Hechos y palabras

Está muy bien que la consejera de Obras Públicas  (PSOE) se disculpe por haber borrado de la foto oficial al alcalde de Málaga (PP), por el procedimiento elemental del “fotoshop”. No lo está que trate de minimizar el disparate reduciéndolo a un inverosímil incidente “fortuito” tan imposible de creer que no hace falta insistir en el tema. Sin salir de Málaga –aunque se podría para ir a Jaén o a otras provincias—las Administraciones que dice la consejera que han de actuar concordes han perpetrado acciones semejantes no pocas veces, incluso recurriendo a engañar al alcalde citándolo tarde a la cita. No, no es casual ni fortuito que un funcionario se aplique a borrar una imagen de una foto como los maquilladores de la prensa del corazón se dedican a eliminar arrugas y patas de gallo. Al contrario, es evidentemente deliberado, fruto de una estrategia diseñada y puesta en práctica, a la que la consejera no ha hecho más que plegarse. A estos extremos de ruindad hemos llegado en la política andaluza y no hay indicios de que la que se avecina vaya a ser mejor.

La foto innecesaria

Quiero creer que no es verdad que el “tránsfuga institucional” que es Serrato no dejó de acudir en Gibraleón a su nominación como nuevo candidato del PSOE por “no darle una foto al mundo” sino por un resto de vergüenza y decoro que es hasta probable que le quede tras su antidemocrática movida. Comenzar otra aventura política dándole a la prensa con la puerta en las narices es una barbaridad y un atentado a la costumbre democrática que, insisto, quiero creer que se debe a que a Serrato le aún alguna vergüenza aparecer en público y posar de traidor. No es necesaria esa foto, sin embargo, para ilustrar un golpe municipal que se ilustra solo y, ciertamente, serán los vecinos de Gibraleón quienes decidan si arrebatarle el poder  a los elegidos por el pueblo es motivo de repudio o no importa demasiado. Porque quien ha quedado por los suelos no es sólo Serrato –un mandado, al fin y al cabo—sino, a estas alturas, el mismísimo Chaves que es quien, a la vista está, respalda e incluso propicia el transfuguismo cada vez que se tercia.

