Más pajas y vigas

Es curioso que al mandamás del PSOE, Javier Barrero, le resulte tan inconveniente el megaproyecto de El Almendro como para arrogarse la autoridad de la Junta y mandarlo parar, tratándose de algo tan similar a lo que él mismo lucho a brazo partido por sacar adelante en Punta Umbría. Parecidas circunstancias del suelo, la misma ambición megalómana de las urbanizaciones, los hoteles de lujo, los campos de golf y la Biblia en pasta, con la diferencia de que ei en Punta Umbría quien mandó parar fue Chaves, investido de autoridad legítima, en El Almendro el “comandante” se ha colocado solo los galones en la bocamanga. No se ve lo mismo un  supernegocio que le pilla a uno a mano que otro que se ve de lejos en manos de terceros, está visto, pero el caso es que en esta provincia manda más Barrero que la Junta y sus prohibiciones partidistas se imponen a los legítimos decretos administrativos.

La vía rápida

Una noticia triste el telediario nos ha amargado una sobremesa más revelándonos que un viejo caballo australiano, campeón de cien derbis, no habría fallecido de muerte natural, como se creyó en su día, sino que fue envenenado con cianuro por alguna mafia americana de las que han operado por tradición en las carreras. La imagen del pobre animal, disecado en uno de esos museos yanquis que conservan cosas tan peregrinas, viene a sumarse, por tanto, a la larga galería de envenenados que, de un tiempo a esta parte, no deja de aumentar, descubriendo cada dos por tres crímenes horrendos y lejanos que quitaron de en medio, por la vía rápida, a rivales incómodos. Cuando hace unos años se descubrió que el cabello de Napoleón contenía entre siete y treinta y ocho veces la cantidad normal de cianuro, un vendavalillo conmovió las entrañas chauvinistas para finalmente acabar desinflado ante la probable evidencia de que el veneno hallado se debiera a una causa exógena, sin descartar ni mucho menos al mismo tiempo el uso que de ella hacían los románticos como arma contra los progresos de la calvicie. Cada vez hay menos dudas de que el papa Luciani, el pobre, fue víctima de ese mismo veneno que esta temporada, a consecuencia de la boga de los Borgias, grandes expertos en su uso letal, tanto está dando que hablar a detractores y partisanos de esa peregrina tropa valenciana. Desde Sócrates a Arafat pasando por el presidente ucraniano Víctor Yuschenko, es innumerable la nómina de víctimas que han viajado o casi al otro barrio con ese terrible bonobús, aunque tengo para mí que muchas más han de ser las que se fueron de puntillas sin despertar siquiera la sospecha de su victimario. He visto con tristeza a ese caballo, momificado en su peana como un faraón o un morabito, mudo y piafante en su altivez detenida, y se me ha pasado como un nubarrón por las mientes hacerme, por si las moscas, con un buen gato catador al que darle a probar mi parvo viático. Nunca se sabe, oiga.
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Para que no falte de nada, en la duermevela de madrugada oigo en la radio traer a colación el mal fin del astrónomo danés Tycho Brahe cuyas pésimas relaciones con Keplero han dado pie a los peor pensados a no despreciar la hipótesis de que el mercurio que lo mató no fuera del todo ajeno a este discípulo genial y encabronado. Pero lo verdaderamente notable es la constancia con que el hombre ha cultivado el veneno, ese instrumento que unas veces ve como remedio, como era el caso de Marcel Achard, y otras, como le ocurría a Baudelaire, como un simple ingrediente de esa facultad humana, al parecer imprescindible, que es el odio. Lo del caballo australiano, es distinto y más prosaico, claro está, pues hasta en la muy franquista Zarzuela madrileña corrieron más de una vez rumores de dopajes y envenenamientos más o menos mafiosos –sin excluir la efemérides de la Copa del Generalísimo, no se lo pierdan–, lo que nos lleva a terrenos simplemente competitivos. Es probable que sea mayor de lo que imaginamos el número de animales –racionales o no— envenenados por esa causa en apariencia menor que es la emulación o el simple espíritu competitivo, aunque no creo verosímil que tanto verdugo haya tenido ocasión de inspirarse en Achard, desde aquella Locusta que proveía a la realeza neroniana y a la que Galba tuvo que liquidar, hasta los celosos cortesanos que reventaron a Rasputín. No hay que echar en saco roto los barruntos de Freud sobre el instinto homicida ni entregarse a literaturas como esa insufrible escena del tránsito de la Bovary, para describir la cual Flaubert hubo de dejarse las pestañas estudiando los principios venenosos y sus efectos. Hay quien ha dicho que en todo hombre hay un envenenador potencial que aguarda solamente la circunstancia apropiada. La competencia del amante, las apuestas 13 a 1, el joyero de la abuela, la opa hostil, quién sabe. En el caballo embalsamado he creído ver a nuestro mono loco con el prontuario en la mano.

