Alerta en el ‘JRJ’

Convendría confirmar con rigor si es cierto, como me aseguran fuentes sindicales y hospitalarias, que nuestro “hospital de referencia”, el ‘Juan Ramón Jiménez’, soporta en este momento la más alta contaminación por ‘legionella’ de su historia en aguas sanitarias. Es el viejo problema nunca resuelto por estos mandrias, el que ya hizo que durante meses a los enfermos y acompañantes hubiera que facilitarles agua mineral para beber y asearse. Y los mismos responsables, por supuesto, que son, aparte de los políticos que desde el partido respaldan tanta incuria, un delegata al que no le caben ya dislates en su tremendo historial y una consejera capaz de decir algo tan femenino como “¡A mí no me toquéis la p…!”, con perdón, pero sin arrestos o capacidad para erradicar un problema tan grave como el mencionado. Es imprescindible que la autoridad aclare qué ocurre en el ‘JRJ’, si es verdad o no o en qué medida, que vive en el filo de esa navaja epidémica. Anteponer los intereses partidistas al interés de los ciudadanos es un disparate de lesa democracia. 

Un hombre libre

Perfil de Antonio Gala por Jose Antonio Gómez Marín

Cuando me planteé elegir una personalidad señera para concelebrar este “centenario” de nuestras “Charlas en El Mundo” pocas dudas tuve antes de decidirme a proponerle el encargo a Antonio Gala. Tiene Gala singular atractivo para la inmensa mayoría no sólo como persona de probado criterio sino como personaje –y eso es ya, en términos gracianescos, algo que depende más del ojo ajeno que de su propia voluntad—cuyo peso en la vida pública española no precisa ser subrayado. El hombre original, el poeta delicado, el atractivo novelista, el articulista incisivo que en una pieza es este hombre peregrino lo han convertido hace mucho en un referente de nuestra vida cultural y, en ocasiones, también de nuestra vida política. Es posible, en cualquier caso, que mi concepto y mi visión tanto de la persona como del personaje no coincidan, el menos de entrada, con los de quienes se atengan a su perfil mediático, sin duda atractivo, pero quizá, al menos para mí, insuficiente.

Hay una distancia larga entre la ‘persona’ y el ‘personaje’, entre la imagen que nos proporciona el conocimiento atento y directo de alguien y la sombra que, iluminada por la luz terciada de la vida, proyecta esa realidad íntima. Y, ciertamente, por lo que se refiere a Antonio Gala, muchos años de observación atenta y algo devota de una y de otra tal vez me permiten hoy distinguir entre ellas de modo que acaso no coincida con el de la estimativa más general. Para decirlo todo de una vez, lo que trato de dejar claro es que mi visión de Antonio Gala, simpatizando con su leyenda amable e inevitablemente “literaria”, tiende a valorar más, por debajo o por encima del ‘personaje’ popular, a la ‘persona’ enteriza que ha sabido mantener, a través de tiempos tan difíciles, un mismo gesto ético y una moral autónoma capaces de soportar el peso de su compromiso público.

Porque, verán, Antonio Gala es ante todo un espíritu comprometido con un puñado de ‘certezas’ –y ojo, porque no pretendo ahora decir de ‘verdades’—sobre las que ha construido al unísono el edificio de su vida y de su obra, un ámbito reservado y no poco exclusivo desde el que ha tratado de alcanzar una independencia insólita compatible con una excepcional capacidad de influencia. Se equivoca, a mi juicio, quien vea en la crítica política que Gala prodiga un ejercicio suplementario del creador, algo así como una entrometida licencia del poeta (y ahora sí que hablo en griego) que invadiera ocasionalmente la plaza pública con su voz disonante o cautivadora. Y se equivoca porque, sin perjuicio de esa índole poética, tanto la persona como el personaje de Antonio Gala han estado desde que yo les sigo el rastro –y va ya para muchos años—radicalmente comprometidos con la realidad contemporánea y, en concreto, con la vida española que es, sin género de dudas, una de sus pasiones dominantes. A algunos no nos sorprendió, por eso mismo, aquella aventura de los molinos que Gala protagonizó quijotescamente cuando la sedicente izquierda española se rajó ante las presiones para desdecirse de su tradicional neutralidad estratégica y rechazar el alineamiento en la OTAN. Como no nos sorprendió la entereza de su discurso, la energía moral de su exigencia y el rigor de su apuesta política que, frente a la miseria de los rendidos, resaltaba, hay que reconocerlo, con un brillo especialísimo. Y no nos sorprendió quizá porque, aunque distinta en el tono y diferente en la impostación, no era difícil identificar en esa voz, la voz de siempre, la misma que en los poemas desmayaba por el hombre y sus debilidades, la que en sus prosas diversas se revolvía inquieta en busca de un norte común y de una deriva decente.

