Leña al mono

El Ayuntamiento de Valverde, o mejor, su “pacto de progreso” PSOE-IU, ha descubierto la panacea contra la ‘movida’ muchos años después de que los vecinos desesperaran y las denuncias sobre el consumo de alcohol y otras drogas se acumularan en la papelera del alcalde Cejudo. Y dice el teniente de alcalde, Donaire, –el mismo que hace poco alambraba el pegujal de su mujer en La Corcha para que no pasara la romería de la Virgen local—que va a haber leña al mono porque a él “le suda los cojones”, con perdón, el voto de los jóvenes, habida cuenta de que tiene “su vida resuelta”. Toda una lección de doble miseria política –la de la inhibición y la del leñazo—que no debe extrañar en quien, por lo que él mismo dice, ha sabido resolver su vida en sólo una legislatura y de paso colocar aquí y allá a familiares, deudos y demás parientes y afectos. Grave lenguaje el de este progresismo de pacotilla que no va a cambiar el mundo pero que con tanta eficacia resuelve la vida a sus protagonistas. Pregunten en la propia IU valverdeña y verán lo que oyen. O mejor no pregunten y esperan a ver qué hacen con estos sudados los vecinos del insomnio y los jóvenes del botellón.

Parque jurásico

La primera idea que se me puesto por delante al enterarme del mutis de Ibarra ha sido la de que tal vez hubiera que clonar a Chaves para conservar en el refrigerador de la evolución la singularidad de su ADN. Como ese último dinosaurio que él dice que no es, Chaves representa el espécimen acabado de la tercera etapa del socialismo, es decir, la de ese “socialismo sensible” con que culmina, de momento, la deriva que Marx supo descubrir desde el “socialismo utópico” al “científico”, y que tiene ya menos que ver con el vuelco liberador de la sociedad  injusta que con una estrategia gradualista de tutela sentimental (“sensible”, diría Segolene Royal) de ciertos derechos minoritarios menospreciados hasta ahora por la imaginación política o el sentido común. Como Ibarra, el hombre que ha sido capaz de mantener durante un cuarto de siglo la ficción de una micromilitancia tan fantasial como es el guerrismo, Chaves es el superviviente de una especie en extinción irremediablemente liquidada por el meteoro generacional que ha borrado de la faz del planeta político a sus viejos pobladores, a los que ha logrado enviar al limbo estratográfico para que se avellanen y fosilicen en ese futuro calcáreo que es el olvido perfecto. Verán qué poco tiempo pasa, aunque cueste creerlo, antes de que el personal se olvide de Ibarra y lo resitúe en el pudridero en que se deshace la memoria aparentemente pétrea de la fama, como estamos viendo al espectro de González encarnar desesperadamente, lo mismo en México que en Irán, para chupar cámara o al ectoplasma de Guerra refugiarse en el formol del oportunismo ejerciendo de maestro de ceremonias de la Nada parlamentaria. Habría que clonar a Chaves, ya digo, antes de que él también acabe sepultado por el cataclismo del tiempo y nos quedemos sin la muestra. Que no ocurra con estos diplodocus como con esos saurios primordiales que acabaron esqueletizados en el museo, sujetos a la conjetura del paleontólogo que sabe Dios qué perfil acabará dándole al suyo genuino. Y ojo, porque nos será seguramente el darwinismo partidista de ZP, tan pragmático y ahistoricista, el que dé facilidades.
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Claro que además de escudriñar el registro fósil bueno será también, en su día, echarle una mirada al páramo donde esos saurios vivieron logrando mantenerlo durante tantas décadas descolgado de su entorno. Ibarra, sin ir más lejos, se va como quien entra triunfador en Roma por la Vía Apia cuando, en realidad, deja a Extremadura donde mismo la encontró al llegar, coleando, en dura competición con Andalucía, en el ominoso ránking compuesto por los más diversos indicadores económicos y sociales. Y viceversa, Chaves se queda a pesar de que Andalucía –que ha cambiado como todo en el mundo en este periodo, desde Kansas a Zimbawe—tampoco se ha despegado lo más mínimo de su puesto trasero. Podría decirse que al implacable zapaterismo que se ha cobrado ya las cabezas de todos los bautistas en cuyo Jordán fue legitimado, no le faltan buenas razones para deshacerse de estas rémoras astrales que, en tan poco tiempo, han desmontado la utopía secular de los colectivistas y echado por tierra el imprescindible paripé smithiano del Estado de Derecho. Podría o no podría, que ésa es otra, porque ya veremos qué dice el futuro de estos sentimentales que han sustituido la colectivización por la familia monoparental tras reabrir en vivo la cicatriz del cainismo setenta años después. Hay que clonar a Chaves –para algo está en su corte Bernat Soria—e ir pensando en un museo de la memoria histórica con sitio bastante para en su día exhibir también en él la momia de estos verdugos junto a las de sus víctima, fabulosos esqueletos construidos a partir de un huesecillo para instrucción de legos y divertimento de escolares. Con tal de que Andalucía salga alguna vez de la cola de España, francamente, cualquier cosa.

