Cifras que hablan solas

Cien denuncias contra el Ayuntamiento ha presentado el sindicato UGT en dos años, más o menos –hagan las cuentas—a una cada dos días, y encima dicen los denunciantes que no se trata de hacer política connivente con la oposición que tan malamente ejerce “su” partido sino de corregir las formas de actuar del gobierno municipal. En la Dipu, en cambio, donde las quejas se amontonan, CCOO denuncia sin cesar esa connivencia y al presidente le piden años de cárcel por “mobbing”, UGT no dice nada, sino que calla y trinca disciplinadamente. Las cifras hablan solas, en todo caso, y es de suponer que los ciudadanos se formarán su propio criterio ante datos como el que acabamos de dar –cien denuncias en dos años–, demostrativos de una intención obstruccionista tanto como de la dificultad real con que traba a la tarea de gobierno una estrategia semejante. No saben que hacer ni lo han sabido en estos últimos once años, perdidos definitivamente en el camino del Juzgado. 

Auri sacra fames

Unos contables chinos han descubierto en los sótanos del Hong Kong & Shanghai Bankimg un alijo de nueve toneladas de oro en lingotes propiedad (es un decir) de don Augusto Pinochet, el patriota chileno, alijo cuyo valor se estima provisionalmente en unos 160 millones de dólares, que habrá que sumar al de los depósitos auríferos que el general tenía en el neoyorkino Banco Rigss. El oro, no falla. A un socialista que daba lecciones mediterráneas de progreso moral, como Bettino Craxi, también le descubrieron apilados en la cámara acorazada de un banco suizo su buen montón de oro en barras, que es, por lo visto y como sabemos desde la más remota antigüedad, el último o tal vez el primer objetivo de todo patriota tiránico. Ahora vuelve a hablarse en España del “oro de Moscú” que el rehabilitado Negrín habría hecho enviar a la Rusia de Stalin, dicen unos que para saldar la deuda bélica y otros que para ponerlo a salvo de la rapacidad fascista, pero que en la segunda mitad de los felices 70 mi amigo Ángel Viñas rebajó sensiblemente con las cuentas en la mano, pero durante años el franquismo divulgó el tópico del “oro de Praga” –¡para repartir oro estaban los checos!—con que se estaría financiando la resistencia interior, por entonces unidimensional, como se sabe.  Los tiranos no se andan con chiquitas a la hora de forrase el riñón, quizá porque andan mejor informados que nadie sobre la volubilidad de unos valores que lo acuestan a uno opulento y acaso lo despiertan tieso como una mojama. Oro en barra: no hay ansiolítico más eficaz contra la hipocondría del tirano que la visión de los lingotes apilados cuidadosamente como un zigurat sobre el que, llegado el caso, poder tocar el cielo con la mano. Recordando el pasaje de Polidoro, el hijo de Príamo vilmente traicionado por el rey tracio, Virgilio despotricó en la ‘Eneida’ contra esa “auri sacra fames”, esa execrable hambre de oro por la que el ser humano es capaz de hacer cualquier cosa. No sólo cambiar el oro en plomo, como hacen a diario los poderosos de este mundo, sino de la hazaña inversa, cambiar el plomo en oro, que tanto escandalizaba a Racine. El patriotismo comparte con la avaricia y el filibusterismo esa convicción de que no hay inversión más segura que el tesoro escondido.
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Vieja e indestructible obsesión. Se dice que don Felipe II mantuvo encerrado en El Escorial a un alquimista majara que prometió el milagro hasta que obtuvo un dudoso metal amarillento con el que pagó, no sin resistencias y altercados, a algún Tercio de Flandes. Hitler mismo financió secretamente la transmutación, como tantos otros sátrapas deslumbrados por el mito del oro, ese deslumbrante misterio que Iung jugaba a explicar como el resultado de la luz solar tejida por el tiempo. Pero todos, encumbrados espíritus alquimistas o míseros dictadores, tienen en común el convencimiento de un privilegio que nada expresa mejor que el engreído lema de aquellos buscadores, “aurum nostrum non est aurum vulgi”, nuestro oro no es el de la gentecilla del común, claro está, sino algo alto y excelso. El expolio de los pueblos es lo normal en las dictaduras pero también en las democracias, que ofrecen métodos más sutiles aunque no menos efectivos, para arrebatarle al vulgo su tesorillo y amontonarlo en la cilla secreta como la hormiga almacena el grano en espera del invierno. Lo de Samuel Jonson una vez más, “el patriotismo es el refugio de los canallas”, sólo que certificado en la imagen de la pila de lingotes resulta más convincente y demoledor. Pinochet, por ejemplo, resulta que no era un patriota, convencido o equivocado, sino un simple ratero a gran escala que, como Perón y tantos otros, incluía en el mapa de la patria los paraísos fiscales. La patria como ceca: vaya negocio. Decían los antiguos que es el oro el que posee al avaro y no al revés. La filosofía de la miseria, como sabemos, oculta muchas veces la miseria de la filosofía.

