Estupenda inocencia

Cuando leo, un día sí y también el siguiente, las protestas de los empresarios imputados en Marbella, reclamando rigor con la presunción de inocencia y todo lo demás, no puedo dejar de rebelarme en el sentido de que algo tendrán ellos que ver también con aquellos desmanes, como piezas imprescindibles de un montaje entre dos partes, la prevaricación de una de las cuales, no implica la inocencia de la otra. Salir ahora con que esos linces del negocio ignoraban si una licencia se ajustaba a la Ley o no, decir que un promotor de gran altura no sabe si el terreno sobre el que construye es edificable o no lo es, es algo que no cuela ni en esta Babia corrupta en la que demasiada gente “comprende en el fondo” la lógica de la corrupción. Nadie debe discutir el derecho que asiste a los imputados, pero tampoco es cosa de se nos tome por idiotas proponiéndonos la idea de que la culpa era exclusiva del gilismo y su descendencia, mientras que los beneficiarios del apaño eran inocentes como ángeles. No hay inocentes en el lío de Marbella. Nadie puede llevarse la pasta ilegalmente con las manos limpias.

Homenajes y silencios

 No hay por qué sorprenderse del homenaje de los tránsfugas que gobiernan Gibraleón a quien es, en realidad, uno de los suyos, y aparte de eso, el segundo empleador del pueblo. Esos tránsfugas y su partido arriman el ascua a su sardina, como es lógico, y ahí acaba su problema. El que no acaba es el del Obispado, cuyo silencio ante la extraña odisea de este cura “emprendedor” trasluce la dificultad que siempre tiene la jerarquía a la hora de destapar ollas rebullentes. Que el obispo entrante se encuentre con un reajuste general de párrocos que afecta a la tira de ellos pero no toca ni un pelo a este cuestionado personaje, dice mucho sin abrir la boca. Las “dos espadas” saben que ganan llevándose bien y eso está a la vista en Gibraleón como lo está en el palacio de el Conquero. El cura de Gibraleón no es un párroco cualquiera, sino un gran empresario con estratégicas alianzas con el partido en el poder. Demasiado para un obispo interino. Y seguramente también para el que lo suceda.

El bandido generoso

Muchos hemos coincidido en el concepto viendo cómo se las gasta Hizbulá en el Líbano: “un Estado dentro del Estado”. Hace tiempo –desde que se dejó entrever la bandera blanca—que columnas de ambulancias, camiones, máquinas de construcción, brigadas de médicos e ingenieros, descienden hacia el sur del país como una marea por las carreteras recién liberadas de los bombardeos. Hizbulá se propone continuar en la paz el protagonismo que desempeñó durante la guerra y cuenta para ello, no sólo con la ayuda económica sin tasa de Irán sino con el sostén militar de Siria, dos factores que la convierten en el amo político de un Gobierno títere en el que, por lo demás, cuenta ya con varios ministerios. No hay que engañarse, sin embargo: todos los terrorismos aspiran a ser un Estado dentro del Estado, es decir, a suplantar al orden legítimo por un orden impuesto ocupando el lugar de la institución legítima. En pleno romanticismo español lo expresó mejor que nadie un bandolero andaluz, José María Hinojosa, ‘El Tempranillo’, que se las traía tiesas con el tiránico rey y burreaba a sus ministros y embajadores como le daba la gana: “El Rey mandará en España, en la Sierra mando yo”. Así de claro: dos poderes paralelos, dos territorios y dos órdenes distintos y, naturalmente, enfrentados. Todo terrorismo aspira a suplantar al Poder. Para verlo no hemos de irnos al Líbano; tenemos bastante con escuchar lo que estos días dicen aquí en España los voceros de ETA o con traducir con sinceridad las claves del desafío político y la intención de su trágala permanente. Para lo que sí puede servirnos el espectáculo intolerable de Hizbulá en Líbano es para irnos haciendo una idea de lo que puede ocurrir aquí de seguir por donde vamos. En Cataluña el mismísimo presidente regional no se corta un pelo ya para decir que, de hecho, hoy las competencias del Estado en la región son meramente “residuales” –esto es, “El Rey mandará en España, pero aquí no mando más que yo”—, y en el País Vasco la banda trata de dejar claro que el “proceso de paz” lo condiciona y dirige ella al reservarse la última palabra, que es la del tiro en la nuca. El Estado puede tirar millas flexible y descentralizado, pero no puede permitir que lo suplanten. Y el éxito de todo terrorismo consiste en conseguir esa suplantación.

