Eclipse en punta

No vino el huracán, ni siquiera la tormenta tropical, que los meteorólogos habían anunciado para estos días en nuestras costas. En su lugar, el PSOE ha apalancado el anticiclón sobre Punta Umbría para evitar que se investigue el clamoroso montaje por el que su gobierno municipal de hace unos años cedió a unos “amigos políticos” a precio de saldo algunas entre las más valiosas parcelas del término. La verdad es que lo raro hubiera sido lo contrario, porque la mayoría absoluta –sola o en compañía de IU o PA, según—ha servido a Chaves (que ya hubo de parar en la legislatura anterior el escándalo del megaproyecto auspiciado por el propio Barrero) para mantener su política en un confortable penumbra en la que no es posible distinguir el hilo blanco del hilo negro. Punta Umbría ha perdido, probablemente, más de 50 millones de euros, pero nos vamos a quedar sin saber quién se los llevó a pesar de que ya dice el axioma que en este perro mundo, cuando una gana un duro es que otro lo gana. Quien lo haya ganado es lo que el PSOE no quiere que se sepa. Que lo haya perdido un pueblo es, por lo visto, lo de menos.

El genio inhumano

Me ha costado Dios y ayuda dar con un amplio resumen de las cartas a mujeres enviadas por el sabio Albert Einstein a sus mujeres, que no fueron pocas ni bien tratadas. Casi alcanzan el millar y medio, y no tratan de los arcanos de la física que él supo desentrañar genialmente sino de cuestiones privadísimas, de la materia íntima que fluye en la confidencia en las parejas (cuando fluye) y retrata mejor que nada al personaje. Einstein se muestra en esas cartas como un hombre sin escrúpulos, como alguien desentendido de la moral común y atenido sólo a su propio código, obviamente excepcional como él mismo, hasta el punto de que no ha faltado comentarista que lo califique, a tenor de su propia letra, como un padre indiferente y un esposo decididamente cruel, en especial frente a su primera mujer, a la que no fue más fiel que a las demás. Todo esto no resulta nuevo, pues un montón de biógrafos ya lo habían insinuado con trazo más o menos negro y contundente, pero es posible que facilite la comprensión del hombre y del propio sabio como un ejemplar de macho normal y corriente que no se cortaba a la hora de contarle a sus mujeres las aventuras con las otras o de descalificarlas a todas en beneficio de algún nuevo amor. Por supuesto habrá quien diga que los valores comunes no rezan con el genio y hasta es probable que no falte quien censure a la nuera diligente el haber facilitado tan estupendo testimonio a la propia universidad de Jerusalem aunque embargadas por un periodo de veinte años a contar desde el día de la muerte del remitente. Les recomiendo que, si tienen ocasión, echen un vistazo a ese epistolario y saquen sus propias conclusiones que, probablemente, girarán sobre la evidencia de que el talento tiene poco que ver con la calidad de espíritu. Hay jayanes delicados y genios brutales, ésa es una lección que aprendimos hace mucho de la experiencia. El caso de Einstein lo confirma no pueden imaginarse hasta qué punto.
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Se nos desvencijan los mitos, se nos vienen abajo las admiraciones al enterarnos de que Sartre no se preocupaba siquiera de disimular ante la Beauvoir sus devaneos con las jóvenes discípulas, que a veces no eran más que cazafamosos ligadas unas horas antes en el café cercano. En la China maoísta, donde recrece un extraño culto a Mao en plena efervescencia capitalista, se guarda como se puede el secreto a voces de que el “Gran Timonel” ejercía de menorero en términos parecidos a como lo hizo el venerable Gandhi mientras su esposa hilaba en la rueca a pocos pasos de su lecho. ¿Por qué ha de atenerse el genio a la moral corriente, después de todo, acaso tiene él tiempo que perder observando códigos instituidos para la gentecilla del común y normas decididamente inferiores en rango a su propia conciencia? Las desvergonzadas cartas de Einstein a sus sufridas mujeres remiten al viejo tema de la moral autónoma, que vale sólo para seres privilegiados, frente a los códigos heterónomos que, impuestos desde fuera y no asumidos desde la intimidad, obligan al resto de la especie. Lean, lean esas misivas, traten de comprender las razones de un sabio para herir a su mujer confiándole las vicisitudes de sus amoríos ajenos, deténganse un momento también a cavilar sobre la triste capacidad de la mujer para asumir estas indecentes propuestas masculinas, en tantas ocasiones hasta perder la vida. No hay nada parecido a esa ominosa  pretensión en la presunta disolución de una George Sand o de una Yourcenar, ni siquiera en las excentricidades de una Anaïs Nin o de las damas de Margarita de Navarra. Esa convicción de superioridad es específica y exclusivamente machista y tal vez resulte incluso intransferible. Einstein, a juzgar por su propio testimonio, era un verdadero cabrón, pero una gran universidad, lo que son las cosas, le ha editado esas cartas infames. Quien dijo que el genio es inhumano no andaba del todo despistado.