Gala nos hablará hoy de la Libertad, de cuanto en ella hay de materia mítica, que es, por supuesto, lo que la inerva y robustece, lo que hace que por ella merezca la pena vivir y, llegado el caso, según dice los héroes, también morir. No de la libertad minúscula que se predica en mítines y pasquines, sino de la grandiosa que confiere al hombre su naturaleza última precisamente por ser ella condición o requisito de la propia vida, la libertad que nos esclaviza sartrianamente y nos hace libres como la verdad de Juan. De ella viene a hablarnos Gala en esta tribuna que libre ha querido ser ante todo y que hoy dobla una sugestiva esquina del tiempo, una vuelta del camino, como diría Baroja, más allá de la cual –y ahora quien habla es Pessoa—nadie sabe qué nos aguarda aunque nos es forzoso saber qué buscamos. Las “Charlas” han sido un privilegio para Huelva y Gala lo es hoy para las “Charlas”, es decir, para ustedes. Y con todos sus avíos: con su ternura y su dureza, con su impertinencia y su discreción, con ese personalísimo estilo, en definitiva, que ha hecho de él una figura indiscutible de esta difícil hora española. Dentro de unos años, cuando otro “centenario” nos de la ocasión, volveremos a invitarlo con la esperanza, desde ahora, de que lo que para entonces tenga que decirnos sobre la Libertad pueda prescindir de la aspereza de la prosa crítica porque quepa ya holgadamente en un poema. 

