Presos políticos

Ha sido salir de la cárcel, galana y encantada de haberse conocido, y lanzarse de nuevo la exportavoz del PSOE marbellí, Isabel García Marcos, a provocar la telepolítica y le ‘reality show’, esta vez con la afirmación más estupefaciente que quepa imaginar al más idiota: “Yo soy una presa política”, ha dicho. No tiene límites la desfachatez en una sociedad en la que el “exemplum” falla desde arriba y en la que casi nadie en las alturas, en fin de cuentas, está en condiciones de poner en su sitio, por ejemplo, a los saqueadores de un Ayuntamiento. Casi tan elocuente como la inesperada liberación condicional de esta tropa es el hecho de que haya sido la “prensa del corazón” su principal difusora y la que ha suministrado a la opinión noticias y comentarios. Ahora bien, tener que escuchar, a estas alturas, y con lo ya se va sabiendo de ese tinglado delincuente, que esos imputados son presos políticos, pasa de la raya. La trama de Marbella se beneficia del estado general de corrupción que vivimos, ésa es la clave. De sobra sabe esa “presa política” que su suerte y la de los demás imputados sería muy otra si el Poder estuviera en condiciones de tirar la primera piedra.

A los tribunales

Ha de demostrarse fehacientemente que la acusación salida de fuentes sanitarias afirmando que en el hospital de Riotinto se falsean las “listas de espera”, a base de “perder” oportunamente los requisitos previos para dar tempo al tiempo, no se ajusta a la verdad. Porque si fuera cierto, si se confirma o se deja en el aire la sospecha fundada de que semejante práctica desalmada ha tenido lugar efectivamente en un hospital público, lo suyo no es siquiera que la Junta se autoinvestigue y determine, en plan Juan Palomo, su responsabilidad, sino que sea la Justicia ordinaria la que intervenga y vea si hay delito en manipulaciones como las denunciadas. El régimen de impunidad e irresponsabilidad en que se mueve el SAS va siendo ya insoportable y no es justo ni siquiera prudente resignar en los propios usuarios, generalmente inermes, la acción clarificadora. La Junta debe decir sin camelos si es verdad o no que se falsificaron esas “listas” para trampear su propia normativa y ahorrarse unos cuartos. Y si así fue debería ser le juez quien tomara cartas en el asunto.

El asno de Buridan

El nuevo papa se ha desmelenado en su visita a Alemania, su país natal, con un tremendo ataque a la Razón. La Razón, con mayúscula filosófica, ha resultado siempre sospechosa cuando no execrable para los espíritus empeñados en fundar la espiritualidad en la actitud irracional. Un pleito sin fin, que en tiempos escolásticos se perfiló como conflicto entre Razón y Fe, es decir, como colisión inevitable entre quienes pretenden entender lo que creen y aquellos que procuran creer lo que no entienden. Hay muchas biblias en esa bilbioteca, pero ni siquiera el bien dirigido descrédito del marxismo ha sido capaz de liquidar una reflexión como la que Georg Lukács hizo en “El asalto a la Razón”, el más culto análisis del desarrollo del irracionalismo en nuestra historia intelectual. Da igual. El papa Ratzinger, antiguo inquisidor, no ha buscado, como algunos antecesores suyos, una postura conciliadora sino que sin pensárselo dos veces ha arremetido nada menos que contra la Ilustración, es decir, contra el espíritu de la “modernidad” en el que alguien ha visto, sencillamente, la “edad de la razón”, vale decir la madurez mental de la especie. Volvemos a la infancia, pues: “El reloj lo hizo el relojero,/ el mundo lo hizo Dios. No hay reloj sin relojero/ ni mundo sin Creador”, nos cantaban a los niños hace todavía medio siglo y podría volver a resonar por las catequesis en sintonía con los creacionistas yanquis que quieren expulsar a Darwin de la escuela. Pocas cosas tan patéticas como el empeño cerril de fundar el irracionalismo en la propia Razón. Si alguien en el ámbito intelectual esperaba de Ratzinger apoyo a la conciliación entre los viejos bandos, va listo. El papa apuesta sin más por la Fe y la fe no es otra cosa que la renuncia a la Razón. Las “siete vías” tomistas o el “argumento del loco” anselmiano, contra la grandiosa visión de los Hawkings o los Weinberg, el ‘Génesis’ contra el ‘Big Bang’. Hace poco decía un profesor de Bristol, Bruce Hood, que resulta inútil luchar contra las creencias irracionales. La teología sabe que no le valen los conciertos. O todo o nada. El papa lo tiene escandalosamente claro.

