La Junta, indefensa

 

El fracaso del Gobierno en la UE, el insensato desdén con que ésta le ha negado ayuda para hacer frente a la oleada migratoria pude ocasionar un drama a corto plazo en todas partes, pero en Andalucía la verdad es que hace tiempo que la Junta brega en solitario con la tragedia de unos menores que nos abe donde meter decentemente. Es verdad que la Junta apenas levanta la voz para no incomodar al “Gobierno amigo” –¡la que estaría cayendo si gobernara el PP!—pero también lo es que hace meses que advirtió a éste de lo que está sucediendo y le pidió unos medios que no le han dado. La tragedia de la inmigración masiva ha de ser vivida en Andalucía doblemente pues su Junta legítima ni siquiera tiene políticamente fácil reclamar lo que necesita con urgencia. Hace mucho que se ha dicho que no deberíamos consentir que nos convirtieran en el gendarme de Europa, pero eso ya no tiene remedio. Se trataría ahora de que, al menos, el peso de esa invasión –que el Gobierno presume que va para largo—no recaiga en exclusiva sobre los hombres de la autonomía andaluza.

El semáforo

 

Otra vez el cuento del envergue del desdoble de la N-435, de nuevo quizá el despliegue propagandístico en el semáforo de Beas y el reparto de octavillas, acaso otra foto de Cejudo en el balcón del Ayuntamiento de Valverde declarando resuelto el problema pendiente. Y el AVE, y el tren Huelva-Zafra. No cabe duda de que andan flojos de ideas, quién sabe si en horas bajas, cuando lo único curioso es la propuesta de un eventual replanteamiento del Ensanche ofrecida por la candidata Parralo, que de urbanismo debe de saber por consorte más que por diabla. Con la vergüenza se ha perdido la memoria, pero los habituales de la carretera de Badajoz recordarán, sin duda, a su paso por Beas, a la plana mayor del barrerismo (e incluso a algún enemigo íntimo) repartiendo panfletillos. Un aburrimiento este politiqueo de mala muerte, una estafa esta camelística institucionalizada que promete hoy lo que niega mañana o al revés. ¿Es que no hay problemas en Huelva para llenar tres programas electorales? Escucharlos hablar de lo mismo que hace cuatro años revela la inania de una vida pública que se agota en el cargo.

‘Fast thinking’

Ha muerto ‘Cándido’, el silencioso maestro de varias generaciones de periodistas, una voz que ha resonado en España durante la eternidad que va desde el franquismo en plenitud hasta el ocaso democrático que vivimos, y ha dicho Umbral de él que es cierto que, dada la dureza relativa de su estilo y la densidad de su mensaje, “se le leía mucho pero sólo hasta la mitad”. En España se lee mucho hasta la mitad y eso cuando se lee, que es en pocas ocasiones, en especial a los escritores que no hacen concesiones a la galería ni se resignan ejercer en este duro oficio de “hombres de placer”. Cándido, por ejemplo, ha sido durante decenios un escritor empeñado en cifrar los mensajes más graves como retando al lector sin rostro a ganarse trabajosamente, al descifrarlos, el derecho a saber, no movido por ningún genero de aristocratismo, sino motivado por la convicción de que no hay cultura sin esfuerzo como no hay duros a tres pesetas. Es probable que su largo ejercicio de autocensura en la prensa antidemocrática haya contribuido no poco a este endurecimiento de su escritura que algunos han interpretado como el efecto del distanciamiento elitista del escritor, pero más bien creo que lo que motivaba a Cándido era su negativa a ejercer en el obrador de esta inmensa pastelería de “pensamiento rápido” (eso que los yanquis llaman “fast thinking”) ante la que hacen cola desganados los ciudadanos de la sociedad opulenta. El auge del columnismo está propiciando una irresisitible banalización del mensaje periodístico al mismo tiempo que el trabajo de esos que Bourdieu llamaba “intelectuales mediáticos” contribuye a la decadencia del debate cultural reduciéndolo a contadas claves de audiencia garantizada. Nos estamos quedando sin sustancia en ese imprescindible debate que inerva la vida social y muscula el criterio colectivo. Y yo creo que sin remedio, además. Lleva razón Umbral, seguramente, cuando dice que a ‘Cándido’ solía leérsele sólo hasta la mitad y ya me parece mucho. Siempre pensé que ese pseudónimo volteriano era toda una declaración de humildad.