El poder del partido

Que un secretario provincial del partido le pare un proyecto urbanístico en marcha a un alcalde propio supone, además del hecho gravísimo de que el partido sea la instancia real del poder en lugar de la Administración, que la responsabilidad de tantas corrupciones como vivimos en el día a día al partido corresponden en la medida en que, si quiere, como acaba de demostrarse, está en su mano evitarlas. ¿Quién es el secretario del PSOE onubense para pararle una obra al alcalde sociata de El Granado? ¿Qué papel tiene, entonces, la Junta de Andalucía, única titular legítima de esa competencia y qué responsabilidades habrá que exigirle por semejante cesión? Y si se demuestra, como se ha demostrado, que tanto la Administración como el partido conocían hace meses las inconvenientes circunstancias del proyecto, ¿por qué ni una ni otro han reaccionado hasta ahora? Se dice con razón que no es cuestión de alardear con “decálogos” en la mano sino de dar ejemplos convincentes. Y desde luego uno de ellos no es ver a los secretarios provinciales del PSOE como si fueran los viejos jefes del Movimiento.

Puertas al campo

Obra muy cuerdamente la COAG proponiendo, frente al hurto masivo de castañas que se registra los fines de semana en la Sierra, una campaña de concienciación que acaso sea capaz de frenar el grave daño que padecen los propietarios del bosque. Porque hay que comprender que otra cosa sería en la práctica sencillamente imposible, dada la afluencia multitudinaria que, por fortuna, el nuevo turismo interior lleva cada vez más a esa privilegiada comarca onubense, y que no permitiría otro modo de disuasión. Se trata, en definitiva, de convencer a los visitantes de que ese fruto es el pan de muchas familias más que de tratar de imponer vigilancias y retenes que malamente podrían abarcar un territorio tan enorme. La COAG sabe bien, por supuesto, que no es posible ponerle puertas al campo y por eso reclama una ayuda que debe prestársele no sólo por parte de la autoridad sino de una ciudadanía defensora de sus propios bienes colectivos. 

