Juicio impopular

 

No es justo ni cierto que las protestas por la lenidad con que la Justicia trató a Farruquito en la anterior sentencia fueran producto del deseo de venganza. Se trata sólo de sentido común y de legítima aspiración a la igualdad ante la Ley. De sentido común, porque no hay manera de explicar que la responsabilidad por los tremendos delitos que cometió ese artista puedan liquidarse con una sanción simbólica y una multa asequible. De aspiración a la igualdad legal, porque nadie puede dudar de que si llega a tratarse de un ciudadano anónimo este trágico caso hubiera sido solventado con muchos menos miramientos. Hasta se ha dicho, retorciendo la obviedad, que Farruquito era una víctima de su popularidad y, para que nada faltara, del racismo latente. Y no, Farruquito es si acaso una víctima de la arbitrariedad de su conducta irresponsable hasta un límite extremo. Causar una muerte y mentirle a la Justicia no son cuestiones menores sino gravísimos delitos. A los que dicen que al bailaor se le ha hecho un juicio popular hay que contestarle que lo que fue impopular fue la anterior decisión de los jueces.

Un alcalde distinguido

 

Se ha ido Antonio Segovia, probablemente el político más distinguido (y tomen el término como mejor les plazca) que ha tenido Huelva, el alcalde más joven de España que era capaz de meter a Huelva en los despachos de Madrid cuando Huelva era un rincón del mapa que ignoraban hasta sus gobernadores. Político de simpatías, imaginativo, un punto fantasioso, pero también gestor de obras de enorme importancia relativa en una capital que era todavía un poblachón con calles mal adoquinadas y calles con alumbrado precario. Con Segovia, Huelva dio un salto notable en plenos 50 y hay que decir en su abono, porque es la realidad, que supo marginar la sombra política de la dictadura como si con él no fuera la feria. En una ciudad a donde los funcionarios todavía venían “castigados”, él abrió una etapa de modernidad imprescindible que sirvió de base a lo que vino luego. Liberal y fundamentalista del onubensismo, soñador y práctico, distinguido como pocos, fue Segovia un gran profesional que lo dejó todo por la política. ‘Rara avis’. En Huelva hay mucha gente que sabe que todo eso es verdad.

Materia y espíritu

 

En mi maniático seguimiento de las imaginaciones científicas, acabo de encontrar una experiencia que me devuelve intacta la vieja paradoja del interés de los sabios por las cuestiones metafísicas. Se trata de la investigación llevada a cabo por dos investigadores canadienses tratando de establecer un mapa cerebral –¡otro!—en el que estuviera claramente determinada, a ser posible, la región neuronal sede de la experiencia mística, hace unos años “descubierta” por partida doble en un punto bien determinado y único del córtex. Los sabios a que me refiero, MM. Beauregard y Paquette, han concluido con rotundidad, según afirman en un artículo aparecido en las ‘Neuroscience Letters’ que, lejos de producirse en un lugar solamente, los éxtasis y transportes religiosos implican por lo menos a una docena de regiones cerebrales y están relacionados con determinadas reacciones de carácter metabólico y naturaleza eléctrica que afectan simultáneamente al ejercicio de bastantes funciones sensitivas y motrices. De cobayas han hecho esta vez quince monjas carmelitas que han ofrecido a la Ciencia sus cerebros para que la resonancia magnética contribuyera, a su manera, a explicar la experiencia religiosa, lo cual es mucho más explicable y menos contradictorio que el afán de los científicos por intervenir en el área espiritual. Hace tiempo que se señaló la contradicción que suponía el interés de la ciencia social, desde Durkheim a Max Weber, por unas cuestiones metafísicas que eran precisamente las que esas disciplinas trataban en teoría de desterrar, lo que los obligaba, por obvias razones epistemológicas, a trabajar sobre las mismas realidades negadas en nombre del saber secularizado. Los mismos sabios a que hoy nos referimos empiezan por dejar claro que su incursión en la mística para nada presupone la creencia en esa divinidad que, lo admitan ellos o no, ha de estar al otro lado del hilo si es que el sublime deliquio se produce realmente. La doctora Teresa se hubiera tronchado ante estas paradojas seculares que, ciertamente, no dejan de ser divertidas.