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Ni que decir tiene que la ‘representación’ política es menos importante en ese teatro que el ‘guión’ cívico. La riada reconstructora de Hizbulá –sus indemnizaciones, su ayuda sanitaria, el apoyo material– es mucho más convincente que su poderío político, tal vez más incluso que su potencia militar, porque al asumir esa función básica del Estado que es la reconstrucción civil perfecciona su perfil de poder legítimo. También ‘El Tempranillo” –eco del bandido inmemorial que va desde el Bulla romano a Giuliano pasando por Robin Wood—practica esa táctica romántica de la ayuda que abre la leyenda de “el bandido generoso”, igual que hace ETA con los suyos. Nunca ha estado más claro que ahora el carácter bandolero del terrorismo, pero no hay que olvidar que Hosbawm explicaba estas famas porque la insurgencia rebelde permite a la masa sublimar su fracaso colectivo. David venciendo a Goliat: esa era la imagen con que Caro Baroja ilustraba el fenómeno. Pero David aspira y suele acabar coronado, no se olvide tampoco, lo mismo que la mesnada terrorista cifra su victoria en su refundición burocrática como poder público y legítimo. Barbarie por barbarie, parece obvio que Hizbulá sale ganado de este pulso mal calculado por Israel ni más ni menos porque se está convirtiendo en el auténtico Estado del Líbano. El otro –el libanés, valga la paradoja—empieza a ser ya mero comparsa. Hizbulá, el “partido de Dios”, gana finalmente su guerra no en el campo de batalla sino en la retaguardia de la paz, sobre las ruinas del desastre. Ella es ya el Estado, sin más. Sería estupendo que aquí tomáramos nota.

Hechos consumados

Al presidente de la Gestora impuesta por Chaves en el Ayuntamiento de Marbella no lle llega la camisa al cuerpo ante el reto que supone esa pila de edificios ilegales o sin licencia con los que nadie sabe qué hacer a estas alturas, que es justamente lo que había calculado el gilismo: que al final, las situaciones irregulares se acaban legalizando por hache o por be. Dice el cuitado que el informe de la Comisión Técnica “debería alumbrar la posibilidad legal” –nótese el rebuscado eufemismo—de adoptar medidas transitorias orientadas a perjudicar lo menos posible a los infractores y, por descontado, no deja de invocarse el argumento de oro: el castigo que la aplicación de la Ley supondría para el empleo. Hechos consumados: Gil gana batallas después de muerto, como un nuevo Campeador, y el imperio de la Ley pierde terreno a ojos vista. Hay muchos e importantes padrinos tras las ilegalidades de Marbella, no cabe duda, y parece visible que el presi de la Gestora lo sabe bien.

¿Existe Huelva?

Se contaba de un gobernador franquista, de la época en que ese cargo suponía una patada hacia arriba, que preguntó al recibir el nombramiento con el motorista por dónde caía aquella provincia. No sé si será cierta o apócrifa la anécdota (consúltenle al memorión de Antonio Segovia, que lo sabe, seguro), pero me la trea de nuevo a la cabeza el espectáculo del desinterés del Gobierno y de la Junta frente a la tragedia de nuestros quemados. “Fuegos Nunca Más” le ha escrito a ZP una carta requisitoria con una caligrafía que no se merece su displicencia por nuestros problemas recordándole, como si él no lo supiera, que ha ido a Guadalajara y a Galicia pero que no ha venido aquí, y el PP denuncia ahora que el presidente del Gobierno no ha cumplido siquiera su compromiso de reunirse en Moncloa con los alcaldes afectados. Vamos, hombre, hay que ser ingenuos. En política no existe lo que electoralmente no cuenta y en las zonas quemadas el PSOE tiene tan poco que perder como que ganar. Juan Romero puede guardarse su literatura para mejores causas.