xxxxx

Todavía es válida la propuesta de Lévy-Strauss de que la palabra del ‘comunicador’, como ahora dicen los cursiles, es lo que verdaderamente pesa en la mentalidad pública, lo cual supone un desastre cultural cuyas consecuencias no se han valorado, a mi juicio, como es debido. La opinión del científico, la del filósofo o la del creador experimentado ceden ante el criterio de los bustos parlantes o tienen poco que hacer ante la tentación de la pastelería periodística, lo que constituye, a su vez, una auténtica tragedia que se agrava por el hecho de que ese imperio va ganando luego terreno hasta apoderarse del discurso público o, más concretamente, del discurso político. El escepticismo culto de ‘Cándido’, su manera oblicua de cruzar por las solaneras de la vida, la aparente aunque fingida indiferencia ante el espectáculo degradado de estos tiempos que sus artículos solían mostrar apenas, nos dan la clave de un oficio asumido con la más absoluta determinación de influir lo más honda y extensamente posible pero resignado a que una legión haragana no te leyera más allá de la mitad del escrito. Otros, en cambio, hemos pasado años paladeando hasta la última palabra del maestro, sorprendidos por la vastedad de sus saberes, respetuosos ante el rigor de sus análisis. En la España franquista de entonces también era corriente decir, cuando se quería depreciar a Ortega, que más que un filósofo era un periodista. De ‘Cándido’ habría que decir tal vez lo contrario, a saber, que fue un pensador antes que nada, un razonante que debió a su inmenso valor su relativo fracaso. Ha habido tíos como D’Ors que perseguían el prestigio de la oscuridad. Y hombres como ‘Cándido’ que eligieron la penumbra como clima para su libre docencia. Ninguna prueba mejor de su talento que el cansancio del lector vulgar. En tiempos de “fast thinking” lo raro hubiera sido lo contrario.

Mi propiedad privada

El argumento de la Dipu reclamando “su cuota” en la caja de ahorros resultante de la fusión de El Monte con la Caja San Fernando recuerda a aquel bolero en que Moncho se refería a su sumisa amante como “Mi propiedad privada”. En este bolero de la política, en efecto, a fuerza de hechos consumados, esta tropa se ha llegado a creer, a pesar d eno poseer un duro en sus capitales, que las Cajas de Ahorro son suyas, de los partidos en el poder, y por eso reclaman como propias unas cuotas que, en realidad, no significan otra cosa que altos cargos para sus capos de confianza. “No renunciaremos a la cuota que nos pertenece”, dice uno de esos consejeros digitales que viven a la sombra de la institución. Verdaderamente es admirable el modo con el cual se han apoderado del mayor instrumento financiero de la región entre cuatro gatos políticos, pero esa es la cera que arde. Hoy las Cajas tienen un peso en la política andaluza difícilmente exagerable. Tanto que sus beneficiarios ni siquiera tienen conciencia de la extravagancia que supone este auténtico atraco legal.

Revisión de fortunas

Había en el derecho antiguo una institución estupenda que incluía, junto al “juicios de residencia” del corregidor, la “revisión de su fortuna”. No es tan difícil coger a un alcalde o a un concejal/a y pedirle cortésmente que demuestre –en el caso frecuente de que llegara a la política con una mano detrás y otra delante– cómo ha podido reunir su patrimonio. En Punta, por ejemplo, esa gravísima sugerencia formulada desde el PP de que los dos trásfugas que han robado la mayoría al gobierno han adquirido algún inmueble costosísimo a pesar de no tener recursos visibles, debería ser tenida muy en cuenta por la que le trae a todos, a los acusadores y a los acusados. Y si, finalmente, resulta que esas criaturas no pueden demostrar nada, ahí está la Justicia incluso antes que la Política. Claro que a ver por qué iban a ser ellos los únicos “revisados” en su patrimonio habiendo tanto sospechoso por ahí. Un chalet de 420.000 euros, si es cierto que se lo han comprado, es mucho chalet para dos jóvenes sin mayores recursos. Si nada tienen que temer deberían ser ellos solitos quienes enseñaran la faltriquera.