Casco y arnés

Es lamentable ver cómo continúa y progresa a ojos vista la siniestralidad laboral, cómo se llega a registrar una muerte de trabajador cada dos días, mientras la autoridad no parece despertar ante tan grave situación para reaccionar en consecuencia. La patronal se dejó caer una vez con la grave insidia (silenciada por los sindicatos) de que esas tragedias podían tener mucho que ver con el consumo de alcohol y lo que no es alcohol por parte de las víctimas y los trabajadores en general, y el propio consejero de Empleo acaba de sugerir que esas muertes se deben probablemente a la babélica realidad provocada por la confusión idiomática que provocan los inmigrantes. Ante ese montón de cadáveres la verdad es que argumentos semejantes no dejan de ser irresponsables recursos para justificar lo que, sin duda, es consecuencia del exponencial crecimiento de la construcción pero también de la lenidad con que se ejerce el control de la seguridad por parte del poder. 140 muertos en ocho meses son muchos muertos. Demasiados para soportar que los grandes responsables del trabajo escurran el bulto culpabilizando a las víctimas. 

Eclipse en punta

No vino el huracán, ni siquiera la tormenta tropical, que los meteorólogos habían anunciado para estos días en nuestras costas. En su lugar, el PSOE ha apalancado el anticiclón sobre Punta Umbría para evitar que se investigue el clamoroso montaje por el que su gobierno municipal de hace unos años cedió a unos “amigos políticos” a precio de saldo algunas entre las más valiosas parcelas del término. La verdad es que lo raro hubiera sido lo contrario, porque la mayoría absoluta –sola o en compañía de IU o PA, según—ha servido a Chaves (que ya hubo de parar en la legislatura anterior el escándalo del megaproyecto auspiciado por el propio Barrero) para mantener su política en un confortable penumbra en la que no es posible distinguir el hilo blanco del hilo negro. Punta Umbría ha perdido, probablemente, más de 50 millones de euros, pero nos vamos a quedar sin saber quién se los llevó a pesar de que ya dice el axioma que en este perro mundo, cuando una gana un duro es que otro lo gana. Quien lo haya ganado es lo que el PSOE no quiere que se sepa. Que lo haya perdido un pueblo es, por lo visto, lo de menos.

