Proyectos de lujo

 

Lleva razón el consejero Zarrías al reputar excepcional un proyecto musical dirigido nada menos que por Barenboim, aunque no tanto en subrayar ingenuamente que ese proyecto faraónico sirve para demostrar “que es posible el entendimiento frente a las bombas y a las guerras”. Hombre, sin exagerar. El montaje del Diván es culturalmente inobjetable aunque algo menos que sea una región pobre como Andalucía la que tenga que hacer el gasto en lugar de, pongo por ejemplo, el mismo Gobierno del Estado. Y desde luego, si se objeta ante él el estado precario de nuestros conservatorios, no es cierto eso de que “todo es compatible”, sencillamente, porque a la vista está que no lo es. Barenboim ha dicho que Chaves es el estadista más receptivo ante la Cultura y eso vale un dinero, no lo discuto, pero no cuestiona la crítica que llama megalómana a esa empresa cultural.

Otra de curas

 

Después del lío en curso del párroco/emprendedor de Beas, ahora se nos viene encima otro: el del cura de Punta, trasladado por el obispo saliente contra la voluntad de un pueblo que se siente identificado con su trabajo y su carácter. Estamos volviendo a los viejos conflictos de los años 40, cuando el cardenal Segura quitaba y ponía sin mayores explicaciones a los curas de su diócesis y los pueblos se rebelaban inútilmente. A un grupo de protestantes onubense a los que concedió audiencia y osaron preguntarle la razón de cierto traslado, su Eminencia les contestó imperturbable: “Porque Nos lo hemos dicho y no Nos podemos desdecir”. Tiempos recios, aquellos del temido cardenal. Pero hoy no pegan ni con cola estas trifulcas beatas. Algo está ocurriendo en nuestra provincia que hasta con los curas hay ya problemas y titulares. Tendríamos que recapacitar entre todos sobre las posibles causas de esta realidad.

Leer y escribir

 

A mediados de octubre, un Juzgado sevillano celebrará la vista de un juicio en el que, a demanda de un colectivo de opositores presuntamente perjudicados, se determinarán las responsabilidades derivadas de la defectuosa corrección de la prueba de un dictado en unas oposiciones a ordenanzas municipales. La cuestión es que el tribunal dio por buena la ortografía de un texto periodístico utilizado como modelo en el que podían apreciarse hasta siete faltas ortográficas, ante las que el tribunal se mostró indiferente tanto al corregir los exámenes como al atender los recursos pertinentes, como si con él no fueran las reglas de la Academia que, al menos oficialmente, rigen para todos. Tildes innecesarias, minúsculas impropias, plurales sin determinar y otras extravagancias fueron admitidas sin más por quienes probablemente atribuían al periódico de procedencia una autoridad de la que carecía, y ahora han de ser los jueces quienes, con la que ya tienen encima, las criaturas, tendrán que meterse en berenjenales gramáticos. Tengo mis dudas, sin embargo, ante el argumento de los demandantes de que al aprobar a un personal que comete faltas de ortografía se vulneren los “criterios de capacidad”, puesto que la debacle gramatical que vivimos está cuestionando seriamente las exigencias tradicionales no sólo en los niveles inferiores de las Administraciones sino en las más altas instancias oficiales y, por descontado, en la vida diaria. Es probable, además, que carezca de sentido cuestionar por separado la crisis de la ortografía puesto que, a mi entender, esa crisis abarca el aprendizaje en su conjunto, y todos los esfuerzos del mundo no conseguirían hoy, con toda seguridad, atajar la peste de incorrecciones acarreada por la disolución del lenguaje en jergas o por su destrucción en prácticas determinadas por el propio ‘soporte’ de expresión. La ‘basca’ ha decretado la obsolescencia de la ortografía sustituyéndola por las bravas por el batiburrillo de apócopes y los usos alfabéticos arbitrarios que hoy abarrotan la mensajería telefónica, pero no hay que olvidar los estragos que está causando eso que se ha denominado el “iletrismo informático” ni, mucho menos, la permisividad logsiana. Entre todos la mataron y ella sola se murió: la suerte de la ortografía se resume en el viejo refrán.