Desviar el río

Es de justicia reconocer a Ecologistas en Acción su trabajo tenaz y la valentía de sus denuncias, méritos que palian cierto fundamentalismo con el que, en ocasiones, perjudica su propia causa, que es la de todos. Su última contribución se ha saldado con otra redada de empresarios irresponsables a los que no se les había ocurrido nada mejor para facilitar su promoción urbanística que desviar el cauce del Guadalete a su paso por Grazalema hasta otro construido artificialmente donde más les convenía, intervención inverosímil por la que la consejería de Medio Ambiente les puso la multa mínima de su inútil repertorio de sanciones y que pasó desapercibida, por lo visto, para el Ayuntamiento local. Hay que agradecer esta vigilancia civil que suple la intolerable ceguera de las Administraciones en casos tan escandalosos como el que ha dado lugar a estas nuevas detenciones. 

La manía ocultista

Como en ocasiones anteriores con brotes de meningitis o legionella, los servicios sanitarios de la Junta, esto es, el Servicio Andaluz de Salud (SAS) ha ocultado a la opinión pública mientras ha podido el de tuberculosis que acaba de ser confirmado en Gibraleón nada menos que veinte días después del ingreso del paciente y sólo tras las críticas y exigencias públicas del PP. Es verdad que en Huelva ha habido fallos epidemiológicos mayores (la legionella del hospital ‘JRJ’, la vacunación sin vacunas cuando la epidemia  meningitis y tantos otros) y obvio que semejante actitud se debe únicamente a la politización de la sanidad que hace que la delegación del SAS se comporte antes como instrumento propagandístico del partido que la gobierna que como garante de la salud pública. En cuanto al responsable “teórico”, el delegata, mejor no meneallo. Acaso no fuera malo reclamar su confirmación a ver si ese partido comprende que la salud pública es un bien inmensamente superior al de su expectativa de voto.