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Se ha citado más de una vez a esta respecto la frase de Chesterton: “Cuando un hombre deja de cree en Dios, no es que ya no crea en nada, sino que cree en todo”. Y verdaderamente no deja de ser curioso el interés de tantos científicos no sólo ‘sociales’ sino ‘naturales’ en asuntos que pertenecen al mundo que se trata de negar o que conciernen a valores que son los mismos que se trata de erradicar y sustituir. Estos días se discute por ahí el curioso fenómeno de afirmación religiosa observable en la actual sociedad japonesa sin perjuicio de la profunda secularización que ha contribuido a la modernización del país, en contraste con la secularización a palo seco que viven las sociedades occidentales en las que la racionalización científica y la autonomía del individuo han conseguido volcar el sistema tradicional. Pero experiencias como ésta de los neurólogos canadienses nos devuelven intacta, como decía, la paradoja que supone esa suerte de materialismo claudicante y esa ciencia secularizada pero incapaz de zafarse de la tentación metafísica. Hay por ahí algún museo que conserva en formol, en plan doctor Frankenstein, el cerebro de Eisntein alineado con el de otras celebridades, con la esperanza de descifrar en el laberinto de sus circunvoluciones el croquis revelador del genio o el mapa del talento, un proyecto que, en definitiva, se ha saldado hasta ahora con un fracaso rotundo. Pero estos sabios majaretas, al menos, se mantienen a pie firme en su paradigma materialista, mientras que los que traigo a colación prolongan la secular extravagancia de una ciencia autónoma que no acaba de despegarse, de una vez por todas, del viejo tronco metafísico que venían a trocear con ínfulas de aizkolaris. Mientras los fundamentalistas prohíben a Darwin en las escuelas, la Ciencia busca en el cerebro el nicho del trance. Alguien dijo que la paradoja es el nombre que los idiotas dan a la verdad.

Proyectos de lujo

 

Lleva razón el consejero Zarrías al reputar excepcional un proyecto musical dirigido nada menos que por Barenboim, aunque no tanto en subrayar ingenuamente que ese proyecto faraónico sirve para demostrar “que es posible el entendimiento frente a las bombas y a las guerras”. Hombre, sin exagerar. El montaje del Diván es culturalmente inobjetable aunque algo menos que sea una región pobre como Andalucía la que tenga que hacer el gasto en lugar de, pongo por ejemplo, el mismo Gobierno del Estado. Y desde luego, si se objeta ante él el estado precario de nuestros conservatorios, no es cierto eso de que “todo es compatible”, sencillamente, porque a la vista está que no lo es. Barenboim ha dicho que Chaves es el estadista más receptivo ante la Cultura y eso vale un dinero, no lo discuto, pero no cuestiona la crítica que llama megalómana a esa empresa cultural.

Otra de curas

 

Después del lío en curso del párroco/emprendedor de Beas, ahora se nos viene encima otro: el del cura de Punta, trasladado por el obispo saliente contra la voluntad de un pueblo que se siente identificado con su trabajo y su carácter. Estamos volviendo a los viejos conflictos de los años 40, cuando el cardenal Segura quitaba y ponía sin mayores explicaciones a los curas de su diócesis y los pueblos se rebelaban inútilmente. A un grupo de protestantes onubense a los que concedió audiencia y osaron preguntarle la razón de cierto traslado, su Eminencia les contestó imperturbable: “Porque Nos lo hemos dicho y no Nos podemos desdecir”. Tiempos recios, aquellos del temido cardenal. Pero hoy no pegan ni con cola estas trifulcas beatas. Algo está ocurriendo en nuestra provincia que hasta con los curas hay ya problemas y titulares. Tendríamos que recapacitar entre todos sobre las posibles causas de esta realidad.