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Hay en este momento en Francia un debate escolar sobre a los métodos de iniciación a lectura, que unos proponen servir con el enfoque global mientras otros apuestan por el silábico, pero hace mucho tiempo que somos conscientes de que lo que se está perdiendo no es sólo la capacidad de leer juntando letras y sonidos sino la de comprender el texto descifrado. Un experto brasileño sostuvo no hace mucho tiempo, que hace décadas que sus compatriotas de todos los niveles culturales se conforman con la reacción inicial a la primera lectura sin mostrar el menor interés por alcanzar una comprensión más profunda del texto. Y en España sabemos bien que la decadencia de la capacidad del lector resulta desoladora, fenómeno inseparable, como es natural, de la crisis de la propia lectura que se arrastra en toda Europa desde los años 50. Los opositores sevillanos están cargados de razón, seguramente, y hacen muy bien en reclamar sus derechos consagrados en la Ley, pero insisto en que exigir hoy rigor ortográfico en las oficinas, con la que está cayendo en las mismísimas universidades, no deja de ser, cuando menos, paradójico. ¡Ya me gustaría a mí ver cómo escribían al dictado muchos de esos regidores que no tienen que pasar prueba alguna para ser catapultados desde sus modestísimos oficios a empleos tan altos! Ojalá ganen su pleito esos correctos, pero hay que reconocer que si Nebrija se diera una vuelta por este corral de cabras no dejaría títere con cabeza. Lectura y escritura hace tiempo que no son lo que eran. Una tilde de más o una mayúscula de menos no cambiarán significativamente esa inquietante realidad.

Atentado antidemocrático

 

No hay modo de evitar la evidencia de que el auge del trasnfuguismo sólo es posible, especialmente en Andalucía, por el apoyo interesado del “régimen” impuesto por el PSOE. El caso de Huelva, que ayer resumía con brillantez en estas páginas Manuel Becerro, es definitivo: uno de cada cinco Ayuntamientos afectados por el transfuguismo, diecisiete municipios afectados, todos menos uno en beneficio del PSOE. Una democracia tan poco participativa, que convoca cada cinco años y manda volver a casa al elector durante otros cinco, no podrá sobrevivir a la larga si se mantiene esta estrategia de trampear la voluntad colectiva expresada en las urnas sustituyéndola por retorcidos y, por supuesto, bien pagados acuerdos muñidos por los filibusteros en sus despachos. Ver que un pueblo gobierna quien no fue votado o ver al votado en la oposición constituye un escándalo que declara la perversión intrínseca de la partitocracia. El caso de Huelva es, en realidad, una emergencia para un sistema representativo definitivamente falseado.

La patita bajo la puerta

 

Siguen lloviendo las críticas a la ocurrencia de la candidata a la alcaldía de la capital, Manuela Parralo, esposa del principal arquitecto del “régimen”, de prometer, para el improbable caso de que termine investida como alcaldesa, un vuelco en el proyecto del Ensanche, que ella “rescatará” de manos privadas para encomendarlo al pueblo soberano y, ay, ¡a los profesionales del colegio de Arquitectos!, es decir a la cofradía de su marido. La patita por debajo de la puerta asoma antes de que cante un gallo, como se ve, tal vez porque Parralo encarna mejor que nadie en Huelva ese sueño político de controlar el urbanismo tanto a nivel político como a nivel técnico. Recuerde el alma dormida lo que los principales manijeros del PSOE dijeron, a la llegada del Superalcalde, sobre lo que ellos llamaban injuriosamente “la banda de los cuatro” y comprenderá enseguida que la irrupción de Parralo con el casco en medio de la obra urbana, por mucho que se respete su integridad, resulta de lo menos tranquilizador.

