TV de partido

Una multitud apretada en la Casa Colón para asistir a la “Charla en El Mundo” de María San Gil: silencio absoluto por parte de Canal Sur. Una audiencia medianilla para escuchar a un personaje, curioso todo lo más, de la órbita del partido en el poder: ahí estaba Canal Sur para dar cuenta puntual del acto. La tele que pagamos entre todos –una de las más caras del mundo—es un simple instrumento de partido que actúa al dictado del partido en beneficio de los intereses del partido, con absoluto desprecio de la ética elemental que la obligaría a informar por igual a todos los ciudadanos sin tener en cuenta lo que interesa al PSOE o lo que le perjudica. Tras sus actuaciones en Gibraleón –en contra incluso de su directora, que fue expresamente desautorizada—o en el atraco de Punta Umbría, esta miseria diaria de la discriminación y el uso partidista del medio público, que deja en claro la condición subordinada, servil incluso, de Canal Sur. Los onubenses sabrán por esa tv exclusivamente lo que al PSOE interese, ignorarán cuanto le perjudique. Después de todo, nadie los obliga a sintonizar esa “voz de su amo” ni les impide cambiar de canal. 

“Oculta semina”

Ha dado la vuelta al mundo la imagen del pez peatón hallado en el Ártico por un grupo de sabios difundido hace poco por la revista ‘Nature’. Esa ‘cosa’ habría vivido hace, año arriba año abajo, la friolora de  383 millones de abriles, unos cuantos más que los de aquel otro descubierto hace tres cuartos de siglo y estudiado en estado fósil dando pie a la discusión sin fin sobre si fue o no el eslabón perdido entre el animal marino y el terrestre, es decir, el protagonista de la mítica invasión de la tierra por la vida primitiva. No cejan esos talentosos de escudriñar los nichos y alveolos más recónditos en busca de la prueba del origen de la vida, cada cual con su teoría del modo en que pudo producirse ese milagro fundante de toda experiencia, una curiosidad muy antigua que cuando menos podemos remontar a la idea de la “panespermia” lanzada por Anaxágoras, quien veía salir del légamo a esos monstruos aurorales como quien contempla en la duermevela de la siesta un documental del Nacional Geographic. San Agustín, por su parte, entendía la vida como un fenómeno oportunista surgido de unas misteriosas semillas –las “oculta semina”—esparcidas en la medio natural a la espera de una circunstancia propicia para desarrollar su milagro, una propuesta que hay que decir que lo más que ha hecho luego ha sido cambiar de envoltorio teórico, desde las audaces descubiertas conceptuales de los renacentistas hasta nuestros días, pasando por Leibnitz. Incluso en nuestro tiempo un tipo como Needham recuerdo que no era capaz de desprenderse de la vieja sugestión de que la vida estaría ahí desde el origen del mundo y en estado latente, como agazapada en la materia en forma de principio vivificador, que viene a ser lo mismo, en fin de cuentas, que hubieron de sostener, haciendo equilibrios, materialistas como Oparin y sus colegas de la Academia de Ciencias soviética. No me digan que el ‘Génesis’ no resultaba mucho más expeditivo y hasta poético, ni me nieguen que la distancia entre el pragmatismo materialista y los idealismos de toda la vida es, en el fondo, insignificante.
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Esta temporada, sin embargo, parece que la ciencia se ha trasladado a un nivel infinitamente diminuto en busca de un origen que carece de lógica representar de sopetón en forma de pez cuadrúpedo. Un día ha sido una bacteria durmiente, muerta acaso, que vuelve por sus fueros en condiciones adecuadas, otro las que se aferran a la vida en la orilla marciana del río Tinto, antier mismo las que han hallado enterradas a tres kilómetros en una mina de oro y tras millones a de años sin contacto con el exterior, unos aplicados espeleólogos para poner de manifiesto que puede haber vida ajena a la energía solar y organismos elementales dependientes en exclusiva de las propias energías geológicas en las que, con un mínimo esfuerzo adaptativo, bien podemos recuperar las “semina” agustinianas o incluso los “espermatas” del griego. Antes de llegar al pez peatón hay, sin duda, un largo trayecto evolutivo en el que la materia ha debido liberar las “almas generatrices” de que hablaba Paracelso y que tanto desdén inspiraban a un Engels que si levantara la cabeza es más que probable que revisara de cabo a rabo sus incredulidades tanto como sus certezas. A nosotros, los vivientes de a pie, la abrupta imagen de ese pez peatón, funcional y disforme, que anda en las portadas de los periódicos, no tiene más remedio que producirnos un cierto mareo cosmogónico y la inquietante sensación de que lo más probable es que andemos aún muy alejados de la meta en la que un día, seguramente bien lejano, obtendremos la evidencia de ese secreto tan bien guardado que desvela a los hombres desde siempre, generación tras generación. Dicen que estas pesquisas nos llevarán tal vez a descubrir otras vidas y otros mundos. Visto lo que ha dado éste de sí, la verdad es que cuesta imaginar la razón de ese empeño.