Leer y escribir

 

A mediados de octubre, un Juzgado sevillano celebrará la vista de un juicio en el que, a demanda de un colectivo de opositores presuntamente perjudicados, se determinarán las responsabilidades derivadas de la defectuosa corrección de la prueba de un dictado en unas oposiciones a ordenanzas municipales. La cuestión es que el tribunal dio por buena la ortografía de un texto periodístico utilizado como modelo en el que podían apreciarse hasta siete faltas ortográficas, ante las que el tribunal se mostró indiferente tanto al corregir los exámenes como al atender los recursos pertinentes, como si con él no fueran las reglas de la Academia que, al menos oficialmente, rigen para todos. Tildes innecesarias, minúsculas impropias, plurales sin determinar y otras extravagancias fueron admitidas sin más por quienes probablemente atribuían al periódico de procedencia una autoridad de la que carecía, y ahora han de ser los jueces quienes, con la que ya tienen encima, las criaturas, tendrán que meterse en berenjenales gramáticos. Tengo mis dudas, sin embargo, ante el argumento de los demandantes de que al aprobar a un personal que comete faltas de ortografía se vulneren los “criterios de capacidad”, puesto que la debacle gramatical que vivimos está cuestionando seriamente las exigencias tradicionales no sólo en los niveles inferiores de las Administraciones sino en las más altas instancias oficiales y, por descontado, en la vida diaria. Es probable, además, que carezca de sentido cuestionar por separado la crisis de la ortografía puesto que, a mi entender, esa crisis abarca el aprendizaje en su conjunto, y todos los esfuerzos del mundo no conseguirían hoy, con toda seguridad, atajar la peste de incorrecciones acarreada por la disolución del lenguaje en jergas o por su destrucción en prácticas determinadas por el propio ‘soporte’ de expresión. La ‘basca’ ha decretado la obsolescencia de la ortografía sustituyéndola por las bravas por el batiburrillo de apócopes y los usos alfabéticos arbitrarios que hoy abarrotan la mensajería telefónica, pero no hay que olvidar los estragos que está causando eso que se ha denominado el “iletrismo informático” ni, mucho menos, la permisividad logsiana. Entre todos la mataron y ella sola se murió: la suerte de la ortografía se resume en el viejo refrán.

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Hay en este momento en Francia un debate escolar sobre a los métodos de iniciación a lectura, que unos proponen servir con el enfoque global mientras otros apuestan por el silábico, pero hace mucho tiempo que somos conscientes de que lo que se está perdiendo no es sólo la capacidad de leer juntando letras y sonidos sino la de comprender el texto descifrado. Un experto brasileño sostuvo no hace mucho tiempo, que hace décadas que sus compatriotas de todos los niveles culturales se conforman con la reacción inicial a la primera lectura sin mostrar el menor interés por alcanzar una comprensión más profunda del texto. Y en España sabemos bien que la decadencia de la capacidad del lector resulta desoladora, fenómeno inseparable, como es natural, de la crisis de la propia lectura que se arrastra en toda Europa desde los años 50. Los opositores sevillanos están cargados de razón, seguramente, y hacen muy bien en reclamar sus derechos consagrados en la Ley, pero insisto en que exigir hoy rigor ortográfico en las oficinas, con la que está cayendo en las mismísimas universidades, no deja de ser, cuando menos, paradójico. ¡Ya me gustaría a mí ver cómo escribían al dictado muchos de esos regidores que no tienen que pasar prueba alguna para ser catapultados desde sus modestísimos oficios a empleos tan altos! Ojalá ganen su pleito esos correctos, pero hay que reconocer que si Nebrija se diera una vuelta por este corral de cabras no dejaría títere con cabeza. Lectura y escritura hace tiempo que no son lo que eran. Una tilde de más o una mayúscula de menos no cambiarán significativamente esa inquietante realidad.