Los otros guerrilleros

Parece que, como tal vez no podía ser de otra manera, la moda de los reventadores de actos ha llegado también a Andalucía. No es sólo ya en el País Vasco –ese territorio en libertad vigilada—donde al ciudadano no se le garantizan los derechos que le otorga la Constitución, ni siquiera en Cataluña, reino de la intolerancia nacionalista más desacomplejada, donde el discordante no puede manifestarse en público, sino en la pacífica y no poco mansueta Andalucía, según acabamos de comprobar en Granada y en sede universitaria en la violenta bullanga organizada contra Fraga en la inauguración del curso. Ninguna muestra de descomposición más elocuente que ésta del imperio de la violencia y su empleo como instrumento político, y pocas tan peligrosas en el clima de enfrentamiento maniqueo, sin duda auspiciado por la propia estrategia gubernamental, que se desarrolla hoy bajo la excusa de recuperar la memoria histórica. Es verdad que el propio presidente de la Junta y del PSOE ha debido desautorizar a esas bárbaros y que las Juventudes Socialistas han rechazado como impropio semejante ataque a la libertad de las personas y de las instituciones. Era lo menos que podían hacer. Pero pone los pelos de punta escuchar la desinformada y tremenda retórica del Sindicato de Estudiantes mostrando “todo su respaldo” a esa “partida de la porra”, escucharle decir bobadas como que la presencia de Fraga en una universidad constituye “un insulto para la izquierda así como para el  movimiento estudiantil y obrero (¿)”. Da grima oír a unos jóvenes criados en democracia ver en ese ejercicio incívico “una reacción espontánea de una mayoría” contra cuyos miembros aseguran que Fraga firmaría sin despeinarse las sentencias de muerte que fueran precisas. ¿Se les está yendo o no se les está yendo de las manos la función, era o no peligroso sembrar los vientos que están provocando hace tiempo estas tempestades? En España empieza a ser normal o a considerarse inevitable no sólo la exclusión de Fraga o Carrillo, de Acebes o de Piqué, de la vida pública sino el silencio impuesto ya en muchas ocasiones a gente como Savater, Rosa Díez, Albert Boadella, Arcadi Espada o cualquiera que ose discrepar de la opinión minoritaria pero realenga de esas partidas tumultuosas. Entre la ‘kale borroka’ y estos porristas de ocasión no hay más que una diferencia de grado y el Estado carece de autoridad para cumplir con su elemental función como garante de la libertad y la seguridad de todos. Es triste y es indignante escuchar a estos jóvenes envenenados. E inquietante comprobar que su anomia es tolerada como inevitable.
                                                               xxxxx
Hay una diferencia, en todo caso, entre los demócratas y esos revolucionarios mediopensionistas. Y es que mientras los primeros no consideran democrático un régimen donde un solo ciudadano sea silenciado por la violencia, para los segundos silenciar por la violencia es acaso su única (sin) razón política. Son “los otros guerrilleros”, y como aquellos –los que se afiliaban nada menos que bajo la advocación de Cristo Rey– probablemente acabarían escondidos bajo las piedras, a las primeras de cambio, en cuanto la autoridad los pusiera en su sitio. No hay modo, por eso mismo, de condenar a estos rebeldes sin causa sin pedirle cuentas a esa autoridad débil, atrapada en sus inconfesable compromisos, que tunde a palos, cuando el caso llega, a los jornaleros que importunan a una duquesa amiga, pero permite que los alevines de sus “amigos políticos” destrocen la democracia como en los viejos tiempos. Una pena, que cuatro gatos puedan erigirse en instancia superior a la Constitución y administrar por su cuenta, aunque con poco riesgo, la libertad de los demás. La de Carrillo como la de Fraga, o la de los demócratas de esa lista en la que, por desgracia, a estas alturas faltan ya muchos. La revolución de pacotilla es un disparate. Pero el fracaso de la autoridad es un drama que puede terminar en tragedia.

Paripé vergonzante

El “caso Chaves” es natural que sea pinchado, en la medida de sus posibilidades tanto por la Junta como por sus actores. No van a reconocer así como así que en torno al Presidente sus familiares han tejido un entramado de influencias como una catedral ni se les puede pedir que se traguen ese amargo veneno que los dejaría a los pies de los caballos. Pero una cosa es reconocer ese humano derecho a salvarse de la quema y otra muy diferente recurrir a paripés tan ignominiosos como el de respaldar la no responsabilidad política de un director general hermanísimo que adjudica un contrato a la empresa que “asesora” el otro y en la que trabaja su propio hijo, con el propio argumento de ésta. El “caso Chaves” lleva el mismo camino que el “caso Guerra”: degradarse a fuerza de maniobras equívocas. Lo único coherente que hasta ahora cabe registrar en su crónica es el forzoso silencio del Presidente.

UGT viaja sola

Los sindicatos con representación en el Ayuntamiento de la capital, es decir, CCOO, CSI-CSIF y STAH, están que trinan con la UGT por haberse saltado a la torera, al parecer, todas las bardas y formado por su cuenta y riesgo una junta de personal,. Que no tiene más valor que el que ella quiera darle, por supuesto, pero que, por si acaso, sus rivales van a llevar ante la Justicia para ver cómo se come ese raro menú. Tras ello está, sin duda, el control de la Policía Municipal que UGT pretende consolidar y, por supuesto, el manejo de los hilos en los procedimientos de recluta de nuevos policías por parte del consistorio. Pero de ser la cosa como la cuentan aquellos rivales, la verdad es que UGT –en especial tras el papelón que está haciendo en Diputación—parece que pierde el rumbo y navega un poco a la deriva entre los sargazos de la dependencia partidista.

