Tocando fondo

Las municipales que vienen están sacando de sus casillas a la clase política y lanzándola sin frenos por el despeñadero de la infamia. Miren al PSOE de Huelva anunciando una campaña contra el alcalde de la capital al que acusa –a sabiendas de la falsedad del hecho—nada menos que de llamar desde el móvil municipal a cientos de prostíbulos. O la réplica del PP amagando con hacer públicos “los excesos nocturnos” del acusador, el secretario provincial del adversario. Un verdadero asco, un repugnante estado de cosas que saca a la luz la vaciedad absoluta de los proyectos políticos pero también la ignominiosa deriva de la vida pública, cada día más reducida a denuncias infamantes de unos contra otros, a dentelladas la mayoría de las veces efímeras, pero que degradan el oficio hasta un nivel intolerable. El desprestigio de la política es resultado directo de la miseria de unos agentes que no se merecen los ciudadanos representados ni debería tolerar una democracia con un resto de vergüenza. 

La nave de los locos

Acabaremos viéndolos con el embudo en la cabeza, como los locos del Bosco, con tal de no tener que despreciarlos como a gente que no se merece, no ya la alta dignidad de representarnos, sino la intolerable impunidad de que abusan. Y si no, miren la idea de enviar a todos los parlamentarios andaluces (¡) un el inmundo “dossier” sobre el alcalde o el proyecto de hacer llegar “a todos los habitantes” de Huelva las biografías de los candidatos del rival en los próximos comicios. Se han metido en un barrizal del que nos saben cómo escapar sus propios militantes decentes asustados con la perspectiva de que Pedro Rodríguez lograra derrotarlos por cuarta vez e incapaces de encontrarle una alternativa fuerte. Parecen auténticos locos (también los del PP cuando hablan de revelar al vida privada de su provocador adversario), y mejor que sea así, con tal de no tener que descalificarlos por las malas. Pero todo indica que esta guerra sucia no amainará hasta que no se conozca el escrutinio definitivo. Los ciudadanos tendrán que acostumbrarse a soportar este espectáculo lamentable. 

Manos blancas

Se hace lenguas la “pomada” chismorreando sobre el brete en que se halla el Príncipe de Asturias ante el nuevo embarazo de su esposa. Cuentan que ellos, los príncipes, preferirían ignorar el sexo del “nasciturus” pero que, por sentido del deber, consultarán al Gobierno antes de decidir, conscientes de que el dato no es irrelevante como pretenden hacernos creer los desdramatizadores profesionales. Estamos, como ven, en pleno romanticismo, porque romanticismo son la pasión nacionalista, la obsesión por la esbeltez o los seriales sentimentales, entre otros muchos rasgos que caracterizan nuestra actual sociedad, pero también por esta discusión sobre el derecho sucesorio y la monserga sálica de la preferencia del varón sobre la hembra a la hora de reinar, que todo el mundo dice que hay que enfrentar de una vez pero que nadie se atreve a resolver. Curioso: en un país gobernado por un ejecutivo paritario, en el que, según anuncia su presidente, pronto habrá más mujeres que hombres, la sucesión al trono sigue en el tejado de Calomarde y la propia Corona no sabe qué hacer con su futuro, presa de los cambalaches políticos. Hay que recordar que el PP se negó en su día a resolver el absurdo constitucional de la discriminación ante el silencio cómplice de una izquierda real o sedicente que tampoco vio clara la jugada igual que no la ve ahora. Pero es evidente que el romance de doña Leonor no podrá sostenerse si en la familia nace un varón que sería, de modo automático, el heredero constitucional. Ya ven cómo es cierto que estamos donde estábamos cuando Calomarde se veía las caras con la infanta Carlota, pero con la diferencia, verdaderamente paradójica, de que en esta ocasión el pleito de la legitimidad carece de sentido en una sociedad que ha aceptado irreversiblemente la igualdad entre los sexos. ¡El mundo en plena “tercera guerra mundial”, según dicen, y nosotros a vueltas con la Pragmática Sanción! Lo único que nos salva es la indiferencia masiva frente al fondo del pleito en este país que bien sabemos que lo mismo se pone la flor de lis en la solapa que se cala el morrión.
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El éxito de esta monarquía “instaurada” ha sido más bien pírrico en una nación que permite ya que se cuestione a plena luz del día su misma integridad. Su fracaso es perceptible en el hecho de que su vigencia se manifieste con más fuerza en la crónica rosa que el dietario político. Pero no es desdeñable el riesgo que implica mantener una discriminación que, aunque cualquier parangón con el pasado resulte inverosímil, podría acabar replanteando, en plena postmodernidad,  el debate calomardiano que abrió la saga de nuestras guerras civiles. Demasiado postizo lleva encima ya una institución auspiciada por la vieja dictadura como para acumularle un pleito sucesorio que, para empezar, pone en evidencia a la propia Constitución y deja en precario nuestro eventual progreso moral. Por eso quizá una cuestión con tanto fundamento social y político puede reducirse en la crónica de sociedad como si realmente se tratara tan sólo de un detalle corregible en cualquier momento y de un  simple plumazo. Contra todo eso parece dirigirse la preocupación del actual heredero, que ve seguramente con claridad que de nacer un heredero varón antes de modificarse la Constitución vigente, una solución tardía habría de implicar sin remedio la incómoda pérdida de su derecho, algo que no tendría mayor trascendencia en una familia común pero que tiene toda la del mundo en una monarquía hereditaria que vive acogida a la sombra del mito de la continuidad. Tengo entendido que las encuestas constatan la indiferencia del gentío ante esa cuestión de fondo que, sin embargo, cuenta con un apoyo social masivo. Algo es algo. En una sociedad de verdad monárquica estaríamos ante un problema digno de Salomón.