El teatro estatutario

Como si todos nos hubiéramos olvidado de que la mayoría ha sostenido todo el tiempo que la reforma estatutaria en Andalucía era un truco de Chaves para encubrir el estropicio catalán, ahí tienen las cábalas y malabares de unos y otros, atrapados todos en la trampa dispuesta por Chaves: o te subes al carro o estarías donde estaba la UCD y Martín Villa hace tantos años. Falso debate, falsas solciones, por más que se disfracen de sesudas, en las que el PP va cediendo terreno –a rastras de la “estrategia valenciana” de su partido—ya veremos hasta donde. Porque si, finalmente, tragan con conceptos chuflas como ése de la “realidad nacional” o hacen como que e se olvidan de la llamada “deuda histórica”, van a quedar por los suelos todos y cada uno. Menos Chaves, que se habrá llevado el gato al agua, IU domesticada por sus números rojos, el PA al pairo y a merced de la corriente, y el PP atrapado en sus complejos históricos. Pocos camelos han sido tan hábilmente transformados como estos borradores inventados. Los ciudadanos deberían ver la bolita bajo el cubilete del trilero. 

Doñana, en buenas manos

Por fin se le ha ocurrido a la superioridad que la conservación de algo tan delicado como Doñana no debe depender de políticos oportunistas sino de científicos que sepan lo que traen entre manos. O eso parece indicar el nombramiento del profesor Ginés Morata, premio Ramón y Cajal, destacado investigador del CSIC, como responsable de ese patronato que ha pasado de mano en manos políticas desde Guerra hasta nuestros días, en plan trofeo para políticos encumbrados o entretenimiento para caídos del pedestal. Separar la gestión científica de la gestión política era fundamental, y ocurre, además, que Morata es conocedor antiguo del Parque Nacional, en cuyas dunas inició sus trabajos nada más licenciarse. Un buen fichaje, una buena providencia, que da la razón a quienes venían demandando hace decenios la despolitización del cargo y el protagonismo exclusivo de los técnicos. 

 

