La puta España

Un actor gallego más bien desconocido se descolgó hace poco insultando a todo bicho viviente y, de paso, a España, así en general, en plan iconoclasta total y sin matices. “Que se vayan a tomar por el culo estos españoles, ojalá les exploten los cojones y vayan al cielo sus cojones, que se vaya a la mierda la puta España”, fue lo que dijo esa incontinente minerva que ahora acaba de ser contratada por un teatro oficial español en la mismísima capital de España. Más allá de la leyenda de la trasgresión, en pocos países se hubiera ido de rositas un faltón semejante, que no quiero ni pensar en la reacción que un agravio como ése habría provocado en la Francia chauvinista o en ese emporio del patriotismo civil que son los tocquevillianos EEUU de América. España ha pasado a ser uno de los pocos enclaves masocas donde se premia el antipatriotismo caricaturizado como un subproducto psíquico de la mentalidad ultraconservadora y, en definitiva, que es de lo que se trata, como un atributo del PP, presunto heredero del franquismo. No toda España, es verdad, porque de esa licencia quedan excluidas las “patrias locales”, digámoslo así, es decir, las regiones con ínfulas nacionalistas que son las únicas a las que se reserva el derecho al uso políticamente correcto del patriotismo. Si ese actor manda a la mierda Cataluña en la TV3 pujolista, que fue donde largó su bravata antiespañola, o le desea a los euskaldunes un estallido de cojones, lo probable es que no hubiera salido ileso del lance y, por descontado, lo seguro es que no volvía a trabajar en ningún medio de esa “Internacional de campanario” que le ha salido como un tumor, ya veremos con qué grado de malignidad, a esta “nación de naciones”. Pero ha atacado a España y eso es otra cosa. Si lo será, que hasta en un teatro municipal del PP se han apresurado a contratare por todo lo alto. Ya sólo falta que los ultras de la otra orilla traten de reventarle la función y habrá ingresado por derecho propio en esta mísera crónica de las actualidades españolas.

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¿Qué cómo se explica tamaña incongruencia? Pues muy sencillo: porque la trasgresión antipatriótica se ha convertido en una garantía de inmunidad y, llegado el caso, en un insuperable instrumento de presión. ¿Se imaginan la que le hubiera caído en lo alto a Gallardón si tiene la ocurrencia de vetar a ese pingajo en un teatro de su taifa? Pues eso no es nada si se tiene en cuenta que la obra contratada es nada menos que otro motivo lorquiano más entre la multitud promocionada por el Gobierno con motivo del setenta aniversario del fusilamiento del poeta. ¡Dónde hubieran llegado los ayes si Gallardón se planta para cerrar el paso a un cómico avalado por la doble hazaña de insultar a España en esos términos rufianescos y que encima trae bajo el brazo un tema guerracivilista clásico donde las haya? La izquierda española muestra desde siempre un complejo de hiperlegitimación política que tiene a la nueva derecha contra las cuerdas y acobardada ideológicamente hasta el punto de que hasta un “habitante de la frontera” como Gallardón debe ceder a la presión ambiente, que hubiera visto un veto al faltón como una inequívoca seña de nefando patriotismo. La trasgresión vende, la industria de la provocación vuelve a amedrentar a las burguesías como en su tiempo consiguieran hacerlo las vanguardias surrealistas, y un tipo sin mejor bagaje que unos soeces insultos a España y a los españoles –que además se apunta a esa barraca post-lorquiana donde Gibson oficia de papa negro y la ministra Calvo trata inútilmente de hacer el papel de la Xirgú– tiene asegurado el contrato en esta Babia medrosa. El patriotismo fue el negocio del fascio español y lo es ahora de la progresía sobrevenida. Aquí nunca nos faltan los patriotas profesionales, unas veces dándole al manubrio al derecho y otras dándole al revés. Gallardón, nieto del ‘Tebib Arrumi’, lo sabe bien y contrata a los hijos de perra para que le ladren a la luna lunera.