Erre que erre

Ha insistido el presidente Chaves en las bondades del nuevo Estatuto, pactado al fin con el PP, con la falsedad evidente de que el concepto de “realidad nacional” se mantiene como estaba en el texto acordado en la cámara andaluza. Y eso no es verdad, sino todo lo contrario, como puede ver cualquiera que lea lo que decía la redacción anterior y la nueva. Parece mentira que todo un Presidente pase por encima de la evidencia y le venda a los ciudadanos lo que no es cierto, por más vueltas que quiera darle, cosa que, por una vez, hay que agradecerle a la habilidad negociadora del PP que ha sabido exigir en el último momento. Es verdad que a Chaves le da lo mismo lo que el Estatuto pueda decir, una vez solucionado el contencioso catalán y perdida la ocasión de aislar al PP, que es de lo que se trataba. Pero no está bien que un Presidente retuerza la verdad y camelee con sus administrados. Erre que erre, vale, pero los andaluces deben saber que el Estatuto no dice, como Chaves pretendía, que Andalucía sea una “realidad nacional” sino algo completamente distinto. 

La ciudad de la injusticia

De nuevo la excusa, el falso impedimento por parte de la Junta, dispuesta a negarle a Huelva la nueva sede de la Justicia, con tal de impedir que el alcalde legítimo –y son, ya y de momento, tres legislaturas de legitimidad, no se olvide—pudiera capitalizar ese corte de cinta el día de la inauguración. Lo ha explicado muy bien aquí, a la vuelta, Chema Rodríguez al decir que el PSOE no concibe siquiera la posibilidad de esa foto. Pero mientras tanto, los jueces apiñados, los archivos imposibles, y los propios ciudadanos sometidos a la incomodidad que les impone la conveniencia de partido. La consejera de Justicia no dice la verdad cuando alega estar a la espera de que el Ayuntamiento solucione sus “problemas internos” aunque es probable que bajo esa expresión subyazca la verdadera razón subconsciente que mueve a la Junta: los “problemas internos” de un “Ayuntamiento enemigo” al que hay que negarle el pan y la sal. Otro agravio partidista que el PSOE echa sobre los onubenses mientras rumia la posibilidad de su cuarto fracaso en el asalto a la alcaldía. 