Salomón y manta

Se habla mucho de la iniquidad que supone para las minervas creadoras el mangazo de los ‘manteros’, esa fortuna en calderilla que fluye en las aceras de la civilización para apaciguar los estómagos hambrientos desde que los parias se percataron de la accesibilidad de las nuevas tecnologías. Se dice que ese negocio va a acabar con la “creatividad”, que el final de la historieta bien podría ser el revés de la trama, esto es, un banquete ritual en el que los parias ocuparan el sitio de Epulón y los “autores intelectuales” hubieran de conformarse con las migajas de Lázaro. Hasta Ramoncín, tan sociatísimo y bienpagado en tiempos, ha levantado su voz en términos tales que Sabina ha tenido que llamarle al orden con crueldad recordándole que sus discos (los de Ramoncín) no se venden ni en las “mantas” ni en los grandes almacenes. Lo grave, sin embargo, es que el cuento no es cierto, que no es verdad que los “creadores” de este ‘Génesis’ industrial estén a los pies de los caballos sino todo lo contrario, a saber, que la Ley, el derecho que aplican día a día los ropones y los manguitos, no sólo protege esos intereses vulnerados por la picaresca, sino que castiga con singular desproporción a los transgresores. Ejemplos al canto. Si la descarga de una sola canción en Internet se castiga hoy en España (art. 270.1 del C.P.) con pena de 6 meses a dos años de cárcel (más del doble de lo que cumplieron los secuestradores de Segundo Marey), el hurto menor de 400 euros sería sólo una falta (art. 623.1) y el superior a 1000 euritos constituiría ya delito pero su pena seguiría siendo inferior a la de la descarga, tomen del frasco. Un caso extremo: distribuir una canción copiada se castiga hoy con pena entre 6 meses y dos años ‘y’ multa  mientras que el reparto de pornografía, pongamos entre escolares, se expone al mismo castigo de prisión ‘o’ multa, no se pierdan el matiz que introduce la conjunción. No sé, en resumidas cuentas, por qué insisten tanto los perjudicados en quejarse de la lenidad del sistema penal, francamente. Si a mi sobrino Luisito lo pillaran alguna vez con la discoteca que se ha “bajado” pacientemente, le caía un marrón superior al que nunca acaban de colgarle a los Cortina y por lo menos similar al de Txapote. Y a eso, déjenme que me desahogue, tampoco hay derecho.
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El derecho es arte arcano que esconde entre sus entretelas estas cosas absurdas, a pesar de que, a base de refomas y reformillas, las cosas van ya algo mejor que cuando, por poner un caso desopilante (el famoso “caso Arny”), la exhibición impúdica se castigaba menos que el abuso perpetrado contra el menor. Pero ¿cómo se puede castigar con mayor dureza a un maestrito que copie ilegalmente una sonata de Beethoven para ilustrar en lo posible a su jauría que a un ratero que levanta dos mil euros en una tienda, o a un degenerado que distribuye pornografía entre los niños? Se atribuye a Demócrito, en uno de sus ‘Fragmentos’, la idea de que si no hubiera injusticia ignoraríamos toda noción de lo que es justo, pero a mí me gusta más la ocurrencia de Albert Camus parándole los pies en Estocolmo a un partisano del FLN: “Qué quiere que le diga, compañero, yo amo a la Justicia, por supuesto, pero defendería a mi madre antes que a ella”. No quiero ni pensar que diría el autor de “Los Justos” si se diera hoy una vuelta por nuestros estrados y viera la que hemos organizado entre todos (aunque unos más que otros, claro) hasta dejar hecha unos zorros la propia idea del derecho. Aparte de que habría mucho que hablar sobre la economía de esa ‘manta’, que quién sabe si será también un escaparate friqui para dar salida a productos genuinos disfrazados de ‘segundas marcas’. Va lo que quieran a que ni usted ni yo distinguimos un bolso de Vuiton comprado a un mantero, de uno fetén, si la que lo luce pasea por la alfombra roja de los Óscar. “La propiedad es un robo”, sostuvo Proudhom. Lo que tendría claro hoy Salomón es que este Código es un cachondeo.

Solo ante el peligro

Vuelve a quedarse el PSOE andaluz solo ante el peligro, enfrentado a un Parlamento que lo único que le pide es que demuestre que “sus” propios documentos acreditan lo contrario de lo que afirman. De nuevo se ve Chaves como se vio cuando le abrieron comisión para aclarar por qué Caja Jerez le habría condonado a él y a un puñado de conmilitones un crédito que, en consecuencia, nunca ha devuelto. Con la diferencia de que ahora le salvará la mayoría absoluta “no dignificada”, como prometió durante su campaña pasada, sino intacta, es decir, sin dignificar, en bruto y con sus objetivos claros: barrer para adentro y caiga quien caiga, aunque la que caiga sea la propia razón democrática. ¿Qué teme Chaves si nada tiene que ocultar? No cabe duda de que el Presidente va a cargar el resto de su vida política con este fardo del presunto montaje familiar que él mismo está impidiendo que se demuestre falso. Las promesas de ‘transparencia’ se las llevó el viento como se llevó la cubierta voladora que pusieron sus hermanos en alguna obra pública. Nadie se hace el harakiri y meno un dinosaurio en vías de extinción. 

Caras y carotas

IU dice una cosa sobre el transfuguismo en Sevilla y otra muy distinta en Huelva. El PA hace lo propio, criticar el respaldo de Chaves a los tránsfugas pero apoyar a éstos a la hora de votar en la Diputación onubense. Dos caras, muchos carotas, pero un mismo camelo con los papeles distribuidos entre unos cuantos dispuestos todos a jugar esa innoble baza cada vez que convenga a sus intereses de partido. El transfuguismo es un negocio que hacen unos porque saben que otros se lo van a pagar con creces, y todo lo demás –pactos en el Congreso o en las cuadras de Augias—son pura comedia para salvar siquiera mínimamente la apariencia de decoro. Pero si se explica que el PSOE –que se juega muchos intereses—haga lo que hace en Gibraleón o Punta Umbría, no se explica ni bien ni mal que IU o PA se alquilen por un plato de lentejas o, simplemente, porque les espanten al cobrador del frac. El PSOE se ha lanzado a estimular el transfuguismo y estos dos acólitos le llevan la cola. Los mercenarios no tienen más culpa que quienes en esta mísera pedrea tiran la piedra y esconden la mano. 