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Este neocreacionismo le ha dado la vuelta al argumento y sostiene que lo que resulta irracional sería la Razón misma: hay que elegir entre el Espíritu que todo lo crea y la irracionalidad que cambia el dogma por el teorema, la intuición por la matemática. ¿“El relojero ciego”, “La evolución de las especies”, la relatividad o la teoría de cuerdas? Mejor la “Summa Teológica”, el “Monologium” de Anselmo. Ni siquiera el resquicio averroísta, la cataplasma de la “doble verdad”. Dejémonos de cuentos y elijamos sin melindres. Juan Buridan, el pobre, explicó que un asno que contemplara dos haces de henos iguales moriría indeciso de inanición: el libre albedrío no es viable, qué coños. Y Ratzinger nos muestra esas dos gavillas tomándonos por el asno de Buridan. Es probable que el irracionalismo no haya llegado nunca tan lejos ni tan tarde, y lastimoso que afrontemos un futuro efervescente con materiales psíquicos que la Antigüedad legó a la Edad Media. Otra vez “El asalto a la Razón” en el que aquel viejo maestro veía el origen de las tragedias vividas en el siglo pasado, pero esta vez ni siquiera el paño caliente de Adorno y su consejo de aprovechar en lo posible la mena del irracionalismo dejando de lado su ganga. El citado Hood sostiene que dada la proclividad mental de los hombres a aceptar lo irracional, el auge de la sinrazón está asegurado. Quién sabe. Pero Ratzinger, y precisamente en Alemania, tal vez hubiera debido tentarse la ropa y buscar paces más blandas. Algún etólogo eminente se burlaba de la paradoja de Buridan: el burro se iría derecho a uno de los haces, no lo duden. Cuando fue a Brasil, Wojtila no pudo con la macumba y el candomblé –la horma del zapato—como Ratzinger no podrá con la “Enciclopedia”. Habrá quien se frote las manos. Otros lamentamos esta huida hacia atrás.

Más ruido

Otra encuesta estupenda, el Estudio General de Opinión Pública de Andalucía (EGOPA), ahí queda eso, fabricado por el Centro de Análisis y Documentación Política y Electoral (CAPDEA) que dirige, en la universidad de Málaga, un exconcejal del PSOE. Tremenda conclusión: los andaluces desconocen abrumadoramente el contenido del Estatuto lo cual a los sabios no les parece tan grave dado que en el resto de las autonomías ocurre tres cuartos de lo mismo. Teniendo en cuenta la aventura reformadora de nuestro Parlamento, avalada por el Consejo Consultivo, la verdad es que no sé de qué se extrañan, porque si tras la que llevan armando hace años, los propios padres de la patria no saben de qué están hablando y dicen hoy banco y mañana negro, figúrense qué podrá opinar una criatura que está tan tranquila en su casa cuando el encuestador llama a la puerta. Más ruido, ya lo ven, aunque seguimos sin nueces. La industria de la opinión se ha convertido en un subsector a no perder de vista en nuestra precita economía.

Pendientes de Sevilla

Colas de madrugada ante la comisaría, en plan “sin papeles”, para conseguir el pasaporte electrónico que da acceso a la “Tercera Modernización”. Sin culpa de los funcionarios, que hacen lo que pueden, atrapados en la maraña informática, y todos “pendientes de Sevilla” (sic) que, administrativa y políticamente es, qué duda cabe, otra galaxia. Curiosidad: allá no ha habido colas como las nuestras, y eso debe tener su explicación, pero una vez más, como tantas, nuestras delegaciones, incluida la del Gobierno, sobreviven tranquilas y a verlas venir, pendientes ellas, a su vez, del burofax que ha de llegarles desde donde verdaderamente reside el Poder. Esos ciudadanos madrugando y en cola constituyen todo un alegato contra la descentralización y un tremendo revés a la propaganda que trata de vendernos nuestra propia modernidad. Si para un simple pasaporte hay que hacer esos pinitos es que las cosas no van bien en Huelva, en Sevilla o en ambos lugares.

