Retrasado poder

 

Al final ha resultado cierto y razonable el aviso que se venía dando sobre los peligros del alcoholismo juvenil, siempre negado o escamoteado por una autoridad calculadora incapaz de afrontar riesgos electorales. Ahí está la expeditiva ley –ya veremos si viable o simple papel mojado—con que el Gobierno reconoce al fin el peligro cierto, tanta sveces denunciado por los especialistas y por el sentido común, que supone el consumo masivo y sistemático de alcohol por parte de los jóvenes y aún de los menores. Una vez más se niega durante años una realidad que hay que acabar aceptando a calzón quitado cuando tal vez ya la solución no esté en manos de una Administración superada que vamos a ver cómo se las arregla para hacer que se cumpla lo mandado por encima de la picaresca. La ley siempre por detrás de la realidad, el poder indefectiblemente colgado de la previsión electoral. Bienvenida esta ley tardía que prohíbe –más vale tarde que nunca—que un escalofriante porcentaje de jóvenes acabe cirrótico y en la cuneta de la vida.

Un cese inevitable

 

No se explica que la Junta mantenga en su puesto al delegata de Salud tras el descubrimiento de la falsificación de las listas de espera por procedimientos que no está nada claro que no conculquen la normativa. O se explica, acaso, en la medida en que hasta el más tonto sabe que el doctor Pozuelo es un simple ‘mandado’ que se limita a ejecutar el burofax de Sevilla con el visto bueno del mano partidista. El hecho, en todo caso, es insoslayable, y lo escandaloso es que la ciudadanía permanezca inmutable ante semejante ataque a los derechos de todos, sin que ni un solo usuario se vaya con el cante al Juzgado y le haya pedido al juez que se pronuncie sobre una acción tan grave como la denunciada y no desmentida: el falseamiento de las listas de espera para aliviar la presión política sobre la Junta. ¿Será verdad que nos merecemos cuanto tenemos encima? Lo sea o no, si no se desmonta esa denuncia, la permanencia del comisario de Salud en la provincia constituye un ultraje a los ciudadanos.

El mito vivo

En un pueblito colombiano llamado Pereira, considerado como tal vez el más belicoso de su inquieta región, la proliferación de bandas pandilleras ha llevado a las mujeres, a propuesta del propio Ayuntamiento, a declarar lo que ellas llaman una “huelga de piernas cruzadas”, es decir, a conminar a sus maridos a abandonar la violencia presionándolos con la negativa a cumplir eso que nuestro derecho canónico llama o llamaba el “débito conyugal”. O sea Lisístrata. Cada dos por tres la vida se encarga de recordarnos que los mitos no son invenciones bizarras de los hombres sino cristalizaciones, en buena medida subconscientes, de modelos de conducta que la experiencia comprueba que se mantienen y repiten a través de los tiempos, es decir, que constituyen auténticos invariantes de la conciencia de la especie seguramente grabados en lo más recóndito del laberinto cerebral. La mujer que mata a su hijo despechada por el amante, el padre que arremete contra el suyo celoso de su propia mujer, la hija que venga al padre de la ofensa materna y demás argumentos que han llegado hasta nosotros como cantos rodados en el río de la vida, no son temas inventados ni invenciones gratuitas sino fórmulas acrisoladas en la experiencia al cabo de los siglos. Este mismo asunto que sublima el poder de las mujeres localizándolo en el sexo es tema viejo y reviejo que va y viene por nuestra literatura como viene y va por nuestra experiencia cotidiana, como si la guerra entre Atenas y Esparta no acabara nunca por debajo de estas otras guerras actuales que se encargan de sangrarnos a lo vivo. Ya ven qué evidencia: Aristófanes en Pereira, el clásico hilarante del gran siglo griego reinventado espontáneamente por un concejalito de pueblo y servido por una compañía espontánea de hembras figurantes que seguramente no se han parado a leer entre líneas la profunda ironía del maestro de la comedia. El mito vive y muda de piel a través de los tiempos enhebrando la inconsciencia humana en imágenes asequibles a todos. Hay antropólogos que dicen haber topado con Lisístrata en latitudes remotas y ajenas, pero a mí me parece que esta reposición de la comedia en una zona sentimentalmente tan cercana a nosotros constituye una noticia si cabe mayor que aquel hallazgo.

