La terraza del Barceló

 

Terminó en Punta Umbría el ciclo veraniego –¡y van cuatro!—de las “Charlas en El Mundo”. Con un éxito que ha superado todas las expectativas y que ha causado sorpresa, sin excepción, a todos nuestros ilustres invitados, con un público consolidado al que en cada ocasión se incorporan más espectadores forasteros atraídos por una tribuna de creciente prestigio e incontestable indepedencia. La propia personalidad de los charlistas habla por sí sola: Vicente Verdú, Ana Pastor, Maite Pagazaurtundúa, Pablo Sebastián, Antonio García Trevijano, el arabista Martínes Montávez o el embajador de Israel Víctor Harel. Nunca hubo en Huelva un proyecto semejante ni por su calidad ni por su constancia. Y va a continuar, pese a quien pese, ahora de nuevo en la Casa Colón, a un paso ya de celebrar las cien conferencias. Gracias todos, incluidos los detractores, que todo ayuda. Las “Charlas” seguirán abiertas a la inmensa mayoría con el compromiso indeclinable de neutralidad y el objetivo único de que Huelva tenga el nivel cultural que lo corresponde.

El balón sagrado

 

No me ha sorprendido ni poco ni mucho que un equipo de fútbol, el mítico Boca Juniors nada menos, haya tendido la idea de crear un cementario exclusivo para su hinchada o, como dicen los porteños, para la “barra”. La “barra” del Boca es para verla en los alrededores del estadio porteño, especialmente en los días aciagos, expresando su “afición” al más puro estilo salvaje, en plan “naranja mecánica” total, pero no es distinta de otros muchos “ultraísmos” –hay que ver para lo que puede quedar el término inventado por Guillermo de Torres para designar gráficamente a la ‘vanguardia de la vanguardia’—que funcionan por ahí el calor de otros colores, y que expresan su adhesión incondicional con el bate y la tea destrozando estadios o pegándole fuego a los asientos con las trágicas consecuencias ya conocidas. Es tan hondo el sentimiento forofo que hace mucho que se ha jugado con la metáfora de compararlo con el religioso, es decir, con la hipótesis de que el fútbol sería, en definitiva, no un simple divertimento algo salido de madre, sino un sucedáneo de la Trascendencia, una suerte de culto laico calcado en el subconsciente del milenario modelo religioso. Lo mismo se dijo de algunos partidos políticos –recuérdese el deslumbrante retrato del “militante” que Sartre hizo en ‘Situations’—y, muy en particular, de las organizaciones comunistas en cuyo funcionamiento hasta un ciego podía ver –aunque algunos, yo mismo, no las viéramos en su momento, miren lo que son las cosas—la reproducción calculada de mitos y ritos, de organizaciones y liturgias y, que era lo más importante, del espíritu rígidamente jerárquico que tan finamente supo disimular el propio Lenin bajo el disfraz de eso que se llamó “centralismo democrático” y que fue combatido con tanta energía por los mismos que lo siguen practicando una vez muerto el Cid.

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El hombre aspira a altas agarraderas, necesita aldabas firmes, y si no las encuentra a propósito o le caen a trasmano, pues se improvisa un sucedáneo y a vivir que son dos días. El fútbol mismo. El fútbol es una religión tan activa como cualquier otra y casi tan lucrativa como las demás. Bueno es que lo recordemos en pleno funeral ‘corpore insepulto’ de nuestro sabio entrenador nacional, aunque sea para entender por qué un equipo monta su camposanto en régimen de exclusiva. Después de todo, la Iglesia católica ha mantenido cerrados a cal y canto los suyos a no pocos creyentes, por ejemplo a los pobres suicidas y a otros disidentes de la disciplina oficial, y para qué hablar de los de otras religiones, mientras que hasta Franco tuvo que fingir que el monumento de Cualgamuros –el Valle de los Caídos que los ingenuos extremistas quieren reconvertir en una especie de parque temático del cainismo hispano– venía a ser un funeral por todos los caídos y no sólo por los suyos, como ahora de nuevo reclaman las atroces y anacrónicas esquelas mortuorias del zapaterismo. Dicen que en el dormidero del ‘Boca’, arrullado por el bandoneón populachero y turistón de aquel barrio de leyenda, tendrá su parcelita el gran Diego Maradona, lo que sugiere que el culto futbolero argentino se ha degradado en una especie de evemerismo que ha rebajado su metafísica hasta ver en sus dioses lejanos a simples héroes legendarios cuyas tumbas decían conocer los viajeros como el propio Evemero o Pausanias entre tantos otros. Los argentinos, aparte de todo, tienen ese lado necrófilo que alcanzó cotas altas en la costumbre de saquear panteones políticos aunque alcanzara su cenit en la macumba de Evita. Pero nadie puede asegurar que su invento no acabe conquistando la mente rapada de esos ultras subvencionados que cuentan ya, como todas las religiones, con sus víctimas y con sus mártires. Mucho ha degenerado la Humanidad desde la ordalía de David o desde el juicio de Paris, eso va a misa. Pero desprestigiado el cielo, ya sólo quedaba asegurar el limbo. Y ahí lo tienen ya.

