Pelillos a la mar

El presidente Chaves acompañará hoy al ministro de Exteriores al Campo de Gibraltar para escenificar la puesta en escena de los acuerdos tomados recientemente sobre Gibraltar por las bravas y sin previo aviso. Los recibirán, sin duda, un buen puñado de pensionistas españoles que en su día trabajaron en el Peñón –todo por el voto—y es justo que así sea, pero a cambio será un gesto más entrega a la reivindicación gibraltareña que, incluso obviando sus insalvables aspectos históricos y jurídicos, suponen hoy por hoy un evidente factor de riesgo para la vida social y económica española en la medida en que ese territorio colonizado es ante todo la mayor sede de la economía negra al alcance de los españoles. El cambio de estrategia del PSOE (aún en tiempos de González se consideraba innegociable la soberanía) puede que no despierte hoy los ecos del pasado pero no cabe duda de que consolidar ese fortín negociante y paraíso fiscal constituye una irresponsabilidad de que sólo el tiempo permitirá comprobar el alcance.

Calumnia, que algo queda

Menos mal que alguien –el alcalde de Punta Umbría en esta ocasión—se va al Juzgado con las calumnias de un insensato y exige responsabilidades en esta especie de póker subastado en el que pueden jugar ya hasta los mirones. Tratar de implicar a ese alcalde con un imputado del “caso Malaya” y con lo más granado de esa ‘troupe’, sugiriendo a las claras su connivencia con los supuestos designios especuladores del empresario que compró la isla de Saltés, no sólo demuestra que le acusador no sabe de qué está hablando –cualquiera medio orientado tiene mimbres de sobra para armar el canasto de la intención política de ‘Sandokán’ al meterse en esa compra—sino que supone un grado de malicia y desprecio a los derechos ajenos merecedores de un castigo ejemplar. O se corta en seco esta deriva de la calumnia y la injuria políticas o nadie puede asegurar que cualquier día no nos levantemos con el sombrajo encima. Ese portavoz de Los Verdes es un temerario que degrada su opción política. Verlo de candidato a la alcaldía de la capital es ya suficiente oprobio.

Cabezas cortadas

La retirada de cartel de la ópera de Mozart sobre “Idomeneo”, el que desafió a los dioses, continúa suscitando una viva controversia aunque parece imponerse, al menos en el “viejo Occidente”, una cierta unanimidad sobre la improcedencia de la medida. Nadie discute que el miedo es libre y, en consecuencia, habrá quien entienda la actitud de una responsable de programación que se asusta ante la eventual y previsible respuesta del integrismo a una crítica radical que constituye, por otra parte, qué duda cabe, un cuestionable desafío en la medida en que todos sabemos que la exhibición estética, el teatro como espectáculo, no se agota en el espectáculo sino que conlleva normalmente un proyecto de influenciación. En Grecia lo que se hizo en los escenarios fue repensar en términos demóticos el viejo mitologema y, en consecuencia inevitable, los más firmes y convencionales fundamentos del orden social. ¿Y que es el teatro isabelino o el español del Siglo de Oro sino elaborados montajes ideológicos de apoyo o crítica al sistema social y a sus instituciones? La represión de que el teatro fue objeto en España duró siglos, sin duda porque, como señalara en su día el maestro Maravall, no debe verse en sus representaciones banales entretenimientos sino un estudiado instrumento ideológico de apoyo a la monarquía señorial-feudal y, de paso, a la moral tradicional mantenida por la Iglesia. Pero la transgresión es muy anterior a estas inquisiciones, incluyendo el caso griego, como prueba la tradición de esa dramaturgia rebelde que, a lo largo de la Edad Media, hace de contrapunto al teatro integrado, tantas veces sacro. Los cómicos son gente peligrosa: eso no lo duda ningún corregidor durante siglos. El poder efectivo comprendió en todo momento que la farsa –trágica o cómica—no es, en definitiva, más que propaganda a favor o en contra de alguien o de algo. La burguesía alegre y confiada que aplaudía a rabiar los estrenos de Benavente –el creador de un público ‘moderno’ en España—no supo, como tal vez no lo supiera el propio autor, que sus emociones, gratas o desapacibles, iban destinadas, en última pero fundamental instancia, a consolidar, a apuntalar, subliminalmente o a las claras, eso que los funcionalistas llaman el “Social Sistem”. Benavente o Dicenta, da igual: el teatro es un asador que arrima sin remedio el ascua a su sardina.

