Cuestión de culturas

 

El PSOE no sabe lo que tiene con un tipo de la insolvencia conceptual de Mario Jiménez, que lo mismo dice sin decirlo que El Monte es suyo que acusa a quienes se oponen al transfuguismo desvergonzado que su partido apoya de “incultura política”. Jiménez representa lo peor de este pragmatismo sin freno que no reconoce más límite que el interés de su partido y está ofreciendo en torno a los tránsfugas un espectáculo de cinismo que corrobora la evidencia de su complicidad. A nadie puede sorprender que se reciba bajo palio de los transgresores de tantos pueblos pro la razón elemental de que ni uno solo de ellos ha dado ese salto al vació sino sobre la red que le sostienen personajes como Jiménez. ¿El reciente pacto contra esa peste política firmado en el Congreso bajo la presidencia del ministro Sevilla? Bueno, esos pactos se escriben en el papel previamente mojado por sus propios firmantes. Lo raro sería que el PSOE onubense dejara fuera de las futuras listas a los fugitivos que él mismo alentó.

Las razones de Venus

Tengo entendido que la pasarela Cibeles acaba de decidir cortar por lo sano con el lamentable problema que, según dice, provocan sus seductoras imágenes sobre el inconsciente femenino. Una norma, al fin coercitiva, va a disponer que las proporciones del cuerpo venusino se atengan en lo sucesivo a cierta razón práctica –una mujer de 1’75 metros de estatura no podrá dar en la báscula menos de 56 kilogramos–, es decir, a una estética desvinculada de la obsesión caquéctica que domina desde hace años en esos infernales paraísos de la belleza en que matan de hambre a las muchachas y las enseñan a correr la pasarela con paso de caballo domado mostrando el milagro frágil del esternón bajo una faz inexpresiva que acabo de enterarme que suele tratarse cosméticamente para potenciar con la palidez la mórbida ilusión de la anorexia real o imaginaria. Desde ahora, por lo que dicen los organizadores, se tratará simplemente de que los cuerpos exhibidos presenten una imagen razonable en el marco ideológico de un nuevo humanismo dispuesto a rescatar a la mujer de aquella dictadura estética en cuya pulpa ha crecido vigoroso, hasta dar lugar a un problema de envergadura universal, el gusano de la obsesión. ¡No más flacas pálidas, ya basta de canijas atormentadas, fuera una fantasía icónica forzada a base de ayunos y yogures! No estoy nada seguro de que esta revolución logre abrirse paso, pero desde luego resultaba imprescindible que se pusiera coto a esta servidumbre voluntaria que arrastra a las modelos hasta el borde mismo de la insania mental si es que no las despeña por su acantilado.

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Es curioso eso de que los caballeros las prefieran asténicas y flacas pero acaben casándose con las macizas, y más lo es todavía el éxito de esa propuesta icónica en un mundo que tiene planteado, como uno de sus mayores retos sanitarios, el problema de la obesidad en todas las edades. El “tipo” femenino es, ciertamente, una convención histórica en la que el canon de belleza ha ido rebotando en el capricho desde la rotunda mujer de Willendorf hasta estas ninfas esmirriadas pasando por el sereno canon de Gnido o las voluptuosidades barrocas. Cada tiempo tiene su ideal de hembra y cada ideal su carga simbólica. Lo del maquillaje pálido me ha recordado la costumbre romántica sobradamente acreditada que hacía ayunar y beber vinagre a una generación de damas y pisaverdes que llegaron a idealizar la tisis como ideal espiritual. Pero, insisto, no me entra en la cabeza cómo una sociedad que se desmelena tratando de controlar el peso excesivo de sus miembros propone, al mismo tiempo, entronizar la imagen de una belleza famélica, equilibrista sobre las agujas taconeras y sostenida a duras penas por el “wonder bra”. Como es curioso que las gladiadoras de la “igualdad de género” no hayan entrado a saco en esos desfiles melancólicos que consiguen la seducción de las hembras a base de desnutrirlas hasta la enfermedad y que, lamentablemente, habrán de contagiar a tantas acomplejadas ingenuas. La práctica de fingir la palidez a base de maquillajes, por ejemplo, debería haber sido perseguida hace tiempo por la autoridad sanitaria en la medida en que promociona un ideal contrario a la salud y a la propia realidad. ¡Un mundo de gorditos y gordos sin paliativos, un paraíso amenazado por el exceso y la abundancia, proponiendo una imagen artificiosa de la mujer no tan distante de los viejos cómicos que descoyuntaban a sus bebés para adaptarlos a la futura profesión ni de los mendigos dickensianos que los deformaban para adecuarlos al mecanismo pérfido de la mendicidad. Creíamos que nuestro problema generacional iba a ser la bomba (y aún no está claro que no llegue a serlo) y resulta que, al menos de momento, ha resultado ser la báscula. Pero no hay ideal posible si ha de ser mantenido por una dieta ni liberación femenina que valga si supedita su éxito al ayuno más feroz.

