Políticos todoterreno

El alcalde de Trigueros, Cristóbal Romero, es un monstruo total. Empezó de la Nada en el PSOE (no crean que hace tanto tiempo), se fue al PA cuando tarifó con ‘fray’ Domingo Prieto y con éste partido de adopción alcanzó la alcaldía apoyado por el PP hasta que decidió fugarse y volver a la colaboración con el PSOE acogedor de tránsfugas. Y allí permanecerá hasta las próximas elecciones en que nuevamente encabezará la lista de este último partido, que como ven se pasa por el arco sus propios pactos contra la canallería transfugista, algunos tan cercanos como el que hace nada y menos firmó el ministro Sevilla en el Congreso de los Diputados. Todo vale en esta guerra sin cuartel, hasta la vileza de respaldar al traidor contumaz, lo mismo en Trigueros que en Aracena, Gibraleón o Punta Umbría entre tantos lugares. Contando con “políticos (¿) todoterrenos” como don Cristóbal, a ver dónde esté el problema. Se explica que una propuesta iconoclasta como la formulada por Trevijano en la última “Charla” de Punta Umbría pusiera al público en pie. Porque esto da asco, sencillamente asco, aunque haya que tragárselo.

La especie viajera

Dicen que estamos ante el mejor año turístico de nuestra historia mesonera.  Que gastan menos los que vienen, de acuerdo, pero que son más, muchos más, cada año más, y eso no deja de ser un éxito. Y en todas partes igual. Una ciudad como Venecia ha calculado que este año los visitantes (no olviden su tamaño: poco más de 300.000 habitantes) han aumentado en 50.000 diarios –lo que supone un aplastante total de veinte millones anuales, con o sin Bienal—razón por la cual se ha unido al coro de zonas turísticas que se disponen a cobrar la entrada. En la isla de Eolia ya paga el viajero su portazgo, en Sicilia se estudia aumentar el impuesto de visita para el año que viene entre uno y cinco euros. También en Milán está decidida la imposición inminente de la tasa turística y en la propia Venecia se proyecta para más adelante, pero se proyecta. El turismo es un maná pero también supone una carga, a veces soberbia, para los territorios que elige, que han de atender gastos muy diversos como consecuencia de las visitas, y ha sido el aumento acelerado del movimiento viajero de los últimos años el que ha hecho volver sobre esa idea de la tasa que fracasó hace años. No es posible mantener un modelo en el que los empresarios del sector se llevan crudos los beneficios mientras la factura de los gastos va directa a la caja de las instituciones, es decir, al bolsillo del contribuyente. Ya veremos qué ocurre, pero todo indica que, siguiendo esa lógica del espectáculo que inspira el viaje contemporáneo, en poco tiempo el turista habrá de pagar su entrada al territorio visitado. Asombran las cifras del turismo, también en España, pero sobre todo llama la atención el ritmo al que crece la demanda turística, la vaca gorda de muchas economías. Lo raro es que el sector público haya tardado tanto en reaccionar sobre esa tremenda carga.
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Estoy en que el turismo es precisamente la gran novedad del siglo –más tal vez que las migraciones, a pesar de las apariencias, y si no, échenle una mirada a los números—y no me cabe duda de que este hecho crucial ha de influir decisivamente en la mentalidad colectiva. El hombre fue siempre animal inquieto, especie curiosa, más allá del sedentarismo que cuaja en el neolítico, y desde siempre emigró azarosamente en busca de mejorar su suerte. Cuando hoy se habla de los “nuevos bárbaros” –del Sur o del Este– suele olvidarse que la invasión gótica de la romanidad no fue un hecho aislado sino una etapa más en el eterno viaje de la Humanidad que, por no hablar sino de los casos recientes, incluye las oleadas mogoles o árabes sobre el Oeste, la inmensa migración rural que permite a partir del XIII la civilización urbana en Europa, la aventura americana contra la que tronaban nuestros arbitristas o el éxodo europeo a Norteamérica que fragua en los futuros EEUU. La especie viajera no pierde nunca el instinto que orientó la horda en su etapa recolectora, porque el hombre sólo se convierte tardíamente en animal territorial, circunstancia que debería dar que pensar a esa antropología patriotera que a veces –con demasiada frecuencia aún—insiste en su insostenible tópico. La adscripción del hombre a su territorio es una fantasía mitológica, probablemente, y en este fin de era tan inquietante que estamos atravesando parece como si la vieja naturaleza de la especie se empeñara en salir a flote para evidenciarlo. Tampoco es nueva la idea del peaje, por descontado, ni el sentido patrimonial del aborigen que tantas veces aflora en el mito o en la leyenda clásico. Hoy muchedumbres de todos los rincones del planeta se echan al mar como los viejos argonautas en busca de un vellocino de oro que a buenas oras va a estar esperándolos colgado de una encina sagrada. Nada ha cambiado entre héroes y viajeros, dragones y esfinges. El ‘Argos’ era un cayuco y Marco Polo un turista. Si hay un invariante en la naturaleza humana es el afán viajero. Cada verano avanzamos en esa evidencia que podría librarnos de muchos perjuicios.