Otoño marbellí

 

Ha dicho mi admirado (y denigrado) Javier Gómez de Liaño, defensor hoy de la que Gil llamaba “la Rubia”, es decir, de la exportavoz del PSOE en aquel Ayuntamiento, Isabel García Marcos, que “le choca que quien lleva muchos años combatiendo acabe por cometer los mismos delitos que combatió. Bueno, a ver qué va a decir, con el embolado que tiene en lo alto, pero realmente no es tan difícil imaginar, a estas alturas del ‘thriller’, la manera de compatibilizar ambas actitudes. Chaves mismo dice que no se molesta en contestar a Roca por que es un delincuente, como si ésa fuera razón ni medio qué para neutralizar la gravísima acusación que Roca ha lanzado contra la Junta de Andalucía y cómo si fuera la primera vez que él ovaciona a unos delincuentes. Tampoco Plata, el candidato más o menos ‘in pectore’, lo tiene del todo claro, dada su conexión con el “caso Chaves”. Y ya veremos qué ocurre cuando se manifieste el gilista/ andalucista Carlos Fernández en carne mortal y largue por esa boquita. Mal pinta el otoño en Marbella aunque casi todo apunta a que el temporal acabará centrándose sobre Sevilla.

Mesa y partidos

 

Parece ser que a la Mesa de la Ría, vamos, para entendernos, al más que presunto candidato a la alcaldía José Pablo Vázquez Hierro, le molesta la presencia de los partidos en la organización, porque –dicen ellos—es posible que aleje a los ciudadanos y los haba inhibirse en lugar de estimularlos a incorporarse al proyecto. Vaya cuento, compadres, porque ya me explicarán la razón por la que Vázquez mismamente se arroga más “civilidad” que los partidos, que son, que uno sepa, al menos por el momento, los únicos instrumentos de representación reconocidos constitucionalmente. ¡Con lo sencillo que la Mesa hubiera seguido siendo Mesa sin meterse en políticas, como dicen que decía Franco! Me da que la verdad es que ese candidato “civil” quiere espacio libre para su aventura y, a ser posible, sin obstáculos, que tiempo habría, llegado el caso de ver a qué partido se arrimaría si lograra el dudoso escaño. O sea, lo mismo que los demás partidos pero de paisano. Algo más eficaz deberán encontrar si pretenden mantener esa ambiciosa candidatura.

Happy slapping

 