Cornudos y contentos

No se entiende la política de la Junta frente a la inmensa carga que le supone la avalancha de inmigrantes y, en especial, de menores, aunque se comprenda la sordina que la consejera ha debido poner a su juiciosa demanda de ayuda dirigida al Gobierno. Esa historia de que Gobernación se gasta sus caudales en lujosa prensa y de que hay prisiones andaluzas en que durante el Ramadán se agasaja con banquetes ceremoniales a los presos musulmanes constituye una demostración irrefutable de la estrategia benevolente que no sabemos hasta qué punto puede ser uno de los grandes estímulos de esos movimientos organizados. Pero el cuento de que la consejería permite, durante el Ramadán, telefonear gratis a sus familias a los menores retenidos que no pueden ser devueltos a sus padres precisamente por desconocerse el domicilio familiar, pasa con mucho de la raya. Chaves pretende cuadrar el círculo y estar a un tiempo al caldo y a las tajadas, quejoso de nuestro duro papel pero cómodo con el “gobierno amigo” y amable con el “amigo político” que nos envía las pateras. Cuando vuelva a protestar la consejera habría que recordarle que sarna con gusto no pica. 

Unos por otros

Curiosa reacción del PSOE tratando de colocar la pelota del “botellón” en el tejado del alcalde e igualmente curiosa la reacción del PP descalificando como meramente electoralista la flamante ley reguladora del “botellón”. Hasta el sueño de los vecinos vale para mantener la presión en la caldera partidista, porque es obvio que ni el PSOE desde el Gobierno, la Junta o los Ayuntamientos que gobierna ha hecho nada por impedir ese disparate, ni el PP desde su lado ha dado un palo al agua. Todos quieren quedar bien y ninguno enajenarse un eventual voto joven, mientras los vecinos llevan años soportando el suplicio nocturno y los especialistas denunciando con dramatismo los efectos de esas juergas. Si nada menos que el director de la cosa de la droga, que es de Huelva, acaba de postular que nada tiene que ver el “botellón” con el consumo de alcohol, ya me dirán qué puede esperarse de la autoridad en esta materia. Ese desafío lo han ganado los juerguistas hace mucho tiempo y es posible que ya no tenga vuelta atrás. Cuando algún día haya que lamentarlo, hasta los vecinos insomnes se habrán olvidado ya de la inhibición de los políticos.

