Comprensivos canónigos

No puede pillarnos ya por sorpresa la petición de un grupo de padres que pretenda retirar los tradicionales crucifijos de las escuelas como en su día se retiraron los cartelones machadianos de la historia sagrada. Ni siquiera que la Guardia Civil reclame la expulsión de la patrona del cuartel, como si la Pilarica fuera el gran problema que, en estos tiempos del cólera, tienen planteado nuestros cuerpos de seguridad. Eso sí, ver a un canónigo cordobés apeando el crucifijo de una capilla de la Mezquita-Catedral para que no estorbe en un acto cívico-político es ya harina de otro costal, y peor si cabe en caso de que alegue en defensa propia, que se basa en un acuerdo del cabildo que pone en pie de igualdad al Presbiterio con el Mihrab. Conviene hacer estas críticas desde la neutralidad que implica la independencia, pero hay que aceptar el cabreo de los cristianos por esta rendición incondicional que se abre paso día a día. Los (nos) están poniendo mirando para La Meca no sólo los radicales del islamismo en boga sino unos canónigos a los que nos les llega la casulla al cuerpo. 

Atraco en Madrid

Está bien que al Recre hayan de ganarle ya los grandes equipos echando mano a la pistola o que los árbitros se rajen ante quienes tienen fuerza y dinero en la Liga, mientras, como ocurrió el sábado, todo el mundo –toda Huelva en este caso—pueda ver por sus propios ojos la zafiedad del atraco. Lo que ya no está ni bien ni medio bien es la politización del fútbol y, en concreto, la estrategia de dividir deportivamente a la capital y a la provincia a base de identificar al Decano con el Ayuntamiento y al Ayuntamiento con un partido. Si llegara a confirmarse que el sábado hubo en Huelva quien festejó la derrota del Recre en clave electoralista, lo justo sería que la gente –los votantes onubenses–  llegara a ver las caras de los que brindaron con ese champán. Pero en todo caso, ahí está el éxito deportivo conseguido durante estos años por un club al que Ayuntamientos anteriores dejaron en la estacada y que hubiera desaparecido sin no llega a ser por el apoyo que recibió del actual. Brindar porque el Recre pierda es una miseria, incluso si muchos de esos brindadores son forasteros en la ciudad.

