La dos caras de IU

Otra vez el dilema para Izquierda Unida: mantener a un alcalde suyo en el cargo a pesar de las sospechas de corrupción o relevarlo como sugiere el bien sentido y el decoro político. Pero si en Camas la coalición ha dado marcha atrás y parece que cerrará filas tras el alcalde imputado, en el pueblo gaditano de Alháquime se propone hacer lo contrario, es decir, forzar al alcalde sospechoso a dimitir. ¿Y eso por qué, es que hay dos varas de medir distintas para esa “izquierda a la izquierda de la izquierda” o que lo que cuenta, en última instancia, llegado el caso, es el peso efectivo que el personaje cuestionado tenga en el aparato, o tal vez lo que sepa y pueda largar? Sea lo que fuere, este radicalismo residual que encabeza Valderas no engaña ya a nadie con sus dobles varas, sus dobles discursos y su redoblado oportunismo. A fuerza de imitar al PSOE, IU no es ya ni la sombra del proyecto de Julio Anguita. 

La batalla del puente

Es una vergüenza que la pelea entre los partidos se sustancie a costa de los ciudadanos, que si uno gobierna en Madrid el otro exija los puentes hacia la costa, para negarlos cuando el que gobierna es un “gobierno amigo”. La insuficiencia de los enlaces con la costa son clamorosos, en especial desde que funciona la autopista hacia Portugal, pero hay casos como los de la propia capital, que constituyen un verano tras otro un tremendo obstáculo no ya para el turismo emergente, sino para los usuarios locales. ¿Por qué no hace público el PSOE su proyecto de “tercer puente”, qué política esa ésa que patrimonializa las tareas pensando sólo en los éxitos hasta convertir la vida cotidiana en permanente campaña electoral? Habrá quien sospeche que si delegado de la Junta o la Diputación no dan detalles del proyecto puede que sea porque el proyecto no exista más que como hipótesis. Pero habrá más todavía, seguro, que acoja mal esa idea de propiedad de lo público de que hacen gala estos mandones en cuanto les dan un sillón. 

Sube el pan

El precio del trigo ha subido considerablemente este año con motivo de la mala cosecha mundial, nada menos que el 20 por ciento desde el mes de julio (hablo de Francia, gran referente por ser el gran productor) lo que ha supuesto pasar de 100 a 140 euros el valor de la tonelada. A los agricultores de secano, con PAC o sin PAC, los ha venido Dios ver con un abril frío, un mayo bajo las medias habituales, el excesivo calor de julio y un agosto húmedo al tiempo de meterle la hoz a la cosecha. De manera que el precio ha subido para alegría de sus cultivadores que saben que el incremento de la demanda (del consumo) ha rebajado los stocks disponibles poniéndoles a huevo el alza del precio. Se podría hacer (y se ha hecho, en cierta medida) una historia de la Humanidad y, sobre todo, de sus desdichas, al hilo de una crónica fiel de las evoluciones de ese precio –como intentó para Castilla un joven Gonzalo Anes hace medio siglo– que trajo de cabeza a hombres de Estado y arbitristas desde los tiempos en que el profeta bíblico alzaba su voz contra la especulación y el estraperlo, hasta la era reflexiva de Felipe II, cuando un sabio como don Pedro de Valencia enviaba al monarca desde su rincón extremeño, tras consultar en Alhájar con el maestro Arias Montano, sus graves consejos sobre los dos grandes asuntos que por entonces entretenían a la opinión pública: el precio del pan y la realidad de las brujas. Valencia fue duro exigiendo una disciplina severa en aquel subsector, como diríamos hoy, y sagaz intuyendo las causas del fraude brujeril, a un  tiempo, en la ignorancia de unas y el interés de otros, como siglos más tarde haría Caro Baroja a propósito del enredo de Zagarramurdi. Pero en aquella fecha una subida como la presente habría tenido largas consecuencias repercutida sobre un alimento a la sazón básico en la dieta. Hoy, en cambio, no habría caso porque sabemos a ciencia cierta que el coste del trigo apenas representa un 5 por ciento en el precio final de la hogaza. Si don Pedro llega a ver cómo se confecciona en estos tiempos del cólera el IPC de nuestras esperanzas y desdichas probablemente hubiera enloquecido viendo que del precio del pan ni se acuerdan nuestros sabios economistas.
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Lo que no entiendo es cómo crece tanto esa demanda si el consumo diario desciende a ojos vista en función, no sólo de unas dietas generalizadas en un mundo de gordos, sino de una evolución de la dieta que no cuenta demasiado, cuando no excluye totalmente de la ingesta común, el pan nuestro de cada día. Todavía en esa quebrada oscura que ahora quieren iluminar los resentidos, es decir, en la última postguerra española, el control de las cosechas y la disciplina de sus precios constituía una cuestión de Estado especialmente cara al sindicalismo franquista , que había incluido el primer alimento en la triada sacra del sistema –“la Patria, el Pan y la Justicia”—aunque luego premiara a sus fieles precisamente con el beneficio de un estraperlo selectivo frente al que la rígida burocracia del ramo cerraba los ojos y los oídos. La mitad por lo menos de las cohortes que hicieron la Transición ayunaron lo suyo el “Año del Hambre” pro antonomasia que nadie se pone de acuerdo en precisar pero que toda la generación recuerda, y los más memoriosos entre ellos seguro que no han olvidado la imagen siniestra del acaparador con su puro en la barrera de feria o la simétrica figura  de la pobre mujeruca revendiendo el ‘bollo’ casa por casa o en la escalera del Metro. No cabe duda de que hemos mejorado mucho cuando una subida del precio del trigo no inquieta siquiera a una opinión más escamada y pendiente de la hipoteca millonaria que del pan bendito. A nadie se le ocurriría hoy, por ejemplo, ofrecer un mendrugo de pan a un mendigo que quizá desayunó un bollicao y tal vez piense zamparse en la cena una pizza igualmente rica en colesterol. Montano, que almorzaba una rebanada candeal  y cenaba una fresca lechuga, no lo hubiera entendido ni a la de tres.