De mal en peor

No es buena la estrategia de reconquista municipal empleada por el PSOE en Marbella, y menos tras las acusaciones contundentes que el cerebro Roca ha lanzado sin contemplaciones contra la Junta de Chaves. Menos todavía resulta apropiado llegar a la castigada ciudad, como ha llegado el consejero/candidato Plata, como caballo en cacharrería, deslizando presuntas responsabilidades contra su gran adversario que Hasta ahora es quien domina las encuestas. Lo que se va sabiendo de Marbella –el régimen de escandalosa impunidad, la organización mafiosa de los que mandaban—lleva a la conclusión de que lo que Roca dice (que la Junta lo dejó hacer y deshacer a él mismo a y a los suyos) es más que posible y no se liquida con un ridículo desdén de Chaves. Aparte de que Plata no debería olvidar que, incluso antes del gilismo, debe de haber enterrados en Marbella muchos secretos más que incómodos para su partido, que fue el que dejó el sitio a Gil a fuerza de mal gobierno. Marbella ha dio siempre de mal en peor, pero durante la campaña es probable que se salga de madre. Quienes tienen en sus manos impedirlo deberían tomar medidas por la cuenta que a todos les tiene.

La sequía que viene

Augura la autoridad que la sequía que viene será larga y pero que la registrada hasta ahora. Dice que las reservas de agua no soportan ya la demanda, aunque admite que peor fue la crisis de los años 90, que no habrá por el momento restricciones del consumo vecinal (el manos, en general) pero que para la agricultura sólo estará garantizada el agua en los cultivos permanentes, no en los estacioneles. Y en el Condado s eoyen voces preguntando dónde están ahora los mandamases y mindundis que durante años, mientras el Gobierno fue rival, se manifestaron en nombre de la Plataforma del Trasvase, tan utilizada cono ariete contra el PP mientras éste tuvo el mando. Debe, en efecto, afrontarse el futuro de la agricultura en esa comarca y en otras igualmente amenazadas, en vez de esperar a que los efectos de la sequía no tengan ya solución ni alternativa posible. Es descorazonador comprobar tantas veces que el partidismo es la única razón política que mueve a esta tropa de mesas y plataformas casi siempre meros instrumentos en sus luchas por el poder.

Vida y salud

 