Pobres Profes

Los Reyes han acudido por sorpresa (es un decir) a un par de centros educativos asturianos para acompañar a los niños en su primer día escolar y de paso prestarle un cierto respaldo a la entrada en vigor de la muy discutida LOE o ley de la enseñanza que desde ahora, aunque no sabemos por cuánto tiempo, regirá la vida de nuestra educación. La educación es un asunto muy serio y generalmente bastante mal entendido por todos cuantos intervienen en su delicado proceso, de una parte los estajanovistas convencidos de que ‘educar’ es sólo ‘enseñar’, y de otra aquellos que creen, como muchos sabios, que de lo que se trata no es de manipular nenes hasta sacar sabihondos de ellos sino de trabajar hombres en proyecto para realizarlos cumplidamente. Séneca lamentaba que los sistemas de socialización (es decir, las pedagogías) trabajen más para la propia escuela que para la vida, en un ejercicio de oscuro ejercicio de autofagia que tiene mucho de ingenuo proyecto edípico en la medida en que trata de conseguir hombres capaces de, en su día, estar en condiciones de repetir la jugada y conseguir, a su vez, hombres capaces de reproducir el sistema y así sucesivamente. Montaigne prefería que los maestros, más que tener la cabeza bien llena, la tuvieran bien hecha, pero Montaigne es poco de fiar a este respecto después de aquel farol de que sin libros, sin gramáticas ni vergajos él había conseguido por su cuenta aprender el latín. Se puede discutir si la pedagogía ha de primar la ‘formación’ sobre la ‘información’, sobre si vale más la pena hacer que el neófito aprenda a ser hombre pleno antes que a declinar verbos o resolver ecuaciones, o bien proponer, como Rousseau en el ‘Emilio’, que el verdadero oficio que se trata de enseñar al niño es el de vivir, el pavesiano “mestiere di vivere” en el que el gran poeta incluyó su propio suicidio. El Rey ha enviado un mensaje a los profesores en reconocimiento de su “admirable esfuerzo y sacrificio”. Es lo menos que se merece esa maltratada tropa.

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Mal nos va con la herencia degenerada de Rousseau en los últimos tiempos. Tanto que el primer ministro francés, Nicolás Sarkozy, en un discurso dirigido a los enseñantes ha incluido, entre otras importantes iniciativas, una frase decisiva –“Aspiro a una escuela en la que, cuando el profesor entre en el aula, los alumnos se pongan en pie”–, frase que nos proporciona una idea ajustada de por donde va la vera en materia de enseñanza. Igual que en Inglaterra y en otros países, parece que ha llegado la hora de recuperar la “auctoritas” y devolver al pedagogo su imprescindible capacidad frente a la pretensión utópica del igualitarismo docente. Claro que es admirable la tarea del profe, pero lo que está haciendo falta en la escuela no son palabras sino normas que restablezcan un orden perdido fuera del cual se ha demostrado que lo único posible es rebajar niveles curso tras curso. Insistía Sarkozy en que el profesor no puede ser el amiguete del alumno sino esa instancia protectora en la que el propio Montaige veía un “conductor”, un guía todo lo cercano posible, pero no un impropio coleguita, como parece exigir esa nueva clase media que ve en el profesor de sus hijos una suerte de empleado doméstico, alguien al servicio de la casa como los antiguos preceptores de la vieja clase, sólo que pagado a prorrata y a ciegas por la vía del impuesto sobre la renta. La destrucción del inevitable orden académico es la obra suicida de esa ignara mesocracia explotada por un Poder que ve en la blandenguería escolar –ésa que permite pegarle al profesor o pasar de curso de un brinco– un aliciente electoralista. Por eso los Reyes acuden solícitos a los colegios populares pero envían sus hijos a las escuelas de élite en las que, naturalmente, ni se concibe la agresión al docente ni se permite el chalaneo a fin de curso. En Francia, el PSF ha debido dar un volantazo ante la enérgica propuesta de la nueva derecha. Aquí la izquierda en el Poder se limita a mimar al díscolo y a enviar a sus vástagos a los colegios de pago.