La tortuga judicial

No se comprende el optimismo que tantas veces aflora en las sonrisas oficiales de los responsables de Justicia –en la Junta, en el TSJA—porque tal vez no haya lugar más común que el disgusto ciudadano ante una Administración de Justicia que no da abasto ni se distingue precisamente por la excepcionalidad de sus frutos. Los jueces se quejan del atasco judicial o de la falta de medios, pero ahí tienen al presidente del TSJA a partir un piñón con una Junta de Andalucía que parece que acaba de renunciar a la creación de diecisiete nuevos Juzgados capaces de resolver la friolera de 18.500 pleitos pendientes. ¿De qué se reirán esas minervas ante las cámaras, tal vez de la ingenuidad ciudadana? Dicen que lo que pasa es que el gasto en Justicia ni es política (extiéndase electoralmente) rentable. Pues puede, pero alguien debería plantearse la posibilidad de que el atasco derive en fracaso y el fracaso en caos. Ahorrar en Justicia es de locos y, sin embargo, por ahí es por donde da la impresión de que van nuestras Administraciones. 

La gran mentira

Vibrante alocución de Trevijano en las “Charlas de El Mundo” puntumbrieñas, abierto alegato contra la política degenerada en partitocracia, desafío indisimulado al Sistema en su conjunto, del Rey abajo, todos. El mismo día, teofanía de Barrero para (no) explicar el superpelotazo de Punta Umbría y, de paso, fajarse contra el PP, IU y, faltaría más, contra el alcalde de la capital, principio y fin de todos los males que nos aquejan. Bien, se comprende, porque Barrero lo tiene más difícil todavía para explicar lo inexplicable, es decir, el mangoletazo perpetrado por el Ayuntamiento que él mismo teledirigía y del que formaba parte, a favor se sus amigos políticos. Lo pregunte el PP o su porquero, el tema es, sin embargo, inesquivable: ¿dónde están los 51 millones de euros de las parcelas, quién se los ha llevado y por qué no se restituyen al erario del pueblo? Y para eso nadie en el PSOE puede tener respuesta pública, y menos que nadie Barrero. Se esté o no de acuerdo con Trevijano, hay que reconocer que lleva razón: la política es ya una gran mentira, la democracia un juguete roto. Cuando Barrero se vaya lo reconocerán tal vez hasta quienes hoy se sientan a su mesa camilla.

La memoria ecuestre

 