El genio inhumano

Me ha costado Dios y ayuda dar con un amplio resumen de las cartas a mujeres enviadas por el sabio Albert Einstein a sus mujeres, que no fueron pocas ni bien tratadas. Casi alcanzan el millar y medio, y no tratan de los arcanos de la física que él supo desentrañar genialmente sino de cuestiones privadísimas, de la materia íntima que fluye en la confidencia en las parejas (cuando fluye) y retrata mejor que nada al personaje. Einstein se muestra en esas cartas como un hombre sin escrúpulos, como alguien desentendido de la moral común y atenido sólo a su propio código, obviamente excepcional como él mismo, hasta el punto de que no ha faltado comentarista que lo califique, a tenor de su propia letra, como un padre indiferente y un esposo decididamente cruel, en especial frente a su primera mujer, a la que no fue más fiel que a las demás. Todo esto no resulta nuevo, pues un montón de biógrafos ya lo habían insinuado con trazo más o menos negro y contundente, pero es posible que facilite la comprensión del hombre y del propio sabio como un ejemplar de macho normal y corriente que no se cortaba a la hora de contarle a sus mujeres las aventuras con las otras o de descalificarlas a todas en beneficio de algún nuevo amor. Por supuesto habrá quien diga que los valores comunes no rezan con el genio y hasta es probable que no falte quien censure a la nuera diligente el haber facilitado tan estupendo testimonio a la propia universidad de Jerusalem aunque embargadas por un periodo de veinte años a contar desde el día de la muerte del remitente. Les recomiendo que, si tienen ocasión, echen un vistazo a ese epistolario y saquen sus propias conclusiones que, probablemente, girarán sobre la evidencia de que el talento tiene poco que ver con la calidad de espíritu. Hay jayanes delicados y genios brutales, ésa es una lección que aprendimos hace mucho de la experiencia. El caso de Einstein lo confirma no pueden imaginarse hasta qué punto.
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Se nos desvencijan los mitos, se nos vienen abajo las admiraciones al enterarnos de que Sartre no se preocupaba siquiera de disimular ante la Beauvoir sus devaneos con las jóvenes discípulas, que a veces no eran más que cazafamosos ligadas unas horas antes en el café cercano. En la China maoísta, donde recrece un extraño culto a Mao en plena efervescencia capitalista, se guarda como se puede el secreto a voces de que el “Gran Timonel” ejercía de menorero en términos parecidos a como lo hizo el venerable Gandhi mientras su esposa hilaba en la rueca a pocos pasos de su lecho. ¿Por qué ha de atenerse el genio a la moral corriente, después de todo, acaso tiene él tiempo que perder observando códigos instituidos para la gentecilla del común y normas decididamente inferiores en rango a su propia conciencia? Las desvergonzadas cartas de Einstein a sus sufridas mujeres remiten al viejo tema de la moral autónoma, que vale sólo para seres privilegiados, frente a los códigos heterónomos que, impuestos desde fuera y no asumidos desde la intimidad, obligan al resto de la especie. Lean, lean esas misivas, traten de comprender las razones de un sabio para herir a su mujer confiándole las vicisitudes de sus amoríos ajenos, deténganse un momento también a cavilar sobre la triste capacidad de la mujer para asumir estas indecentes propuestas masculinas, en tantas ocasiones hasta perder la vida. No hay nada parecido a esa ominosa  pretensión en la presunta disolución de una George Sand o de una Yourcenar, ni siquiera en las excentricidades de una Anaïs Nin o de las damas de Margarita de Navarra. Esa convicción de superioridad es específica y exclusivamente machista y tal vez resulte incluso intransferible. Einstein, a juzgar por su propio testimonio, era un verdadero cabrón, pero una gran universidad, lo que son las cosas, le ha editado esas cartas infames. Quien dijo que el genio es inhumano no andaba del todo despistado.

Desviar el río

Es de justicia reconocer a Ecologistas en Acción su trabajo tenaz y la valentía de sus denuncias, méritos que palian cierto fundamentalismo con el que, en ocasiones, perjudica su propia causa, que es la de todos. Su última contribución se ha saldado con otra redada de empresarios irresponsables a los que no se les había ocurrido nada mejor para facilitar su promoción urbanística que desviar el cauce del Guadalete a su paso por Grazalema hasta otro construido artificialmente donde más les convenía, intervención inverosímil por la que la consejería de Medio Ambiente les puso la multa mínima de su inútil repertorio de sanciones y que pasó desapercibida, por lo visto, para el Ayuntamiento local. Hay que agradecer esta vigilancia civil que suple la intolerable ceguera de las Administraciones en casos tan escandalosos como el que ha dado lugar a estas nuevas detenciones.