Uno por libre

Luego me han comentado que el caso es, si no viejo, al menos bien conocido, pero cuando yo lo escuché en la radio nocturna hube de sacudirme para espantar esa sensación narcótica, tan propia de la duermevela, que consiste en no saber si vives o sueñas. La voz era de un joven español, catalán y creo recordar que medio aristócrata tronado, que defendía a capa y espada la bondad del régimen norcoreano de la dinastía Kim, el mismo al que la ONU tiene pendiente de juzgar por violación sistemática de la mayoría de los derechos humanos. Pero el entrevistado sostenía imperturbable que esa fama es inventada y malévola, producto vulgar de la propaganda neoimpoerialista de unos Estados Unidos a cuyo servicio estarían las asociaciones internacionales que luchan por la paz y la justicia. ¿No hay fusilamientos en Corea del Norte, no es cierto que el país está cerrado a cal y canto, es verdad que funcionan en su territorio campos de concentración en que se pudren los disidentes? El señor Cao, que ésa creo recordar que era su gracia, se revolvía contra cada una de esa preguntas achacándolas por sistema a la propaganda yanqui y a la maldad intrínseca de un mundo que, salvo China acaso, no es más que un rebaño canalla e insolidario, obsesionado por arrancar al joven planeta el bien que vendría a ser la satrapía coreana. Cao vive de esa breva, ni que decir tiene, y lo curioso es que le den bola los programas de radio y tv como si no estuviera clara como el agua su demencia o su maldad.

Siempre habrá un roto para un descosido y un Cao trinconcete para una tiranía. Lo que no encajo, insisto, es el hecho de que se les de bola en el ya de por sí desmadrado mentidero nacional, teniendo en cuenta que, bajo aquella dictadura implacable, hay un pueblo que sufre hace decenios y sobre el que pastorea una estirpe sobrevenida de tardomaoístas que han sido capaces, ésa es la verdad, de vender tan averiada mercancía sin necesidad, por supuesto, de que un espontáneo de Tarragona sin mejor oficio le haga el caldo gordo. Entro y salgo de la modorra, entrillado entre el sueño y la vigilia –que eso es lo único bueno que tiene la pésima radio nocturna– más narcotizado si cabe por la desfachatez y el tupé insolente del extravagante propagandista, y me dejo arrastrar a la inconsciencia. Mañana será otro día y como siempre rondará por ahí un buhonero vendiendo pócimas intragables. “Tié que habé gente “pa to”!, que decía el Gallo, y no me dirán que no llevaba razón.

Arde España

Son incontables ya los incendios registrados este verano. En Andalucía también los ha habido de órdago y, según los sindicatos, ello se debe, en gran medida, a los “recortes” de la Junta y a la falta de preparación de los trabajadores encargados de apagarlos. El consejero del ramo, José Fiscal, ha salido a la palestra para decir, sin tentarse la ropa, que es la nueva ley de Montes que prepara el PP la que “invita a la gente va meterle fuego al campo”: tal como lo oyen. Se explica que estos sobrevenidos tengan que hacer méritos pero no que en Andalucía se acuse a otros desde el PSOE tan temeraria como absurdamente. Aquí se produjo en su día el mayor incendio registrado en muchos años y, en cuanto a recalificaciones de terrenos, para qué hablar. El consejero se busca la vida con excesivas prisas.

Arqueología funeraria

Llevamos unos años intensos en lo que refiere a la arqueología funeraria. El pasado lo pasamos en vilo, pendientes de la rebusca de la huesa de Miguel de Cervantes llevada a cabo en un convento madrileño, odisea municipal que no logró despejar las dudas a pesar de las expectativas despertadas por la liberalidad municipal y por la voracidad informativa de los medios de comunicación, y ahora acaba de ser descubierto el cuerpo de Filipo de Macedonia, el padre de Alejandro, en un paraje griego a pesar del mantenimiento del “corralito”, hallazgo confirmado por la huella de la famosa lanzada que atravesó su rodilla. Algo parecido ocurrió aquí en 2008 cuando los arqueólogos descubrieron en una tumba común de esa maravilla que es la iglesia oscense de san Pedro el Viejo, lo que quedaba de Ramiro el Monje, creo que mezclados con los de Alfonso el Batallador, y más recientemente en Leicester se halló y fue solemnemente enterrado en su catedral el cuerpo de Ricardo III, aquel rey “leve de cuerpo y débil de fuerza” que clamaba ofreciendo su reino por un caballo, identificado sin lugar a dudas al comparar su ADN con el de un industrial mueblista que parece ser que es descendiente suyo, aparte de por las señales de las heridas, algunas de ellas vejatorias, recibidas en su última batalla.

La que no hay modo de hallar es la del propio Alejandro, señalada por unos en Alejandría o en Menfis y hace bien poco en el enterramiento real encontrado en Anfípolis, en plena Tracia griega, aunque las agencias de viaje egipcias continúen llevando sus grupos de turistas al oasis de Siwa — donde dice la leyenda que el malogrado rey quiso ser enterrado en el santuario de Amón, su presunto padre– y ciertas guías oportunistas sigan camelando con el cuento a los ingenuos absortos entre los celestiales mosaicos de la basílica veneciana de san Marcos. Ofendidos en vida y venerados en la muerte, van apareciendo uno tras otro esos fantasmas, para entretenimiento de una opinión insaciable de novedades aunque tan poco respetuosa con la tradición, capaz de tragarse la noticia funeraria –mientras engulle el solomillo frente al telediario– junto a las imágenes del incendio que devasta el monte o las nuevas recientes sobre el fraude nuestro de cada día. Una necrofagia cultural que tal vez nos hace sentirnos vivos frente a la evidencia de la caducidad de este prodigio que es la vida junto al igualitarismo implacable de la muerte.