El miedo

Una avioneta estrellándose contra un rascacielos de Nueva York, para qué más, y precisamente un día 11: he ahí todo un símbolo sin réplica hoy por hoy. Un camionero detenido en un fielato por parecerse a Bin Laden: he ahí otra prueba del temor que invade progresivamente al llamado mundo occidental. El miedo es una potencia incontrolable, en cierto sentido sobrehumana, razón por la que el genio de Goya lo fabuló como un gigante inalcanzable que avanza aplastando a las muchedumbres a su paso. Claro que hay excepciones, individuos que escapan al pavor colectivo, los héroes, pero los héroes suelen ser tipos peligrosos que, aunque acaben dando muerte al dragón y liberando a la princesa, no dejan de acarrear percances y tragedias, calamidades propias y ajenas, sufrimientos épicos. Mejor, pues, si las multitudes temen, es decir, si renuncian a resistir la causa que inspira el miedo, o al menos eso es lo que dicen los conciliadores. ¿Pide un imán que desaparezcan las inmemoriales fiestas levantinas de “moros y cristianos”, un suponer? Pues se cede y santas pascuas. ¿Exigen terrenos municipales para edificar una mezquita –con probada frecuencia escuela de extremistas—los mismos que jamás autorizarían en su país una iglesia cristiana? Se cede igualmente. ¿Molesta la tradicional alegoría de Santiago Matamoros en la pintura? No hay problema: se bajan los cuadros de salones y sacristías para evitar complicaciones. El miedo. En los colegios se impone a los alumnos que prescindan del término “moro” (¡) que no significa más que lo que significa y, en el peor de los casos, nada peor que “perro infiel” referido a los cristianos. Hasta el papa dobla la rodilla, que ya es decir, asustado ante los ayatollás. Con papel de fumar se la coge esta sociedad cautiva de su jindama que no hace con ello sino dar alas a una reivindicación cada día más gratuita y más humillante. Medio mundo se ha quedado sin aliento al ver la escena de la avioneta empotrada de Nueva York; casi otro medio ha contenido la respiración con la esperanza de un nuevo golpe. Ésa es la realidad y habrá que estar atentos porque seguramente lo peor está por venir.
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No es arbitrario temerle a una fecha o a un signo cuando la amenaza no disimula su propósito de continuar la carnicería. Esta vez no estamos aguardando a los bárbaros encaramados en la muralla sino que los tenemos dentro –cientos de miles, millones incluso, en toda Europa—en términos tales que su número supera al de nuestras fuerzas de seguridad incluyendo al ejército, sin posibilidad de distinguir entre honrados buscavidas y terroristas execrables. De ahí el miedo. Los gobiernos temen no menos que los ciudadanos y todos ceden a las exigencias y se ajustan a los símbolos. Los días 11 de cada mes, por ejemplo, resultan hoy sospechosos en tanto que probables fechas de otra efemérides, un perfil asemejado a quien se busca desata la histeria en la aduana. Quienes claman por sacar la religión tradicional de la enseñanza están logrando introducir en ella la de los credos exóticos. No iba despistado quien dijo que el miedo al mal lleva por derecho al mal del miedo. Y al entreguismo. Pone los pelos de punta pensar que hemos llegado a un punto en el que un accidente aéreo en fecha simbólica encienda todas las alarmas. Pero en ellos estamos y es tontería disimularlo, porque mientras nuestros alféreces predican la contracruzada del “diálogo de civilizaciones”, el extremismo rival ve confirmada su estrategia de la reivindicación continua, creciente, sin fin. En un pueblo español no quemarán más la cabeza simbólica de Mahoma, por la Quinta Avenida han desfilado nuestros levantinos moros folclóricos pero sin cristianos. Y una escena del telediario consigue que el corazón nos de un  vuelco. El mal del miedo. Quizá lo que convendría hacer sería repensar las razones y sinrazones de nuestro miedo al mal.