Paleologías

¡A buenas horas sale el papa de Roma citando a Manuel Paleólogo! No puedo imaginar quien le ha proporcionado la fichita de la discordia aunque admito la posibilidad de que acaso se trate de una nota propia, tomada tal vez de la crónica de su antecesor Eugenio IV, que hubo de predicar una cruzada –aquel, sí–  a la vista de cómo se estaba poniendo el patio de turcos osmanlíes y de la pasividad de lo que luego se llamaría ‘Occidente’. Todo esto que está pasando ahora se parece bastante, por desgracia, a la circunstancia que vivió el imperio griego de Bizancio hasta su caída definitiva ante el sultán: el mismo expansionismo motivado religiosamente en el bando islámico, idéntica inhibición del otro bando, entretenido en sus particulares disputas. Manuel Paleólogo, el penúltimo de la dinastía, fue, en efecto, uno de los emperadores defraudados por ese Occidente egoistón que él mismo recorrió –por Italia, Francia e Inglaterra– con la mano tendida pero sin recibir el socorro preciso para frenar la amenaza de “el turco”, que es como se decía en la época y dirán todavía los españoles cervantinos que serán los que, por fin, se planten ante los bárbaros. La división parece el sino de Occidente, su seña de identidad más irremediable, y la que contemplamos hoy a propósito de esta “guerra santa” construida sobre una frase vieja pero actual, no es distinta de aquella que los “latinos” mantuvieron contra los “griegos”, venecianos y genoveses contra el Imperio declinante, y hasta catalanes traidores volviendo sus armas mercenarias –ay, Roger de Flor—contra un Bizancio que era, en definitiva, a pesar de las perspectivas, el último baluarte occidental. Por entonces se decía que el odio que aquel pueblo asediado –heredero de la romanidad y el mundo clásico– profesaba a los hermanos separados que se hacían llamar orgullosamente “latinos” era mayor, con toda seguridad, que el que reservaba a los propios turcos. Mala cosa, tan mala que cuando, por fin, Occidente despertó y decidió ayudar sin reservas a los asediados resultó demasiado tarde. Santa Sofía era ya una mezquita y los relieves de San Salvador in Chora habían sido martillados a conciencia por la nueva inquisición.
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Sin necesidad de compartir su evidente xenofobia cuesta no escuchar con inquietud la llamada de Oriana Fallaci ante el entreguismo occidental, pero sin dejar de reconocer la inoportunidad de Ratzinger, también cuesta no aceptar la legitimidad de su inquietud. Y en ese sentido, no está mal la elección de nuestro Paleólogo –aquel distinguido príncipe del que nuestros hijos y nietos no sabrán ya nunca nada—para ejemplificar la angustia civilizada ante el progreso imparable del fanatismo y la amenaza de la barbarie. Entre otras cosas porque hoy sabemos que lo que empieza en Bizancio acaba en Lepanto, es decir, que tarde o temprano Occidente habrá de aceptar la necesidad de frenar con decisión el designio de destruir el mundo civilizado cualquiera que sea el disfraz que adopte el destructor. Manuel Paleólogo presentía la catástrofe y parece ser que hubo de resignarse ante la irresponsabilidad de “la otra cristiandad”, demasiado entretenida en sus disparatadas estrategias y sus ambiciones económicas para descifrar con claridad su alarmado mensaje. Pero al menos a él le dieron buenas palabras sin exigirle, como a Ratzinger, que hinque la rodilla mientras los ayatollás azuzan su yihad. ¿Diálogo de civilizaciones? Ya me dirán cómo dialogar en el polvorín, en qué lengua franca entenderse con el monólogo del muecín. O cómo explicarle a la basca que lo que está ocurriendo no es más que la reposición en la cartelera de un estreno de hace cinco siglos y medio, cuando el emperador citado por este papa todavía trataba de cerrar filas ante la evidencia de la catástrofe. Uno no quiere ni pensar en Lepanto pero da ya por perdido el penúltimo bastión. Es probable que al papa le haya ocurrido lo mismo.

El estilo y los hombres

Lean el diálogo entre Roca y un constructor de la trama que figura en el sumario, y háganlo antes de que la aplastante evidencia de la corrupción y la anomia desaparezca bajo une eventual nulidad de las “escuchas” policiales que constituyen la base de la prueba. Un mercadeo indigno, un despotismo administrativo ejercido encima por un valido no salido de las urnas sino del cambalache partidista. –“¿Lo puedo hacer o no”? 

“Sin problema”. “¿Pero me vas a dar licencia?”. “Sí, sin problema”. “Venga, pues nada, pues es que decírtelo” (sic). “Bien, tira palante” (sic). “Venga, gracias, hasta luego”. “Venga, tío, hasta ahora”. Ése era el estilo y el fondo de la cuestión, tal era la irresponsabilidad pactada en el Ayuntamiento, disimulada por la Junta, consentida por el Gobierno. Y esos eran los hombres del negocio, los mismos a los que nunca se quiso frenar, a los que se dejó las manos libres. Hay graves cargos dentro del sumario. Pero me parece a mí que otros tantos, por lo menos, debe de haber fuera.