Los chicos extremados de esta era tan complicada inventan unas cosas terribles. Una de ellas es el “happy slapping” que ustedes están hartos de ver aunque tal vez algunos no asocien esa expresión a su horroroso contenido que es, ni más ni menos, que el deporte de filmar las agresiones gratuitas y normalmente cobardes a que esos vándalos mimados someten a sus víctimas indefensas. Un mendigo refugiado en un cajero automático, por ejemplo, un inmigrante sin papeles dormido sobre el banco de una estación de autobuses, cualquier criatura sorprendida por los vándalos es buena para dar rienda suelta a sus instintos y liberar tal vez con tan atroz experiencia sabe Dios qué frustraciones o rencores celosa o inconscientemente ocultos. Se lincha al aislado y se filma: ésa es la nueva diversión, que en España trata de hacerse pasar como si no fuera más que una serie de incidentes o, todo lo más, una moda son trascendencia –la desdramatización es una especialidad política, como saben—pero que en Francia, por ejemplo, ha sido objeto, esta misma semana, de una dura instrucción del ministro de Educación, Gilles de Robien, que trata de liquidar el tabú en torno a esta barbaridad y plantarle cara como es debido, es decir, con la ley en una mano y el vergajo en la otra. Me preguntaba Carlos Herrera en la radio a qué atribuía yo casos como el de esa muchachita de Burgos que ha sido literalmente avasallada a pedradas y golpes por una treintena de coleguis que con ella comparten aula y tal vez pupitre, y yo no he sabido qué contestarle aparte de eso que acabo de decir sin templar la gaita: que esas cosas ocurren porque no hay autoridad, que es una cosa muy tremenda, ya se trate de desdeñar como reflejo conservata ya se mire desde la perspectiva progresista que sea. De una cosa estoy seguro y es que si el padrecito Lenin trinca a una cuadrilla linchando a una menor los manda recomendados a Siberia una temporada, así que a ver si dejamos de explotar el truco de la adjudicación reaccionaria del criterio expeditivo. Ni un hombre ni una sociedad son más libres ni más progresistas porque extremen la lenidad con la barbarie: al revés. Ésta parece ser la lección que más se le resiste a mucho espíritu libertario al menos mientras el linchado no sea su hija o él mismo.

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Lo malo de esta tragedia es el poco tiempo que le ha hecho falta a este país culturalmente tan remolón para adaptarse como la mano al guante a esta delincuencia insospechada que, de la noche a la mañana, nos ha caído en lo alto. Un día es un niñato mitómano que, estimulado por dibujos animados, degüella con una katana a toda su familia; otro son un par de mozas en la edad del pavo que cosen a puñaladas a una compañera de colegio; y el de más allá es un grupito de inocentes criaturas que no paran hasta hacer que un compañero acosado se lance al vacío. Y todos están en la calle, por supuesto, como lo están aquellos dos que le arrancaron a mano la tráquea a un pobre trabajador que esperaba el autobús siguiendo cierto juego de rol, mientras la autoridad mira a otro lado y proliferan los imaginativos que recomiendan el árnica de los “trabajos sociales” como instrumento no sólo de expiación sino también de improbable mudanza. Ya ven, no hace falta más que importar un extranjerismo como la gente –“happy slapping” mismamente—y, hala, a tundir al pobre que, todo lo más, un buen juez nos mandará escribir unas planas o barrer el paseo. ¡Qué tristeza fatal, qué suerte de sentimiento de desamparo, el de la niña linchada y el del pobre padre entrillado entre su desgarrada amargura y las exigencias del implacable fuero de la corrección política! Verán, sin embargo, como todo queda en agua de borrajas y en un amago de regañina. Nunca entenderé por qué extravagante razón la ventaja haya de estar siempre, en estos casos, del lado del fuerte. Acaba de decir Sarkozi que hay que borrar el 68 de nuestra cultura. De lo que uno está tentado es de borrarse de este brutal neolítico con todas sus consecuencias.

Parlamento inútil

 

Cuando en los años 80, el ingenio de Antonio Burgos caricaturizó a la cámara autonómica como un parlamento “de la señorita Pepis” se levantaron fariseas muchas voces en defensa del fuero. Me gustaría saber qué podrían decir hoy ante el ridículo –el mayor de este cuarto de siglo largo de autogobierno—que supone admitir en público, como ha hecho el PSOE de Chaves, que lo acordado en nuestro Parlamento no era más que “un brindis al sol” y que ahora será el ‘tío Paco’ madrileño el que venga con la rebaja. Va a tardar en recuperarse esta institución de semejante ataque perpetrado por su mayoría absoluta, pero puede que los andaluces se enteren de una vez de lo poco que de verdad cuenta Andalucía y de lo poquísimo que vale nuestra autonomía cuando se trata de vérselas con un Gobierno que no sea adversario. Que este Parlamento no sirve para casi nada, tal como está, no es ninguna novedad. La diferencia desde ahora será que quien sostenga esa tesis podrá remitirse al propio ejemplo dado por el partido que gobernó siempre este corral.