Feudalismo rentable

Nueva denuncia de CCOO sobre la política de personal que en la Dipu hace y deshace el protegido de Cejudo (y la verdad, es que hace méritos de sobra para serlo), es decir, el ilustre exconcejal cartayero Miguel Novoa, gran especialista en esos “recursos humanos” cada día más soliviantados en el el gran asilo provincial de enchufados del partido. Muchos trabajadores se quejan de sus métodos y caprichos –algunos desde el exilio—y los métodos expeditivos y hasta rebuscado que utiliza en su elemental estrategia del palo y la zanahoria. La última del satrapilla se refiere a la operación que estaría colocando en su nómina a “sus” peones y peonas de Cartaya, que siempre se está más seguro rodeado de gente agradecida. Y UGT, ni que decir tiene, callando, tragando, encubriendo, mirando para otro lado, haciendo como que no sabe lo que ocurre en ese fortín donde anda enrocada, por la cuenta que le trae, mientras se ocupa de atacar al Superalcalde en vez de en la defensa laboral. La lista de los “arrecogíos” de la Dipu pacifica el castillo y fortalece a sus feudales, aunque la paguemos entre todos.

El brazo biónico

 

A una “marine” norteamericana los manitas de un gran hospital del Imperio le han implantado un “brazo biónico”, a saber, una extremidad superior artificial en sustitución de la natural que había perdido en un desdichado accidente. Se trata de un complicado artilugio insertado en el muñón del hombro que, a través de un laberinto de trebejos electrónicos, consigue trasladar a la mano, al menos en teoría, las órdenes emitidas por el cerebro y, en consecuencia, permite a la mutilada recuperar esas capacidades prensiles que –dicho sea con permiso del integrismo yanqui y del creacionismo papal—parece que fueron haciendo en su día del simio primordial, primero un ser hábil y, luego, un animal fabril, esto es, capaz de agenciarse por su cuenta y riesgo los instrumentos necesarios para dominar dentro de lo posible a la Madre Naturaleza. La relación entre la mano y el cerebro, en que Farrington y su descendencia fundaron la ‘humanidad’, ha sido uno de esos temas capaces de mantenerse indefinidamente en el candelero dialéctico, vista siempre en la perspectiva catenaria que Ortega dibujó en el prólogo que le puso a Spengler hace muchos años, al escribir aquello tan historicista de que “a la punta del puñal de Bruto sigue su mano, y a la mano el brazo movido por centros nerviosos donde actúan las ideas de un romano del siglo I”. Las imágenes que hasta ahora nos llegan de la biónica nos la presentan trasteando en el hogar, agarrando la sartén con la mano original y con la artificial la cuchara de palo, pero el esperanzador acontecimiento nos confirma que , al fin y al cabo, en la imaginación romántica de un Byron o una María Shelley estaba ya entera y plena la filosofía postindustrial del injerto que hoy hace ya milagros como el que nos ocupa.