La puta España

Un actor gallego más bien desconocido se descolgó hace poco insultando a todo bicho viviente y, de paso, a España, así en general, en plan iconoclasta total y sin matices. “Que se vayan a tomar por el culo estos españoles, ojalá les exploten los cojones y vayan al cielo sus cojones, que se vaya a la mierda la puta España”, fue lo que dijo esa incontinente minerva que ahora acaba de ser contratada por un teatro oficial español en la mismísima capital de España. Más allá de la leyenda de la trasgresión, en pocos países se hubiera ido de rositas un faltón semejante, que no quiero ni pensar en la reacción que un agravio como ése habría provocado en la Francia chauvinista o en ese emporio del patriotismo civil que son los tocquevillianos EEUU de América. España ha pasado a ser uno de los pocos enclaves masocas donde se premia el antipatriotismo caricaturizado como un subproducto psíquico de la mentalidad ultraconservadora y, en definitiva, que es de lo que se trata, como un atributo del PP, presunto heredero del franquismo. No toda España, es verdad, porque de esa licencia quedan excluidas las “patrias locales”, digámoslo así, es decir, las regiones con ínfulas nacionalistas que son las únicas a las que se reserva el derecho al uso políticamente correcto del patriotismo. Si ese actor manda a la mierda Cataluña en la TV3 pujolista, que fue donde largó su bravata antiespañola, o le desea a los euskaldunes un estallido de cojones, lo probable es que no hubiera salido ileso del lance y, por descontado, lo seguro es que no volvía a trabajar en ningún medio de esa “Internacional de campanario” que le ha salido como un tumor, ya veremos con qué grado de malignidad, a esta “nación de naciones”. Pero ha atacado a España y eso es otra cosa. Si lo será, que hasta en un teatro municipal del PP se han apresurado a contratare por todo lo alto. Ya sólo falta que los ultras de la otra orilla traten de reventarle la función y habrá ingresado por derecho propio en esta mísera crónica de las actualidades españolas.

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¿Qué cómo se explica tamaña incongruencia? Pues muy sencillo: porque la trasgresión antipatriótica se ha convertido en una garantía de inmunidad y, llegado el caso, en un insuperable instrumento de presión. ¿Se imaginan la que le hubiera caído en lo alto a Gallardón si tiene la ocurrencia de vetar a ese pingajo en un teatro de su taifa? Pues eso no es nada si se tiene en cuenta que la obra contratada es nada menos que otro motivo lorquiano más entre la multitud promocionada por el Gobierno con motivo del setenta aniversario del fusilamiento del poeta. ¡Dónde hubieran llegado los ayes si Gallardón se planta para cerrar el paso a un cómico avalado por la doble hazaña de insultar a España en esos términos rufianescos y que encima trae bajo el brazo un tema guerracivilista clásico donde las haya? La izquierda española muestra desde siempre un complejo de hiperlegitimación política que tiene a la nueva derecha contra las cuerdas y acobardada ideológicamente hasta el punto de que hasta un “habitante de la frontera” como Gallardón debe ceder a la presión ambiente, que hubiera visto un veto al faltón como una inequívoca seña de nefando patriotismo. La trasgresión vende, la industria de la provocación vuelve a amedrentar a las burguesías como en su tiempo consiguieran hacerlo las vanguardias surrealistas, y un tipo sin mejor bagaje que unos soeces insultos a España y a los españoles –que además se apunta a esa barraca post-lorquiana donde Gibson oficia de papa negro y la ministra Calvo trata inútilmente de hacer el papel de la Xirgú– tiene asegurado el contrato en esta Babia medrosa. El patriotismo fue el negocio del fascio español y lo es ahora de la progresía sobrevenida. Aquí nunca nos faltan los patriotas profesionales, unas veces dándole al manubrio al derecho y otras dándole al revés. Gallardón, nieto del ‘Tebib Arrumi’, lo sabe bien y contrata a los hijos de perra para que le ladren a la luna lunera.