Ese roneo, en Despeñaperros

Hay que traer a colación una vez más la imprecación que Manué el del Bulto, el padre de Caracol, lanzó a la locomotora del ‘Correo’ cuando la vio entrar piafante en la estación de Atocha: “¡Ese roneo, en Despeñaperros, en Despeñaperros!”. Y la traigo hoy dedicada al “diputado verde”, Francisco Garrido, esa ‘liebre’ utilizada por el PSOE que lo creó con su cuenta y razón, dedicado ahora que vienen las elecciones a legitimarse denunciando desaguisados urbanísticos y medioambientales por parte de un partido en el poder junto al que él ha votado con disciplina espartana durante toda la legislatura. Según la ‘liebre’, “lo que ocurre en torno al urbanismo es imposible sin la Junta de Andalucía” y “el PGOU de Sevilla está pensado por el gobierno socialista para que den el pelotazo unos cuantos”. Vale, pero ¿lo va a decir ahora tras callar año tras año? Da el pálpito de que hasta esta comedia puede estar pactada con el PSOE pensando en prolongar otros cuatro años la fructífera coartada. Pero “Ese roneo, en Despeñaperros!”, hay que repetirlo. Fuera del Congreso y a estas alturas, no hace más que remarcar su perfil oportunista.

Mercenarios de cejudo

Se retuerce como puede la gusanera mercenaria que trabaja para Cejudo en los bienpagados “medios” municipales, el mayor aparato de propaganda existente en la provincia, y lo hace no con buenas razones a favor de su padrino, sino con el insulto imposible contra los críticos de ese despilfarro megalómano: televisiones, radios, periódicos a mayor gloria de un alcalde y del paje que lo sostiene desde IU. Gentecilla que nunca publicó una línea, neófitos y misacantanos de esa prelatura munífica, dedicados a acusar a los profesionales críticos de conservatas o a señalar a los más exitosos con el estigma que les corroe la mala conciencia: el de los vendidos. Ya podían usar ese argumento contra el propio Cejudo, que traicionó a los guerristas a las pocas horas de comprometerse con ellos, o a su socio Donaire, vendido por un plato de lentejas y un par de enchufes calientes. O a sí mismos, ya digo, maletillas acogidos a la oportunidad que hay que pagarle al empresario. No sé si merecen más pena que desprecio, pero creo que viene a ser igual.

El sacristán y el peón

 

Vemos estos días en los periódicos una cruenta guerra de esquelas mortuorias. Divididas, enfrentadas, como reproduciendo en el ritual del luto la violencia del crimen. Unas recordando a las víctimas de la represión franquista, otras oponiéndole el recuerdo de los avasallados del otro bando. Vuelven a restallar en el ambiente las viejas expresiones que ingenuamente pudimos creer caducadas, todo aquello de las “hordas marxistas” o del “nacional-catolicismo fascista”, el chirrido del odio ensordeciéndonos como hace tantas décadas. Periódicos gubernamentales o críticos con el Gobierno sacan a pasear los espectros antiguos, los paseos y fusilamientos, el repertorio de inmolados –el cura o el peón, el militar o el civil, la monja y el padre de familia–, la visión solanesca de la España más negra rediviva hoy sorprendentemente por el propio Gobierno de todos. Tres asesinatos en una carretera nocturna, el martirio de un maestro de escuela en la alta madrugada, dos obispos y un racimo de curas, un sacristán y un peón, un militante o varias decenas de mártires. El lenguaje maldito, la parla prohibida del rencor, la lengua vengativa. Durante no pocos años –el periodo más largo que se recuerda en nuestra historia—pudimos llegar a creer que la vida nos había trasladado de un brinco hasta la playa de una memoria pacificada en la que no se trataba de comparar barbaries pero tampoco de olvidarlas, al menos hasta que el Gobierno decidió escarbar en el rencor y reabrir el trágico osario. Las esquelas en los periódicos escenifican una ordalía inútil, un grupo de milicianos frente a otro de curas, Lorca por Muñoz Seca, el asesinato de Maeztu por el de los catorce obispos sacrificados, Paracuellos por Badajoz. A los setenta años y como si nada hubiera ocurrido luego. La izquierda se encargó de hacer la historia del fratricidio mientras la derecha no se molestaba más que en mitificar su causa, y ahora ambos bandos pretenden reescribirla desde la parcialidad. Es el negocio de la mala memoria, la industria de la fantasmagoría, avalados por el propio Gobierno.