La pobreza oculta

Hay un viejo tema en nuestra literatura nacional –el del español hambriento que se oculta o trata de aparentar lo que no es– cuyo emblema es el hidalgo famoso que espolvoreaba su barba con migas para disimular su hambruna. En la obra de Galdós está, a mi juicio, el mejor aguafuerte de esa sociedad silenciosa y sufriente que vive su drama tras la puerta cerrada pendiente sólo de evitar que trascienda su realidad y sea conocida su pobreza, un tema que ha sido explicado por cierta historiografía en función de un pasado difícil –lo que se ha llamado nuestra ‘Decadencia’– en el que pugnaba la ruina efectiva con un irresistible sentido de la dignidad. La ‘estrechez’ –y ya es elocuente el término tradicional que designa esos apuros—ha marcado, en buena medida, una manera de ser y, sobre todo, un modo de estar en el mundo y de participar en la vida social que explica muchas de las contradicciones ideológicas de nuestra historia común, y que probablemente sigue siendo hoy día un dato sin el cual la imagen de nuestra sociedad, la que se ofrece oficialmente y revelan los políticos, resulta básicamente desenfocada porque oculta zonas de sombra, a veces tenebrosas, como esas que Chaves no tiene inconveniente en definir como de “pobreza severa” (vivir con 300 euritos al mes)  para distinguirlas de las que no son más que situaciones de pobreza relativa (vivir con 600). Pero si está probado que uno de cada cinco ciudadanos son pobres, a efectos sociológicos, la instantánea estadística recoge muchos menos, por la sencilla razón de que ya se ocupan esos desgraciados de esconderse púdicamente por su cuenta arrastrados por la ideología integradora de las “apariencias”, tan profundamente española. En la nueva sociedad, en el mundo post-industrial o ‘de servicios’, nuevas formas de discreta pudicia han logrado escamotear el chafarrinón lacerante de una sociedad invisible de la que, como ha dicho estos días Sarkozi, “todo el mundo habla pero de la que no se habla”, que no es sino el producto de ésas que los sociólogos vigilantes llaman “nuevas formas de desigualdad”, ante las que los perjudicados cada día exigen menos las prestaciones sociales a las que tienen derecho.
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Un libro recién horneado que me envía desde París un amigo –“La France invisible”—escrito por un grupo de estudiosos encabezados por Stéphane Beaud, presenta una minuciosa investigación en la que salen a la luz esos “renunciantes” voluntarios que integran un secreto ejército de mujeres en paro con disfraz de amas de casa, graduados sometidos a explotación salarial o adolescente y jóvenes suicidas empujados por su condición sexual u otra ‘singularidad’ cualquiera. Son los vencidos del Sistema, los allanados que tiran la toalla antes de que suene la campana, la compañía conmovedora de los perdedores que han dilapidado ya toda esperanza y que con su ocultación voluntaria, es decir, con su invisibilidad y su silencio contribuyen a suavizar los rozamientos internos del montaje social evitando su calentamiento excesivo. No son cobardes ni entreguistas, sino desbordados por la dureza de un eficacísimo sistema de integración que, como en los viejos tiempos, supera la misma tragedia del desamparo sepultándola bajo esa escombrera psíquica, para ellos insuperable, que es la adversidad. Son los vencidos menos evidentes, los aplastados a oscuras, que evitan con su discreción suicida que se evidencie la injusticia inmolándose a sí mismos. Pocos libros tan estremecedores he leído en mi vida como esta indagación, pocos paisajes morales tan sobrecogedores como este horizonte nublado en el que apenas se distingue la silueta del chabolista, del ‘sin techo’, del desmotivado, del ciudadano que se desclasó o acabó siendo fagocitado por la ferocidad cotidiana. “Ese mundo del que todos hablan pero del que no habla nadie”. He anotado temblando esa frase de Sarkozi.

Teoría del camelo

Camelo, ojana, rollo, o como diría Antonio Burgos “similiquitruqui”: pocas veces hemos visto tan a las claras el rollo marinero que arman los políticos como en este final feliz del debate sobre el Estatuto en cuyo preámbulo se ha logrado evitar, como quien va pisando huevos, el absurdo concepto “realidad nacional” para sustituirlo hábilmente (loor a Pepe Acosta que lo frió y a Javier Arenas que se lo comió) por una referencia perfectamente etérea a un Manifiesto de Córdoba que ni tiene la menor trascendencia ni la tuvo jamás. ¡Vaya cuento que nos han contado! Y uno se pregunta cuántos andaluces sabrán de qué habla ese preámbulo y cuántos podrían dar noticia siquiera aproximada de qué fue aquella Asamblea cordobesa y qué decía su rescatado Manifiesto. Camelo, ojana, rollo y similiquitruqui. Tener que oír todavía que los andaluces han logrado un nuevo instrumento para su futuro es como para comer cerillas.