Rodilla en tierra

Desde que vimos a un papa pedir perdón por el disparate inquisitorial perpetrado hace siglos contra Galileo, no fuimos pocos quienes tuvimos la premonición de que se aproximaban tiempos en que habríamos de ver mucha rodilla genuflexa y, ciertamente, aunque sin otro efecto que el simbólico, esas peticiones de perdón se han prodigado desde entonces. A Billy Brandt lo vimos postrado de hinojos en Varsovia, al presidente serbio Nikjolic en Bosnia, al teólogo Ratzinger en el campo de concentración y al bondadoso papa Francisco acabamos de verlo cantar la palinodia “por los crímenes de la Iglesia durante la conquista de América” en presencia de un pavo que acababa de ofrecerle una crucifijo labrado sobre una hoz y un martillo. Parece incontenible ya esta moda de los perdones rogados en la que hemos de incluir al anterior rey de España, cuitado como un escolar, solicitando perdón al pueblo soberano sin olvidar siquiera el propósito de enmienda. Pero ¿tienen sentido estas solicitudes de perdón a toro pasado o habremos construido un ritual sin otra virtud que la de la justificación política? Una empresa japonesa, la Mitsubishi, acaba de implorar perdón al pueblo norteamericano por haber explotado como esclavos y en condiciones extremas, a miles de soldados apresados en los frentes, una solicitud que acaso podría ser correspondida por los yanquis rogando, a su vez, a esos arrepentidos el olvido de los campos de concentración en los que fue recluida la población japonesa en USA sin otro motivo que la eventual sospecha de colaboracionismo.

Es curioso que Japón pida perdón a esos EEUU por la explotación de aquellos militares –“por los trágicos eventos del pasado” y forzados “por un profundo sentido de la responsabilidad ética”, dice su portavoz– mientras se niega en redondo a solicitárselo a China por el inmenso crimen que supuso la explotación sexual masiva, durante la ocupación bélica, de los cientos de miles de ciudadanas esclavizadas durante la conquista. Aunque, bien mirada, toda esa liturgia de los perdones tardíos bien pudiera no ser más que una estrategia de justificación sin el menor efecto práctico, pero acaso no poco útil en el clima globalizado que, por encima de tensiones y conflictos, aconseja cuidar los intereses de unos y otros. ¡Lamentar, a estas alturas, el error que supuso sostener que era el Sol el que giraba alrededor de la Tierra y no al revés! Galileo sonreirá, sin duda, mirándonos por el revés del telescopio.

Los niños terribles

Al tiempo que el juez Calatayud avisa de que el móvil es una droga en manos de los alevines y que hemos “confundido el cachete con el maltrato”, el Defensor del Menor informó a nuestro veraniego Parlamento de que el número de sentencias impuestas a menores por violencia filioparental aumentó en Andalucía el 60 por ciento en 5 años, por lo que reclamó –tomen nota—una mejor formación de los profesionales (¿) que pueden intervenir en el seno de las familias. ¿Qué les parece el remedio? A uno, sinceramente, no más que una cataplasma contra una pulmonía.

Juzgar al tirano

Tras las peripecias de la Corte Penal Internacional y la impunidad manifiesta de no pocos criminales de Estado, la confianza en la Justicia internacional es más bien escasa en la opinión pública aunque desde 1990, y a pesar del fracaso de la causa contra Pinochet, las cosas hayan cambiado no poco. Sobre todo en África, los tiranos del último medio siglo han solido irse de rositas tras llevarse sus fortunas a lejanos paraísos fiscales, impunidad a la que no han sido ajenas la protección de las grandes potencias. Ahora, un cuarto de siglo después de su caída, el presidente chadiano Habré va a ser juzgado por el tribunal extraordinario creado en Senegal por el nuevo hombre fuerte, Macki Sall, bajo graves acusaciones que van desde las detenciones ilegales y torturas a la de asesinato masivo de al menos cuarenta mil personas que ahora empiezan a ser exhumadas de las fosas comunes. El acontecimiento se debe a la tenacidad de Human Rights Watch y será el primer caso de un criminal africano juzgado por africanos y no por ropones europeos como esos que componen un TPI que los EEUU ni siquiera han reconocido aún, sino por jueces locales de cuyas capacidades efectivas no existen mayores garantías. Algo es algo, en todo caso, si pensamos en los tejemanejes del Tribunal que funciona hace unos años en La Haya, también sin mayores éxitos.

Claro es que el problema de los sátrapas criminales del Tercer Mundo –y por supuesto, su impunidad—no ha surgido de la nada sino de la colaboración interesada de algunas grandes potencias occidentales, acostumbradas a jugar con esos naipes marcados en la timba internacional. No hay mejor ejemplo, acaso, que el de Gadafi, el enemigo reconvertido en socio de la noche a la mañana por los mismos Estados que lo señalaron como cabecilla del terrorismo sin fronteras, pero tampoco es manco el de este Hissène Habré que fue durante años el gran protegido de Ronald Reagan y de François Mitterrand, que en él veían el mejor baluarte frente al expansionismo de Gadafi. ¿Se ocuparán los jueces africanos de enjuiciar también las responsabilidades de esas potencias o habrán de limitarse a indagar en la circunstancia local sin reparar ni poco ni mucho en el peso que en ellas hubo de tener el decidido apoyo extranjero? En otoño veremos qué cabe esperar de esta novedad judicial en la que, de momento al menos, los observadores han depositado escasa esperanza.