Bajo el volcán

El ‘Cavaliere’ Berlusconi ha querido ratificar la índole eminentemente barroca de la política actual instalando en su espectacular villa sarda de ‘La Certosa’ un volcán artificial cuyas erupciones artificiales emiten fuego y lava que discurre vistosamente por la ladera hacia un lago vecino. Los vecinos de una aldea próxima, alarmados por el espectáculo que creyeron catastrófico, no se pensaron dos veces llamar a los bomberos que se personaron raudos en la famosa finca para rechifla del personal curioso que espiaba la ocasión. El propio Franco Zefirelli, un shakesperiano tan empalagoso, ha elogiado sin tasa el invento del expresidente resaltando el valor de su imaginación y calificando de “maravilla” esa demostración de friquismo ‘high society’, pero a mí la anécdota me sugiere un trasfondo mucho menos banal, porque si a algo remite ese empeño deslumbrador es a la dificultad de los políticos apeados del poder para reasumir su condición de ciudadanos del común. El propio recurso a la teatralidad barroca –ya Maravall explicó esa cultura como una vasta operación de propaganda política y religiosa–, el hecho de que un Berlusconi recurra a los mismos trucos que manejaron los Austrias para mantener su prestigio en plena decadencia—naumaquias en el estanque de El Retiro, epifanías teatrales, recurso constante el “deus ex machina”– , resulta sobradamente significativo y descubre desvergonzado la tendencia hipnótica del Poder, su vocación ilusionista frente a un pueblo que se expresa como masa y a una masa que se transforma en público en cuanto alguien prende la mecha e ilumina la noche cotidiana con los fuegos de artificio. “No puedo aflojar, porque media Italia me quiere duro”, dice él. Y es verdad, que es lo malo. Menos mal que esta vez en lugar de una ‘marcha sobre Roma’ el ‘duce’ se contenta con su volcán de juguete.
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No me figuro a Aznar haciéndose injertos capilares ni construyendo un volcán, aunque hay que reconocer que poco faltó para la odisea vulcánica en los fastos escurialeneses de la boda de su hija a la que, por cierto, asistió engominado el otro. Aznar no hace esas tonterías pero ha inventado un juego peligroso que se llama FAES y que consiste en virtualizar su presencia política en el mensaje ideológico, de forma y manera que el referente de la derecha española no sea su líder actual sino el que ya no lo es, de modo y manera que, lo antes posible, todo vuelva a ser como fue. No creo yo que a Aznar también lo respalde hoy la mitad de los españoles, y menos si sería capaz de volver por donde se fue para obtener esa imprescindible mitad más uno que –gracias a la estrategia aislante y a los pactos nacionalistas– parece hoy por hoy más que improbable. Pero la lección está ahí: en Cerdeña, donde Berlusconi entretiene sus ocios asustando a los paisanos con su volcán de pega, o en España, donde Aznar, a rastras de cierto complejo saturniano, le siega diariamente la hierba bajo los pies a sus propios herederos para que no acaben de echar raíces profundas. Un poco como González hace con hace con ZP dejando caer que no tiene una política fundada o simplemente que “está loco”, pero salvadas las distancias. Son excepcionales los políticos que se resignan con su caída y más raros todavía los que asumen su decadencia fatal, los michelines de la fama y las ojeras profundas de la impotencia. Y abundantes los Zefirelli que los jalean en plan palmeros en lugar de recordarles, como el esclavo a los vencedores romanos, que la victoria es casi siempre pírrica y que no hay ni bien ni mal que cien años dure. Cualquiera sabe qué será de Berlusconi en su complicado país, pero en cuanto a Aznar no es difícil sacar la conclusión de que va a contribuir gratuitamente a la ingeniosa estrategia de ZP de radicalizar al PP a base de achicarle espacios como los defensas hábiles. ¡Vaya chasco el de los bomberos, colegas! Entre nosotros, en cambio, nadie se alarma siquiera ante la erupción de la FAES.