Unos por otros

Curiosa reacción del PSOE tratando de colocar la pelota del “botellón” en el tejado del alcalde e igualmente curiosa la reacción del PP descalificando como meramente electoralista la flamante ley reguladora del “botellón”. Hasta el sueño de los vecinos vale para mantener la presión en la caldera partidista, porque es obvio que ni el PSOE desde el Gobierno, la Junta o los Ayuntamientos que gobierna ha hecho nada por impedir ese disparate, ni el PP desde su lado ha dado un palo al agua. Todos quieren quedar bien y ninguno enajenarse un eventual voto joven, mientras los vecinos llevan años soportando el suplicio nocturno y los especialistas denunciando con dramatismo los efectos de esas juergas. Si nada menos que el director de la cosa de la droga, que es de Huelva, acaba de postular que nada tiene que ver el “botellón” con el consumo de alcohol, ya me dirán qué puede esperarse de la autoridad en esta materia. Ese desafío lo han ganado los juerguistas hace mucho tiempo y es posible que ya no tenga vuelta atrás. Cuando algún día haya que lamentarlo, hasta los vecinos insomnes se habrán olvidado ya de la inhibición de los políticos.

El miedo

Una avioneta estrellándose contra un rascacielos de Nueva York, para qué más, y precisamente un día 11: he ahí todo un símbolo sin réplica hoy por hoy. Un camionero detenido en un fielato por parecerse a Bin Laden: he ahí otra prueba del temor que invade progresivamente al llamado mundo occidental. El miedo es una potencia incontrolable, en cierto sentido sobrehumana, razón por la que el genio de Goya lo fabuló como un gigante inalcanzable que avanza aplastando a las muchedumbres a su paso. Claro que hay excepciones, individuos que escapan al pavor colectivo, los héroes, pero los héroes suelen ser tipos peligrosos que, aunque acaben dando muerte al dragón y liberando a la princesa, no dejan de acarrear percances y tragedias, calamidades propias y ajenas, sufrimientos épicos. Mejor, pues, si las multitudes temen, es decir, si renuncian a resistir la causa que inspira el miedo, o al menos eso es lo que dicen los conciliadores. ¿Pide un imán que desaparezcan las inmemoriales fiestas levantinas de “moros y cristianos”, un suponer? Pues se cede y santas pascuas. ¿Exigen terrenos municipales para edificar una mezquita –con probada frecuencia escuela de extremistas—los mismos que jamás autorizarían en su país una iglesia cristiana? Se cede igualmente. ¿Molesta la tradicional alegoría de Santiago Matamoros en la pintura? No hay problema: se bajan los cuadros de salones y sacristías para evitar complicaciones. El miedo. En los colegios se impone a los alumnos que prescindan del término “moro” (¡) que no significa más que lo que significa y, en el peor de los casos, nada peor que “perro infiel” referido a los cristianos. Hasta el papa dobla la rodilla, que ya es decir, asustado ante los ayatollás. Con papel de fumar se la coge esta sociedad cautiva de su jindama que no hace con ello sino dar alas a una reivindicación cada día más gratuita y más humillante. Medio mundo se ha quedado sin aliento al ver la escena de la avioneta empotrada de Nueva York; casi otro medio ha contenido la respiración con la esperanza de un nuevo golpe. Ésa es la realidad y habrá que estar atentos porque seguramente lo peor está por venir.
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No es arbitrario temerle a una fecha o a un signo cuando la amenaza no disimula su propósito de continuar la carnicería. Esta vez no estamos aguardando a los bárbaros encaramados en la muralla sino que los tenemos dentro –cientos de miles, millones incluso, en toda Europa—en términos tales que su número supera al de nuestras fuerzas de seguridad incluyendo al ejército, sin posibilidad de distinguir entre honrados buscavidas y terroristas execrables. De ahí el miedo. Los gobiernos temen no menos que los ciudadanos y todos ceden a las exigencias y se ajustan a los símbolos. Los días 11 de cada mes, por ejemplo, resultan hoy sospechosos en tanto que probables fechas de otra efemérides, un perfil asemejado a quien se busca desata la histeria en la aduana. Quienes claman por sacar la religión tradicional de la enseñanza están logrando introducir en ella la de los credos exóticos. No iba despistado quien dijo que el miedo al mal lleva por derecho al mal del miedo. Y al entreguismo. Pone los pelos de punta pensar que hemos llegado a un punto en el que un accidente aéreo en fecha simbólica encienda todas las alarmas. Pero en ellos estamos y es tontería disimularlo, porque mientras nuestros alféreces predican la contracruzada del “diálogo de civilizaciones”, el extremismo rival ve confirmada su estrategia de la reivindicación continua, creciente, sin fin. En un pueblo español no quemarán más la cabeza simbólica de Mahoma, por la Quinta Avenida han desfilado nuestros levantinos moros folclóricos pero sin cristianos. Y una escena del telediario consigue que el corazón nos de un  vuelco. El mal del miedo. Quizá lo que convendría hacer sería repensar las razones y sinrazones de nuestro miedo al mal.