La vida breve

En Guayaquil ha muerto una anciana de 116 años, María Esther Heredia, probablemente la mujer más vivida del mundo, al menos por el momento. Quedan por ahí otros longevos que aspiran al récord, incluida la yanqui Elizabeth Bolden, sólo unos meses menor que la difunta, y Emiliano Mercado –un nombre que parece sacado de Juan Rulfo o de García Márquez–, un portorriqueño que no cumple ya los 115 abriles. Cada longevo dice tener su fórmula secreta, su elixir de eternidad –que en el caso de María Esther parece que era la leche de burra-, siempre de espaldas a la teoría y como si no supiéramos desde que vivimos en la sociedad opulenta que el único arcano verdadero reside en las vitaminas y los antioxidantes. Un sueño, ése de la vida eterna, que funciona en la existencia como el envés del tópico de la vida breve que, según la reciente novela de Jostein Gaarder –el manoseado autor de “El mundo de Sofía”—, le reprochaba al mismísimo san Agustín una novia despechada. Casi todas las civilizaciones cultivan la ilusión de la longevidad, empezando tal vez por la crónica egipcia que atribuye a sus primeros reyes, vayan ustedes a saber por qué, existencias de 1.757 años, ni uno más ni uno menos. El sabio Josefo sostiene en sus “Antigüedades” que los antiguos (no precisa más) vivían por sistema un milenio, un tiempo no muy diferente a los 900 años que habrían aguantado el chaparrón, según la vieja leyenda, los padres antediluvianos. Los patriarcas bíblicos vivían una barbaridad, comenzando por Adán de quien alguna vez se dijo que no había padreado hasta cumplir por lo menos los 230 años. Sólo muy tardíamente pone orden el ‘Génesis’ en esta historia interminable al establecer la divinidad que, en adelante, ningún humano cumpliría en este perro mundo más de los 120 tacos (Gn., 6, 3), lo que venía a ser una miseria considerando que antecesores suyos como Héber o Selaj habrían triplicado esa marca (Gn., 11) o que Sem sobrevivió al Diluvio, que le pilló ya talludito, lo menos medio milenio (íbidem). Fue la maldad humana y sólo ella la que, colmando la paciencia divina, dio al traste con el primitivo proyecto de la larga vida, en un tiempo en que aún habitaban la tierra los gigantes y los hombres soñaban con alcanzar el cielo con la mano. La verdad, a la vista de la que está cayendo, no sabe uno si quejarse o agradecerle a los ancestros su perversidad.

xxxxx

Hoy no se puede hablar, como entonces hacía el biblista, del tiempo del hombre. Hay enormes diferencias, y más que va a haber, entre unas regiones del planeta y otras, o por decirlo negro sobre blanco, entre los pueblos ricos y los pueblos pobres. En África, por supuesto, la cosa va de mal en peor y todo hace prever que la actual expectativa de vida de 49 años ha de caer en picado a consecuencia no sólo del SIDA sino también de la atrocidad de la violencia. Europa y Norteamérica van mucho mejor, claro está, embaladas hacia los 80 aunque con notable ventaja de las hembras, pero hay países desdichados, como Zambia, Malawi o Sierra Leona, en los que un ser humano apenas tiene por delante al nacer un horizonte de 35 años mal contados. En Japón o Islandia se vive ya un promedio por encima de los 82 añitos, a pesar del anisakis, y en Suiza o China también van ya al filo de los 80. Cada vez más parece, sin embargo, que el problema no será prolongar la existencia del hombre sino organizar la supervivencia del excedente poblacional, es decir, garantizarle al longevo un plato de lentejas y un techo al que acogerse. Ya entre nosotros se presume de marcas de vida mientras se sigue discutiendo acerca de la al parecer ineluctable crisis final de la seguridad social. ¿De qué viviría hoy un patriarca varias veces centenario con la calderilla de las pensiones? Pensando en esas miserias y en el Inserso, tal vez Dios se quedó corto al poner límite en el ‘Génesis’ a la vida dilatada.