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Es probable que la propia dinámica de esta necromaquia malogre ese disparate que muchas voces denuncian desde la izquierda y al que algunos espíritus cimarrones como Gustavo Bueno no dudan en atribuir una intención partidista bien concreta: identificar al PP con el franquismo. Claro está que existen pocas probabilidades de que esta indigna operación prospere, teniendo en cuenta que la inmensa mayoría de los hijos de aquella “guerra de papá” rondan ya los setenta años si es que no andan muy por encima de ellos. Pero, además, es más que probable que la estrategia de criminalizar en exclusiva al franquismo perjudique el complejo de hiperlegitimidad de cierta izquierda. Desde IU ha llegado a decirse que “los muertos de la guerra civil no son equiparables”, que no puede tratarse igual a los rebeldes contra un régimen legal que a sus defensores. Mis muertos y los tuyos –España pura–, tu razón y la mía, siempre las dos Españas, la goyesca famosa de los patanes enterrados hasta las corvas y apaleándose por turnos. Unas monjas frente al pelotón de milicianos, unos labriegos acribillados por los facciosos, el luto antañón de tantas familias atrapadas en medio de dos patrias dementes, de dos bandos feroces e impíos cuyos nietos tratan de sacarle la última tajada al melón podrido. El abuelo de ZP fusilado es todo un absurdo símbolo porque en su partido no sólo militan hijos de víctimas del otro bando sino hijos de los propios verdugos. Nadie pretende olvidar el pasado. Se trata de no permitir su saqueo partidista ni el comercio con la pesadilla. No saben, por lo demás, el daño irreparable que le están causando al bando republicano estos pacifistas de pacotilla. Van a acabar por descubrir lo que desde la izquierda no quisimos ni ver durante tres cuartos de siglo.

Nostalgia de la ‘pinza’

 

Chaves no acabrá nunca de pagar al PA la meno que le echó para salvarlo de la debacle electoral que lo hubiera supuesto, hace años, quedarse fuera de juego, más o menos atenido a la “entente” que se aquí llamó “pinza” porque entre la derecha y la izquierda lo forzaron –en ocasiones, como la de echarlo de su casa, hasta con el pero estilo—a acometer en cierta medida esa “dignificación de la mayoría” que ahora promete en vano elección tras elección. Pero entonces, al menos, se ensayó una apertura obligada del monopolio mediático, controlando la dirección Canal Sur e imponiendo cierta dosis, siquiera homeopática, de pluralismo. Hoy todo eso es historia y la única realidad es que Chaves se ríe de sus propios compromisos con la complicidad mendicante de una IU que le lleva el incensario. Retirar la ley de reforma de lo que ya fue reformado y vuelto a desrreformar constituye un escarnio que ha pasado poco menos que desapercibido. Andalucía seguirá soportando el apagón informativo de la propaganda y todo seguirá igual, en consecuencia, menos los números rojos de IU.

Más agujeros del SAS

 

No entiendo del todo la airada protesta por la falta de especialistas otorrinos en el hospital comarcal de Riotinto y el riesgo de un eventual cierre del servicio correspondiente en vista de que la Junta es incapaz de encontrar sustitutos a pesar del paro médico. ¿No está la capital (y por tanto, la provincia) sin determinados servicios de cirugía cardiovascular hace la tira de tiempo y nadie parece acordarse de tan peligrosa circunstancia? ¿No se repite cada año el fracaso de la sanidad de verano en toda la Costa? ¿No viven los centros comarcales una autèntica situación de emergencia olímpicamente ignorada por Sevilla (de Huelva, en este sentido, no merece la pena hablar)? No es cierto que, en la práctica, hay especialidades delicadas que siguen dependiendo de Sevilla a golpe de ambulancia desde siempre y parece que para siempre porque noi siquiera la estrella del sistema provincial, el ‘Juan Ramón Jiménez’, dispone de profesionales para atenderlas? Además de mandar un otorrino a Riotinto el SAS tiene muchos huecos que llenar en Huelva. Si el hombre no fuera un bicho tan resistente y duro de pelar, nos íbamos a enterar de lo que vale un peine.