Puretas y botellonas

La ley que el PSOE ha aprobado en solitario para tratar de controlar el disparate de la “botellona” –eso que no pocas autoridades consideran “unha cultura” específica y, como tal, digna de respeto—no arreglará, verosímilmente, gran cosa. Como exponente, ahí tienen al director general que se ocupa de la droga en la Junta sosteniendo que la botellona nada tiene que ver con el consumo de alcohol, comentario desconcertante que permite sospechar que la ley la han hecho puretas que ni se molestaron en darse una vuelta por la ‘movida’ a no ser que lo que es mensaje encierre sea la sugerencia que lo que se consume en esas incívicas y peligrosas concentraciones son otras sustancias, cosa también obvia. Cuantas iniciativas oficiales se han hecho hasta ahora para enfrentarse a ese problema grave que denuncian médicos y sociólogos no han sido más que paripés, y es posible que pronto podamos incluir en el lote a la propia ley nace ahora. Es decir, que si algo está claro es que los ‘puretas’, por encima del sentido común y de los alarmantes avisos de los especialistas, no tienen ni idea ni ganas de enfrentarse a la ‘basca’. La “botellona” enjuga otros problemas que estas minervas no tienen ni idea de cómo abordar. 

El colmo del cinismo

No hay peor defensa que un mal ataque. Barrero insistiendo, aún a sabiendas de que hay responsable confeso, en que el alcalde de la capital llamó por el móvil a prostíbulos, nada menos. El tri-fracasado ex-candidato Trillo, como dando rienda suelta a un subconsciente largamente reprimido, reclamándole –¡a estas alturas!—que deje el cargo. Los monaguillos de UGT pidiendo “responsabilidades políticas” por un caso que saben perfectamente que es inventado. Una vergüenza aunque se trate de una comprensible huida hacia delante. ¿Qué opinarían desde el PSOE si desde enfrente se acusara de borracho a quien se negó a hacerse la alcoholemia ante la Guardia Civil o incívico a quien mandó a paseo a la policía municipal cuando fue requerido a no usar el móvil conduciendo? No cerrar o, cuando menos, olvidarse de este tema canalla es un error además de un  riesgo difícil de entender en un partido con experiencia de gobierno que tiene, además, en su armario muertos de sobra.