xxxxx

La cuestión está en saber si es apropiado decir que esa mano prometeica obedece de verdad al cerebro o actúa mediatizada por los trebejos electrónicos y, en consecuencia, sin la autonomía efectiva de que dispone la mano biológica. Pero con independencia de lo que más adelante acabemos decidiendo sobre la cuestión, no parece dudoso, a la vista de los movimientos reproducidos, que aquellas órdenes libérrimas del gran centro nervioso en que Ortega imaginaba a las “ideas” como inquilinas por su casa, llegan de momento a la mano ejecutora filtradas por un medio tan complejo y eficaz que, en muchos casos, las vuelve prácticamente irreconocibles. A uno esta imagen del brazo biónico, sin detrimento de su trascendencia clínica, le sugiere una ardua metáfora sobre la mediatización social que está convirtiendo al hombre actual, íntegro o mutilado, en una marioneta que cree ingenuamente actuar con libertad cuando, en realidad, no hace sino traducir mecánicamente las órdenes remotas que recibe desde un centro ajeno y una vez interpretadas en el laberinto de sus transmisores. Como esa “marine” injertada, el ciudadano íntegro abre y cierra la mano o los ojos al dictado del ‘medio’, actúa o se inhibe, gasta u ahorra, se cuida o destruye condicionado (o quien sabe si ‘determinado’) por ese filtro que el filósofo identificaba con la realidad histórica y que ha resultado que no es más que la informática. La sombra de ‘Frankenstein’ –la del doctor y la del monstruo—planean sobre un progreso que insistimos en acreditar como liberador desdeñando olímpicamente sus efectos mediatizadotes, la falsificación relativa de la libertad que ha hecho de estas democracias imaginarias un paradigma tan prestigioso como irreal. La tele ha mostrado a la mujer en su cocina, ya digo, monstruosa y feliz, liberada y esclava, bella en su desafiante anfibología, en su escalofriante imagen de mujer-máquina o de híbrido atrapado entre la mecánica y la humanidad, y hemos podido ver en ella reflejada nuestra propia imagen de ciudadanos libres que salen y entran, suben o bajan, venden o compran y hasta votan con una mano prestada que mueve un cerebro secreto.

Retrasado poder

 

Al final ha resultado cierto y razonable el aviso que se venía dando sobre los peligros del alcoholismo juvenil, siempre negado o escamoteado por una autoridad calculadora incapaz de afrontar riesgos electorales. Ahí está la expeditiva ley –ya veremos si viable o simple papel mojado—con que el Gobierno reconoce al fin el peligro cierto, tanta sveces denunciado por los especialistas y por el sentido común, que supone el consumo masivo y sistemático de alcohol por parte de los jóvenes y aún de los menores. Una vez más se niega durante años una realidad que hay que acabar aceptando a calzón quitado cuando tal vez ya la solución no esté en manos de una Administración superada que vamos a ver cómo se las arregla para hacer que se cumpla lo mandado por encima de la picaresca. La ley siempre por detrás de la realidad, el poder indefectiblemente colgado de la previsión electoral. Bienvenida esta ley tardía que prohíbe –más vale tarde que nunca—que un escalofriante porcentaje de jóvenes acabe cirrótico y en la cuneta de la vida.

Un cese inevitable

 

No se explica que la Junta mantenga en su puesto al delegata de Salud tras el descubrimiento de la falsificación de las listas de espera por procedimientos que no está nada claro que no conculquen la normativa. O se explica, acaso, en la medida en que hasta el más tonto sabe que el doctor Pozuelo es un simple ‘mandado’ que se limita a ejecutar el burofax de Sevilla con el visto bueno del mano partidista. El hecho, en todo caso, es insoslayable, y lo escandaloso es que la ciudadanía permanezca inmutable ante semejante ataque a los derechos de todos, sin que ni un solo usuario se vaya con el cante al Juzgado y le haya pedido al juez que se pronuncie sobre una acción tan grave como la denunciada y no desmentida: el falseamiento de las listas de espera para aliviar la presión política sobre la Junta. ¿Será verdad que nos merecemos cuanto tenemos encima? Lo sea o no, si no se desmonta esa denuncia, la permanencia del comisario de Salud en la provincia constituye un ultraje a los ciudadanos.