Los pobres ricos

Las elecciones en Ecuador –un imitador  (¿un títere?) de Chávez, un magnate bananero y una ‘barbi’ platino—han conseguido asomar a titulares por el hecho significativo de que sus dos millones y medio de emigrantes hayan votado masivamente en el extranjero por obligación legal y, en consecuencia, con el único propósito declarado de evitar la multa. Inquieta  a los observadores con sentido común que se establezca en la región otra base del chavismo, así como el hecho de que la alternativa en la política hispanoamericana continúe entrillada en el peligroso binomio explotación-indigenismo. En este caso, los ecuatorianos eligen un presidente para suceder a los nueve que, entre tumultos y asonadas, han desfilado en los nueve últimos años –a presidente por año, que se dice pronto– tres de ellos tan fugazmente que ni han terminado el mandato. Y lo hacen en un país atribulado del que los ciudadanos huyen a la aventura porque baja el nivel de vida, suben la inflación y el paro (grave paradoja antikeynesiana) y hasta apunta una oscura crisis financiera tal vez producto de las guerras intestinas que libra la propia oligarquía. Ecuador tiene doce millones y medio de almas (dos y medio, en el extranjero, sobre todo en España y los EEUU) y una economía dual basada en el petróleo y las remesas enviadas por los emigrantes, que, medianamente ordenada al bien común, como diría el clásico, haría de un emporio de un país que produce 380.000 barriles de crudo al día (de los cuales procesa más de 150.000) y que ha recibido de sus emigrantes en los últimos veinte años nada menos que 18.000 millones de dólares, es decir, tres veces su presupuesto nacional y un quince por ciento del ingreso. Pocos escándalos como éste de Ecuador, un país sobrado de riqueza pero forzado a buscarse la vida fuera por un modelo de organización corrupto contra el que la mayoría hace tiempo que renunció a luchar. Los gorilas tienen en él una besana abonada y, evidentemente, lo saben bien.
                                                                 xxxxx
La evidencia de que el atraso de muchas naciones no responde a factores objetivos sino a los poderosos designios oligárquicos, por lo general conectado con los grandes intereses externos, gana terreno cada hora que pasa. No tenemos más que imaginar lo que podría hacerse en un país como Ecuador, con tantos recursos y una población tan modesta, a poco que una mínima voluntad de justicia inspirara el gobierno de las cosas. Y sin embargo, no parece que claree el horizonte ecuatoriano bajo la doble luz de un bolivarismo, obviamente ajeno a la realidad, y la rapacidad de un capitalismo incapaz de plantearse siquiera los riesgos que, ante esa aventura desconcertante, corre el continente en su conjunto. Países ricos en recursos y con poblaciones discretas que viven situaciones de pobreza extremada cuando no de miseria, “pobres ricos” sin otra salida que la que le ofrece la incierta odisea migratoria, y políticos incapaces de repensar el modelo social en términos tan viables como equitativos: mal cesto podrá hacerse con semejantes mimbres. Lo demuestran esos nueve presidentes meteóricos volteados en nueve años, pero lo prueba sobre todo esa riada humana de su diáspora emigrante que el domingo pasó por sus consulados proclamando descarada que si votaba no era por sentido cívico ni compromiso alguno con una clase política vista como una banda exactora, sino por librarse de la multa que impone el voto obligatorio. Ahí está, junto a la paradoja ecuatoriana, la posibilidad cercana de que desde México a Perú pasando por Brasil y Venezuela, un mesianismo montado sobre la violencia y la corrupción se apodere las esperanzas de unas muchedumbres que viven míseras sentadas sobre sus enormes tesoros. Malo si ganan unos, peor si lo consiguen los otros. Estos pobres paradójicos escenifican, un poco por todo el mundo, la tragicomedia de una política que les es tan ajena como su propio destino.