Un proyecto histórico

Aunque de momento no sea más que un proyecto para un futuro acuerdo, la unánime reclamación del Ayuntamiento de la capital al Polo Químico de compensar a la ciudad con una parte mínima de sus beneficios –el 0’5 por ciento, equivalente hoy a unos 17 millones de euros– supone un importante paso adelante que tal vez debió darse hace mucho tiempo. La misma unanimidad en torno a la propuesta de IU es encomiable y echa por tierra la despreciable postura obstruccionista, largamente mantenida en nuestro consistorio, que viene a resumirse en la idea de que toda propuesta del rival es mala. Ahora hay que activar el trámite, no dejar que se duerma el compromiso, negociar con responsabilidad y firmeza frente a las lógicas resistencias empresariales. Huelva ha recibido mucho del Polo, pero también le ha dado. Es hora de pasar de las palabras a los hechos y de ver el modo de cuadrar el círculo vicioso trazado por el viejo diálogo de sordos entre la ciudad y su industria. Todos los partidos ganaron el jueves en el Pleno. Quizá algún día se acabe comprendiendo que el Polo también ganó. 

Los amos del mundo

Me divierte mucho, no lo puedo negar, escuchar a las minervas neoliberales predicar desde el púlpito tertuliano el evangelio de una verdad antaño predicada por el marxismo: la de que, en realidad, quien manda en una sociedad no es el Estado sino el Capital. La antigua tesis de Marx, desmenuzada e ilustrada por Lenin como se sabe, sostenía que, por debajo de las apariencias, donde verdaderamente reside el poder no es en las manos del político sino en las del potentado, esa figura que nuestra Edad Media da lugar al complejo concepto político de “ome rico” y que desarrolló en la teoría decimonónica la idea de que, en definitiva, el Poder no es más que un agente de la riqueza, un gestor de los intereses de la clase que inerva ideológicamente el cuerpo social, y hasta si quiere, en cierto sentido, un cristobita hábilmente manejado en el guiñol de las conveniencias por la oculta mano del “otro poder”. En la España antigua circulaba el adagio caciquil “tener es poder” al que las democracias actuales parece que estuvieran dando la vuelta hasta ofrecer su lectura inversa, “poder es tener”, que vemos confirmado un día sí y otro también en los negros titulares de la crónica de las corrupciones. Ahora, sin embargo, no hablamos de filosofías sino que hemos de vérnoslas con realidades bien concretas –una opa, una fusión, un golpe financiero—que dejan en la más indecorosa evidencia a un poder que lo más que alcanza a hacer es el papelón de comparsa. Este Gobierno, sin ir más lejos, apadrinando la opilla trincona de sus socios catalanes a Endesa –el gran periódico de Barcelona tituló en su día aquella frustrada anexión como una victoria sobre España–, la ridícula crónica de las trampas de la CNE manejada desde el ministerio y la sanción de la UE, la defección de ZP ante la Merkel y, finalmente, ese abordaje bolsístico a todas luces respaldado por un ejecutivo impotente, constituyen una elocuente crónica del poder real del dinero frente a la soberanía imaginaria del poder político. Incluso un gobierno “socialista obrero” ha de limitarse en esta ópera bufa, oh, padrecito Brecht, a hacerle la segunda voz al tenor capitalista. Ya me dirán quién manda y quien solamente finge mandar, pues, pero me parece que espectáculos como el que estamos viviendo explican sobradamente la paradoja de esos neoliberales que hablan como Marx.
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La fábula entrevista por Papini del hombre que compró un país se va quedando obsoleta ante el progreso exponencial de la ingeniería financiera, o lo que es lo mismo, ante el encogimiento fáctico del poder político frente a la auténtica soberanía de la opulencia. Este asalto a un sector estratégico como el energético prueba que ni siquiera en los supuestos más delicados de la propiedad ese poder de la sociedad representado por la Política puede gran cosa. El ‘excedente’ (seguimos con Marx) del ladrillo sirve para adueñarse de la luz y el gas una vez agotado el mato de la vivienda, y ni ante una cosa ni ante la otra puede el Gobierno hacer más que lo que buenamente pueda hacer un balsámico mensaje de Solbes, ese hombre tranquilo, a la confusa muchedumbre solitaria desvelada por la derrota que lleva su hipoteca y la carestía creciente en una paradójica sociedad suntuaria que a duras penas llega a fin de mes. ¿Mandar el Gobierno? ¡Ca! Ni siquiera una cohorte de potentados entre rejas ha conseguido debilitar la vieja intuición revolucionaria de que el Estado no es más que la coartada de la dominación y el Gobierno ni más ni menos que su monaguillo de gala. Han bastado dos días para hacernos comprender que el joven Entrecanales tiene más poder que un ministro y para qué hablar de una de esas comisiones que el Gobierno utiliza para intentar su imposible autoridad. Siempre sospechamos que Montilla era un pringao mal comparado con Florentino. Ahora lo sabemos a ciencia cierta.