Trata de negros

En la jerga empresarial utilizada en círculos con intereses en África es frecuente una expresión repugnante pero diáfana: “untar al negro”. Se trata ni más ni menos que de la práctica de sobornar (en fin, llámenle como quieran) a los “responsables” políticos de aquellas oligarquías para obtener los permisos que previamente se niegan desde sus Administraciones. Recuerdo, sin ir más lejos, el caso de un armador a quien admiro que jamás tuvo problemas de caladeros para sus barcos de pesca, sencillamente porque obtenía esos permisos por la vía rápida enviando oportunamente el “tío del maletín” a entrevistarse con la autoridad indígena del ramo. No debemos escandalizarnos de estas prácticas, por supuesto, en la Europa que ha contemplado impertérrita como el presidente de la Asamblea francesa cobraba comisiones por la compra de unas fragatas, cómo un miembro de una familia real de los Países Bajos hacía lo propio en un contrato aéreo o como se financiaba  un partido a través de la Banca y de los empresarios que elegían ese atajo funcional para sus negocios. Y sin embargo, el caso africano tiene su gravedad por la razón elemental de que mientras en Occidente pensemos, como pensamos, que las oligarquías gobernantes (que son las consentidas por Occidente) son corruptas por definición, la coartada de cerrar el grifo de las ayudas funcionará siempre. Hace poco la ONU cortaba su ayuda a uno de esos afligidos países como si la ONU acabara de descubrir esas mangancias generalizadas en las ha metido la mano hasta el sobrino de Kofi Anan, y no pasa día sin que oigamos a algún racionalizador explicarnos la inutilidad de mantener una ayuda que jamás llegará a su destino. Nos movemos, como se ve, entre esos dos polos, el positivo que sugiere la necesidad de ayudar, y el contrario que la niega sugiriendo la inevitabilidad del fraude. El colonialismo ha sabido adaptarse como un camaleón a una circunstancia nueva probablemente tan rentable o más que la clásica.
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Vean el caso del ministro Moratinos y sus “acuerdos de segunda generación” con países no poco desestructurados como Guinea-Konakry o Gambia ése mismo que intercambia 659 inmigrantes ilegales por 5 millones de euros contantes y sonantes, que como es natural y lógico no va a ir a ninguna parte fuera del bolsillo de los mandarines. Esa cantidad, 5 millones de euros (es decir, 832 millones de pesetas) por 659 supone que vamos a pagarle al país que nos envió las pateras millón largo de pesetas por negrito pillado en la playa, lo que supone un pingüe negocio para el que lo cobre en el país de origen que ha de ser, sin duda posible, el mismo que los envió. Gran negocio, en resumen: se envían pateras atestadas de desdichados para cobrar una millonada por cada uno que sobreviva, para forzar lo cual no hay más que cerrarse en banda a la repatriación de los nuevos esclavos. Verdaderamente, no podíamos caer más bajo ni imaginar una debilidad mayor, como no hubiéramos podido ni hacernos una idea de un negocio más leonino y ridículo que éste que el Gobierno, desbordado por su imprevisión y falta de apoyos europeos, trata de presentar como un logro decisivo, por supuesto “solidario” y demás mandangas. Por ahí hay quien se está poniendo las botas con el sacrificio y la muerte de los forzados a emigrar, pero lo peor es que desde aquí mismo les estemos haciendo el juego con tal de salir del paso. Porque, como comprenderán, a millón y medio mal contado el negrito, la fortuna del negrazo untado está garantizada. Claro que no es Moratinos quien paga, sino usted y yo y ése señor de enfrente, al que tampoco le ha preguntado nadie si le parece razonable o absurdo participar cínicamente de este festín organizado. Cuando oigan hablar de mafias de la inmigración, no piensen en tibias y calaveras, porque el verdadero filibusterismo de las pateras, como sabe mejor que nadie Moratinos, no se sienta más que en consejos de gobierno.

Universidades arruinadas

A lo peor resulta que la Junta no debería haber multiplicado tanto las universidades andaluzas, unas pocas de las cuales andan por debajo de los niveles de excelencia que predican muy serios sus manijeros. Pero el caso es que ahí las tienen, arruinadas, tiesas como reglas, mientras los rectores se empecinan, el director general habla de peregrinas razones técnicas y un francotirador de IU tiene la ocurrencia genial de que se le retiren a Vallejo las competencias del ramo para devolverlas a Educación, como si no estuviéramos de vuelta de lo que en su tiempo ocurrió en Educación y como si fuera un secreto que Educación no está para como para que le aumente la alforja. Lo más indecente es la comedia protagonizada por Chaves de cerrar un acuerdo unas horas antes de la inauguración del curso para callar a los rectores. Y lo más cuestionable, la ingenuidad de estas criaturas. La Junta no financia la Universidad porque esa inversión no es electoralmente rentable. Miren como la financió para crearlas, que era lo que de verdad el daba al PSOE el voto de las capitales agraciadas.