Vamos bien

Las delfines del castrismo han elegido para las postrimerías del régimen un lema bastante parecido al que, en su día, tanto juego le dio al presidente Aznar. Consta de dos palabras tan solo y aparece en la cartelería gigante propia de la revolución cubana junto a la imagen tranquilizadora de un presidente rescatado ilusoriamente de la UVI y enfundando en el viejo uniforme verde de toda la vida. “Vamos bien”. No se sabe quién va bien, claro está, sobre todo en este momento en que ni siquiera está claro quien es quién en el país, pero una encuesta elaborada en la provincia de Villa Clara por el doctor Nancy Nepouceno, y presentada en el Taller Nacional de Geriatría y Trabajo Social, ha aportado resultados verdaderamente extraordinarios sobre la vida cubana que bien merecen ser tenidos en cuenta. Por ejemplo, que Cuba –un país de poco más de once millones de habitantes—cuenta en este momento, sobre una esperanza de vida que se aproxima a los ochenta años, nada menos que con tres mil personas centenarias, de cuyo estudio escrupuloso los sabios aborígenes han deducido que la larga vida, genetismos aparte, es cosa debida sobre todo a una alimentación sobria a base de pescado, huevos, leche, carnes de ave, legumbres y los clásicos tubérculos, asociada a un ritmo sosegado de existencia, al control del consumo de alcohol, a los beneficios del café abundante y, para remate, a las delicias del tabaco. Poca sal, menos condimentos naturales y, por encima de todo, sexo, mucho sexo, todo el sexo posible, tal y como se recomienda, digamos que oficialmente, en el “Club de los 120 años” creado nada menos que por el mismísimo médico de cabecera de Fidel, doctor Selman-Housein, que se ocupará de la revolucionaria tarea de enseñar a vivir largamente, a pesar del racionamiento y las proverbiales gurumías, a la sacrificada población de la isla. Castro mismo lleva camino de entrar en el Club aunque no sabemos en qué estado y circunstancias y eso que, a pesar de tantas leyendas amorosas como se le atribuyen, siempre planeó sobre su figura esa imagen de lejanía y frialdad sexual que caracteriza o se atribuye a tantos dictadores desde Franco a Stalin.
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Resulta, pues, que una fórmula tan sencilla como la de café, copa, puro y lo que venga  constituye el secreto mejor guardado de los patriarcas, o al menos el de esos tres mil centenarios que tascan su veguero sentados en cualquier esquina de la Habana Vieja, contemplando indolentes, con los ojos entrecerrados, el vaivén de esos culos mulatos que cuentan que fascinaron a Hemingway –el fanático del daiquirí de ‘Floridita’ y los mojitos de “La Bodeguita del Medio– que dicen ahora que alardeó en su momento de haberse cepillado personalmente en Francia a 122 prisioneros alemanes en su papel de agente disimulado del servicio secreto americano. La vida le va enseñando a uno cosas estupendas o terribles, como puede verse, y en ocasiones como ésta incluso nos desmonta los viejos prejuicios que ha divulgado desde siempre la beatería de “lo saludable” que encontramos por doquier reconvertida en una suerte de estética de la renuncia. Eso de los dos vasitos de tinto (Rioja a ser posible, claro) como garantía de la salud que se nos repite tanto, por ejemplo, o ese proyecto de proclamar “patrimonio de la Humanidad” una dieta mediterránea que mucha gente sabe que fue un invento subvencionado del doctor Grande Cobián subvencionado por el ministerio, constituyen dos buenos ejemplos de lo que decimos, pero la experiencia cubana nos ofrece un panorama bastante más divertido. Van bien en Cuba, por lo visto, como asegura la propaganda, a pesar de los pesares, de las “barbacoas” inhabitables, las raciones de ron y mandioca, y del arroz y los fréjoles para los “moros y cristianos”. No sé Castro, pero algo me dice que los chaperos del Malecón van a vivir más que Matusalem.