Conocer mundo

460 viajes oficiales, 32 interiores y 55 al extranjero, más de 262 millones de pesetas: eso es lo que lleva gastado un solo Ayuntamiento, el de Sevilla, desde hace tres años. Viajes a La Habana y Québec, a Tokio Ciudad del Cabo, México, Buenos Aires, Quito, Puerto Rico, San Francisco, Chicago, Los Ángeles, Nueva York, Sydney, Londres, Génova, Oporto, Lisboa, Venecia, Florencia o Roma, entre otras ciudades, para que nuestros ediles –bajo mínimos muchas veces—se quiten viajando el pelo de la dehesa. Sólo el alcalde Monteiserín –el mismo al que se atribuye lo de las bolsas de dinero a los chabolistas o lo de la trama de las facturas falsas—se han pulido 600.000 euros por los cinco continentes dejando a Marco Polo a la altura del zapato. Qué poquísima vergüenza, oigan, qué descaro pensando en el contribuyente que ha de rascarse a la fuerza el bolsillo para que esta tropa le cuente luego a la vecina lo bonitas que son las antípodas. El control, del gasto se está convirtiendo en el talón de Aquiles de una democracia que cojea ya, y de qué manera, del otro pie. 

El aguafiestas

¡Jodido periódico éste, jodido ‘Mundo’ descubridor de sentinas, levantador de secretos, debelador de mangancias! Sea comprensivo el lector con el papelito que nos ha tocado en el reparto de esta democracia secuestrada en el que, si no es por El Mundo, mecachis, nadie se entera en esta provincia de los transfugazos a la carta, de los trajines de algún cura subvencionado, del sabotaje partidista a una televisión pública, del “megaproyecto Barrero” que hubo de parar el propio Chaves o del posterior negocio de las parcelas de Punta, de la estafa de ‘Huelva Solidaria’ o de las epidemias ocultadas por la Junta entre tantos asuntos oscuros. El último mal trago ha sido denunciar la golfa trama de la Oficina de Extranjería, que ahora sabemos, ¡encima!, que hace meses que el Defensor Chamizo había puesto en conocimiento del ‘delegata’ Bago. ¡Qué incómodo papelón, créannos! Aunque peor debe ser guardar silencios cómplices y columpiarse en las subvenciones. Cada palo que aguante su vela como nosotros aguantamos la nuestra. 