El mito vivo

En un pueblito colombiano llamado Pereira, considerado como tal vez el más belicoso de su inquieta región, la proliferación de bandas pandilleras ha llevado a las mujeres, a propuesta del propio Ayuntamiento, a declarar lo que ellas llaman una “huelga de piernas cruzadas”, es decir, a conminar a sus maridos a abandonar la violencia presionándolos con la negativa a cumplir eso que nuestro derecho canónico llama o llamaba el “débito conyugal”. O sea Lisístrata. Cada dos por tres la vida se encarga de recordarnos que los mitos no son invenciones bizarras de los hombres sino cristalizaciones, en buena medida subconscientes, de modelos de conducta que la experiencia comprueba que se mantienen y repiten a través de los tiempos, es decir, que constituyen auténticos invariantes de la conciencia de la especie seguramente grabados en lo más recóndito del laberinto cerebral. La mujer que mata a su hijo despechada por el amante, el padre que arremete contra el suyo celoso de su propia mujer, la hija que venga al padre de la ofensa materna y demás argumentos que han llegado hasta nosotros como cantos rodados en el río de la vida, no son temas inventados ni invenciones gratuitas sino fórmulas acrisoladas en la experiencia al cabo de los siglos. Este mismo asunto que sublima el poder de las mujeres localizándolo en el sexo es tema viejo y reviejo que va y viene por nuestra literatura como viene y va por nuestra experiencia cotidiana, como si la guerra entre Atenas y Esparta no acabara nunca por debajo de estas otras guerras actuales que se encargan de sangrarnos a lo vivo. Ya ven qué evidencia: Aristófanes en Pereira, el clásico hilarante del gran siglo griego reinventado espontáneamente por un concejalito de pueblo y servido por una compañía espontánea de hembras figurantes que seguramente no se han parado a leer entre líneas la profunda ironía del maestro de la comedia. El mito vive y muda de piel a través de los tiempos enhebrando la inconsciencia humana en imágenes asequibles a todos. Hay antropólogos que dicen haber topado con Lisístrata en latitudes remotas y ajenas, pero a mí me parece que esta reposición de la comedia en una zona sentimentalmente tan cercana a nosotros constituye una noticia si cabe mayor que aquel hallazgo.

xxxxx

Pero no perdamos de vista el gran equívoco, la fragilidad íntima del argumento, la secreta falacia que el mito oculta celosamente entre sus entretelas literarias con la complicidad de nuestro propio deseo. ¿O es que vamos a creer que las mujeres de Pereira, como las atenienses que con Lisístrata se apoderaran de la Acrópolis, tienen alguna posibilidad real de éxito fuera de la propia sugestión mítica? ¿Van los hoplitas o los pandilleros a respetar un plante de esas características que, por cierto, el cachondo de Aristófanes no ocultó que no tenía peor enemigo –lean o relean la obra y luego hablamos– que las debilidades del “eterno femenino”? Sería realmente maravilloso que una huelga camera lograra pacificar un pueblo en el que se registran bastante más de un homicidio al día, el 90 por ciento de ellos por arma de fuego, y un milagro que la abstinencia impuesta lograra que esa tropa maleva se volviera pacífica y entregara las armas. Mas para eso están los mitos, para proponer “desiderata”, para tentar la imaginación, cuando no para conferir sentido a acciones tan terribles o dudosas como el parricidio celoso o el engaño seductor. Lo de la quijada de Caín no es una imagen fingida en un espejo sino una realidad tomada de la vida. Lo del cisne de Leda o la lluvia de oro de Dánae, guiones realísimos que encajarían a la medida en ese culebrón que viene a ser la vida. Ya veremos si las mujeres colombianas resisten o si los pandilleros acaban violando su huelga como si fueran romanos entre sabinas. La vida cambia continuamente para permanecer idéntica en esencia entre Atenas y Pereira.

No hay caso

 

Liquidado el “caso Chaves”: no hay caso y a otra cosa. Es verdad que el hermano director general del Presidente contrató con su otro hermano negociante, en media legislatura, lo que su antecesor en una legislatura entera. ¿Y qué? Es verdad todo y nada ha sido desmentido, el consejero de Presidencia apenas pudo sugerir la conspiración y hacer un chiste mientras que el propio Chaves se limitaba a insistir en el consabido argumento del derecho de los familiares del político a tratar con la Administración, incluso –a la vista está—cuando las incompatibilidades rechinan. ¿Y qué? Pues nada. Chaves se ha cuidado mucho de incumplir su compromiso de “dignificar” la mayoría absoluta que, en consecuencia, debe de estar sin dignificar, pero le sirve a las mil maravillas para salir de cualquier atasco. No hay “caso Chaves” como no hubo “caso Guerra”, aunque uno y otro –ya se vio y lo seguiremos viendo—hayan perjudicado a fondo el prestigio de sus titulares.