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 Es en ese sentido como cobra valor el progreso de la libertad del espectáculo en el amplio ámbito en que, desde el Renacimiento, se va cociendo la Ilustración, y es desde la perspectiva de esa “modernidad” ya tan acrisolada desde donde se decide la irrenunciable autonomía del arte como condición de cualquier sociedad libre. Lo mismo en el teatro que la literatura –¿quién frenaría desde Sade a Pierre Louys, desde Restif a Henri Miller?–, pos supuesto, e incluso en las artes plásticas. Antes y por encima del debate sobre la oportunidad de la grotesca exhibición de la obra prohibida está la convención irrenunciable de una libertad de expresión que nadie puede prohibir desde fuera de nuestro propio sistema, en especial teniendo en cuenta que en el suyo las libertades y hasta los derechos han de adaptarse al corsé de un dogmatismo absolutamente ajeno a la razón. Llevan razón quienes se rasgan las vestiduras en nombre de Occidente ante la defección de la Ópera berlinesa en la que ven una peligrosa derrota de la cultura occidental y un absurdo éxito de la intolerancia fundamentalista. Justo porque no se trata de una anécdota sino de un pulso decisivo tras el cual queda en evidencia el control y la censura de hecho que una religión extremista han logrado con su propaganda de terror. A ver, que salgan para iluminarnos los defensores del “diálogo de civilizaciones” y nos digan por qué hemos de resignarnos a la nueva inquisición, o cómo podríamos hacerlo sin dejar de ser quienes somos.

‘Alma mater’

Hasta dos horas antes de celebrarse la inauguración del curso –birretes, togas y chaqués e impolutas pajaritas—ha jugado absurdamente la Junta de Andalucía con la fórmula de su financiación, ese viejo caballo de batalla, ‘Rocinante’ más que ‘Babieca’, que trae desde hace decenios a los rectores arrastrando el ala y al cobrador del frac de universidad en universidad. No es extraño que el “alma mater” vaya mal, que su índice de fracaso sea alto, que su nivel descienda año tras año, que sus matrículas decrezcan o que sus cacareados éxitos investigadores no resistan las evaluaciones razonables ni las comparaciones pertinentes, porque no hay institución que pueda vivir y desarrollarse esperando hasta dos horas antes de echar a andar a que el poder político tenga a bien cederle la calderilla. La universidad, cada día más reducida a dilatorio de parados jóvenes y factoría de títulos, no interesa ni poco ni mucho a una clase política gran parte de la cual ni la ha pisado en su vida. 

Uno por libre

Los “socialtraidores” de toda la vida han pronunciado el adjetivo “comunista” como quien escupe por el colmillo. Que es como lo hace ese francotirador de la “izquierda profesional” que es el síndico ugetista Luciano Gómez, torre y alfil de la mesa-camilla de su partido contra el Superalcalde antes que sindicalista verdadero. Su ocurrencia de 

descalificar al Ayuntamiento en pleno, incluidos sus mandantes del PSOE, por haber reclamado el canon compensatorio al Polo Químico descubre finalmente que este hombre no está por la labor de morder la mano que le da de comer, ni en el tajo (que no pisa) ni en el partido (al que obedece). Y encima pide, el tío, que en caso de acuerdo, la compensación se destine a los trabajadores del Polo, como si los demás ciudadanos no fueran quienes han soportado el coste ambiental justo para que ese empleo fuera posible. Escupirle a IU eso de “comunistas” ha sido el remate de este ganapán de la política disfrazado de sindicalista. 