Contrautopía minimalista

Le han dado el Nobel a un banquero de Bangladesh, Mohamed Yunus, un nieto de Gandhi que ha sabido encontrarle el revés a la trama de la utopía, el mismo que ya ganara hace unos años el ‘Príncipe de Asturias’. ¿Por qué no darle al pobre su oportunidad, por qué prejuzgar su insolvencia en lugar de proporcionarle el crédito a la medida adecuada de su estatura productiva? Más o menos la filosofía del proverbio oriental: más vale enseñar a pescar que dar pescado. Unos cuartos para hacerse con la rueca, un puñado de dólares para inaugurar el gallinero, para comprar la primera vaca, tal vez para instalar en la esquina el puestecillo de enchiladas. En Bangladesh como en Perú, en Costa de Marfil como en Nicaragua. Dinero menudo, no limosnas, pólvora seca para el primer disparo. ¿Quién ha dicho que los pobres no pueden ser empresarios? Yunus ha comprobado en estos años que la práctica totalidad de sus “clientes” (nada menos que un 96 por ciento) devuelven escrupulosamente lo recibido sin aguardar el protesto. ¿Serán mejores pagadores los pobres que los ricos? Yunus ha dado un salto cualitativo y propone ahora un plan decenal para ampliar su trama por toda África, ya en el marco coordinado de las grandes oenegés (Cruz Roja, Media Luna Roja), desde el convencimiento de que lo único capaz de romper el círculo de hierro de la miseria es una gran paradoja: la atribución a esos desposeídos de la responsabilidad empresarial. Ya sabíamos que la instalación de una fuente pública (lo han demostrado hace mucho las damas de Manos Unidas) puede cambiar la vida de una comunidad. Lo que Yunus pretende es dar sobre esa evidencia otra vuelta de tuerca financiando el pequeño negocio. En economía, como antes en historia o en política, triunfa el enfoque ‘micro’. Es la contrautopía minimalista, la sublimación de la fantasía pequeño-burguesa, tal vez el único regate posible del antisistema y, de hecho, muchos miles de familias que empezaron con la calderilla de los microcréditos de Yunus han salido adelante. Un calvinismo para indigentes, la caridad finalmente bien entendida como un humanismo gradualista y eficaz. No está mal para empezar. ¿O será para terminar?
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Por lo visto Mohamed Yunus comenzó su tarea con veintidós dólares en caja pero hoy cuenta con un capital invertido que supera los 4.500 millones. Otra gran lección, pues: hasta de la contrautopía saca tajada el capitalismo, hasta el minimalismo más estricto le sirve para multiplicar los panes y los peces en la montaña del Mercado. Pero la realidad es que esa esperanza alumbra ya la vida por medio mundo mientras prepara el asalto al otro medio, quizá porque la propia lógica del Mercado impone su convicción puritana de que el mérito obtiene siempre su recompensa y también, por supuesto, porque, al menos de momento, esta contrautopía contribuye a garantizar todavía más  la inmunidad contra la revolución, es decir, a reforzar la integración, a cohesionar el grupo, a dejar fuera de juego los sueños insurgentes. Del cambio a la iniciativa, de la esperanza al pragmatismo, de la represión al microcrédito, el mundo evoluciona en sentido contrario al entrevisto y anunciado por los profetas del XIX y los revolucionarios del XX. Hemos pasado casi sin notarlo de la abolición de al propiedad a su protectorado y de la nacionalización de la banca al crédito sin fianza. Todo un imprevisto espacio de supervivencia se abre junto al desierto globalizado y los pobres del mundo terminan de olvidar sus varsoviankas aunque sea sin dominar aún el tres por dos del val. Es una buena noticia la de este premio merecido aunque haga añicos el fósil de la utopía sustituyéndolo por un humanismo homeopático hecho a la medida del paria y escrupulosamente calculado para su fragilidad. Hay que felicitar a Yunus y desearle éxito a su imperio creciente. Ya se encargará el capitalismo salvaje de mantenerlo a raya.

Tocando fondo

Las municipales que vienen están sacando de sus casillas a la clase política y lanzándola sin frenos por el despeñadero de la infamia. Miren al PSOE de Huelva anunciando una campaña contra el alcalde de la capital al que acusa –a sabiendas de la falsedad del hecho—nada menos que de llamar desde el móvil municipal a cientos de prostíbulos. O la réplica del PP amagando con hacer públicos “los excesos nocturnos” del acusador, el secretario provincial del adversario. Un verdadero asco, un repugnante estado de cosas que saca a la luz la vaciedad absoluta de los proyectos políticos pero también la ignominiosa deriva de la vida pública, cada día más reducida a denuncias infamantes de unos contra otros, a dentelladas la mayoría de las veces efímeras, pero que degradan el oficio hasta un nivel intolerable. El desprestigio de la política es resultado directo de la miseria de unos agentes que no se merecen los ciudadanos representados ni debería tolerar una democracia con un resto de vergüenza. 

La nave de los locos

Acabaremos viéndolos con el embudo en la cabeza, como los locos del Bosco, con tal de no tener que despreciarlos como a gente que no se merece, no ya la alta dignidad de representarnos, sino la intolerable impunidad de que abusan. Y si no, miren la idea de enviar a todos los parlamentarios andaluces (¡) un el inmundo “dossier” sobre el alcalde o el proyecto de hacer llegar “a todos los habitantes” de Huelva las biografías de los candidatos del rival en los próximos comicios. Se han metido en un barrizal del que nos saben cómo escapar sus propios militantes decentes asustados con la perspectiva de que Pedro Rodríguez lograra derrotarlos por cuarta vez e incapaces de encontrarle una alternativa fuerte. Parecen auténticos locos (también los del PP cuando hablan de revelar al vida privada de su provocador adversario), y mejor que sea así, con tal de no tener que descalificarlos por las malas. Pero todo indica que esta guerra sucia no amainará hasta que no se conozca el escrutinio definitivo. Los ciudadanos tendrán que acostumbrarse a soportar este espectáculo lamentable. 