La vida ha dejado de ser una azarosa realidad, un misterio incontrolable, para convertirse, dentro de un orden, en un fenómeno físico sometido, como tal, a la acción de la ciencia. En una de sus breves y brillantes sugerencias, José L. de la Serna nos ha explicado ayer mismo en estas páginas cómo la protesta por el alto coste de la investigación farmacológica –un verdadero tópico en las sociedades desarrolladas y, por eso mismo, hipercríticas—va cediendo ante la opinión fundada de muchos expertos que sostienen que la grave factura que abonan religiosamente las sociedades industriales nada tiene que ver con el despilfarro sino que supone una altísima rentabilidad traducida en el aumento de la expectativa de vida y, por supuesto, en la calidad de ésta. José Luis nos ha explicado que el 16 por ciento del fabuloso PIB de los EEUU se elevará hasta alcanzar más o menos, si las circunstancias permanecen medianamente estables, la friolera de un 25 por ciento en el próximo cuarto de siglo, un logro que colocará a países más modestos de la zona paradisíaca, como España mismamente, en la disyuntiva de elevar, a su vez, el presupuesto propio o asumir una decadencia seguramente insoportable. No vivimos cada día más porque sí, ni porque un dedo invisible detenga allá en lo alto el reloj de la existencia, sino porque una serie de factores benéficos convergen en el progreso práctico que afecta en general a los países desarrollados y, al menos en términos residuales, también a los que aún permanecen en las afueras del edén. Hay nuevos peligros, es cierto, avanzan imparables ciertas epidemias difíciles de controlar, la enfermedad viaja en avión –como acaba de demostrarse tras la reducción del tráfico aéreo que siguió al 11-S–, se multiplican los males provocados por el ritmo de la vida o la insensatez medioambiental. Pero que la biografía se prolonga y la vida mejora a ojos vista, aunque sea en con esa injusta distribución, no puede negarse, y que tal progreso es función de las inversiones que confluyen en la nueva farmacia tampoco. Hace unos días escuché en tv un alegato muy puesto en razón de alguien que reprochaba al Estado la cicatería de negar el viagra a los paralíticos y pensé, oyéndolo, en lo que va de ayer a hoy, es decir, desde una sociedad que prohibía la venta de anovuladores a otra que propugna la gratuidad del afrodisiaco. Cuando me preguntan eso tan chorra de que

en qué época me hubiera gustado vivir respondo siempre sin vacilar que en ésta tan denostada pero tan socorrida que nos tocó en suerte.

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Puede parecer anecdótico pero el hecho de que este tipo de reivindicaciones haya pasado de tabú a exigencia apunta al progreso efectivo que la vida está experimentando a pesar de los pesares. Otro reportaje sin desperdicio ha sido ése que nos daba cuenta del hallazgo científico de la eficacia de un antidepresivo como la dapoxetina empleado como controlador de la eyaculación precoz, mal de muchos y consuelo de nadie, que no tengo que decirles que hasta antier por la mañana no cabía ni pensar que llegara a preocupar a la sanidad y menos a convertirse en una reinvindicación. Porque es curioso, que así como la impotencia ha tenido su literatura, explícita o implícita, no hay ni rastro en ella de estas disfunciones que, sin embargo, han jugado en la vida un papel tan jodido. Escuchar a los sabios –en este caso a la cuadra de ‘The Lancet’—enfrascados en el problema de controlar la serotonina para prolongar la dicha de los amantes anima tanto como verlos salvar los viejos problemas a saltos de gigante. Pronto habrá gresca reclamando que se incluyan en el recetario esos filtros saludables que justifican que se prolongue la vida y no faltará el eco cavernícola que se oponga, como tantas veces, al progreso de la felicidad. Curiosa especie que mejora y amenaza, a la vez, su propia existencia, acaso por no descubrir a tiempo esas pequeñas razones que informan, en última instancia, la razón de vivir,

Las personas del verbo

 

Un profesor británico ha propuesto en un curso de verano un “pacto del recuerdo” como mejor remedio para salvar el “pacto de olvido” afortunadamente alcanzado durante la Transición. Pero las tristes esquelas mortuorias de ambos bandos siguen apareciendo en los periódicos diariamente en una demostración incontestable de que no hay posibilidad de romper el acuerdo de concordia sin volver al planteamiento abiertamente guerracivilista. Nunca desde hacía decenios se habían escuchado en España esos tristes epítetos, ni se había mostrado en su lacerante y fatal realidad un tremendo episodio histórico que aquí todo el mundo daba por superado, digan lo que quieran el Gobierno y los fosores, como precio de una paz que nadie podrá decir que no mereciera la pena. ¿O es que tiene más sentido volver a abrir la doble cicatriz sin más objeto auténtico que la lucha electoralista? El presente no tiene vuelta atrás como el pasado no puede ser actualizado sin grave tervigersación de la realidad. Quienes conjugan errónea o maliciosamente ese verbo vital van a verse, cuando menos se lo esperen, convertidos en meros agentes del odio y en sicarios de la venganza.