaní ha salido a los medios para acabar de arreglarlo asegurando que sólo en Suecia se habrían producido últimamente, sin salir de la misma comunidad, al menos cuatro casos como el de la muchacha de Sarezzo, y que en Inglaterra ese tipo de hechos están a la orden del día. Se habla ya incluso de “integración obligatoria” pero en Padua se preguntan a ambos lados del Muro recién levantado por las autoridades en torno al gueto inmigrante cómo coños se pone en pie un proyecto semejante. Lo que está claro es que no parece negociable la paz social con colectivos en cuyas culturas se incluyen atavismos como la norma que faculta a los machos de la familia a sacrificar a la hembra díscola que osa romper la tradición y a los muslines a sostener que la unión con un infiel degrada sin remedio a la hembra. No sé de qué se quejan, en fin de cuentas, las diáconas rebeldes de Ratzinger. A ellas, al menos de momento, no se las puede degollar.

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Podemos darle las vueltas que se quieran pero no conseguiremos probar que la conciliación entre una comunidad patriarcal rigurosa y un entorno laico es posible. No lo es. Muchas familias españolas fuerzan a sus hijas –que también gastan ‘jeans’ y muestran encantadas el ombligo a espaldas de los suyos—a casarse en Marruecos con novios comprometidos por los machos. Y lo que es peor, las llevan allá para sufrir la ablación ritual, una práctica generalizada que constituye hoy por hoy uno de los máximos oprobios de la civilización occidental que los consiente o disimula en su propio territorio. Por lo demás, hasta nuestras mujeres emancipadas, incluidas las militantes, guardan discretos silencios en torno a estas evidencias incompatibles con las pueriles utopías oficiales de la alianza civilizatoria. Se rebelan por un comentario sobre el escote de una diputada pero extreman el tacto a la hora de afrontar situaciones límite que demuestran una sumisión radical de la mujer que no excluye siquiera la degollina en caso de rebeldía. Con derecho a ser amortajada tradicionalmente y a su orientación ritual hacia La Meca, desde luego, pero no a ser reconocida –como es norma característica del despreciado Occidente—como igual entre los iguales. Antier en Sarezzo, a las puertas de la pizzería donde trabajaba la víctima, sus compatriotas le rendían un duelo desconcertado. Por si les sirve de consuelo, digamos que no es menor el desconcierto de nuestros altos dirigentes.