Cara censura

El Consejo Audiovisual no sabe qué hacer (ni aquí ni en la Cataluña que lo crió) fuera de ejercer una censura disfraza de esto o de lo otro pero, en resumidas cuentas, censura. Lo cual podría incluso no estar del todo mal si en verdad se dispusieran a controlar el escandaloso abuso que la Junta viene haciendo de Canal Sur desde su creación, así como la vergüenza que inspiran no pocos de esos programas extravagantes en lose, en efecto, de manipula a los niños, se juega con los ancianos o se montan números tan intolerables que los efímeros colaboradores de cierto fuste se ven obligados a huir a la primera oportunidad. Ahora dicen esos nuevos enchufados que van a gastarse 1’6 millones de euros en “vigilar a las cadenas”, noticia que, sin duda posible, habrá entusiasmado a unos cuantos por ahí. Sólo queda por ver cómo ejercen la censura, si exclusivamente orientada “contra” la crítica y ajena a la coba, que será lo más probable. Chaves no tenía bastante con los hechos consumados y se ha inventado un costoso gendarme para guardarle la viña mediática. Lo malo es que, lo disfrace como gusten, el gendarme no podrá ser otra cosa. 

Nuevo Pastor

Cuentan y no acaban en Santander sobre el nuevo obispo de Huelva, monseñor Vilaplana: que si su obsesión es la pobreza, que si se desvive por “los de abajo”, que si da hasta lo que no tiene… En Huelva, en cambio, la recepción se ha resuelto de entrada en la consabida comidilla cofrade, un poco en línea con la ya supongo que olvidada polémica mantenida con su antecesor, del que algún capillita conspicuo llegó a decir que, con un castoreño en la cabeza, venía a ser un picador. El obispo tendrá que entender, por supuesto, la peculiar idiosincrasia que tanto valora la religión popular, pero resulta obligado que las hermandades de lo que sea acepten su papel subordinado en el orden eclesiástico. Dicho esto desde fuera del tinglado –que es como está dicho—sólo queda apostar por una paz que permita a quien encabeza una institución tan influyente ejercer su papel profundo sin perderse en tiquismiquis. Porque ya digo que, en su anterior diócesis, cuentan y no acaban sobre ese pastor en relación con esas cosas fundamentales en las que en Huelva queda tanto por hacer. 