Aprovechando el cenit del estiaje, el Gobierno ha mandado apear de su pedestal la estatua ecuestre de Franco que presidía la Academia Militar de Zaragoza. Todo un símbolo. Como la de los Nuevos Ministerios, desmontada en su momento con nocturnidad, esa estatua ha funcionado como referente mítico de varias generaciones de militares, incluida la del Rey y jefe del Estado actual, que de aquel recibió la perdida corona y actuó de suplente suyo cuando llegó el caso. Aseguran que lo hace –el Gobierno—para paliar el frenesí de sus socios radicales aunque, todo hay que decirlo, la reacción de estos ante la concesión ha sido todo menos agradecida. Pero hay que pensar por elevación que lo que impulsa este activismo demoledor no es sólo una razón oportunista sino la vieja pulsión simbólica de los hombres. Los sacerdotes egipcios se ocupaban de borrar minuciosamente el rastro de los faraones desaparecidos mandando una legión de esclavos a destruir a golpe de cincel y martillo sus retratos de piedra, como si la Historia fuera reformable ‘a posteriori’ y la memoria pudiera sostenerse firme sobre esas fallas profundas, pero dicen los historiadores que nunca funcionó del todo esa providencia y que el recuerdo de lo borrado permaneció en una memoria difusa que, por supuesto, también modificaba a su modo la realidad pretérita. Como aquí. La encuesta sobre la dictadura que anda publicando El Mundo demuestra un día sí y el otro también que los nuevos españoles tienen una idea no poco peregrina de lo que fue aquella “larga noche de piedra”, que toman por héroes a quienes no lo fueron y adjudican méritos y deméritos de una manera que sorprende vivamente a quienes vivieron en directo la experiencia, y que incluso han superado el duro impacto de la condena democrática para acabar valorando aquella etapa en términos inasumibles para sus protagonistas. Es decir, que sin necesidad de estas prótesis oficiales que el Poder trata de encajar por las bravas en la duramadre del gentío, la memoria biológica ha hecho ya su trabajo sobre el engrama colectivo y ahora resulta que casi nada es como lo recordábamos, lo que puede rebotar peligrosamente en la idea de que nuestros recuerdos no se corresponden como es debido con la realidad. A ZP le puede salir la torta un pan con esta matraca de la revolución simbólica. Lo malo es que ese mal pan hemos de zampárnoslo entre todos.

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Por supuesto que este golpe es nuevamente un ejercicio de micropolítica, otra demostración de que la estrategia gubernamental se basa hoy fundamentalmente en el alarde de lo pequeño en detrimento seguro de la gran política que el país reclama en este tiempo confuso. El Gobierno desmonta al dictador de sus caballos de bronce no sólo porque sea incapaz de resistir a las presiones radicales sino porque se siente desbordado a fondo por los grandes problemas de gestión, es decir, trata de embolismar a la audiencia ofreciéndoles en el telediario esas catársis que nadie reclama pero que son infinitamente más fáciles de resolver que la riada inmigrante o la ola de incendios. La suerte de las estatuas de Franco, por supuesto, es a estas alturas un asunto de puretas, un debate casinero, no una cuestión que interese a esas nuevas generaciones que creen en serio que el papel de UGT fue superior al de CCOO durante el franquismo o que el peso de la oposición lo llevó entonces aquel inexistente PSOE y no el omnipresente PCE. Uno de cada cinco votantes del PSOE y uno de cada ocho clientes de IU creen hoy justificado el alzamiento militar de Franco –a ver cómo se come eso—y son precisamente quienes vivieron bajo la tiranía quienes más comprensivos se muestran a la hora de enjuiciarla. La memoria cabalga sola y no está en manos de nadie desmontar a ese cuestionable Belerofonte de su imprevisible Pegaso. Franco apeado de su pedestal no cambia demasiado las cosas en medio de esta tremenda crisis.

IU empieza fuerte

 

Tras el incomprensible bastinazo de Camas (la readmisión del alcalde bajo sospecha de corrupción), IU parece decidida a comenzar el curso borrando en lo posible su manifiesta dependencia pasada respecto del PSOE. Nada menos que ha anunciado Valderas, en ese sentido, que pedirá una comparecencia urgente para aclarar si hubo corrupción o no la hubo en el mismísimo “caso Chaves” y, por si fuera poco, se ha mostrado decidido a apoyar una comisión investigadora en el Parlamento para tratar de un escándalo urbanístico como el que afecta al PSOE en Punta Umbría y que a Valderas le “huele muy mal”. No está mal para empezar. Ya veremos si las posturas se mantienen cuando, a la vuelta del ferragosto, aparezca de nuevo el cobrador del frac ante la caja de la arruinada coalición y haya que echar de nuevo la cuenta de la vieja, pero la verdad es que sorprende esta “pole position” que podría anunciar un vivo comienzo de curso. Las elecciones está cada día más cercanas y algo debe hacer cada cual para borrar los estigmas y maquillar el cartel.