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Pero no perdamos de vista el gran equívoco, la fragilidad íntima del argumento, la secreta falacia que el mito oculta celosamente entre sus entretelas literarias con la complicidad de nuestro propio deseo. ¿O es que vamos a creer que las mujeres de Pereira, como las atenienses que con Lisístrata se apoderaran de la Acrópolis, tienen alguna posibilidad real de éxito fuera de la propia sugestión mítica? ¿Van los hoplitas o los pandilleros a respetar un plante de esas características que, por cierto, el cachondo de Aristófanes no ocultó que no tenía peor enemigo –lean o relean la obra y luego hablamos– que las debilidades del “eterno femenino”? Sería realmente maravilloso que una huelga camera lograra pacificar un pueblo en el que se registran bastante más de un homicidio al día, el 90 por ciento de ellos por arma de fuego, y un milagro que la abstinencia impuesta lograra que esa tropa maleva se volviera pacífica y entregara las armas. Mas para eso están los mitos, para proponer “desiderata”, para tentar la imaginación, cuando no para conferir sentido a acciones tan terribles o dudosas como el parricidio celoso o el engaño seductor. Lo de la quijada de Caín no es una imagen fingida en un espejo sino una realidad tomada de la vida. Lo del cisne de Leda o la lluvia de oro de Dánae, guiones realísimos que encajarían a la medida en ese culebrón que viene a ser la vida. Ya veremos si las mujeres colombianas resisten o si los pandilleros acaban violando su huelga como si fueran romanos entre sabinas. La vida cambia continuamente para permanecer idéntica en esencia entre Atenas y Pereira.

No hay caso

 

Liquidado el “caso Chaves”: no hay caso y a otra cosa. Es verdad que el hermano director general del Presidente contrató con su otro hermano negociante, en media legislatura, lo que su antecesor en una legislatura entera. ¿Y qué? Es verdad todo y nada ha sido desmentido, el consejero de Presidencia apenas pudo sugerir la conspiración y hacer un chiste mientras que el propio Chaves se limitaba a insistir en el consabido argumento del derecho de los familiares del político a tratar con la Administración, incluso –a la vista está—cuando las incompatibilidades rechinan. ¿Y qué? Pues nada. Chaves se ha cuidado mucho de incumplir su compromiso de “dignificar” la mayoría absoluta que, en consecuencia, debe de estar sin dignificar, pero le sirve a las mil maravillas para salir de cualquier atasco. No hay “caso Chaves” como no hubo “caso Guerra”, aunque uno y otro –ya se vio y lo seguiremos viendo—hayan perjudicado a fondo el prestigio de sus titulares.

Claro como el agua

 

Ya está claro como el agua –si es que para algunos no lo estuvo siempre—lo que el PSOE buscaba en Punta Umbría apoyando a los dos tránsfugas del PP: hacerse con el urbanismo. Se jugaban muchos miles de millones en timbas demasiado próximas al Poder como para que el Poder se quedara quieto y a verlas venir. Pero ahora no valen excusas: sin en Gibraleón o Trigueros puede discutirse aún la clamorosa evidencia de que lo que se juega es el negocio del futuro aeropuerto, en Punta no cabe duda de que el objetivo es despejar el camino especulativo a los “amigos políticos”. Con la oposición en bloque pidiendo luz y taquígrafos, con la Biblia en pasta: da lo mismo: la política hoy, para muchos, consiste en tres cuartos de urbanismo y uno de retórica. Lo desconcertante, al menos para la izquierda residual, es que esa fórmula magistral se despache en la farmacia de la autoproclamada “izquierda”. Quizá el PP no tuvo en cuenta que en Punta se jugaba demasiado dinero. Pedir ahora que se investigue el caso es como discutir con el trilero después de levantado el cubilete.