El sueño ibérico

Las casas portuguesas fronterizas con España sostienen sus aleros sobre grotescos canecillos de forma humana que se encaran con el país vecino mostrándole ufanos la higa con el dedo corazón. Lo cuenta un lusitano tan inteligente y de espíritu tan conciliador como José Saramago en su impagable “Viaje a Portugal”, pero es algo que conocemos de sobra los españoles fronterizos que alguna vez hemos visto esas antañonas culebrinas artilleras encarando nuestra tierra con una leyenda reluciente que suele decir –en portugués ,claro– “Tiembla España” o algo por el estilo. Como lo sabe cualquiera que conozca nuestra desavenida historia, en particular desde la fracasada experiencia de la anexión  filipina. Es una tradición eso de los desplantes y desdenes, de los que, según una crónica de la época, ni siquiera se libró el temible Felipe II y su séquito en su célebre visita a Lisboa, y que ha sido luego alimentada por el provincianismo recíproco que levantó barbacanas más allá de la frontera mientras de la parte de acá fomentaba una indiferencia rayana en el desprecio. Y sin embargo, la encuesta que hace poco publicaba un periódico lisboeta y según la cual uno de cada tres portugueses estaría hoy abiertamente por la unión entre las dos naciones, no es precisamente una novedad, sino el “revival” de un sueño o proyecto histórico que tuvo especial aliento entre los románticos de la Restauración y que todavía personajes como Unamuno acariciaban tras el Desastre del 98. El tema del iberismo y el proyecto de la ‘Unión Ibérica’ son, en efecto, asuntos viejos, aunque haya sido preciso el tsunami europeísta para permitir a las buenas razones imponerse sobre una sentimentalidad heredada de generación en generación. Hay en la frontera que nos separa por el sur cuñas vacilantes que se meten hacia allá o hacia acá como una quebrada torpe trazada con la péndola de los agravios por el pulso temblón de la historia, toponimias inequívocas que desdicen la geografía política, y migas o desavenencias lugareñas que descubren la artificialidad de las fronteras. Dicen que se ha armado una buena en el país vecino con este motivo que, en buena lógica, como digo, no debería sorprendernos demasiado una vez que las mugas artificiales han sido borradas por el proyecto continental y que la globalización ha dejado tan en evidencia la lógica del recelo.
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Lo que sí resulta paradójico es asistir a estas paces virtuales entre dos enemigos históricos (llamemos a las cosas por su nombre) mientras se recrudece entre nosotros la guerra intestina alimentada por los separatismos –otra herencia romántica—que planean destrozar el mapa plurisecular trazando sobre su geografía acrisolada la caprichosa marca de la taifa rebelde. Es cierto que en Cataluña acaba de fracasar la ‘kermesse heroïque’ separatista puesta en la picota por una raquítica participación en el último referéndum como lo es que en el País Vasco todas las propagandas y los desafueros no consiguen mitear siquiera la opinión, que sigue siendo favorable a mantener la unidad inmemorial antes que a lanzarse a aventuras albanesas. Los portugueses, en cambio, que ya dieron muestra de singular cordura ofreciéndonos el ejemplo de su Transición como espejo de la nuestra (algo que suele olvidarse), y que supieron asumir sin aspavientos el fin de un imperio imaginario que apenas enriquecía a unos cuantos a cambio de desangrar a muchos, parece que andan ahora entreviendo la posibilidad de armar una península grande y libre, con perdón, en la que Europa, por fin, comience en vez de acabar. La “castellanización de la monarquía” que supuso, entre otras cosas, centrarla en Madrid en lugar de en Lisboa, tiene tantos partidarios con detractores. Este nuevo sueño de iberización de la península también contará los suyos pero no cabe duda de que tiene hoy más fundamento que tuviera jamás en su ya larga historia.

Cuentas no cuadran

La Junta se ha visto en la precisión de sumar todo lo sumable (y lo insumable) para que le cuadren medianamente siquiera las cuentas de unos Presupuestos del Estado que, como era previsible, nos traerán este año menos dinero que el pasado pero, muy probablemente, menos que el próximo. Duro que va para Cataluña –y ese es pacto cerrado por el Gobierno para su supervivencia–, duro que otro pierde, como es natural, y no parece que sea Andalucía la voz que vaya a clamar en ese desierto reclamando lo que es suyo. El problema del “Gobierno amigo” es ése precisamente: que la Junta autónoma puede decir lo que quiera en su propaganda, pero al final no tiene otro remedio que mamar lo que buenamente le asignen desde Madrid. Nos va a salir la torta un pan el jodido ‘Estatut’ y, encima, de poco ha de valernos este engendro remendón que estos días tratan de salvar ‘in extremis’ en Madrid nuestros caprichosos profesionales de los partidos. Menos dinero, esa es la veri, menos inversión, adiós a los AVEs prometidos y otras bicocas, porque lo primero es lo primero. Alguna vez dijimos pensando en Chaves aquello de “Yo quiero un Pujol”. Ahora tendría más sentido decir, bien que sólo en este sentido, “yo quiero ser catalán”.