Manos blancas

Se hace lenguas la “pomada” chismorreando sobre el brete en que se halla el Príncipe de Asturias ante el nuevo embarazo de su esposa. Cuentan que ellos, los príncipes, preferirían ignorar el sexo del “nasciturus” pero que, por sentido del deber, consultarán al Gobierno antes de decidir, conscientes de que el dato no es irrelevante como pretenden hacernos creer los desdramatizadores profesionales. Estamos, como ven, en pleno romanticismo, porque romanticismo son la pasión nacionalista, la obsesión por la esbeltez o los seriales sentimentales, entre otros muchos rasgos que caracterizan nuestra actual sociedad, pero también por esta discusión sobre el derecho sucesorio y la monserga sálica de la preferencia del varón sobre la hembra a la hora de reinar, que todo el mundo dice que hay que enfrentar de una vez pero que nadie se atreve a resolver. Curioso: en un país gobernado por un ejecutivo paritario, en el que, según anuncia su presidente, pronto habrá más mujeres que hombres, la sucesión al trono sigue en el tejado de Calomarde y la propia Corona no sabe qué hacer con su futuro, presa de los cambalaches políticos. Hay que recordar que el PP se negó en su día a resolver el absurdo constitucional de la discriminación ante el silencio cómplice de una izquierda real o sedicente que tampoco vio clara la jugada igual que no la ve ahora. Pero es evidente que el romance de doña Leonor no podrá sostenerse si en la familia nace un varón que sería, de modo automático, el heredero constitucional. Ya ven cómo es cierto que estamos donde estábamos cuando Calomarde se veía las caras con la infanta Carlota, pero con la diferencia, verdaderamente paradójica, de que en esta ocasión el pleito de la legitimidad carece de sentido en una sociedad que ha aceptado irreversiblemente la igualdad entre los sexos. ¡El mundo en plena “tercera guerra mundial”, según dicen, y nosotros a vueltas con la Pragmática Sanción! Lo único que nos salva es la indiferencia masiva frente al fondo del pleito en este país que bien sabemos que lo mismo se pone la flor de lis en la solapa que se cala el morrión.
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El éxito de esta monarquía “instaurada” ha sido más bien pírrico en una nación que permite ya que se cuestione a plena luz del día su misma integridad. Su fracaso es perceptible en el hecho de que su vigencia se manifieste con más fuerza en la crónica rosa que el dietario político. Pero no es desdeñable el riesgo que implica mantener una discriminación que, aunque cualquier parangón con el pasado resulte inverosímil, podría acabar replanteando, en plena postmodernidad,  el debate calomardiano que abrió la saga de nuestras guerras civiles. Demasiado postizo lleva encima ya una institución auspiciada por la vieja dictadura como para acumularle un pleito sucesorio que, para empezar, pone en evidencia a la propia Constitución y deja en precario nuestro eventual progreso moral. Por eso quizá una cuestión con tanto fundamento social y político puede reducirse en la crónica de sociedad como si realmente se tratara tan sólo de un detalle corregible en cualquier momento y de un  simple plumazo. Contra todo eso parece dirigirse la preocupación del actual heredero, que ve seguramente con claridad que de nacer un heredero varón antes de modificarse la Constitución vigente, una solución tardía habría de implicar sin remedio la incómoda pérdida de su derecho, algo que no tendría mayor trascendencia en una familia común pero que tiene toda la del mundo en una monarquía hereditaria que vive acogida a la sombra del mito de la continuidad. Tengo entendido que las encuestas constatan la indiferencia del gentío ante esa cuestión de fondo que, sin embargo, cuenta con un apoyo social masivo. Algo es algo. En una sociedad de verdad monárquica estaríamos ante un problema digno de Salomón.