Ars amandi

La decisión de una famosa marca de instalar su stand erótico en cierto aeropuerto ha provocado por ahí fuera una polemiquilla sintomática. No sólo por el hecho comercial, que en sí mismo poco supone, sino porque esa irrupción viene a confirmar la tendencia del erotismo a salir de la media luz del sex-shop y exhibirse a la del sol en pleno escaparate para de ahí, no les quepa duda, saltar a la calle. De poco van a valer las reiteradas condenas del hedonismo que inflaman la nueva ortodoxia porque lo cierto es que la conquista del placer –hablar de recuperación, como se ha hecho, me parece impropio—gana terreno a ojos vista un poco por todas partes como si de la noche a la mañana la especie se hubiera revelado contra una rutina milenaria y reclamara el fuero indiscutible de su derecho al gozo. No hay más que ver la escalada de la publicidad que tiene lugar esta temporada en varios países, incluyendo el nuestro, los reclamos que ofrecen novedades eróticas, trebejos placenteros y artilugios que van desde el vibrador convencional a la más rebuscada lencería, lúdicas esposas de seda o vulvas originales (¿), anillos vibratorios y esos “sex-toys” adaptables al reproductor musical que hacen furor entre los fanáticos del placer. Nada es nuevo, por supuesto, al menos en el nivel simbólico, en lo que me afirmo sin la menor duda tras considerar esos consoladores con forma de cisne que vienen a ser como el trasunto industrial del mito de Leda. Hay una cosa curiosa, de todas maneras, en esta escalada fácilmente observable en la prensa europea, y es la pretensión, más bien el objetivo claro de los traficantes del ramo de separar su negocio del porno para aproximarlo al sexo, pero la verdad es que semejante deseo se vuelve capricho cuando vemos anunciados en sus catálogos desde vibradores de titanio y diamantes hasta muñecas de silicona pasando por la gama de “cravaches” sadomasocas y el resto del arsenal de toda la vida. Es un tópico con sentido pleno el que sugiere que la imaginación sexual gira inevitablemente sobre sí misma y que poca cosa hay en el escaparate hodierno que no se le hubiera ocurrido a Ovidio o que no hubiera practicado a discreción los chinos antiguos. Lo que sí es nuevo es esta demotización del erotismo, la difusión democrática del placer y la desmitificación de sus recursos. No hay ya despedida de solteras en que la novia no reciba como regalo un falo plástico tan explícito que ha dejado de ser provocativo excepto para Cromagnon. En una sociedad en la que se anuncian y venden el “buzz” o el “body bouncer” lo que ha hecho crisis es la mitificación del sexo y su reconocida función en el proceso socializador.

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Hay consenso antiguo en torno a la idea de que el hombre prefiere la conquista del placer porque se aburre con la práctica del placer recibido. Pero luego nos encontramos a especialistas tan arriscados como Bataille decir que esa búsqueda prometeica es simplemente estúpida puesto que carece de sentido apaciguar un impulso que encuentra su razón de ser en su propia insaciablidad. No sé qué decir, sinceramente, aunque se me venga a la cabeza la fina sugerencia de Voltaire, creo que era en sus “Sátiras”, sobre la imperiosa necesidad de lo superfluo. La diferencia entre el negocio de la imaginación que regentaban las “madames” y esta industria del placer que se diseña a golpe de encuesta –aunque sin olvidar la vieja ley de que la oferta crea su propia demanda—consiste precisamente en su fundamental identidad, es decir, en el hecho reconocido de que bajo las fantasías sexuales no suele haber más que estímulos intransferibles que, a pesar de todo, son susceptibles en grado extremo de ser presentados como sólidas mercancías. “¿Tendría usted algo en peces?”, decía el viejo chascarrillo que demandaba el cliente exigentón a una dueña del tiempo viejo. Es más probable que la actual liberación nos devuelva a ese burdel clásico que al paraíso de Sherezade.