Los otros viejos

En España es mala cosa ser viejo. Se ha perdido el colchón tradicional que la familia clásica y extensa brindaba al anciano. Se ha prescindido casi en absoluto de la experiencia bajo la sugestión de una cultura exaltadora de la misma juventud a la que maltrata desde la infancia. No hay espacio para la “tercera edad” salvo en el autobús del Inserso ni audiencia para su voz salvo en los teatrales periodos electorales. Lo que está ocurriendo con las residencias de ancianos –malos equipamientos, alimentación impropia, malos tratos– es, con triste frecuencia, una auténtica calamidad aparte de un crimen tolerado por unas Administraciones voluntariamente ciegas y sordas.  Nunca hubo más retórica ni mayores presupuestos para atender a los mayores, pero jamás la vejez fue tan agraviada. Ah, pero hay viejos y viejos, y sin necesidad de extremar las crononologías, hay jubilatas y jubilatas. La experiencia de la jubilación en España es también lamentable a causa de un régimen de pensiones cicatero, y con un canto en los dientes, porque de no haber forzado el primer Gobierno del PP el Pacto de Toledo, la tesis que venía imponiéndose era la del ineluctable fin de las pensiones, es decir, la del “sálvese quien pueda” tras la vida laboral. Un médico, un metalúrgico, un juez, un profesor o un bombero se jubilan con las habas contadas y recontadas que les despacha una Seguridad Social reflejo de una sociedad productivista en la que el mérito es un valor de presente o no es nada. Tanto produces tanto vales: cuando dejas de producir eres simplemente una carga y como carga serás tratado. Habas recontadas, digo, que a duras penas llegan a fin de mes –las encuestas sobre el particular son aterradoras—y que están forzando a esa franja creciente de la sociedad a revivir la comedia galdosiana del “buen pasar” y, si me apuran, el paso trágico del hidalgo de gotera caricaturizado por el autor del ‘Lazarillo’ con migas en la barba. Una pena, el negocio de los viejos, a pesar de la ‘barra libre’ farmacéutica –que a tantos ha enriquecido—y del autobús del Inserso.
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Pero no todos los viejos son igualmente tratados, ni todos los jubilatas ofendidos por las mismas miserias en un país en el que los legisladores, es decir, los diputados y senadores, comienzan por favorecerse descaradamente con un régimen asistencial escandaloso si se le compara con el de los trabajadores del común y en el que, encima, han sido los Gobiernos sedicentes “socialistas obreros” los que han descrestado todas las ignominias agravando el régimen general de pensiones con nuevas exigencias (la última vez en julio pasado) pero estableciendo privilegios tan vergonzosos como los blindajes del retiro de los políticos. Acabamos de enterarnos de que Maragall –cuatro añitos de “honorable” tras sus vacaciones en Roma—percibirá 125.000 euros durante los primeros cuatro años de cesante y 94.000 durante el resto de su vida, es decir, el doble de las doradas pensiones que ya se habían autoadjudicado Chaves o Ibarretxe, que a la hora de trincar poco cuentan las diferencias ideológicas. Y ello en la laboriosa Cataluña cuna del movimiento obrero, como una burla chusca de aquellos austeros ancestros que administraban al céntimo las “cajas de resistencia” sostenidas con sus propios sufragios. La desvergüenza de los blindajes presidenciales es la penúltima prueba de la desmoralización de la política, de la crisis irreparable de la idea de la vida pública como servicio, de la realidad de una profesión hobbesiana y rapaz a la que no estorba en absoluto el hecho de las ofensivas diferencias entre ciudadanos y políticos por la sencilla razón de que es ella misma la que la ha establecido. La vejez en España ha dejado de ser un estado respetable para convertirse en una carga que miran con enojada displicencia estos próceres sin mayores méritos que el oportunismo partidista. Hace tiempo que sabemos que carecen de ideas. Ahora sabemos también que no tienen vergüenza.