El libro virtual

He contado otras veces que mi antiguo amigo Víctor Márquez Reviriego se levantó una mañana con los pantalones a cuadros y, eligiendo medio centenar de obras predilectas de su abundosa biblioteca, envío los otros libros encajonados a su pueblo andevaleño para que engrosaran la biblioteca pública de sus paisanos. No saben cuánto he envidiado ese gesto de Víctor, sobre todo cada vez (y van tres) que he debido mudarme de domicilio acosado por los volúmenes, como si de un cuento de Cortázar se tratara, y ni les cuento la resignación con que he acabado aceptando la verdad incontrovertible que una biblioteca galopante, a no ser que uno pertenezca a un  potentado, se vuelve indefectiblemente contra su dueño hasta echarlo de casa. El libro ocupa lugar, como el saber, y no tenía más remedio que llegar el momento en que alguien se decidiera a buscarle solución a la bibliomanía (que es cosa distinta de la bibliofilia) utilizando la oportunidad que al vuelo le brinda la realidad virtual. Pronto vamos a tener almacenada en casa la biblioteca virtual como ya tenemos, al menos muchos de nosotros, “el museo imaginario” que profetizó con éxito André Malraux. Hace nada y menos he recibido una exhaustiva edición en CD de los museos españoles que, a poco que uno disponga de un mediano reproductor, nos permitirá evitar las colas del Prado o del casón de la baronesa, deteniéndonos sin prisa, en un inefable diálogo perfecto, ante la inigualable luz de Velázquez, los misterios goyescos o las audacias picassianas. Y del mismo modo, ya sabrán que en Internet vamos a disponer en breve de una gigantesca biblioteca, verdaderamente borgiana, que sólo una de las operadoras, Yahoo, cifra en 150.000 obras. La idea de Google, seguida a uña de caballo por la Open Content Alliance y, finalmente, por Microsoft, es ofrecer en Internet el acceso libre a cuanto el hombre haya escrito en esta vida incluyendo desde el yavista y el autor del ‘Gilgamesh’ a Arturo Pérez-Reverte. Aunque sea con todo el escepticismo del mundo, creo que no nos queda otra que felicitarnos.
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Les mentiría si les dijera que espero un colapso de la librería tradicional. El libro es un invento humano –en ocasiones, quizá “demasiado humano”—hasta el punto de que la cultura universal  en él anda enraizada sospecho que con rizomas profundos, de manera que la lectura forma parte de un ritual que dudo que resulte fácil saltarse a la torera. Lo que sí supone este avance es la definitiva superación de las limitaciones de uso, incluyendo el abuso de la propiedad intelectual, puesto que lo que no habrá quien logre evitar será que el nuevo ‘soporte’ esté ahí a disposición de quien quiera echarle un vistazo, lo mismo que ya están los prodigios artísticos o la documentación oficial. Otra cosa es que, insisto, la lectura tiene mucho de gesto litúrgico y, como tal, ofrece un tipo de contacto bien distinto al que podrá proporcionar el milagro cibernético, con ese texto irreal que ni existe ni deja de existir, a diferencia del que campea sobre el papiro primordial o el papel de los modernos. El tiempo y el espacio han encogido sobrecogedoramente hasta forzarnos a inventar  nuevas dimensiones en que columpiar nuestra existencia, pero mi amigo Víctor y un servidor, además de un legión de inadaptables, seguiremos, con toda probabilidad, fieles a esos viejos amigos –cuyo tacto y olor presumía de conocer Azorín—que nos aguardan con paciencia en su anaquel, testigos de nuestra existencia, ocupando silenciosamente unos centímetros vitales de nuestro territorio, lomo contra lomo, apretando una oda con un libelo o una utopía con un responso. ¡150.000 libros facsímiles y memorizados, ahí es nada! Nada será del todo igual en ese laberinto invisible que Proust imaginaba como un cementerio de tumbas sin nombre.

Beneficio de la basura

Ha pasado desapercibida la ocurrencia de ese mandado que manda en Canal Sur de que el fracaso de nuestra tele pública en lo que se refiere a la audiencia menguante se debe a su renuncia a la telebasura. ¿En qué quedamos, no era un “servicio público” la telebasura según Canal Sur? ¿Y no es tele basura buena parte de esa deplorable programación a base de zafios y paletos, de nenes dicharacheros y políticos mendaces, con que Canal Sur pierde audiencia, como es lógico, atenta en exclusiva a la voz de amo? Hay en las palabras del mandamás una suerte de lamento por el éxito de los telechismógrafos y el erotismo de pantalla, como si en “La Nuestra” no hubiera programas alcahuetes y no hubiera habido pornografías cuando también andaba cortita de audiencia. Canal Sur es una tele paleta y sometida, eso es todo. Si encima y con lo que nos cuesta, tuviera éxito de audiencia sería para pedirle cuentas al gobiernillo regional.