Elefantes y doncellas

No tengo yo nada claro que la batalla por la igualdad entre los sexos haya concluido con el invento de la paridad. Incluso se están haciendo tonterías en este terreno que, a mi modesto entender, más perjudican que benefician a la causa femenina, como cierta insólita providencia de la universidad andaluza consistente en asignar más dinero en los presupuestos a las universidades que más mujeres tengan en sus nóminas, como si Eloísa pintara más que Abelardo. Claro que por ahí fuera tampoco está clara la cosa. La propia Cherie Blair, la católica esposa del “premier” británico, ha tenido que enfundársela a toda prisa tras desahogarse descalificando como mentiroso al contrincante y sucesor de su marido que había afirmado respecto a éste una lealtad a todas luces falsa. Y en Francia está teniendo lugar una estampida de elefantes frente al desafío de la doncella Ségolêne que lo más probable es que acabe encumbrando a Sarkozi. Ahí lo tienen: lo que no lograron los cismas ideológicos y las luchas intestinas lo va a conseguir la reacción de los machos alertados por la feromona del éxito de esa doncella que va de Juana de Arco con los pronósticos no poco favorables. No tragan los viejos elefantes, se resisten los cocodrilos del “aparato”, cerrando filas frente a un enemigo común que, con evidente acierto, han comprendido que la clave no es Ségolène sino el sexo o, para decirlo desde la corrección política, que no es la doncella sino el “género”. No sé si incluir al propio marido de la candidata, François Hollande, pero desde Fabius a Jospin, desde un tipo tan “in” como Jack Lang hasta un peso pesado como Strauss-Kahn, lo cierto es que han cerrado un frente contra la dama pretendienta que no se lo salta un galgo ni presumiblemente una galga. La lucha por la igualdad ha sido una reivindicación de las mujeres utilizada sagazmente por muchos hombres, pero una cosa es la lucha y otra la victoria.
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Volviendo a nuestros lares, o me he enterado mal o parece que la paridad dichosa que habría conseguido igualar la estadística del reparto de cargos no ha logrado, sin embargo, distribuir paritariamente las funciones del poder. Pero lo que más me interesa en esta historia verdadera es la falsía que gastan los elefantes y han gastado siempre en esa lucha por el poder los grandes machos de la manada, una falsía que me inspira la sospecha de que si alguna vez alguna hembra bragada se hace con el mando supremo no será precisamente por el concurso de aquellos, sino muy a su pesar. En el caso Ségolène lo ha dejado bien claro un tipo tan acreditado como Henri Emmanueli al proponer como solución de la “crisis” que sea el marido (Hollande) el que corte el nudo gordiano de un tajo asumiendo él mismo la candidatura, que es como decir en voz alta que uno estaría dispuesto a resignarse con la derrota a manos de un varón pero no a tragarse así como así la victoria de una hembra. No es fácil superar una cultura en la que talentazos como Dante, Maquievelo, Nietzsche, Faulkner o Pavese dijeron lo que dijeron de la mujer y se quedaron tan tranquilos. Nada menos que Eurípides aconsejaba al varón no creer a la mujer aunque dijera la verdad y recuerdo haberle leído a Taine que dar a una mujer, no ya poder, sino simplemente ilustración y capacidad de entendimiento, vendría a ser como ponerle a un niño un cuchillo en la mano. ¿Por qué vamos a esperar que estos elefantes hodiernos, ni en Francia ni en ninguna parte, salten sin pértiga sobre lo más granado de nuestra cultura, cómo esperar que de la noche a la mañana el androceo acepte una igualdad que lleva siglos caricaturizando? Incluso en la dormidera caballeresca la mujer no tuvo, en realidad, junto al héroe, más que un papel secundario y especular. Pedirle a esos gorilas que hagan por Ségoléne lo que no hizo ni Tristán por Isolda no deja de ser una ingenuidad.