La tortura legal

La precampaña electoral americana se está convirtiendo en una atropellada carrera sobre los clásicos derechos humanos que han hecho célebre la democracia de la gran potencia. El presidente Bush acaba de reservarse legalmente la prerrogativa de interpretar el significado y alcance del trato dado a los prisioneros, es decir, de legitimar por su cuenta la tortura a los detenidos, un asunto que no es en absoluto nuevo si recordamos que, según reveló el Wall Street Journal no hace tanto tiempo, Rumsfeld solicitó y obtuvo de un grupo de “notables juristas” un dictamen en el que se sostenía la licitud de las torturas infligidas cuando la información buscada justificase el imprescindible empleo de los malos tratos. Recuerdo la que se armó cuando, con motivo de la detención del gran asesino pakistaní Jalid Sheij Mohamed, la “doctrina” imperial acuñó el concepto de la “presión apropiada” para referirse a atrocidades como los tormentos de privación del sueño, los cambios extremos de temperatura y el empleo de misteriosas drogas no especificadas. También el revuelo organizado tras el descubrimiento de las ergástulas de Guantánamo o Abu Ghraib en que la humillación se añadía a las sevicias más inhumanas. Los EEUU se han negado siempre a firmar el Tratado Internacional de la Tortura –igual que se cerraron en banda para no adherirse al Tribunal Penal Internacional mientras no admitiera la impunidad de sus propios agentes— y el propio espectáculo del pulso judicial al ejecutivo, que hemos visto fracasar varias veces, pone en evidencia la determinación a no renunciar a ese instrumento que Voltaire deploraba ingenuamente en su tiempo que el progreso no hubiera conseguido abolir de la faz de la Tierra. Después de todo, si en Roma la tortura se reservaba a los esclavos, en la mismísima Atenas se admitía su práctica para tratar los crímenes de Estado, y en nuestra España democrática, sólo en veinticinco años, Amnesty International ha constatado más de un centenar de casos judicialmente reconocidos. Pocos estigmas bárbaros se habrán resistido tanto como el de la tortura a desaparecer de la crónica negra de la Humanidad.
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Volviendo a la coyuntura electoral yanqui, más que la brutalidad de Bush me ha escandalizado la marcha atrás escenificada por la candidata Hillary Clinton al pasar de la condena expresa del tormento, mantenida bajo la advocación de George Washington, a la aceptación de su utilización legal en el caso de que los detenidos tengan información (¿) sobre una amenaza inminente al pueblo americano, una solución nada salomónica que la dama entiende, sin salir del plano técnico-político, como un simple “apartamiento de los estándares internacionales”. El horror de las cárceles secretas o la infamia de los aviones inquisitoriales permitidos por nuestras democracias, los calabozos sustraídos al control judicial o los suplicios aplicados por encargo en países bárbaros pero amigos, empiezan a encajar, después de todo, en un panorama dominado por el miedo en el que ningún político está dispuesto a exponer su éxito mostrando una cara humana que podría ser interpretada en clave de debilidad. En cierto modo, es probable que el daño de mayor cuantía que la amenaza terrorista pueda causar al sistema de libertades sea esta defección moral que, en pleno siglo XXI, auspicia sórdidas teorías de la legitimidad del tormento entendidas, faltaría más, bien como supuestos excepcionales, bien como paréntesis forzosos en la normalidad democrática. Y ya me dirán quién puede tirar la primera piedra, a estas alturas, en un mundo en el que el debate sobre la legitimidad del suplicio apenas es ya más que un escrúpulo. La diferencia entre Hillary y Bush es, en este asunto, meramente gradual, y en cierto modo, esa maniobra casuística la hace aún más repugnante. Puede que no tardemos mucho tiempo en comprobar que la vieja aspiración ilustrada ha rebotado, tras el 11-S, mucho más atrás de Voltaire.

El bozal y la porra

No puede hablarse libremente ya en nuestras universidades –ni en Cataluña, ni en el País Vasco, pero tampoco en Andalucía por lo que vamos viendo–, al menos sin el consentimiento de los llamados “grupos incontrolados”, esto es, los reventadores de izquierda o de derechas, ambas extremas, a los que la autoridad académica les pasa la mano por el lomo. El argumento dado del rectorado de Granada para ni siquiera abrir expediente a los bárbaros que impidieron la inauguración del curso en Ciencias Políticas de que no se da en esa actitud vandálica “ningún tipo de delito penal”, resulta birrioso total porque, de ser aceptado, abriría la puerta a la censura a la carta por ambos bandos, eso sí. A mi no me da igual que se le impida hablar ni siquiera a Fraga o a Carrillo, pero aquí no pueden hablar ya desde Boadella a Savater pasando por Espada o Rosa Díez y eso es definitivo. La universidad tiene que garantizar ese derecho básico y para ello resulta imprescindible que no escurra el bulto y ponga a los salvajes extremistas en su sitio.